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SEGMENTO

La Familia Actual. Elemento formador de la conciencia social.
Elemento formador de la conciencia social.
por padre Fernando de la VEGA
Actualmente el mundo, ideologías, sistemas, medios de comunicación etcétera, presionan agresivamente a la familia e intentan apartarla de su ser y su misión para convertirla en un mero instrumento de consumo, o en campo de experimentación.

Desgraciadamente, la situación misma que presenta nuestro mundo en torno a la familia y la administración del tiempo hace al hombre y a la mujer actual vivir en un puro activismo, le impiden ver la orientación que se le está dando al concepto de familia, deformándolo de manera tal que para la mayoría de las personas pasa inadvertido, lo que hace más grave la situación de la familia en sí misma y por tanto, impidiéndole su papel de formadora de la conciencia social de la generación actual y de las futuras.

De esto se deducen resultados que comienzan a ser captados por los que tienen visión más larga. Tal es la pérdida de valores espirituales y morales; la generación de una falsa jerarquía de valores –o de antivalores– que crea una crisis de identidad en la familia y en cada uno de sus miembros, y como consecuencia, de la misma sociedad.
La Familia Actual. Elemento formador de la conciencia social.

No hay institución más cercana a la naturaleza que la familia, porque es la sociedad más simple apoyada de manera muy inmediata en ciertos instintos primordiales. De este modo, nace espontáneamente del natural desarrollo de la vida humana.

La unión del hombre y la mujer es la más valiosa forma de unión humana, por las muchas virtualidades de desenvolvimiento que implica, las que se polarizan en torno a dos razones esenciales de la unión. Una de ellas constituye más bien el fin inmediato que normalmente se persigue, es decir, alcanzar la felicidad de los consortes. La otra razón aparece como el resultado de la anterior, es decir, la continuidad de los consortes en sus hijos.

La diferencia de sexo es la diferencia natural más profunda que existe entre los seres humanos y va unida a un elemento fundamental de la naturaleza humana, de tal riqueza y de aplicaciones tan múltiples que resulta imposible formularlas de modo preciso y completo, por eso nos atrevemos a calificarlo como misterio del hombre. “No es bueno que el hombre esté solo…”, dice Yavé en las primeras páginas del Génesis. A esta necesidad de un semejante complementario, que mitigue la soledad, corresponde el amor.

Estos pocos principios que acabamos de establecer, bastarían para determinar el lugar que la familia debe ocupar en la vida de la humanidad. Para la mayoría de los hombres, la familia es el factor esencial de la formación de valores, primero en la infancia, después en la edad adulta y posteriormente en el hogar que ellos fundan. El nivel moral de una nación depende, ante todo, aunque no exclusivamente, del respeto que esa nación tenga a la institución familiar.

La familia forma a los hijos y sostiene a los abuelos. A su servicio trabajan la mayoría de los hombres para defenderla y hacerla prosperar. Al hombre que no tiene familia le falta algo esencial, algo que es elemento de ponderación y estímulo al mismo tiempo. Ciertamente, un pequeño número de adultos puede reemplazar la familia por un fin más alto –el de la vocación religiosa–, pero estos son casos excepcionales, y aún así, no hay que olvidar que esos adultos proceden de una familia.

Por otra parte, la familia es por excelencia el principio de la continuidad social y de la conservación de las tradiciones humanas. Constituye, además, el elemento transmisor de la civilización y sus valores a la siguiente generación.
La familia es una institución natural, nace espontáneamente dondequiera que existan seres humanos. No espera para aparecer a que el Estado le asigne un estatuto jurídico. En la mayoría de las sociedades existe sin la intervención del Estado –y por supuesto mucho antes que éste– y se rige por sus costumbres tradicionales.

Viviendo el hombre en sociedad, la distinción entre el matrimonio, base de la familia, y la unión ilegítima requiere la intervención de esa sociedad. La familia no puede desenvolverse sin un reconocimiento social que consagre el vínculo que une a los esposos entre sí y a los hijos con sus padres. La personalidad social del hombre viene determinada ante todo por la descendencia o la ascendencia. El niño no tiene ante la sociedad más per-sonalidad propia que la de ser hijo –o hija– de fulano o zutana.

