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Amando la Sabiduría
 
por Narciso de la Iglesia RODRÍGUEZ , SDB
Emmanuel Lévinas.
Si no fuera por el otro ¡ ni yo sería !
Creo, amigo, que también usted es consciente de la importancia de la globalización porque, queramos o no, estamos metidos de lleno en ese tinglado. Y, por eso mismo, necesitamos reflexionar mucho sobre el hombre: el yo, el tú, el de más cerca o más lejos, qué pretendemos, por qué respetarnos, hacia donde ir o venir… Trabajar en ello con la mente y ¡cómo no! con el corazón se le llama Antropología Filosófica. A mí, se lo confieso, me apasiona dicha asignatura. Por eso hoy vamos a acercarnos con gran respeto a uno de sus máximos exponentes del pasado siglo: EMMANUEL LÉVINAS. ¿Qué no ha oído hablar de él? ¡No me diga! Pues yo le digo desde un principio que merece la pena porque, entre otras muchas cosas, su filosofía nos ayuda a ser más humanos, algo tan necesario en el mundillo de la globalización. Ya verá.

Lévinas nació en Kaunas, Lituania (1905-1995) en el seno de una familia judía. Durante la Segunda Guerra Mundial pierde a casi toda su familia, salvo a su esposa y a su hija. Emigró a Francia y fue por algún tiempo discípulo de Martin Heidegger con el que romperá más tarde y a quien no perdonará nunca su cercanía al nazismo. Fue profesor en Poitiers, Nanterre y en la Sorbona. Amigo de Gabriel Marcel. Se nacionalizó francés y así es considerado. Su reflexión sobre el hombre aporta al mundo moderno una interesante teoría llamada ética de la alteridad. En su obra más señera Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad (1961) expresa lo esencial de su pensamiento filosófico. Y le digo que ha hecho mucho bien. Se lo resumo y, si está dispuesto, déjese querer y que también le beneficie a usted. Aunque no sólo a usted porque, seguro, influirá en la mejora de sus relaciones con los demás. Y se lo agradecerán.

Todo empieza con la aparición del otro, de un rostro ante nuestra mirada. Ese rostro no es una máscara, es un ser humano, el límite de nuestra subjetividad que la altera y la hace responsable de esa aparición. Ese rostro nos interpela, nos compromete, nos invoca y nos conduce a una acción concreta que siempre estará dirigida a respetar sus derechos. Más todavía: la presencia del “otro”, mejor “el rostro del otro”, despierta continuamente mi conciencia para que rechace todo tipo de violencia contra él. Si soy capaz de descubrirme en el otro aceptándole como persona me resistiré a emplear la violencia y por nada del mundo lo heriré. El otro tiene rostro y es sagrado, intocable, dignísimo de todo respeto. Algo que los sistemas totalitarios desconocen porque “reducen el otro al mismo”, es decir, a algo que es mío, una cosa que puedo alterar según mi conveniencia.

Profundizando en lo anterior, no se me asuste amigo del alma, siéntese cómodo y agárrese bien porque mire a dónde llegamos: “Existo en la medida que reconozco al otro”, dice Lévinas. Sí, ha leído bien, reconocer al “otro”, a mi prójimo, próximo, cercano, tenga el rostro que tenga, es la posibilidad de existir yo. Siga leyendo y no se me haga el distraído: preocuparme por el otro es reafirmar el propio yo y, en la medida en que no lo veo como un enemigo y me responsabilizo del él, yo me valoro.

Toda filosofía, dice Lévinas, a partir de ahora no empezará en el yo, sino en el otro ya que es la existencia del otro quien hace posible que sea yo. Y ¿quién es el otro? Alguien muy distinto a mí, no una pieza en el puzzle de mi existencia. El otro es una presencia que va más allá de mí y que me señala un horizonte de trascendencia. Más todavía, gracias al otro soy yo también. Y en la medida en que me responsabilizo del otro yo existo.

¿Se me está mareando, amigo? Pues atienda al colofón: el otro, mi hermano, está respaldado por el mismísimo Dios en quien se refleja. Y quien reconoce al otro no podrá por menos de reconocer al Otro, a Dios en persona. Ahí queda eso. Vemos, pues, que la religión es también otro esfuerzo por comprender la complejidad de la experiencia humana. Entendemos, pues, aquello que le gustaba decir a Lévinas: “No somos tan solo hijos de los griegos sino también de la Biblia”. Y, cuidado, no se trata simplemente de echar una ojeada a quien está a mi lado sino de reconocerlo como la posibilidad que yo tengo de existir y comprometerme con él. Porque en la medida en que yo contribuyo a que sea más persona, más feliz, lo soy yo. Lévinas diría que el “No matarás” del quinto Mandamiento equivaldría a decir: “¡No te despreocuparás del otro!”.

Le invito a profundizar todo esto por su cuenta. Le gustará y comprenderá mucho mejor aquello del Maestro, Jesús de Nazaret, cuando dijo que amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo ( Mt 22, 37-40) es lo más importante del mundo.

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