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“– Han llegado las mariposas al florecido jardín”
y no: “– ¡Esto se acabó de joder!”
mi historia fuera otra.
Luego fue ir creciendo: patrullas juveniles,
jóvenes rebeldes
enseñar a leer, escribir en montes y caminos.
Cortes de caña.
Recogidas de café
Sin aprender a deshojar margaritas
acosé a sacerdotes, feligreses
cuando comienza la noche,
tratando de descubrir conspiraciones
del clérigo que me había bautizado
que me había confirmado.
Yo, Manuel José Venancio de Jesús Guillén Coello tomo mis primeros
alcoholes, acaricio los primeros senos, duros, mientras,
alucinado por el tiempo,
la falta de alimentos en las bodegas y mi abuela,
comía con ganas arroz de fideos.
Tíos de padre y de madre suspiraban
arrobados, eufóricos. Ahora sí todo está bien y escribían informes confidenciales: Manolito tiene el pelo largo,
escucha junto a su abuelo emisoras extranjeras para no perder el tiempo, dicen ellos, que Dios les concedió.
Tiene el taburete donde come
lleno de pastillas. Siempre se pierde el alcohol de la bodega.
¿Existirán esos informes?
Por estas simples razones
No puedo
No quiero volver a empezar. (...)
Los diablos me decían:
– Nunca vuelvas a la iglesia.
Sé abakuá, santero, brujo,nosotros somos la verdad,
tendremos más leche y queso que Holanda,
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“el presente es de lucha, el futuro es nuestro” (…)
Discurrí demasiado tarde que irse no hubiera sido mala idea
porque toda la tierra es nuestra tierra prometida.
Fui a un pueblo desolado
con columnas tan exiguas que su tristeza
aplastaba el paso de los caminantes.
Una carta, con matasello legible, llegó a mí:
Manolo, sabemos más de Coco Salas en Madrid
Que de ti en Isla de Pinos.
Irse, siempre irse: vecinos, amigos, hijos.
¿De seguro son ellos los que han tenido que
largar sus nalgas de mi país?
No ver en tiempo real
a The Beatles
el alunizaje de Neil Armstrong
el muro de Berlín contra la tierra salpicada de sangre
el lanzamiento en sinker de Liván Hernández (...)
Han pasado los años.
Recuerdo siempre
–no puedo evitarlo–
te perdono el montón de palabras…
te vas Alfonsina…
cuando ya nada se espera…
Hay otra etapa, otra senda.
No me he extraviado en largos y tortuosos caminos
aunque estuve a punto, por el miedo.
Regresé a Dios, a María, a la Madre Teresa de Calcuta,
al polaco Wojtyla desde un día, en la parada de un camello
en 100 y Boyeros, donde encontré mi verdad
porque hay un mensajero que llama más de dos veces.
Entonces, sin cansancio,
desde la sombra de la higuera y la vid
pude quise
volver a empezar.
¿Demasiado tarde? |