Mi vecino fue candidato presidencial en estas elecciones en Estados Unidos. Sus hijos asistieron a la misma escuela primaria que mis hijas. Su familia, tal como fue el caso de la mía, participó en las actividades de apoyo a la escuela, y en las organizaciones de Boy Scouts y Girl Scouts –más o menos lo que en Cuba serían los Pioneros Exploradores– y en otros esfuerzos de mejorar la calidad de las experiencias de todos los que vivimos en Belmont, Massachusetts. No hubo, además, familia más hermosa con dientes más perfectos y cabellos ubicados en el preciso espacio cabellero. Mitt Romney, mi vecino, tuvo otras responsabilidades menos importantes en su vida, pero él y su familia son ciudadanos ejemplares, creyentes de la Iglesia Mormona, fieles a sus creencias, a sus amigos, y a nuestra comunidad. Cierto, fue además exitoso ejecutivo de una de las empresas consultoras de mayor éxito en Estados Unidos, el genio del rescate de las Olimpiadas celebradas en Utah, y Gobernador de Massachusetts. En última instancia, algo raro dado todo lo ya narrado en este párrafo, la sorpresa de su campaña en búsqueda de ser postulado candidato presidencial por el Partido Republicano es que fue infiel a sus propias ideas. No sé cuándo pecó de infidelidad. Quizás fue la primera vez que se postuló para el Senado. Quizás fue cuando se postuló para Gobernador. Quizás fue cuando se postuló para Presidente. No importa. La inconsistencia entre el hombre que creía era mi vecino, y el candidato que resultó ser, fue como la diferencia entre el día y la noche –inconsistencia que los propios miembros de su partido no pudieron apoyar.
Mike Huckabee no fue simplemente gordo. Mike Huckabee fue obeso e indisciplinado. Huckabee redujo su peso físico para demostrarse a sí mismo que era capaz de ordenar su vida personal y que, en parte por su ejemplo, podría motivar a sus conciudadanos a que adoptaran cambios importantes en sus propias vidas. Elegido Gobernador de Arkansas por el Partido Republicano, nunca fue un Republicano del sur estadounidense como otro cualquiera. No pecó del racismo de Strom Thurmond, uno de los fundadores clave de ese partido en la región sureña de Estados Unidos. No pecó tampoco de olvidarse de las responsabilidades del Estado en la promoción de la educación pública como motor de la superación humana o la inversión en los cerebros de los niños. Huckabee es, además, extraordinariamente simpático, con un sentido del humor –inclusive burlándose de sí mismo– que podría sentirse a gusto en las calles de cualquier ciudad de Cuba. Huckabee, protestante, es profundamente religioso, y como tal se opone al aborto, al matrimonio entre homosexuales, y temas afines. En Alemania o anteriormente en Italia, en otras circunstancias, pudo haber sido no ya un Republicano sino un Demócrata Cristiano, que combina su fe religiosa con un compromiso serio, real y profundo con el desarrollo humano. Huckabee careció de suficiente apoyo para ganar la postulación presidencial Republicana quizás, principalmente, porque su campaña despegó tarde y, por tanto, podrá tener otro futuro.
Menciono a estos candidatos ya derrotados porque fueron parte del quinteto final y, con los tres que siguen en la contienda, cubren un arcoiris de experiencias personales y profesionales, compromisos políticos y valorativos, que reflejan la extraordinaria variedad de la política en Estados Unidos, y el florecer de una representatividad democrática que no veta de antemano la participación de unos o de otros. No hay un solo elector que decida lo que se supone sea bueno para la nación. Solamente los ciudadanos deben seleccionar entre las opciones buenas para la nación. Y en esta elección, los que somos ciudadanos de Estados Unidos hemos tenido notables y valiosas opciones, que incluyen no solamente a los tres candidatos finales.
