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El General José Maceo.
El General José Maceo.
por Arturo A. PEDROSO ALÉS
El 27 de julio de 1896 el General Máximo Gómez escribe desde Altagracia de Venero, (campamento mambí, próximo a Contramaestre, provincia de Santiago de Cuba) una sentida carta a su querida esposa Bernarda Toro “Manana”, donde se percibe el dolor que le provoca la muerte del General José Maceo. En ella ofrece un vivo retrato de la personalidad del héroe, que recién ha caído en la acción de Loma del Gato. En un fragmento de tan memorable misiva expresa:

“(…) He perdido un fiel amigo y un General que deja un gran vacío en las filas del Ejército a mis órdenes. Ha muerto después de añadir nuevas y brillantes hazañas a sus hazañas antiguas que más de una vez me has oído referir y que han hecho interesantísima su historia militar. Jamás olvidaré la situación y el campo en que nos encontramos yo y mis cinco compañeros de expedición con aquel hombre patriota, denodado y sufrido, al pisar esta tierra de Cuba: aquello fue glorioso y sublime.”

Esta imagen de hombre de acción, de valeroso y temerario guerrero, de intransigente e intrépido jefe mambí recogida en diarios de campaña, cartas y en múltiples textos sobre la vida y trayectoria de tan preclaro militar, es la que ha trascendido hasta nuestros días, aunque empequeñece otras facetas de su vida. Fue también el general hombre de gran inteligencia natural, un excelente jinete, un amante de la música y de las peleas de gallos. Tal vez como ningún otro sufrió el destierro político y la reclusión en los presidios ultramarinos de Ceuta y Mahón, a pesar de ello su acendrado patriotismo siempre lo situó al lado del deber.

Varios fueron sus aportes en los preparativos de la Guerra Necesaria, tal vez los más conocidos resulten su contribución, en 1894, con 10 mil pesos de sus ahorros, o la dolorosa decisión de abandonar a su esposa Elena González Núñez, a punto de dar a luz, cuando se inicia la guerra en Cuba, para desembarcar en su patria entre las primeras expediciones. De este episodio le contaría a su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez:

“Mi amor a Cuba me hacía pensar siempre en la Revolución y por ella estaba dispuesto a sacrificarlo todo cuando vivía feliz en el extranjero pero no pensaba venir a la guerra ni en hacerla, sólo Martí pudo sacarme de mi nido de amores, sólo él que me obligó con su patriotismo y me sedujo con su palabra (…).” (1)


Sin embargo, resultan poco conocidas otras contribuciones ofrecidas por el General José a la causa redentora, que también enaltecen su memoria y adornan su larga hoja de servicios a la patria. Me refiero a las remesas enviadas con admirable limpieza a la Delegación del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York y al Departamento de Expediciones del Ejército Libertador, fundado en 1896, por el general Emilio Núñez, así como el resuelto apoyo ofrecido por sus huestes al alijo de expediciones arribadas al territorio oriental.


AUXILIO A LAS
EXPEDICIONES ARMADAS


José Maceo conocía el verdadero valor de las expediciones en una guerra como la que libraba Cuba contra España. En ellas llegaría el apoyo básico en armamentos, tan necesarios a los mambises, con los que se alcanzaría borrar en alguna medida la gran ventaja que poseían los españoles. Los fusiles Máuser y Remington empleados por el ejército español calificaban entre las mejores armas con que pudieran contar las fuerzas de infantería de un ejército en el mundo para aquella época.

