Retornar al "Home Page" ...
 
 

Luchando la botella

por Miguel SABATER
foto Beatriz ALONSO

Luchando la botella

En un céntrico restaurante de La Habana, de cuyo nombre lo mejor es no acordarse, tuve la fatal decisión de pedir la carta.

El dependiente me la da pero advirtiéndome –para que no me haga ilusiones y luego fuera a morir de desengaños– que lo que hay es bistec de palomilla, sándwich y arroz frito. El resto, un 60 por ciento del menú que se refiere, es un fantasma.


Después que uno amanece y le da gracias a Dios por el nuevo día, se propone vivirlo en paz. Pero te sacan del paso.

— ¿Por qué pasa esto? –le digo al dependiente.
— ¿Qué cosa? –pregunta él con la libretica apoyada en la palma de la mano y el lápiz listo para registrar la orden.
— La carta –le digo–. En un montón de lugares nunca están actualizadas.
— Figúrese. Eso es asunto del administrador.
— Y tuyo –le digo.
— ¿Mío? No, mío no.
—Tuyo sí. Eres quien le da la cara al cliente.

Muchas de nuestras cartas de menú tienen la rara virtud de la eternidad. Se mantienen desde enero hasta diciembre cubiertas con un nylon para que perdure contra el manoseo y el churre.

De todas las pizzas que se ofertan no hay ninguna. Se dice que salen más tarde, cuando San Juan baje el dedo.
—Bien –le digo–. Quiero arroz frito y una cerveza Cristal.

Mientras espero el almuerzo abro el periódico en las culturales, y en eso viene la vendedora de flores artificiales. Parece que hay un duende que le avisa a esta señora, porque desaparece del restaurante pero vuelve inmediatamente después que entra un cliente. No le importa que yo esté solo. Se empeña en que le compre una flor, pero yo no quiero. Me enseña una rosa a la que le cuelga una tarjeta con unos versos que ella dice “son de Gustavo Adolfo Bécquer”. Gracias, le digo, pero a mi Bécquer ni cuando yo tenía 13 años me gustaba.

Vuelvo la cabeza al periódico. Aparece el mercader ambulante de CD musicales. Lleva una mochila repleta de ellos. Me enseña una lista, como 500 canciones.

— Tengo de todo –dice–. Desde guaguancó, la década prodigiosa hasta los últimos reguetones.

Pero yo no tengo tiempo de escuchar música.
— No, hermano, te lo agradezco.

Regreso al periódico, a ver si puedo empezar las culturales. El dependiente se acerca. Vierte un poco de cerveza en la copa. Se va, y cuando empiezo a leer veo frente a mí a una mujer y un hombre. Tienen unos veintitantos años. Ella embarazada, sonriente. El hombre se inclina hacia mí y con tono implorante me dice:

— ¿Usted pudiera hacerme el favor de darme la botella cuando termine? Es que estamos haciendo algún dinero para comprar la canastilla.
—Usted sabe –agrega la mujer–. Ahora la canastilla hay que comprarla en la shopping.

Les digo que está bien, que esperen afuera. A fin de cuentas no me importa la botella. La habría dejado si ellos no me la hubieran pedido. Tal vez sean un par de farsantes, ¿pero y si no lo son? ¿Si de verdad necesitan el envase para venderlo y comprar la canastilla?

A esta altura de los acontecimientos el dependiente no ha servido el agua, ni puesto la servilleta. El agua habrá que comprarla y la servilleta es una exquisitez tal que si la quieres tienes que llevarla.

Por cierto la cerveza no está bien fría. Pero no debo irritarme. Me dará un infarto y esta gente son vanguardias. Así lo dice un diploma que cuelga de la pared. Y continúo leyendo, en las culturales, un artículo sobre el conocido narrador y periodista Lisandro Otero, quien había muerto por aquellos días, cuando viene el dependiente con el menú.

