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<< ABRIL / 2008 No.173
OPINION

 
La urgencia del presente.
por Orlando MÁRQUEZ

— ¿No viste lo que salió en el periódico de ayer? Lo que viene es mucho, van a acabar con todos los merolicos estos.
Así dijo una señora a su acompañante en un agromercado de La Habana hace unas semanas. La miré un tanto perplejo y me devolvió la mirada mientras se alejaba, con su jaba llena y manteniendo el diálogo con su amiga. Miré entonces a la que me despachaba unas libras de malanga y esta sí me habló: –Déjala que siga creyendo en el periódico–, y mientras hablaba arqueaba las cejas, daba vuelta a los ojos y torcía los labios con esa mueca tan expresiva, no muy agradable, que me mantuvo en la perplejidad. No llegó a “freír el huevo”, no hacía falta.
Yo había leído el periódico “de ayer”, por lo que descifré de qué hablaba la cliente. Se refería a un artículo publicado en Granma el viernes 14 de marzo, titulado “Sería imperdonable que hipotecáramos el futuro”, firmado por el director del diario. Los tres tuvimos percepciones diferentes sobre un mismo escrito. Para la clienta, los vendedores del agromercado no son intermediarios entre el productor y el consumidor, sino las personas que –según ella entendió– el periodista identificaba como los “que quieren vivir sin trabajar y consideran que meroliqueando lo van a tener todo a cuenta de los demás”. Para la vendedora, trabajadora a fin de cuentas, el artículo era algo intrascendente.

En temas públicos, esto de las diferentes interpretaciones resulta casi inevitable. El individualismo es negativo, la individualidad no. Pero las diferentes interpretaciones pueden ser riesgosas como resultado de la ambigüedad de la comunicación, o de los estereotipos que predominan en el imaginario popular. Ha sido tanta la arremetida contra los intermediarios, y los trabajadores por cuenta propia en general, que para muchas personas ellos no son trabajadores, sino una casta maldita de parásitos que debe desaparecer. No los voy a canonizar, pero la cuestión de los altos precios, realmente escandalosos en no pocos casos y que les proporciona ingresos sustanciosos, demanda un análisis más serio y acciones coherentes para socializar esas ganancias. El intermediario –que en realidad no fue atacado en el artículo de Granma– es el eslabón necesario entre el productor y el consumidor, y estará ahí, sea privado o estatal, mientras el que compra no lo haga directamente con el productor.

Para mí, el articulista sólo adelantaba algunas posibles medidas de reforma interna que podrían aliviar la vida de los cubanos, o hacerla más normal al eliminar irritantes “prohibiciones”, como “el acceso al turismo, la venta de equipos…”, al tiempo que evidenciaba la permanencia de la “doble moneda” e insistía en la necesidad de producir más para salir del atolladero. Y esto fue importante no sólo por el significado del mensaje, sino por el significante: el mensaje llegaba desde Granma de manos de su director.

La confirmación vino después, y fue bueno, cuando comenzaran a ser eliminadas ciertas “prohibiciones” –no sólo irritantes por ser discriminatorias, sino por representar un sinsentido que establecía prohibiciones para unos y no para otros, lo que hizo florecer el robo, la corrupción y eso que llaman “doble moral”, ahogando desde el inicio la idealizada “sociedad marcadamente igualitarista” –. Sí, es bueno que los cubanos que quieran y puedan se hospeden ya en cualquier hotel aquí levantado, o tengan acceso a ciertos servicios antes exclusivos para foráneos. Esto es coherente con la Constitución del país y hasta con aquel poema casi olvidado de Nicolás Guillén: “tengo el gusto de andar por mi país, dueño de cuanto hay en él”.

Por otro lado, todos coincidimos en que producir más y mejor es el único modo de cubrir las necesidades materiales de los ciudadanos, y un modo no menos importante de garantizar su bienestar espiritual. Ese es el camino al desarrollo, la meta a la que debemos aspirar. Si sabemos desde hace tiempo que esto es así pero no lo hemos logrado, sería bueno preguntarnos por qué. Si esencial es saber qué hacer, estamos obligados a acertar en el cómo hacer.

Tomo prestado el razonamiento expuesto por el periodista para explicar el auge del turismo foráneo en detrimento del nacional hace más de veinte años: “Descalabrado el mercado natural que teníamos con los países socialistas y la Unión Soviética, recrudecida la guerra económica con nuevas medidas extraterritoriales yankis… ¿de dónde podía el país obtener de manera rápida más divisas para acrecentar los recursos que permitieran adquirir los bienes materiales indispensables…?”

Es difícil digerir la idea de un “mercado natural” ubicado a 9 mil 550 kilómetros de distancia, por ello cuando desapareció la Unión Soviética, que era un país-no-natural, y todo el socialismo real europeo, hubo que reubicar los intereses, porque los lazos eran ideológicos, no naturales. Pero en efecto, el país necesitaba ingresos porque lo que se perdió entonces fue, sobre todo, recursos materiales y fuertes créditos, más que mercado para colocar una sustanciosa producción nacional. Acudir al turismo extranjero fue, y sigue siendo, una vía de ingresos conveniente en un país con hermosas dotes naturales y bastante seguridad. Pero el país no estaba preparado para garantizarlo plenamente porque su capacidad de oferta de productos era muy reducida. Si el país hubiera tenido entonces una poderosa industria alimentaria, no hubiéramos tenido los vuelos de la indignidad –fueron más de uno– para traer lechugas o tomates de otros países.