John McCain es un héroe de guerra. Honro al militar cubano que luchó con honradez y valor en Angola. Honro al militar soviético que luchó con honradez y valor contra Alemania Nazi. Honro igualmente a McCain por su patriotismo, por su coraje, por su honradez, por su sufrimiento en una prisión en Vietnam durante la guerra. McCain ha tenido más de una vida. Llegó, como otros héroes de guerra tanto en Cuba como en Estados Unidos, a asumir responsabilidades públicas. Ha sido un Senador ejemplar por el Partido Republicano. Ha sido líder del Senado en la reforma de las leyes de financiación de las campañas electorales. Se ha opuesto a las medidas del actual presidente de Estados Unidos con relación a temas tan diversos como la práctica de la tortura o la política fiscal. Ha demostrado una y otra vez su disposición de transar cuando sirve como instrumento transparente y eficaz para gobernar mejor. McCain fue héroe una vez más cuando, oponiéndose a la aparente mayoría de su partido, encabezó un intento de modificar las leyes migratorias de Estados Unidos de una manera más humanitaria.
Asumió el liderazgo del Senado, conjuntamente con el Senador Demócrata John Kerry, también héroe estadounidense de la guerra en Vietnam, para promover un cambio de la política de Estados Unidos hacia Vietnam. McCain fue un arquitecto clave de la reconciliación entre Vietnam y Estados Unidos, que desembocó en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y económicas entre ambos países. No sé si la generosidad ejemplar de McCain frente un gobierno en Vietnam que lo retuvo en la cárcel por varios años se transferiría a la relación entre Estados Unidos y Cuba en caso de que McCain fuera el presidente de Estados Unidos. Como hipótesis, sin embargo, recordemos que el acercamiento entre Estados Unidos y China Popular fue obra del Presidente Richard Nixon, a quien nadie podía acusar de ser rojizo. Ningún candidato en la elección presidencial actual está mejor posicionado que McCain para cambiar inmediata y radicalmente la política de Estados Unidos hacia Cuba. No ha sido ese el mensaje de su campaña electoral, como no lo fue de Nixon en su elección con relación a la restauración de relaciones con China. No debemos descartar, sin embargo, que el candidato actualmente más opuesto a cambiar la política estadounidense hacia Cuba pueda ser el que tome esa decisión.
Hillary Clinton es una Senadora inteligente, trabajadora y conocedora de temas de cualquier índole. Su vida personal la ha llevado a vivir en diversos momentos en Chicago y Little Rock, en Massachusetts y en Pennsylvania, y por supuesto ser Senadora por New York. New York la elige no porque sea neoyorkina –donde residía sólo fugazmente antes de su elección como Senadora– sino porque era, y es, una figura de relieve nacional e internacional. New York la elige porque se le reconoce su sapiencia en los temas más recónditos y complejos de políticas de salud pública y otros asuntos.
La campaña electoral nos ha demostrado una persona con un extraordinario talento y sensibilidad para contestar cualquier pregunta de grupos de ciudadanos en Iowa y en New Hampshire, y en otras partes del país, de grupos grandes y pequeños, y de responder con sensatez, sensibilidad, y en muchos casos elocuencia. No posee, es cierto, los chistes de Huckabee, la franca honradez de McCain, la inspiración de Obama, o el peinado inmaculado de Romney, pero Clinton es una admirable combinación de visión sobre un futuro mejor, disposición de discutir todos los temas, y de humanidad conmovedora en los momentos personales más difíciles de una campaña tan dura e interminable. Lo único que carece es de un sastre y un peluquero de la calidad de los que contrata Romney.
Clinton demuestra, además, que una mujer de su talento puede y debe competir para la presidencia de Estados Unidos. No ha sido campaña libre de incidentes de género. La cobertura de prensa a veces recae en comentarios improcedentes como el mío –insertado aquí como ejemplo muy común– en el párrafo anterior, opinando sobre su peinado y vestido. En términos de la calidad de vida democrática en Estados Unidos, lo bueno de su campaña es que esas circunstancias personales han afectado poco la respuesta popular o de élite a su candidatura.
Una dificultad importante que enfrenta la Senadora –en la contienda por la postulación Demócrata y, si la gana, en la elección de noviembre y, si la gana, en su presidencia– es qué va a hacer su esposo. Ya durante la campaña electoral el esposo metió la pata alguna vez. Las Primeras Damas poseían oportunidades y limitaciones más o menos conocidas. Pero, ¿qué hará el Primer Consorte? ¿Se limitará a las muy limitadas actividades de su equivalente en el Reino Unido? Una de las dudas persistentes con relación a una posible presidencia de Hillary Clinton es cómo puede Estados Unidos salirse de los Bush y los Clinton, de los Bush y los Clinton, y de las peleas entre muchos heredadas de los Bush y los Clinton, es decir, cómo entrar de lleno en el siglo XXI.