Así, la determinación de la descendencia y de la legitimidad que depende del vínculo conyugal, legítimo o no, es de una importancia social con-siderable, pero si no existe completa: padre desconocido, madre soltera, etcétera, no debe ser de ningún modo, causa de discriminación o de merma de derechos para la prole.

La familia, aun entre los pueblos más civilizados, se conserva en estado muy cercano a la naturaleza. Compuesta normalmente de un padre, una madre y sus hijos. Se apoya en sentimientos naturales sensiblemente idénticos, tanto entre los más civilizados como entre los pueblos más primitivos y no evoluciona, como la sociedad civil, hacia un organismo complicado y cada día más artificial.
La familia, aun entre los pueblos más civilizados, se conserva en estado muy cercano a la naturaleza.

Ese carácter natural de la familia, lo mismo que la intimidad entre sus miembros, explica que la familia se desenvuelva como apuntábamos antes, según su ritmo propio y su dependencia de las instituciones legales sea bastante débil.

REFLEXIÓN TEOLÓGICA


La familia es “imagen de Dios que en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia” ha dicho Juan Pablo II, mientras que el Concilio Vaticano II precisa que “la familia es una alianza de personas a la que se llega por una vocación amorosa del Padre, que invita a los esposos a una íntima comunidad de vida y de amor” (G.S. 48), cuyo modelo es el amor de Cristo a su Iglesia.

La ley del amor conyugal es comunión y participación, no dominación. Es exclusiva, irreversible y fecunda entrega a la persona amada sin perder la propia identidad.

El amor así entendido, en su rica realidad sacramental, es mucho más que un contrato de mutuo acuerdo, que puede romperse cuando uno de los dos, o ambos, lo deseen, sino que tiene las características de la Alianza. La familia cristiana ha de cultivar el espíritu de amor y de servicio, por ello, cuatro relaciones fundamentales de la persona encuentran su pleno desarrollo en la vida familiar: paternidad, filiación, hermandad y nupcialidad… son cuatro rostros del amor.

Para que funcione bien, la sociedad requiere las mismas exigencias del hogar: formar personas conscientes, unidas en comunidad de fraternidad para fomentar el desarrollo común. La oración, el trabajo y la actividad educadora de la familia, como célula social, deben orientarse a trocar las estructuras injustas por las de comunión y participación entre los hombres.

La Iglesia está íntimamente convencida de que sólo con el anuncio y la aceptación de los valores del Evangelio se realiza de manera plena toda la esperanza puesta legítimamente en el matrimonio y la familia.


FUERZAS QUE TRATAN
DE DESTRUIR LA FAMILIA


En este momento histórico que vivimos, en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o de deformarla, la Iglesia consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma, está profundamente vinculado al bien de la familia, siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo a la renovación de la sociedad y del mismo Pueblo de Dios.

La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida. En efecto, en ella nacen los ciudadanos y estos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma.
Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de encerrarse en sí misma, debe abrirse a las demás familias y a la sociedad, asumiendo su función como experiencia de comunión y participación, y esa misma experiencia debe ser su primer aporte a la sociedad.

Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están inspiradas y guiadas por la “ley de la gratitud”, que respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal como único título de valor, inspiran la acogida cordial, el encuentro y el diálogo, la disponibilidad desinteresada, el servicio generoso y la solidaridad profunda.
De este modo, la promoción de una auténtica y madura comunión de personas de diferentes generaciones en la familia, la convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones más amplias de un clima de respeto, justicia, diálogo y amor entre los hombres.

Así, la familia constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la sociedad, colaborando de manera original y profunda en la construcción del mundo, haciendo posible una vida propiamente humana y en particular, custodiando y trasmitiendo virtudes y valores. Como dice el Concilio Vaticano II, en la familia “las distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente para lograr una mayor sabiduría y armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social”.

Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro de ser cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto inhumana y deshumanizadora, con los resultados negativos de tantas formas de “evasión” como son el alcoholismo, la droga, y el mismo terrorismo, la familia posee y comunica todavía hoy energías formidables capaces de sacar al hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de insertarlo activamente con su unidad e irrepetibilidad en el tejido de la sociedad.


FUNCIÓN SOCIAL


La función social de la familia no puede ciertamente reducirse a la función reproductora y educativa, aunque encierra en ella su primera e insustituible forma de expresión. Las familias, tanto solas como asociadas pueden y deben por tanto, dedicarse a muchas otras obras de servicio social, especialmente a favor de los más necesitados y de todas aquellas personas y situaciones a las que no logra llegar la organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas.

La aportación social de la familia tiene su originalidad que exige se le conozca mejor y se le apoye más decididamente, sobre todo a medida que los hijos crecen, implicando lo más posible a todos sus miembros.

En especial hay que destacar la importancia cada vez mayor que asume en nuestra sociedad la hospitalidad en todas sus formas, desde abrir las puertas de la propia casa y más aún la del propio corazón a las peticiones de los hermanos, hasta el compromiso concreto de asegurar a cada familia su casa, como ambiente natural que la conserva y la hace crecer.

La función social está llamada también a manifestarse de otros modos. El ideal de una recíproca acción de apoyo y desarrollo entre la familia y la sociedad tropieza a menudo y en medida bastante grave, con la realidad de su separación y en no pocos casos de contraposición, por eso la Iglesia en todas partes del mundo, defiende abierta y vigorosamente, los derechos de las familias contra las usurpaciones de funciones que algunos Estados pretenden atribuirse.
La función social de la familia no puede reducirse a la función reproductora y educativa, ...



DERECHOS


En este sentido, y sin pretender agotar el tema, el magisterio de la Iglesia ha recordado entre otros, los siguientes derechos: A existir y progresar como familia, es decir, el derecho de todo hombre a fundar una familia y a tener los recursos apropiados para mantenerla; a ejercer su responsabilidad en el campo de la transmisión de la vida y la educación de sus hijos; a la intimidad de la vida conyugal y familiar; a la estabilidad del vínculo y de la institución del matrimonio; a profesar su propia fe y difundirla; a educar a los hijos de acuerdo con sus propias tradiciones y valores religiosos y culturales; a obtener la seguridad física, social, política y económica, especialmente en el caso de pobres, ancianos y enfermos; el derecho a una vivienda adecuada para una vida familiar digna; el derecho a crear asociaciones con otras familias e instituciones para cumplir mejor su misión; el derecho a un justo tiempo libre que favorezca los valores de la familia; emigrar como familia buscando mejores condiciones de vida.

La situación en que se encuentra la familia en nuestro mundo, y Cuba no es una excepción, presenta aspectos positivos y aspectos negativos. En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la libertad personal y una mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación responsable, a la educación de los hijos.

Se tiene además, conciencia de la necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden a una ayuda recíproca espiritual y material al conocimiento de la misión propia de la familia en la sociedad y a su responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa.

Por otra parte, sin embargo, no faltan signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales, como una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores, a veces en competencia con los medios de comunicación masiva, especialmente la televisión; las relaciones prematrimoniales, la infidelidad, el número creciente de divorcios y la plaga del aborto; el recurso cada vez más frecuente a la esterilización y en definitiva, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcionista.

En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces, la corrupción de la idea y la experiencia de la libertad, concebida no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los demás, en orden al propio bienestar egoísta.
Es altamente preocupante el apuntar que en los países menos desarrollados, los llamados del Tercer Mundo, a muchas familias les falten los bienes fundamentales para la supervivencia, como son el alimento, el trabajo, la vivienda, los medicamentos o bien las libertades más elementales. En cambio, en los países más ricos el excesivo bienestar y la mentalidad consumista, paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante el futuro, quita a los esposos la generosidad y la valentía para suscitar nuevas vidas humanas, y así, los hijos, en muchas ocasiones no se ven ya como una bendición, sino como un peligro del que hay que defenderse.