Si “buena parte de lo que consumimos en nuestra subsidiada (y muy limitada, añado yo) canasta básica familiar, proviene igualmente de las compras en el exterior”, como indica el artículo de marras, es decir, si un alto por ciento de lo que es pan, café, arroz, frijoles, azúcar, sal, jabón, pasta dental, huevos y pollo, proviene del exterior, entonces no estamos ante una oferta que dignifique mucho la capacidad productiva del país. Sin embargo, algunas decisiones recientes permiten suponer que esto puede cambiar. Las medidas en el sector agrícola puestas en práctica, como es pagar más a los productores o entregar tierras en usufructo a quien desee trabajarla, pueden iniciar el proceso de crecimiento necesario, estimular el mercado interno y ayudar a bajar los precios. Pero tales cambios en la estructura económica, para que den resultados crecientes y permanentes, deben estar acompañados, efectivamente, por algunos cambios en los conceptos, aprovechando mejor los recursos que ya existen.

Las dificultades externas no mermaron la voluntad del gobierno para crear una población altamente calificada. Solamente en la capital del país, más del 54 por ciento de la población económicamente activa alcanza el nivel medio superior, y más del 19 por ciento tiene nivel superior, a pesar de ello, casi el 20 por ciento de la población en edad laboral no trabaja (“Más plazas que desvinculados”, Granma, 21 de marzo de 2008). Algo similar, tanto a nivel de formación profesional como de desocupación, puede estar ocurriendo en otras provincias. Hay, realmente, mucho talento que espera su oportunidad.

La voluntad para lograr tan alto nivel profesional y técnico, el capital humano real, no rinde los frutos esperados porque no ha existido una voluntad igual para liberar la capacidad de crear riqueza. Cuesta creer que el propósito de nuestra educación universalizada sea solamente otorgar títulos u ocupar un lugar destacado en las estadísticas internacionales, y no, como debe ser, aprovechar esa potencialidad en el progreso del país. Sin olvidar que después debe de algún modo devolver los beneficios recibidos, el sueño de casi todo joven estudiante universitario –también de un técnico medio– es alcanzar un nivel de vida superior una vez comience a laborar, satisfacer necesidades materiales, constituir una familia y un hogar de forma decorosa, poder ahorrar de su salario, disponer de algún tiempo para el esparcimiento con los suyos en el lugar que quiera y pueda, según los ingresos generados por su trabajo: ser para poder hacer. ¿No ocurre así con los turistas que nos visitan, muchos de ellos con un nivel inferior al del camarero que le sirve la mesa en un hotel de la Isla?

Cuando uno se ha ejercitado para retos mayores, y escuchado durante años que ha recibido la oportunidad de prepararse para conquistar el futuro, lo que espera es poner en práctica lo aprendido, para él y para los demás, no encontrar puertas cerradas. No pocos cubanos han experimentado la frustración y han visto diluirse los sueños que alimentaron cuando se esforzaban estudiando durante madrugadas y años, mientras sus padres han llegado al retiro de la vida laboral en medio de la incertidumbre económica, con salud pero con tristeza, a pesar de tanto esfuerzo y la preparación profesional adquirida. Las medidas tomadas en las últimas semanas, y otras que se esperan, pueden ayudarnos a superar esa frustración, así como a vencer ese sentimiento, no absoluto pero sí presente en no pocos cubanos, de haberse preparado para vivir en un país virtual.

No son pocos los convencidos hoy de que la forma de estimular al trabajo no es ya mediante la consigna y la retórica. Los cubanos de hoy creerán que el futuro les pertenece si se saben dueños de su presente. Y el modo de sentirse dueño es no esperar más que le digan qué debe hacer, sino tener la oportunidad de ser para hacer, para tener, para decidir y para sentirse parte de un proyecto común de nación.

Por eso es tan importante aquello de los “cambios estructurales y de conceptos”, que no es destruir sino transformar para construir. Demanda mucho coraje y voluntad para vencer el complejo de país pobre que debe adquirir casi todo en el exterior, dejar atrás los manuales de dos más dos igual cinco o el fatalismo de no aspirar a lograr bienes materiales, y aceptar la idea de que la propiedad y la riqueza individuales no son un mal en sí mismo, sino aspiraciones y derechos naturales que, bien regulados, tienen una función social y sirven al bien común.

Es necesario que nos decidamos, aunque no lo veamos nosotros, a crear una nación próspera y rica tanto espiritual como materialmente. Aunque no se logre plenamente, el progreso material y espiritual del país debe ser una aspiración permanente –se nos ha dicho que es ya la prioridad–, jalonada por una voluntad activa y constante para lograrlo. Toda acción que conduzca a ello debe ser considerada, porque el modo de no hipotecar el futuro del país, el de todos, es que quienes vivimos hoy seamos copropietarios de nuestro presente, porque para nosotros, tanto gobernantes como gobernados, y ante la urgencia –que no es precipitación– del momento histórico que vivimos, tal vez el futuro no está a la vuelta de cuarenta o diez años, sino a tan sólo veinticuatro horas, o menos.

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