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por María del Carmen Muzio |
Entre las novedades editoriales que ha tenido este año la Feria del Libro, una de ellas ha sido la dedicada a la poesía. Como se comentó en texto anterior, apareció por primera vez en Cuba, la Antología de Spoon River del norteamericano Edgar Lee Master. Asimismo, una antología del inglés Dylan Thomas, Y la muerte no tendrá dominio, traducido por el también poeta Omar Pérez, y Haiku, este otro mundo, del norteamericano Richard Wright, todos por la Editorial Arte y Literatura en su colección Lira. Por su parte, la editorial Casa de las Américas nos trajo la Poesía de Raúl Hernández Novás (La Habana, 1948-1994) en su totalidad. Y como colofón de tan importantes gestos poéticos, la editorial Letras Cubanas publica, por primera vez en nuestro país, la Poesía completa de Enrique Loynaz.
Nacido en La Habana en 1904, hijo del general mambí del mismo nombre –el célebre autor del Himno Invasor– y hermano de la también célebre poetisa Dulce María, desde muy temprano comenzó a escribir. A partir de 1919 comienza a publicar sus poemas en algunas revistas importantes como El Fígaro, quien lo da a conocer como una joven promesa de las letras.
Sin embargo, Enrique Loynaz nunca se atrevió o no quiso publicar sus poemarios en vida; a pesar de que, en una ocasión, preparó una recopilación de sus diferentes libros y se la envió a su amigo José M. Chacón y Calvo. No es hasta la fecha actual que podemos conocer la totalidad de esta obra prácticamente inédita.
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La publicación de Letras Cubanas ha sido compilada y prologada por Ángel Augier. Cuenta además, con la introducción que había escrito Dulce María Loynaz cuando estos poemas se iban a editar en 1970 y que, por traslados laborales tanto de Augier como de José Antonio Portuondo, el proyecto editorial quedó postergado hasta este siglo.
Si los poemarios de Enrique Loynaz subsisten se debe al celo de José María Chacón y Calvo, a quien fueron enviados por el autor, y que los conservó hasta su viaje definitivo a España. Luego, a su muerte, pasaron como fondos al Instituto de Literatura y Lingüística, donde los pudo consultar Ángel Augier y corroborar su autenticidad la hermana del poeta.
El libro contiene sus poemarios “Un libro místico” “La canción de las sombras”, “Faros lejanos”, “Canciones virginales”, de 1920; “Los poemas del amor y del vino”, de 1925; “Miscelánea”, “Después de la vida” y “Últimos poemas”. Estos tres son de 1940, ya que se conoce que Enrique Loynaz dejó de escribir en 1945, aunque no moriría hasta 1966.
No obstante su poco interés en publicar, poemas suyos fueron recogidos en las antologías La poesía moderna en Cuba de Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro en 1926; en La poesía cubana en 1936 de Juan Ramón Jiménez, publicada al año siguiente y en Cincuenta años de poesía cubana de Cintio Vitier, en 1952. Estas fueron las que se publicaron en vida del autor, porque posteriormente algunos de sus poemas aparecieron en otras antologías y en 1987 en un breve folleto publicado por el Gran Teatro de La Habana. En ese mismo año, meses antes, se le había rendido un homenaje que contó con la presencia de su hermana.
En realidad es difícil encontrar un calificativo para este hombre, al que no quiero referirme con el de “raro” que pudiera ser tan socorrido. El propio Augier elabora una teoría sobre este silencio en vida de su poesía, que atribuye a la no competencia con la hermana que ya era una figura reconocida. Sin embargo, la Premio Cervantes no manifiesta esa inquietud en las palabras que le dedica al hermano, sino que nos ofrece una visión de ese desapego a la vida, a lo mundanal, que señala como su característica más singular. El mismo escritor confiesa su deseo de convertirse en “un ser inmaterial”. Se disfrutan, en este trabajo de la autora de “Juegos de agua”, las anécdotas íntimas que nos narra sobre la vida de Enrique, entre ellas, el equívoco cuando conoció personalmente a Federico García Lorca o su intervención en un pleito en la Audiencia, ya que se había doctorado en Derecho en 1928.
Sobre su poesía ella dice: “No fue un poeta religioso sino un poeta místico, que es cosa muy distinta. Muy distinta y muy ardua, y en nuestros predios casi única”.(1)
Sobre las influencias en su obra se ha hablado de Edgar Allan Poe, Rabindranath Tagore; y podemos detectar ciertos puntos de contacto también con su propia hermana; pero esto sin dudas se debe a haber bebido ambos de una misma fuente.
Aunque uno de sus poemas más sobresalientes sea la extraña “Biografía de Judas” del libro Miscelánea, veamos un ejemplo del poemario que tituló “Un libro místico” y que, como muchos de sus poemas no tiene título ni numeración:
Tú con los brazos abiertos,
tú, coronado de estrellas,
me has mirado.
Yo con los brazos caídos,
yo, mi corazón sin lumbre,
te he mirado.
Tú me pusiste una estrella
de tu corona
Yo te di mi corazón
ensangrentado... (2)
La presencia de Dios aparece en la mayor parte de su poesía. Así dice en otro poema del mismo libro anteriormente citado: “Señor, Señor, yo soy un peregrino/sin fe arrastrado por la senda dura...”(3)
El amor, el erotismo y el culto al ajenjo están presentes en el libro “Los poemas del amor y del vino”:
–No sé por qué hoy te llevo
en mis labios... más adentro,
en mi pecho
... más adentro,
en mi corazón. ¡Hoy te siento
correr por mi sangre de fuego!(4)
No es de extrañar que Enrique escribiera la “Biografía de Judas” cuando Dulce María había escrito “La novia de Lázaro”, ya que fueron educados en la religión católica, como mismo lo fueron en la música y la pintura. La “Biografía...” , como ya explicamos, pertenece al poemario “Miscelánea” cuyo título nos hace pensar en poemas prescindibles para su autor, a los que tal vez no quisiera darles importancia; y a su vez es un poema extenso y singular, por lo que cito sólo sus dos primeros versos: “El buen Judas tenía/amordazada la sonrisa...”(5)
En “Después de la vida” el primer verso del poema inicial “El día que yo parta, no intentes detenerme”(6) nos prepara para un libro de una calidad indiscutible, como lo es todo el poema y la poesía de Enrique Loynaz.
Quizás la causa de su silencio haya que buscarla en sus mismas palabras. Como apéndice a esta edición de su poesía aparece una carta a su amigo Chacón y Calvo, que, como muchas de sus cartas no tiene fecha, pero por suerte para nosotros el destinatario anotó que fue recibida en 1924; tampoco la destruyó como le solicitó el remitente, al considerarla una carta autobiográfica. En ella, Enrique Loynaz explica: “(...) creo que fue a Lamar a quien le dije –sintiendo más que intención estética, nostalgia por mis amigos lejanos–, que el principal mérito del arte era que los demás no lo comprendieran, porque una obra de arte que todos comprendieran estaba necesariamente a la altura de todos.(...) Yo por suerte estaba pasando inadvertido”.(7)
Notas:
(1) Loynaz, Dulce María, “A manera de introducción” en Poesía completa de Enrique Loynaz, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007, p.54.
(2) Loynaz, Enrique, Poesía completa, Editorial Letras Cubanas, La Habana, p.73.
(3) Ibídem, p.90.
(4) Ib.,p.201.
(5) Ib.,p.220.
(6) Ib.,p.237.
(7) Ib.,p.279. |
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