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por Perla Cartaya COTTA
Primera fotografía del monumento a los
mártires de Isasi, en el cementerio de Colón,
tomada el 20 de junio de 1897.
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| Desde la primera fundación de Diego Velásquez en Cuba, situada en la región india de Baracoa y nombrada Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, hecho que data del año 1513, la vida impuso la necesidad de contar con un grupo de hombres dedicados a enfrentar el fuego; pero entonces eso era una utopía. Las casas, construidas con tablas de palma y yaguas, con techo de guano, materiales inflamables, el uso del fogón de leña para cocinar y del mechón como luz artificial, eran elementos propiciadores de incendios por razones obvias. Aun cuando la construcción de las viviendas fue variando con el tiempo, subsistieron los otros peligros, sin hablar de los desastres provocados por la naturaleza y, como consecuencia de la guerra entre España y Francia (primera mitad del siglo xvi), los ataques de corsarios y piratas a lo largo de las costas de Cuba. En síntesis, las pertenencias de las familias eran pasto de las llamas con demasiada frecuencia y a la peligrosa tarea de enfrentar el fuego se unían las de rescate y salvamento. El asalto más sonado de la época a La Habana, convertida ya, de hecho, en la capital de la Isla por ser residencia oficial del Gobernador, ocurrió en 1555, y lo llevó a cabo el corsario francés Jacques de Sores, quien logró permanecer con sus hombres en esta plaza alrededor de un mes. Y cuando al fin y al cabo los franceses decidieron retirarse, no lo hicieron sin antes quemar todo lo que no podían llevarse. |
De acuerdo con el historiador Fernando Portuondo, desde el verano de 1510, aproximadamente, algunos africanos fueron introducidos en Cuba en calidad de esclavos. Su número comenzó a aumentar apreciablemente hacia las postrimerías de ese siglo al establecerse las primeras fábricas de producir azúcar. A partir de esa circunstancia, eran los esclavos quienes enfrentaban al fuego, protegiendo las propiedades de sus amos que ardían junto a las barracas donde ellos dormían. Se organizaban como cadenas hasta las fuentes de abasto de agua, por lo regular ríos o arroyos casi siempre distantes, lo cual hacía penosa e infructuosa casi siempre la labor de extinción.
Las investigaciones realizadas permiten afirmar que, desde fines del siglo xvii, hubo en Cuba bomberos organizados: Santa Clara (1696), Santiago de Cuba (1831), La Habana (1835), Matanzas (1836), Cienfuegos (1838), Holguín, 1867), Guantánamo (1884) y Pinar del Río (1887). Cada una de esas ciudades se preocupó de organizar bomberos en los pueblos cercanos: en Santa Clara, la ejemplar patriota Marta Abreu de Estévez apoyó con fuerza las nuevas fundaciones.
Ante la proliferación de los incendios surgió la necesidad de adquirir las primeras bombas de agua de tracción humana, las cuales llegaron a Cuba a fines de 1795. Se operaban a mano por los vecinos de las ciudades, o por los esclavos domésticos cuando se tenían; y por los negros esclavos en los ingenios y haciendas.
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Primer coche-bomba que circuló por La Habana.
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En la villa de San Cristóbal de La Habana los vecinos más humildes se habían ido agrupando espontáneamente para acudir en ayuda de otros cuando había fuego. Ya en 1833 el gobierno se proponía organizar una brigada de bomberos que acudiera al lugar del fuego cuado este ocurriera. Pero no es hasta el año 1835, durante el gobierno del capitán general don Miguel de Tacón, que se crea oficialmente el Cuerpo de Honrados Obreros y Bomberos de La Habana, llamados también Bomberos Municipales, cuyo Reglamento fue aprobado por real orden del 10 de mayo de 1838.
Desde su constitución en La Habana, como en las otras villas, el ingreso a ese cuerpo era totalmente voluntario y sus miembros no recibían ningún tipo de remuneración por el trabajo que realizaban. Su primer cuartel, denominado San Felipe, estuvo en la calle Obrapía y más adelante tuvieron otro en la calle Egido. |
Estaban organizados en seis grupos, tres destinados para el servicio de la ciudad y tres para la periferia. Además de diferenciarse según el oficio que desempeñaba cada tercio (carpintero, albañil, herrero…), se definía por la raza de sus integrantes, existiendo así uno de bomberos blancos, uno de mulatos y otro de bomberos negros. Los Bomberos Municipales crecieron en número, de modo que ya a finales del siglo xix se dividían en cinco secciones: Salvamento, Obreros, Pitoneros, Manguera y Maquinaria. Vestían uniforme: casaca azul turquí, cuello y vivos rojos, y pantalones blancos Más adelante, al crearse la sección de Camisetas Rojas, fundada por Andrés Zengowiech, se identificaban con casaca de lana roja y pantalón azul.
