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<< ABRIL / 2008 No.173
ECONOMÍA

Las crisis
económicas del capitalismo
por Orlando Freire Santana

Hace aproximadamente treinta años, cuando era estudiante de la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana, tuve la percepción de que el sistema capitalista podría derrumbarse de un momento a otro debido a las crisis económicas, acerca de las cuales enfatizaban mis profesores de Economía Política cuando tocó el turno de estudiar El Capital, la obra insignia de Carlos Marx.

En efecto, según el punto de vista del prolífico pensador prusiano, la anarquía y la falta de coordinación del sistema de producción capitalista llevaban a que se interrumpiera periódicamente el proceso acumulativo del capital; un ciclo cuyo declive era calificado por Marx como una crisis de superproducción.

En este punto el capital se concentraba aún más como consecuencia de la quiebra de muchos propietarios, y la situación de los trabajadores empeoraba sobremanera. La única salida para tan deplorable estado de cosas era el establecimiento de un nuevo sistema social; una metamorfosis que comenzaba, de acuerdo con las propias palabras del creador del Manifiesto Comunista, con “la expropiación de los expropiadores”.

Ya sabemos que el capitalismo no se desmoronó. Tal vez el mercado de una manera semiautomática –cierto que con determinada dosis de participación estatal– logró maniobrar con el binomio recesión-inflación para reducir el impacto de las crisis que se fueron presentando.

Así, al declararse una recesión con la caída de la actividad económica y el aumento del desempleo, se bajaban las tasas de interés bancario y disminuían los impuestos con tal de inyectar dinero en la circulación, incentivar las inversiones y la creación de nuevos empleos. A la inversa, ante una situación inflacionaria (precios altos y déficit presupuestario o exceso de dinero en la circulación) se aumentaban las tasas de interés, subían los impuestos o disminuía el gasto público.

Una nueva crisis parece gestarse –algunos opinan que ya es una realidad– sobre la economía norteamericana. Una expansión desmedida del crédito bancario, sobre todo el destinado a la adquisición de viviendas, condujo a que una parte de los préstamos fueran a parar a manos con poca o ninguna capacidad de devolución. El sistema bancario comenzó a reportar afectaciones, al extremo de que dos de los más importantes bancos del país, el Citigroup y el Bank of America, cerraron el año 2007 con pérdidas evaluadas en miles de millones de dólares. De inmediato la desconfianza financiera se trasladó a la economía real, y bajaron las ventas minoristas, así como las inversiones. El desempleo, por su parte, tiende a aumentar; y los bancos se niegan a conceder nuevos préstamos en momentos en que más los necesita la economía.

Estos signos inequívocos de una recesión se presentan junto a rasgos típicos de un proceso inflacionario, como lo son el déficit presupuestario y la baja en la cotización del dólar. Semejante dualidad, que sin dudas complica la tarea a los encargados de enmendar dichos males, constituye una de las especificidades de esta crisis. Se trata de un fenómeno que los especialistas han acuñado con el término de estanflación.

En esta oportunidad los temores a una recesión superaron la habitual tendencia antiinflacionaria de los guardianes de la economía norteamericana. La Reserva Federal –el equivalente a nuestro Banco Central, pero a diferencia del de aquí, autónoma con respecto al Gobierno– accedió a rebajar las tasas de interés bancario, y el presidente Bush anunció una reducción en los impuestos. Incluso, una institución que siempre había recomendado políticas restrictivas para mantener a raya la inflación, como el Fondo Monetario Internacional, en esta ocasión aconsejó a los países “con problemas” –léase en vías de recesión– implementar estrategias expansivas con tal de reactivar la economía.

Otra característica de nuestros días que signa la crisis es el carácter globalizado de la economía; una interdependencia que traslada en muy breve tiempo las tribulaciones de un país al resto de la comunidad internacional. Atrás quedaron los tiempos de la autarquía y el nacionalismo económico de los años treinta, y que según algunos especialistas fueron los detonantes que desencadenaron la Segunda Guerra Mundial. Con los acuerdos de Bretón Wood en 1944 y el nacimiento del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, Estados Unidos diseñó un mundo de posguerra con economías abiertas y libertad de comercio, rasgos que según la Casa Blanca contribuirían a garantizar la concordia entre las naciones.

Según el académico norteamericano Robert Pollard en su texto La seguridad económica y los orígenes de la guerra fría, 1945-1950, “la muerte del sistema de Bretón Woods se ha proclamado muchas veces desde 1971 cuando Richard Nixon eliminó la paridad del dólar con el oro. Pero el espíritu del sistema y las instituciones resultantes sobreviven, y sus metas –un volumen más alto de comercio mundial y una creciente interdependencia internacional– se han logrado ampliamente”.(1) Claro, todo un itinerario que ha desembocado en los actuales bloques económicos y los acuerdos de libre comercio.
Más si la globalización exhibe la inconveniencia del fácil contagio, también podría despertar el ansia del esfuerzo colectivo, pues nadie se beneficiaría plenamente con una crisis global. Por ejemplo, una recesión en Estados Unidos con una merma en sus niveles de consumo, la depreciación del dólar y la consiguiente caída de las importaciones, afectaría de una manera sensible a la mayoría de los países latinoamericanos, los cuales dependen del atractivo mercado norteño para situar sus productos de exportación, muchos de ellos en condiciones preferenciales. Y esa recesión trasladada al sur del río Bravo de seguro deprimiría en estos países la producción de manufacturas y materias primas esenciales. Esto último extendería el perjuicio a economías emergentes como China y la India, las que han acompañado sus crecimientos –en una dosis apreciable– con el insumo ascendente de productos primarios salidos de nuestro continente.

De igual forma, una caída en picada del dólar –una posibilidad nada descartable si tomamos en cuenta la terapia que se aplica para detener la recesión– sería desagradable para la mayoría de las naciones. Muchas de ellas tienen gran parte de sus reservas monetarias en dólares norteamericanos; y las bolsas de importantes productos se cotizan en dicha moneda. La poderosa Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) no logró en su última reunión cumbre –a pesar de Hugo Chávez y gracias a la moderación de delegaciones como la monarquía saudita– desembarazarse del dólar. Por estos días he leído en algunos medios de prensa la siguiente frase: “Si Estados Unidos se enferma, América Latina estornuda”. Cambiemos los términos de América Latina por el Mundo, y la ecuación mantiene su significado.

La reciente reunión de financieros y hombres de negocios en la localidad de Davos, en los Alpes suizos, intentó tranquilizar a la comunidad internacional. Allí se presentó Condolezza Rice para expresar que confiaran en la solidez de la economía norteamericana. Igualmente Álvaro Uribe para insistir en la conveniencia del libre comercio que vincula las economías del sur con las de los países desarrollados. Sin embargo, la intervención que marcó el tono del cónclave pareció ser la del acaudalado financiero húngaro-norteamericano George Soros, uno de los fundadores de esas citas. Soros aseveró que quizás el mundo no afrontara una crisis como tal, sino una realineación de la economía global con un declive relativo de Estados Unidos y un alza de China, India y otros países en vías de desarrollo.

Entre nosotros parece que se abre paso la sensatez en los pronósticos, dejando a un lado el espejismo del espíritu de los manuales soviéticos de los años setenta. El economista Osvaldo Martínez declaró no hace mucho que las crisis económicas mostraban las fisuras del sistema, pero que ellas de por sí no bastaban para hundir el capitalismo.

Nota:
(1). Pollard, Robert: La seguridad económica y los orígenes de la guerra fría, 1945-1950. Ediciones Gernika S.A. 1988.