LUCES Y SOMBRAS


Todo lo que antecede nos lleva a pensar que la situación que vive la familia actual se presenta como un conjunto de luces y sombras. Esto revela que la Historia no es simplemente un progreso necesario que tiende hacia lo mejor, sino más bien, un acontecimiento de libertad, más aún, un combate entre libertades que se oponen entre sí, es decir, según la conocida expresión de san Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí, y el amor del hombre a sí mismo, llevado hasta el desprecio de Dios.

La familia es una de las instituciones en que más ha influido el proceso de cambio de los últimos tiempos. Es preciso reconocer además, que la realidad de la familia ya no es uniforme, pues en cada familia influyen, directa o indirectamente, de manera diferente e independientemente de su status social o de la ideología que profese, factores ligados al cambio, tales serían los sociológicos, culturales, políticos, económicos, religiosos, entre muchos otros.
La familia aparece así –en muchos casos– como víctima de quienes convierten en ídolos, en metas, el dinero, el poder, el placer, de modo especial el sexo, a lo que contribuyen de forma relevante, los medios de comunicación, unas veces mediante la publicidad que los financia, creando necesidades ficticias, o al menos superficiales, para vender un producto, o bien y entre nosotros es más frecuente, trasmitiendo y fomentando patrones de conducta que se contradicen con los fines y razones que dan sentido a la institución familiar, tal es el caso de la infidelidad conyugal, el divorcio, la violencia, el amor libre, las relaciones prematrimoniales, el machismo… por citar algunos, de los que constituyen la vía de solución para los conflictos que presentan sobre todo las telenovelas y de los cuales están plagadas.

La familia también suele sufrir el impacto de la pornografía, el alcoholismo, la prostitución, el problema de las madres solteras y de los niños criados por las abuelas y hasta por los vecinos, producto de hogares destruidos.

“El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza un ser social y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás” (G.S. 12). Y esa índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados. Porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser, la persona humana, la cual, por su misma naturaleza tiene absoluta necesidad de la vida social.

La encíclica Quadragésimo Anno, en su número 79 precisa que “toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no desnutrirlos ni absorberlos”. Por otra parte, el Bien Común de orden temporal consiste en la paz y seguridad, de las cuales, las familias y cada uno de los individuos puedan disfrutar en el ejercicio de sus derechos y, al mismo tiempo en la mayor abundancia, de bienes espirituales y temporales.

Y por otra parte, el Documento de Puebla precisa que: “toda convivencia humana tiene que estar fundada en el Bien Común, consistente en la realización cada vez más fraterna de la común dignidad, lo cual exige no instrumentalizar a unos a favor de otros y estar dispuestos a sacrificar aún, bienes particulares” (317).

Quiso el Señor desde el principio establecer el matrimonio y la familia como base para poblar el mundo y crear la sociedad... Para llegar a algunas conclusiones en relación con la actividad de la familia como formadora o deformadora de la conciencia social, es necesario tener presentes y tomar en consideración todos los elementos de juicio disponibles.

Quiso el Señor desde el principio establecer el matrimonio y la familia como base para poblar el mundo y crear la sociedad, por eso nos creó hombre y mujer, a su imagen y semejanza, diferentes y complementarios, con una atracción mutua: el amor. Y Dios dijo: Crezcan y multiplíquense y llenen la tierra y dominen todo lo que hay en ella… tienen todo lo necesario para ser felices; y también dijo: Por esto el hombre dejará a sus padres y se unirá a su mujer y formarán una sola carne, pero sigan mi plan.


En parte lo siguieron, se multiplicaron, pero rompieron el equilibrio y prefirieron seguir su propio gusto y poblaron la tierra. Transcurrió mucho tiempo, la población de la tierra aumentaba, se formaron los pueblos, las tribus, las naciones. Aparecieron la violencia, la fuerza y el poder del hombre, rebajando a la mujer a la condición de animal de trabajo e instrumento de placer.

Vino Cristo, el gran liberador, a restaurar el mundo de la opresión y la injusticia y para encarnarse escoge a María, una virgen desposada con un varón justo, José. Nace y vive Cristo en la familia de Nazareth durante 30 años, aprendiendo a ser hombre y trabajador.