La primera de las expediciones que recibió su apoyo fue la del coronel santiaguero Francisco Sánchez Hechavarría, conducida por el vapor León y la que desembarcó en la playa Nibujón, Baracoa, el 19 de agosto de 1895. Este despacho fue auxiliado por sus fuerzas y todo el grupo expedicionario, incluido el coronel, quedó a las órdenes de Félix Ruenes, jefe de la región donde habían pisado tierra. La misma resultó insuficiente, lo cual motivó quejas del general José Maceo al Delegado Tomás Estrada Palma, a quien le comunicó:

“La única expedición que hemos recibido es la del señor Francisco Sánchez Hechavarría y fue tan pequeña y resultó tan escasa de todo, dado el material de guerra que nos trajo, que bien puede decirse que no hemos recibido nada del extranjero.”(2)

El general José Maceo con su escolta.
El general José Maceo con su escolta.
Es justo mencionar el nombre del capitán Natalio Dupotec, quien fuera su práctico, hombre considerado por los expedicionarios como verdadero lobo de mar y promovido para tal función por orden expresa del general José.

Tiempo después acogió la expedición de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, hijo del Padre de la Patria, que desembarcó en las primeras horas de la madrugada del 28 de octubre de 1895 por la playa La Caleta, próxima a la jurisdicción de Baracoa, en el vapor Laurada. Esta fue superior a la anterior y recibió el auxilio de las fuerzas del Regimiento Borrero.

Según datos de Justo Carrillo, en su obra Expediciones Cubanas, traía como materiales de guerra: “100 rifles largos Remington; 38 rifles Winchester, 138 machetes, 50 revólveres Colt; 100 mil tiros.” (3)

Se trata de la última expedición que recibieron sus fuerzas en el año 1895, ya que la de los generales Fernando Carrillo y José María Aguirre, que llegó a Cuba el 16 de noviembre por Cabañitas, muy cerca de Santiago de Cuba, no pudo ser socorrida por sus huestes, y la del coronel Mariano Torres Mora que arribó a las costas orientales el 18 del propio mes, por la Ensenada de Mora, entre Cabo Cruz y Portillo, recibió el apoyo de las tropas que respondían a las órdenes de Jesús Rabí, Jefe del segundo Cuerpo de Ejército.

José Maceo recogió después la gran expedición conducida por el mayor general Calixto García en el vapor “Bermudas”, la que divisó las costas de Maraví al atardecer del 24 de marzo de 1896, y aportó un total de 890 fusiles, entre Remington, Máuser y carabinas Lee, además de 300 mil proyectiles de diferentes calibre, una pieza de artillería, accesorios, medicinas y otras vituallas de campaña.

Transcurridos dos meses, salió al encuentro de la expedición del coronel Rafael Portuondo, que llegó en el vapor “Three Friends” por la playa del Cargado, punto costero muy próximo a la bahía de Baconao, el 30 de mayo de 1896. Para satisfacción de las tropas orientales, fue un despacho grande que logró transportar alrededor de mil fusiles de distintas marcas, 725 mil tiros, dos cañones Hatchkind y una considerable cantidad de pertrechos. Al referirse a ella el historiador José Luciano Franco señaló, que una de las piezas de artillería fue adquirida en Cayo Hueso por los tabaqueros con la finalidad de obsequiársela al general José Maceo.

Sin embargo, esos elementos no son suficientes para medir tamaña tarea y tener una visión abarcadora de los aportes de tan experimentado jefe. Por ello, se hace necesario conocer qué concepción sostenía sobre el tipo de expedición que debía arribar a la Isla, así como advertir cuáles disposiciones tomó para que tuvieran el éxito requerido, cuando no estaba creado el Departamento de Expediciones.

En la correspondencia que con gran regularidad intercambió el general con la delegación del P.R.C. en Nueva York se puede apreciar con claridad cuánto hizo José Maceo por proporcionar la fortuna deseada a las expediciones. En este sentido se expresan comu-nicaciones como la enviada a Benjamín Guerra, tesorero de la Junta en Nueva York:
“El cdo. Emilio González es el práctico que le envío para que pueda traer la expedición al sitio que le he indicado. El señor González es una persona que viene prestando a nuestra causa importantes servicios y al utilizarlo hoy en este es porque prometo el mejor éxito en su resultado. Además de toda su pericia en la costa de esta jurisdicción, es un magnífico ingeniero mecánico, lo que puede ser útil en caso de necesidad.” (4)

Además de Emilio González, el general José envió a Juan Fuentes y a Natalio Dupotec a la Delegación, consciente de lo que representaban en el desarrollo exitoso de estas empresas.