Los Bomberos Municipales llegaron a tener cuatro bombas de tracción animal a las que llamaron Virgen de los Desamparados –en honor a su patrona–, España, Gámiz, y la última llevó el apellido del fundador de las Camisetas Rojas como un homenaje a quien tanto amó la labor que realizaba.
Durante el gobierno de don Miguel Tacón eran frecuentes las evidencias de oposición política a la corona en toda la Isla. El primero de julio de 1838, para evitar conflictos de ese tipo, el Capitán General, de acuerdo con el brigadier don Tomás Yarto, dictó las medidas organizativas para proporcionarle al Cuerpo de Bomberos un régimen semi militar y lograr un mayor control y vigilancia sobre sus miembros, muchos de ellos pardos libres. A finales del mismo año, ya en el mandato de don Joaquín de Ezpeleta como Capitán General de la Isla, fue designado el comandante don Andrés Brú y Villalobos para hacerse cargo de la organización de los bomberos. Los jefes de bomberos tendrían grados militares.
A finales del siglo xix, el auge del comercio y el consecuente avance económico que ello generó, impulsaron el desarrollo de la capital de Cuba. Muchos establecimientos se vieron afectados por frecuentes incendios, algunos de ellos de proporciones severas. Ante tal situación, las compañías de seguro de la Isla y el gobierno crearon, en 1873, un cuerpo de bomberos voluntarios, integrado por jóvenes del comercio y apoyado económicamente por los comerciantes, denominado Bomberos del Comercio. Vestían uniforme compuesto por chaqueta encarnada, pantalón de dril a rayas, cinturón negro y machete corto, hasta 1892, año en que cambió por pantalón y chaqueta azul turquí y casco de cuero. Las clases y oficiales se diferenciaban mediante distintivos. Su Reglamento fue aprobado por el gobierno de la Isla el 26 de febrero de 1873. El 19 de septiembre del mismo año fue inaugurado su primer cuartel que radicó en la calle San Ignacio, número 19. Inicialmente tenían por jefe al señor Rufino Sainz y, posteriormente, al señor Aquilino Ordoñez.
Así las cosas, durante años existió una fuerte rivalidad entre esos Cuerpos porque ambos querían llegar primero al lugar del siniestro. El pueblo no estaba ajeno a esa situación. La opinión pública se hallaba dividida entre los simpatizantes de unos y otros. A tal extremo llegó ese antagonismo que ante la alarma de incendio, los ciudadanos corrían al lugar del fuego para adueñarse de las fuentes de abasto que solo entregaban a sus simpatizantes con el consiguiente perjuicio del inmueble incendiado. Se afirma que permanecían por los alrededores para conocer el desenlace y hasta llevaban un récord de los incendios ganados por cada cuerpo de bomberos. Y así permaneció todo hasta que una terrible sacudida los hizo reaccionar…
La noche del 17 de mayo de 1890, entre las 10:30 y las 10:45, corrió la voz de que había fuego en la calle de Mercaderes esquina a Lamparilla, en la ferretería de Juan Isasi… El aviso llegó por vía telefónica del número 233 a la estación central de los bomberos del comercio, y enseguida fue secundado por los silbatos de la policía y las campanas de las iglesias… Los bomberos municipales no se hicieron esperar… Allí se encontraban José Miró, inspector especial de la policía, algunos periodistas y dueños de los comercios aledaños o cercanos. Sin embargo, Isasi, que era el socio principal de la ferretería brillaba por su ausencia. Las llamas parecían incontrolables. Isaac Cadaval, de los Bomberos Municipales, hacha en mano, se disponía a abrir un boquete en una de las puertas con el propósito de introducir un pitón para atacar mejor el incendio cuando se produjo el estampido… La explosión detuvo la marcha de los trabajos: un inmenso resplandor rojiazul alumbró el espacio, hacia el cual se elevó una densa columna de humo acompañada de restos de la ruinosa construcción que se iban amontonando frente a la ferretería Lastra y establecimientos contiguos, que comenzaron a ser amenazados peligrosamente por las llamas… Obstruida por los escombros, la calle Lamparilla había sepultado a los principales jefes de bomberos de ambos cuerpos, guardias y espectadores... Los bomberos, consternados, se vieron sin útiles para trabajar porque los mismos quedaron debajo de las paredes desplomadas… Un grupo de ellos quedó atrapado en medio de una total oscuridad; un denso humo casi los asfixiaba cuando Ailet, uno de ellos, logró abrirse paso entre los innumerables obstáculos y derribó con el hacha una puerta con la que topó. Entonces pudieron salir a un balcón, desde donde pidieron a gritos una soga mediante la cual se deslizaron a la calle. |
Una noticia de la época refiere que el periodista Ricardo Mora, quien se encontraba cerca de Cadaval cuando este se disponía a practicar una brecha para organizar la extinción en el interior de la ferretería, había intentado volverse al oír la detonación, pero un pesado golpe en la espalda lo lanzó contra la pared de la casa Lastra, y sin darle tiempo a más, un segundo impacto lo sepultó en los escombros… “Sentía un peso enorme que le trituraba el cuerpo y respiraba poco, muy poco… En aquella improvisada fosa (…) sintió pasos que se acercaban, oyó voces y llamó desesperado”. Cuando lo rescataron supo que debajo de él había agonizado Francisco Ordoñez, jefe de la Sección de Salvamento del Cuerpo de Bomberos del Comercio.
