Retornar al "Home Page" ...
 
 
<< ABRIL / 2008 No.173

por Arístides O´FARRILL
No siempre 7 es número de suerte
Séptima Muestra de Jóvenes Realizadores evento cinematográfico nacional más importante del momento
La Séptima Muestra de Jóvenes Realizadores volvió a convertirse en el evento cinematográfico nacional más importante del momento. Acudir a ella nos permite disfrutar de lo más novedoso y comprometido con la realidad en materia audiovisual. Sin embargo, junto a las indiscutibles luces, no pocas sombras atentaron contra la muestra, como fue, por ejemplo, la excesiva y poco rigurosa selección de los filmes a competir. Ello provocó que al lado de obras novedosas, figuraran otras que eran el clásico “pecado del novato” (un chiste audiovisual para divertirse entre amigos y mortificar al espectador).

Por otra parte, se presentaron obras de “consagrados”, las cuales –a la par de extensas– ya habían recibido amplia difusión y no aportaban nada a
una muestra que se caracteriza por presentar lo más novedoso y lo menos divulgado. Para colmo, estos trabajos fueron exhibidos en concurso y no fuera del mismo como –pienso– les correspondía. Otras creaciones, pese al loable intento de sus jóvenes realizadores por reflejar zonas candentes de nuestro entorno, resultaron tópicas y reiterativas, sin aportar nada nuevo a temáticas ya recurridas en anteriores ediciones: marginalidad, problemas ambientales, inmigración y emigración, travestismo, etcétera.

De las más de cien obras presentadas me detengo a ofrecer un bojeo sobre sólo algunas, de las que a mi juicio, mostraron mayor arrojo y calidad estética a la hora de abordar problemáticas sociales. La ficción –cenicienta de las últimas competiciones– mostró un notable salto cualitativo y cuantitativo en relación con el año pasado.

Japibeituyu (Premio SIGNIS-CUBA), del debutante Javier Cepero, es un duro y a la vez aleccionador testimonio sobre cierta juventud cubana que a falta de perspectivas pasa los mejores años de su vida atrapada en el consumo de alcohol y drogas, y en la paráctica del sexo ocasional e impersonal. Para armar su historia, el corto parte de la misma premisa que el filme norteamericano Very Bad Things (1999, Peter Berg): un grupo de amigos deciden celebrarle a otro el cumpleaños y le traen “una mujer”como presunto regalo. Entre el alcohol y todo tipo de excesos la “fiesta” culmina de manera trágica, y lo peor, sin ningún remordimiento por parte de los encartados. Cepero, con una acertada edición y una rica banda sonora que incluye textos de canciones nihilistas de Rolling Stones y Audio Slave, da exactamente la psicología de los personajes y logra interesarnos o preocuparnos por esta zona importante de la juventud, que alejada de todo triunfalismo oficial, ahoga su falta real de protagonismo en placeres vacuos y peligrosos, denigrándose como personas y perdiendo lo mejor de esta etapa de la vida.

No menos dura e inquietante es Las flores feas, que marca el regreso del prometedor Harold Rensoli. Se trata de una parábola semifuturista sobre las consecuencias de la progresiva y –por ahora imparable– depauperación ética de la sociedad cubana actual y en particular la generación que frisa los 20 años. Con un lenguaje vanguardista, Rensoli muestra sin cortapisas las posibles causas del fenómeno, así como las consecuencias que para el futuro puede tener esta preocupante crisis social.

Igual de desoladora resulta El Patio de mi casa, de la realizadora Patricia Ramos, quien refleja otra realidad desconocida por el audiovisual cubano: el drama de las mujeres cuarentonas, divorciadas y con hijos, que lejos de sentirse lozanas y maduras para la vida, como debiera ser, experimentan el ocaso y la liquidez física prematura, sobreviviendo como pueden entre la carestía, la manutención de los hijos y muchas veces el cuidado de familiares ancianos. Es así como le ocurre a la protagonista (Beatriz Viñas), una actriz cuyo rostro muestra acertadamente el agobio cotidiano, y para la que el dormir y soñar con una vida mejor, constituye la única posibilidad de escape. El filme construye una puesta en escena deliberadamente parsimoniosa para mostrar esta realidad en su asfixiante rutina. Sutil resulta la secuencia en que aparecen mojados y estrujados los viejos pesos cubanos con las esfinges de Martí y Camilo Cienfuegos para ilustrar no sólo la pérdida de valor del peso oficial, sino también la crisis existencial de una generación atravesada por tan crítica situación.