Las disposiciones y advertencias de José Maceo pretendían evitar errores en el envío de los pertrechos de guerra, al avisar cuáles eran las municiones y los tipos de armas que necesitaba el ejército. También reclamó la presencia de médicos, ingenieros y personas con cierto nivel de instrucción, prestos a brindar un mejor servicio en la contienda.
En ese sentido apreciemos las indicaciones que transmite a Tomás Estrada Palma:

“Si viene algún médico, que traiga un arsenal de cirugía propio para las operaciones que puedan ocurrir en esta campaña, lo mismo que los medicamentos más necesarios para la curación de heridas y enfermedades más comunes en estos campos, sin ese requisito el médico queda imposibilitado de ejercer y es muy difícil dotarlo de todo lo necesario por muchas razones, que no dejara Ud. de apreciar.” (5)

Tampoco faltaron orientaciones muy puntuales y alentadoras, sobre la vigilancia de las costas desde Baracoa a Punta Negrita por unidades mambisas, dispuestas de forma escalonada con el objeto de ofrecer una mayor cobertura y protección a los expedicionarios. Por último, estableció comunicaciones con los administradores de las compañías Juraguá Iron Co. y Spanish and American Iron Co., para que éstos recibieran las armas que enviara la Delegación en buques que vinieran a cargar minerales en Oriente.


SUS CONTRIBUCIONES FINANCIERAS


Desconocido para muchos resultan los aportes monetarios enviados por el mayor general José Maceo a la Delegación Cubana de Nueva York. En la obra El General José. Apuntes Biográficos, del historiador Abelardo Padrón Valdés, uno de los intelectuales cubanos posterior al triunfo revo-lucionario que más ha estudiado la vida del valiente jefe oriental, constan dos fechas, el 8 de junio y el 25 de septiembre de 1895, como los únicos momentos en que el general realiza cobro de impuestos por concepto de contribución de guerra. En un primer momento a las compañías mineras radicadas en Siboney, la Juraguá Iron Co. y la Spanish and American Co., y a continuación a los propietarios de ingenios y cafetales de la jurisdicción de Baracoa.

El monto remitido por el general José en giros postales y pagarés hacia Nueva York durante el primer año de la guerra ascendió a 150 mil pesos (oro español), según confirma Carlos Manuel de Céspedes en su libro Copiador de Correspondencia. La cifra resulta elocuente y es superior al dato que ofrece el historiador norte-americano Philip S. Foner sobre los aportes del general Antonio Maceo, en su obra La Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanki. Donde señala que en el verano del año 1895, las remesas del Titán de Bronce ascendían a 100 mil pesos.

Sobre la austeridad y limpieza mostrada por José en el manejo del dinero, no existe un documento más revelador que la misiva enviada por el señor Benito Machado, propietario de una manufactura de cigarros en Kingston y agente cubano en Nueva York, al delegado del Partido Revolucionario Cubano, Tomás Estrada Palma.

A finales de diciembre de 1895, Estrada Palma escribe a Jamaica, al señor Machado, con el propósito de indagar por el estado en que se encuentran las familias de los patriotas que radican en la isla y recibió como respuesta la no grata noticia que dentro de las dos familias más necesitadas se halla la de los Maceos, con la particularidad que la situación más penosa ha corrido a cargo de la señora Elena González Nuñez, esposa del general José, la que ha tenido que realizar muchos gastos, a consecuencia del delicado estado de salud que afrontó durante su alumbramiento.

Era esa la situación real de su familia a comienzos del año 1896, cuando por sus manos circulaban considerables sumas de dinero que jamás tocó en beneficio privado. En cuanto a las recaudaciones de impuestos, José consideraba que el dinero acopiado debía servir para adquirir la mayor cantidad posible de armas y municiones para el aprovisionamiento del Ejército Libertador y para cubrir los gastos de la Delegación en fletes, pagos de servicios y otras obligaciones.