A extinguir el renovado incendio, refrescar las paredes de las casas inmediatas y el promontorio de ruinas para hacerlas accesibles y poder realizar el escombreo, se dirigieron los potentes chorros de agua sin cesar durante toda la noche del 17, y la mañana y la tarde del domingo 18… Los bomberos, casi sin usar picos ni palas para no lastimar a los que yacían sin vida, apartando con las manos todo lo que encontraban a su paso, realizaron los trabajos de salvamento y el rescate de los cadáveres. Innumerables son las anécdotas heroicas que pudieran relatarse y muchos los nombres que pudiera relacionar, destaco el de un vecino, Juan Federico Centellas: se unió a tres bomberos para reemprender la difícil tarea de extinguir el fuego. Cerca del almacén de víveres de José Balaguer y Cía., encontraron un pitón conectado a una manguera, y tras revisar el tendido subieron a la azotea de la casa, y desde allí dirigieron sus esfuerzos hacia la calle que a todo su largo y ancho estaba cubierta por las llamas. Centellas, que no era bombero, demostró un valor increíble. |
Lápida conmemorativa fijada en el edificio donde
ocurrió la hecatombe
el 17 de mayo de 1890. |
El depósito quemado en la ferretería de Isasi estaba asegurado en veinte mil pesos oro en dos compañías de seguro. Resulta muy interesante el siguiente dato: a las doce de la noche del domingo vencían las pólizas, pero Isasi las había pagado el sábado, es decir, el día de la tragedia. Isasi, que se enteró de lo que acontecía cuando un amigo le llevó la noticia a su hogar, sito en 9na. No. 50 en el Vedado, fue detenido en la calle Mercaderes alrededor de la una de la madrugada. Luego lo remitieron al Juzgado del Este y lo mantuvieron incomunicado junto con sus socios y dependientes, los cuales estuvieron en el lugar del suceso desde los primeros momentos. Aseguró que ignoraba la causa de lo acaecido, que no había materiales explosivos en su negocio pues la pólvora la guardaba en los almacenes del gobierno. Insistió en que no había gas en su depósito ni pernoctaba persona alguna, y señaló que “el hecho de haber pagado anticipadamente las pólizas de seguro lo favorecía”.
La tragedia de Isasi le costó la vida a 25 bomberos (la cifra mayor de mártires en incendios hasta estos tiempos), de ellos 9 eran de los Municipales: Andrés Zencoviech, Isaac Cadaval, Carlos Rodríguez, Adrián Solís, Miguel Pereira, Bernardo García, Fermín Posada y Pedro Chomat. Del Comercio, 17: Juan J. Musset, Francisco Ordoñez, Oscar Conill, Gastón Álvaro, Raoul Álvaro, Pedro González, Ignacio Casagran, José Prieto, Carlos Salas, Ángel Mascaró, Francisco Valdés, Inocencio Valdepares, Hilario Tamayo, Juan Viar, Enrique Alonso, José Miró y Alberto Porto. Fallecieron también un miembro de la Marina, 4 del Orden Público y 8 vecinos que quisieron colaborar.
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Panteón destinado a Juan J. Musset,
a quien su familia quiso construirle
uno propio. |
La Habana amaneció enlutada el domingo 18. Fueron suspendidas todas las actividades de recreación. Los buques surtos en la bahía, las instituciones del gobierno y los consulados izaron sus banderas a media asta. Los periódicos agotaron sus ediciones tempranamente. Los funerales, a las cuatro de la tarde del lunes 19 de mayo, se realizaron con toda solemnidad. La bomba Virgen de los Desamparados llevaba el cadáver de su jefe, el teniente coronel Andrés Zencoviech; en el carro de auxilio de los bomberos del Comercio iban los de Juan J. Musset, Oscar Conill y Francisco Ordoñez; en la bomba Colón, el de Gastón Álvaro; en la Cervantes, el de Raoul Álvaro, y así sucesivamente.