Tierra roja, de Heidi Hassan, indaga en las vicisitudes de una joven cubana ( Maryana Sylla) que emigró a Bélgica. El filme es una suerte de falso documental que sigue a la manera de una ficción los percances de esta mujer. Enfoca el tema de la inmigración desde una perspectiva distinta a la que habitualmente se nos presenta en el audiovisual cubano. Aquí se habla de la dificultad de arraigarse a otra cultura, otro clima, otra manera de ver la vida, pero destacando la dolorosa separación, tanto para el que se va como para los seres queridos que se quedan (en este caso madre-hija). Confirma la tesis de que el que emigra, aun cuando no le quede otra opción, sufre casi siempre el desgarro.

En cuanto a los documentales uno de los más comentados fue Zona de silencio, de Karel Duasse, que aborda el tema de la censura mediante entrevistas a cinco destacados intelectuales y artistas. Su testimonio nos da una visión bastante completa sobre la –todavía– espinosa problemática. El realizador resalta la valentía de los entrevistados para expresar a cara descubierta sus reclamos de mayores espacios de libertad en nuestra sociedad. Sobrecogedor resulta el testimonio del escritor Antón Arrufat, quien permaneció durante 20 años censurado, amarrando libros en la Biblioteca Nacional. También está la historia del trovador Frank Delgado, ausente de la radio y la televisión todavía en nuestros días. Pero la intensidad del documental se pierde a ratos, por la inclusión de fragmentos de filmes –la mayoría cubanos– que aluden a la intolerancia y censura padecidas en este país. Este recurso, que sin dudas se utiliza para agilizar la puesta, rebaja su intensidad dramática. No puedo dejar de mencionar el peso que en el documental le dan varios de los entrevistados a la Iglesia como madre de todas las faltas de libertades que han existido en la historia de Occidente. Sin eludir responsabilidades, me parece un reduccionismo (cuando menos un error) abreviar en escuetos argumentos toda la historia de la Iglesia. Por otro lado, en el documental se habla mucho de la libertad sin ataduras, pero nunca se menciona el uso de la libertad responsable, esa que nos “autocensura” en aras de ser caritativos con el prójimo e impide el penoso espectáculo de la denigración del otro, demasiado recurrente en las sociedades que gozan de entera libertad de expresión.

La ironía y el humor pueden contribuir a sanar problemas sociales. Es el caso de Guardados en un cristal, de Mauricio Abad. Con un tono punzante las obra nos habla del efecto contrario que arrastra consigo la saturación de consignas o personajes históricos. Siguiendo los postulados del cine-encuesta, varios entrevistados muestran tanto su incapacidad de recordar como de tergiversar escandalosamente el poema de José Martí “Los zapaticos de rosa”. De esta manera se devela una amarga verdad: la inquietante falta de memoria histórica e incultura de buena parte de nuestra población. Los fracasados entrevistados son de diversas edades, nivel de instrucción y posición social, lo que trasluce un demoledor retrato del verdadero nivel educacional que poseemos y el daño que ha provocado la sistemática exposición de mensajes condicionados.

También en una línea jocosa va Se aceptan proposiciones (mención SIGNIS-CUBA), de Ever Miranda. El documental comienza como una sátira hacia uno de los “deportes nacionales”: la permuta. Se trata de todo un “fenómeno mobiliario” propio de una sociedad con tan poca movilidad y cambio. A medida que avanza este dinámico documental se aprecia que su intención va más allá de la permuta para introducirse en una problemática medular: el deterioro del nivel de vida habitacional, una de las mayores penurias que sufre el cubano en la actualidad. Mediante ágiles imágenes de archivo nos muestra promesas incumplidas, planes fracasados y crisis económicas que han hecho de la vivienda una tragedia nacional.

Por ultimo Jeffrey Puente, con su documental Para subir el cielo, concluye su trilogía sobre vivencias de la fe católica en su natal Pinar del Río. A modo de suspenso, Puente va descubriendo al espectador los pormenores de la celebración del Domingo de Ramos en un poblado de Bahía Honda. Tiene habilidad y sutileza en la manera en que poco a poco revela un mundo insólito y desconocido para la mayoría de los cubanos, pero el prólogo resulta demasiado largo y le sobra el final con todos los pormenores de la partida del padre Iván Bergerón (protagonista de la trilogía) una vez concluida la celebración. Con todos los altibajos que ha tenido esta trilogía de Puente, no cabe dudas de que se trata de una obra atípica en la historia del audiovisual cubano. No cabe dudas de que es un creador personal, que amén de las cosas que le faltan por limar, se aprecia un futuro venturoso para él.

Regresar al Sumario
Sumario Breves Opinión Religión Sociedad Segmento Internacional Glosas Cubanas