Para poner al corriente de sus recaudaciones escribe a Benjamín Guerra, tesorero de la Junta Cubana, lo siguiente:

“Don Pablo Brooks, le entregará a Ud. una cantidad que he recaudado, para que invierta en Remingtons finos, en cápsula suficiente y me lo remita, que son para las atenciones de la División de mi mando.

”La cantidad que este señor debe entregarle es de 27 600 pesos oro, lo íntegro espero invierta en lo que más arriba dejo indicado, que creo será lo más breve posible por la falta que nos hace.” (6)

Pero no todas sus comunicaciones fueron simples envíos de dinero con alguna que otra recomendación. Existieron algunas que detallaban las cuentas, la forma de los giros y otras donde exigió la confirmación de lo recibido. Lo cual demuestra la disciplina y seriedad con que asumía el cobro de las obligaciones. No podemos olvidar que cualquier negativa a pagar las contribuciones asignadas a los propietarios constituía una desobediencia a lo pactado con la dirección revolucionaria, e implicaba la destrucción inmediata de sus propiedades, lo que José no perdería tiempo en ejecutar.

“El señor A.L.F. debe entregar a esa Delegación 45 mil pesos incluyendo en esa suma lo que ya tiene entregado. Para su satisfacción espero que me remita el estado
detallado de las cantidades que ha recibido la Tesorería de la Delegación por mi conducto, para arreglar mis cuentas con toda la claridad que estos negocios requieren.” (7)

El mayor general José Maceo representó durante el primer año de la guerra un pilar decisivo en el sostenimiento de la misma por el cuidado y atención desplegado en el alijo de las expediciones que arribaban al teatro de operaciones, así como en el envío de fondos a la Delegación Cubana en Nueva York. Resulta significativo su accionar, si tenemos en cuenta los riesgos y obstáculos que tuvo que sortear, por la inexperiencia de la Delegación en el despacho de embarcaciones, pues el Departamento de Expediciones fue creado un año después de iniciada la gloriosa campaña, por un decreto Consejo de Gobierno de la República en Armas, de acuerdo con un proyecto del coronel Rafael Portuondo.

El general José Maceo con su Estado Mayor.
El general José Maceo con su Estado Mayor.


Aún con estos inconvenientes y los múltiples tropiezos que enfrentaron las arriesgadas expediciones militares, el resuelto apoyo del general siempre estuvo presente. Su constante preo-cupación por enviar prácticos, mecánicos y personas instruidas en la navegación a la Delegación, y el cuidado de subrayar los lugares costeros propicios para el auxilio de los expedicionarios prueban tal afirmación.

Por otro lado sus aportes monetarios constituyeron firmes cimientos que obraron en beneficio de la Revolución, ya que estas remesas proporcionaron la obtención de los pertrechos de guerra, tan necesarios para borrar la disparidad existente entre ambos ejércitos, así como para cubrir los gastos de la Delegación en los fletes de las expediciones.

Notas:
(1). Fermín Valdés Domínguez. Diario de Soldado. Colección de Docu-mentos No.8 La Habana , 1972, p. 257.
(2). Archivo Nacional de Cuba. (ANC). Fondo: P.R.C. en Nueva York. Leg. 106, Exp: 1 587.
(3). Justo Carrillo Morales. Expe-diciones Cubanas. Tomo: II, Imprenta P. Fernández y Cía., La Habana, 1936, p. 78.
(4). Archivo Nacional de Cuba. (ANC). Fondo: P.R.C. en Nueva York. Leg: 149, Exp: 17 155
(5). Archivo Nacional de Cuba. (ANC). Fondo: P.R.C. en Nueva York. Leg: 106, Exp: 15 787
(6). Archivo Nacional de Cuba. (ANC). Fondo: P.R.C. en Nueva York. Leg: 49, Exp: 17 457
(7). Archivo Nacional de Cuba. (ANC). Fondo: P.R.C. en Nueva York. Leg: 106, Exp: 15 787.


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