Por razones distintas –matrimonio, edad– ni Clinton ni McCain son los óptimos ejemplos de ingreso al siglo XXI. Clinton heredaría a Clinton, así como, de manera psicológicamente compleja, Bushito heredó a Bush Padre. McCain no sería el jefe de Estado de mayor edad en el mundo. Pero no es menos cierto que parte de la popularidad del Senador Barack Obama entre los jóvenes es, pues, porque es joven.
Mi hija Leslie es mi principal Oráculo en muchas cosas, y también con relación al Senador Obama. Fue ella por tres años trabajadora social en Chicago, sirviendo como “traductora”. Se leía la producción académica sobre temas disímiles como el embarazo de niñas de quince años o el costo y la calidad de la vivienda. Lo “traducía” a una prosa más accesible para que otros entendieran esos estudios. Se reunía con las muchachas a discutir. Y se reunía con Diputados y Senadores de la asamblea legislativa de Illinois para discutir los mismos temas, redactando breves textos para informarles. Así conoció al Senador Obama. Obama se leía estos textos. Obama formulaba preguntas inteligentes y entendía las respuestas sin que algún asistente tuviera que ayudarle. Obama evidenciaba un compromiso genuino, intelectual y práctico, para resolver problemas humanos concretos. Senadores como él hay otros, pero no muchos. Obama ya era una gran figura política mucho antes de figurar en la política nacional.
Y, en este marco más reciente, ha resultado ser un orador de primera fila, un motivador de la ciudadanía, un inspirador de jóvenes, y un aliento para quienes buscan salir del pasado rumbo a un futuro sin precisa definición pero de alguna manera distinto. Y, por supuesto, la otra cara de esta misma moneda es la inexperiencia del Senador Obama en los asuntos nacionales e internacionales. Cierto, ni McCain ni Clinton ni Obama poseen responsabilidades ejecutivas. No han sido gobernadores o ministros. Clinton vivió en la Casa Blanca, pero su responsabilidad en el diseño de políticas se limitó al primer bienio de la presidencia de su esposo. McCain ha sido Senador por mayor tiempo que Clinton, y ella por más que Obama. Obama posee mucho menos experiencia nacional e internacional que los otros dos.
Si bien la candidatura de Clinton con razón reconoce el éxito de una revolución social en materia de género en Estados Unidos, ya que afirma el derecho pleno de una mujer para ser elegida Presidente de Estados Unidos, la candidatura de Obama afirma el éxito de una segunda revolución social en materia racial en Estados Unidos, ya que afirma el derecho pleno de un negro para ser elegido Presidente de Estados Unidos. Es verdad que la expresión “revolución social” y “Estados Unidos” no se vinculan con frecuencia en las páginas de algunos periódicos en algunos países, pero parte de la apasionante experiencia política de estos meses en Estados Unidos es que el próximo presidente será algo raro: un viejo no aferrado a lo que hereda sino que innovadoramente rompe con los dogmas de su partido, una mujer que demuestra su éxito a veces a pesar del comportamiento de su esposo, y un negro, hijo de padre inmigrante nacido en Kenya, que combina la elocuencia de líderes de proyección histórica y atención al detalle de nuestras vidas cotidianas. |
No conozco el nombre del próximo Presidente de Estados Unidos. Al fin y al cabo, ese es un criterio decisivo de una elección democrática. No se debe conocer con antelación el nombre del ganador. No dudo que el proceso de esta elección refleje la pluralidad democrática de la oferta política de Estados Unidos en una elección que, quizás, le permitirá por fin al país entrar al siglo XXI. Estoy en desacuerdo sobre algún tema importante con cada uno de los cinco finalistas a la postulación presidencial. Pero en su conjunto, son razón de orgullo nacional.
(*)Profesor de Ciencias Políticas, Universidad de Harvard. |

Mitt Romney. |
Mike Huckabee. |
|