Más tarde, en su vida pública y en su predicación, se ocupa de reintegrar a la mujer su dignidad del principio. Restaura el amor nupcial, lo eleva a la categoría de sacramento, le da nuevas leyes y nos recuerda las palabras de Génesis.

De Cristo a la fecha, por cuántos cambios ha pasado el matrimonio. Hoy no es ninguna novedad que el matrimonio esté en crisis; ya antes del Concilio Vaticano II lo estaba como consecuencia de las “cosas nuevas” de que hablaba Su Santidad León XIII en la Rerum Novarum y Gaudium et Spes aquí nos lo presenta como problema urgente que hay que atender. Este documento conciliar nos dice que el matrimonio es una comunidad de amor, una entrega recíproca y una ayuda mutua, y que los hijos son una bendición, fruto del amor.

La familia es pues, ambiente propicio para que los seres humanos nos hagamos personas responsables, Iglesia doméstica, donde los hijos, a partir del bautismo, sean hijos de Dios que van a ser educados en la fe de los padres, quienes con ellos se convierten a diario y realizan una paternidad responsable, en todos los órdenes, hasta que son mayores de edad.

La tarea de la educación integral del niño, a partir de la familia, es uno de los compromisos sociales de mayor trascendencia y será más fructífera y equilibrada cuanto más nos interesemos e interesemos a nuestros hijos en los problemas sociales que nos rodean y en los que en cierta medida estamos todos sumergidos.

En esta tarea, la mujer tiene una situación privilegiada, es una verdadera vocación a la que Dios la ha llamado, junto a la de promover y cuidar la vida: hacerla crecer. Pero en los últimos años, la situación del matrimonio y de la familia se ha ido agravando. Es cierto que entre nosotros, una minoría de parejas ha tomado conciencia desde el noviazgo de la fidelidad, de la indisolubilidad del matrimonio y de la promoción de nuevas vidas. De la educación de la prole, de la ayuda mutua de la pareja, de la diferente psicología masculina y femenina, y del esfuerzo y apoyo mutuo para sortear todos los peligros que el mundo actual les va planteando.

Desgraciadamente, para la mayoría hay muchas sombras y tinieblas; el matrimonio se ha convertido en un juego, un modo de asegurarse el futuro, bien garantizando una vivienda, bien sirviendo para la salida del país, o un parche a unas relaciones sexuales adelantadas que han tenido como resultado un embarazo no deseado y demasiado avanzado para interrumpirlo.

En cuántos casos es recibir un sacramento sin tener total conciencia de lo que se hace y de los compromisos que se adquieren, sólo porque la ceremonia es más bonita o porque los padres de uno o de ambos así lo desean por pura tradición. Es ya desde el principio, estar dispuestos a romper esa unión ante las primeras dificultades, sin intentar encontrar soluciones, es en definitiva, huir “porque la vida es corta y hay que disfrutarla”. Cuántos bautizados abjuran de su fe uniéndose en matrimonio sólo civilmente y más tarde piden el bautismo para los hijos que así procrearon.
Pero hay más, están los que ni siquiera se unieron civilmente, los que viven un “matrimonio a prueba” y los que confiesan que no hace falta ni el papel de un notario ni la bendición del cura cuando hay verdadero amor.
Pienso que el reto para nosotros los cristianos es enorme y urgente si queremos crear hogares donde se formen seres humanos que se conviertan en cristianos laicos que hagan frente a los retos actuales apuntados a lo largo de estas páginas y a los desafíos que se avecinan, muchos de los cuales ya estamos viviendo.


LA TERCERA EDAD,
UN NUEVO RETO


No quisiéramos terminar estas reflexiones en voz alta sobre la familia, sin tocar el tema de la llamada Tercera Edad, como un reto y como una nueva experiencia de convivencia familiar.

El envejecimiento es un proceso biológico irreversible, que se caracteriza por la manifestación de cambios psicofisiológicos que son el resultado de la acción de factores intrínsecos y extrínsecos sobre la persona y que pueden acelerar o retrasar su aparición, según sea el grado de influencia.

