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por Anette Jiménez Marata |
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| Diariamente los medios de comunicación masiva nos alertan (a través de anuncios publicitarios, campañas de prevención y entrevistas a expertos) sobre los riesgos del consumo de alcohol. Sin embargo, pese a la luz roja de las autoridades sanitarias internacionales, todavía muchos no conciben un momento de diversión sin que reinen, en el grupo, una o varias botellas. |
Si bien es cierto que esta constituye una conducta frecuente en la población cubana, los especialistas coinciden en que los jóvenes representan un sector especialmente vulnerable. Pero, ¿qué los lleva a actuar así? ¿Por qué observamos tantos adolescentes (de ambos sexos) que, para salir y pasarla bien, necesitan “tocarse con un buche”?
Ante esta interrogante numerosos psicólogos y psiquiatras han planteado distintas hipótesis pero una de las que más sobresale es la representación social que tiene la sustancia en el imaginario cultural de las personas. El alcohol es, para una gran parte de los jóvenes, una vía potenciadora de capacidades, un camino para la búsqueda de sensaciones placenteras, la posibilidad de vivenciar nuevas experiencias y/o disfrutar de mayor libertad. Al tener una carga semántica y cultural tan fuerte (que se reactualiza no sólo a nivel generacional sino también individual), las bebidas alcohólicas devienen “cartas de triunfo” de las relaciones interpersonales, aún cuando en la práctica sean subvertidos esos mitos.
En este sentido si bien los medios pueden educar y transmitir nuevos estilos de vida, también pueden, con su influencia, deformar y consolidar modelos negativos ya establecidos. ¿Qué decisión debe tomar un joven cuya familia le inculca sanos patrones y que, al salir de su casa, es recibido por una avalancha de imágenes donde el alcohol es sinónimo de virilidad, sensualidad y valor? ¿Cuál debe ser la actitud del grupo de amigos que encuentra (en tiendas y centros comerciales con servicios en divisas) anuncios donde una botella de ron deviene eje organizador de ambientes aventureros y festivos?
Pero no son estas las únicas instancias mediadoras. Pueden citarse, además, los padres, abuelos o tíos que “embullan” a los más pequeños a que prueben un traguito porque “son hombres y tienen que ir aprendiendo”, así como las actividades sociales que, de modo indirecto, estimulan el fenómeno: ¿Por qué en el país muchos de los carnavales han quedado reducidos a un conjunto de pipas con cerveza y bocinas con ruido? ¿No es el cubano lo suficientemente ingenioso como para hacer de esta fiesta popular un espacio de mayor diversidad recreativa?
Sin dudas el alcoholismo es un tema complejo que demanda enfoques interdisciplinarios. El consumo y la adicción no constituyen realidades equivalentes pero la primera bien puede originar la segunda.
Cuidado con el ritmo: uno, dos, tres…el próximo trago (digo, paso) puede no ser chévere. |
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