A los soldados de la humanidad, que así los llamaban, no se les tributó honores militares dispuestos por las autoridades de la Isla, por razones de prudencia debido a la aglomeración de personas. Todos fueron sepultados en la tierra, con excepción de Juan J. Musset a quien su familia quiso destinarle un panteón propio. Por real decreto del 3 de abril de 1891 se concedió el título de Muy Benéfico y la Cruz de Primera Clase de la Orden Civil de Beneficencia a los cuerpos de Orden Público, Bomberos del Comercio y Municipales de La Habana, y se les autorizó a usar las insignias de dicha Orden en los escudos de sus banderas, y el título en los sellos y documentos.
A pesar de la repercusión social que tuvo la tragedia de la calle Mercaderes, Isasi fue puesto en libertad el 30 de julio del mismo año; aunque el dictamen de la comisión facultativa designada para investigar las causas determinó que la pólvora y la dinamita, existentes en grandes cantidades en el lugar, motivaron la explosión
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En abril de 1902, es decir, pocas semanas antes de concluir la ocupación militar de Cuba por los Estados Unidos, por fusión del Batallón de Honrados Obreros y Bomberos con el Cuerpo de Bomberos del Comercio no. 1, queda constituido el Cuerpo de Bomberos de La Habana, el cual variará su nombre más adelante hasta que por la ley 1156 del 18 de mayo de 1964, adopta el nombre de Dirección General de Prevención y Extinción de Incendios, y forma parte del Ministerio del Interior.
EPÍLOGO
Un amigo que fue bombero me contó que es una tradición entre ellos persignarse cuando escuchan la señal de alarma, pero yo lo interpreto como un acto de fe. Desde la colonia, los bomberos tienen por patrona a la Virgen de los Desamparados, pero más adelante también situaron en los cuarteles a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. Desde 1996 quedó establecido, dicen que “al azar”, el día 13 de noviembre como Día del Bombero Cubano, dedicado en el santoral católico a la Virgen de los Desamparados. Yo creo, como alguien que conocí recientemente, que “la Virgen reclamó su lugar…”.
Al Ayuntamiento de La Habana correspondió, en 1890, la determinación de erigir un monumento funerario in memorian, y la iniciativa de iniciar la suscripción pública fue del Diario de la Marina. Se lanzó una convocatoria extendida a España, Italia y los Estados Unidos, premiándose el lema Heroum, perteneciente al arquitecto Julio M. Zapata y al escultor Agustín Querol, ambos españoles. De acuerdo con la ficha del expediente científico no. 4158 del cementerio de Colón, el terreno donde yacían los mártires de Isasi fue donado por el Obispo de La Habana para la construcción del monumento, y corrió a cargo de Francisco de Astudillo, Maestro de Obra y Perito. El montaje demoró cinco años debido a diversas contingencias, inaugurándose el 24 de julio de 1897. El monumento, de planta rectangular, es el más alto del repertorio sepulcral del cementerio, conjugando elementos arquitectónicos y escultóricos; pilastras, contrafuertes y frontones con representaciones alegóricas de la iconografía cristiana y pagana. Hasta allí han acudido cada año, casi ininterrumpidamente, los Bomberos cubanos en emocionado homenaje a los mártires de Isasi… Yo creo que el 13 de noviembre de este año me uniré al pueblo que por lo regular los acompaña en fecha tan especial, tal vez usted, amigo lector, acepte esta invitación…
En el presente, la pantalla chica ofrece tres veces por semana una telenovela que en su esencia significa un reconocimiento a los valerosos hombres que a través de la historia, sin recibir remuneración económica durante muchísimos años, no vacilaron en arriesgar sus propias vidas para salvar las del prójimo, como tampoco vacilan los de estos tiempos. Honor a quien honor merece, dijo el Apóstol José Martí. Creo que ese sentimiento martiano fue asumido con respeto y profesionalidad por el colectivo de realización de esa obra. Enhorabuena.
Nota. Mi agradecimiento a la Mayor Sara Rivera Osamendi, directora del Museo de los Bomberos, por proporcionarme toda la documentación que requería para esta glosa; y para Teresita Muñoz Bustamante, trabajadora de esa institución. |
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