El proceso biofísico y el psíquico son intrínsecos, es decir, dependen de la herencia y naturaleza de la persona. El proceso sociológico y el económico son extrínsecos, es decir, dependen de los factores que rodean a la persona.
Antiguamente el envejecimiento no se consideraba un problema social; hoy, por el progreso de la ciencia, especialmente de los cuidados médicos, la vida suele prolongarse muchos años más. El promedio de vida en 1930 era de aproximadamente 40 años, hoy pasa de los 70.

La Revolución industrial, el cambio de la jerarquía de valores, el modernismo, el urbanismo, la jubilación, las dificultades económicas, por sólo citar algunos factores, han contribuido a que el anciano se vea desprotegido, falto de atención y en muchos casos despreciado o considerado como un estorbo, y por lo tanto marginado e injustamente tratado.

Antiguamente la familia se hacía cargo de sus viejos y los cuidaba y atendía hasta el día de su muerte. Mucho más notable era esto en las familias rurales que en las metrópolis, donde el problema de la vivienda, el urbanismo, las tensiones, y sobre todo la desintegración familiar hacen que el anciano no tenga quizás quien lo cuide, o se vea obligado a cuidar de la casa y de los nietos porque todo el resto de la familia “trabaja en la calle” sin tener en cuenta su derecho al descanso.


Este es ciertamente un problema social para la familia, y por lo general no está preparada para enfrentarlo o no tiene clara conciencia de qué debe hacer. En un por ciento muy alto, la ausencia del cónyuge y de los hijos, la llamada “crisis del nido vacío”, las dificultades económicas y unido todo ello a la enfermedad que casi siempre sobreviene en esta etapa, va minando a la persona, que se siente rechazada por sus seres queridos y marginada de la sociedad.

También en esta etapa, la familia está llamada a tomar conciencia de su compromiso con la Tercera Edad, pero como decíamos antes, o no ha tomado razón de ello, o bien no tiene los recursos necesarios para realizarlo: vivienda, economía, etcétera.
Antiguamente la familia se hacía cargo de sus viejos y los cuidaba y atendía hasta el día de su muerte.



A MODO DE CONCLUSIÓN


Es obvio que para anunciar y vivir el Mensaje de Cristo hoy, un primer campo de acción es la propia familia, seguido, por una parte, de la necesidad del conocimiento, del estudio, de la difusión del Evangelio y de los documentos recientes del Magisterio de la Iglesia. Pero también se hace necesario el conocimiento del mundo en que vivimos y al que intentamos vivificar como instrumentos indignos, pero sabiendo que a través de nosotros actúa el Señor.
Hemos de tomar conciencia de que en este mundo que nos ha tocado vivir y evangelizar, también hay en muchos profundas aspiraciones hacia la justicia. Por eso debemos conservar la capacidad de indignación moral ante todo tipo de desigualdades y discriminaciones. El reto es entre todos, buscar soluciones y conformar una vida social a la altura de las exigencias y las posibilidades de los seres humanos.

Para ello, un día hicimos nuestra opción de vida, unos recibimos el sacramento del Orden y ejercemos el sacerdocio ministerial, y otros, la mayoría, optó por el matrimonio y formó una familia cimentada en el amor. No obstante esta diferente opción inicial, todos somos sal de la tierra, fermento en la masa y luz del mundo, aunque de distinta manera.
El laico casado tiene una importantísima misión dentro de la Iglesia si es capaz de formarse integralmente en todos los órdenes, tratando de encontrar un equilibrio no estático, sino dinámico, entre la vida que ha elegido, es decir, haciendo feliz a su cónyuge, formando una familia con los hijos que responsablemente puede procrear y educar y por otra, ocupándose al mismo tiempo del oficio, trabajo, profesión, con el cual se gana la vida y sostiene a la familia, pero siguiendo aquella máxima: “trabajar para vivir y no vivir para trabajar”

Sólo de este modo podrá estar atento a la situación de la sociedad en la que vive, y que es el trocito de la viña del Señor que se le ha asignado, sin descuidar las necesidades de sus hermanos y descubriendo –en cada acontecimiento– los “signos de los tiempos”.


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