Hay que describir el menú aunque no sea el tema de esta crónica, pero no hacerlo sería imperdonable. Venía el menú en un plato de esos grandes donde se sirven las pizzas familiares, en el centro del cual apenas se levantaba una lomita de arroz con una lasca de tomate y dos de pepino. Sobre la cima destacaban dos masitas juntitas de camarón como un par de riñoncitos deliberadamente puestas allí para que, de verlas, el cliente empiece a soñar que el arroz está bien surtido.

Contemplo el plato que le queda tan grande al arroz. Luego contemplo al arroz que le queda tan chiquito al plato. ¿Para qué incomodarme? ¿Y si me da una cosa y se me joroba la boca? ¿Quién sale perdiendo? Yo porque ellos son vanguardias.

No. Mejor me callo, y decido comer en paz o inventándome la paz, que a los efectos es lo mismo. ¿No dicen que la felicidad hay que buscarla dentro de uno? Y empiezo a comer aquel arroz frito, o mejor aquel arroz sin calificación porque el frito aquí lo pongo yo que me quedé frito cuando vi el arroz. De modo que llamémosle mejor “arroz conmigo frito” sin jamoncito ni frijolitos chinos ni maripositas pues en este restaurante no malcrían al cliente. ¿Qué es eso de frijolitos y maripositas? ¡Para eso están los chinos!, si es que los chinos siguen estando para eso porque ahora venden mucha comida criolla e italiana.

Así que, para no hacer más largo el cuento, empiezo a comer este arroz con sabor a mí frito, vierto en la copa la cerveza que quedaba en la botella, y en cuanto pongo el envase en la mesa viene el dependiente como Juan que se mata y se la lleva así facilito, sin pedirme permiso. Estaba vigilándola desde el mostrador como una lagartija mira detenidamente a una mosca hasta cazarla.

— Óigame –le digo–. La botella es mía.

Pero él me dice con una tranquilidad espantosa:
— Usted lo que pagó fue el líquido.
— ¿Sí? –le digo–. ¿Y el sólido?
— ¿Cómo el sólido? –pregunta.

El señor que estaba sentado a la mesa próxima a la mía se atoró con una subida de risa.
— La botella –le aclaro–. ¿Quién la pagó? ¿Liborio?
— ¿Cómo que Liborio? –me dice el dependiente.

Entonces la cosa empieza a ponerse caliente. Entra el matrimonio que me había pedido la botella, pero ya el hombre no era aquel hombre que me implorara el envase con un tono que le arrancara la misericordia a cualquiera. Era una fiera herida.

— ¿Qué cosa es lo que te pasa? –le dice al dependiente.

Todos se pusieron de pie en el restaurante, como los aficionados de un estadio de pelota ante un noveno inning con las bases llenas, dos outs y el empate en primera.

El hombre le arrebata al dependiente la botella de la mano, la alza resuelto a escachársela en el cráneo y en eso todos gritan.

— La botella es mía –dice el hombre-fiera o la fiera vestida de hombre, era lo mismo–. ¿No te basta con estar luchando aquí lo tuyo? Deja que los otros vivan –le grita al dependiente, quien se pierde tras la puerta que da acceso a la cocina.

La esposa le quita la botella de la mano y la guarda en una jaba. Lo hace con una tranquilidad inaudita. Luego dice:

— Vamos, Ricardo –y lo coge del brazo.
— Gracias –me dice Ricardo Corazón de Fiera, todavía pálido y agitado. Yo le sonrío de oreja a oreja no vaya a ser que él vuelva a la botella, le corte el pico y me degüelle con ella.

Por fin se van y todos vuelven a sentarse. El cliente que se había atorado de risa me dice, ahora sumamente serio:
— Di tú a lo que esos dos han llegado. Por poco se matan luchando la botella.

A esta altura de los hechos yo estaba más frito que un sofrito. ¿Para qué seguir comiendo? Pagué y luego entré a La Moderna Poesía. Quería desconectar mirando libros. Pero la escena había sido tan fuerte que a pesar de estar mirando los títulos, me asaltaban sus recuerdos.


Regresar al Sumario
Sumario Breves Religión Sociedad Segmento Internacional Glosas Cubanas