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<< ABRIL / 2008 No.173
DEPORTES

Kid Chocolate; más alla de los golpes.

por Nelson de la R. Rodríguez

Kid Chocolate; más alla de los golpes.

Hoy no me referiré a sus triunfos en el cuadrilátero, esta vez prefiero contar una anécdota que refleja la nobleza de su sentir.

Chocolate, apodo que heredó de su hermano Domingo, nunca renunció a sus raíces pese al éxito en el pugilismo, y aunque ganó (y derrochó también) mucho dinero, conservó hasta el final de sus días un corazón noble.

Según le contó el propio atleta a los periodistas Elio Menéndez y Víctor Joaquín Ortega, autores del libro El Boxeo soy yo, él regresó a Estados Unidos en el año 1949, casi 11 temporadas después de su última pelea. En esa ocasión acompañó a otro gran púgil cubano, Kid Gavilán, quien pelearía por la corona del orbe frente al legendario Ray Sugar Robinson en la ciudad de Filadelfia, la misma en la que el ya retirado gladiador había hecho historia.

Su presencia, la invitación oficial a la pelea, atrajo la atención de la prensa, llovieron las entrevistas, los recuerdos y las invitaciones. Una de estas últimas sería especial.

Cuenta el Campeón que un día, a la salida del entrenamiento de Gavilán, una persona se le acercó y le dijo que un viejo amigo de los años 1931 y 1932 quería verlo. El Kid no se hizo de rogar, aceptó la invitación y luego de un corto recorrido llegaron a Harlem. Al detenerse el auto, su acompañante, de manera gentil, le abrió la puerta y luego de pocos metros, penetraron en un lujoso estaurante.

El guía le dijo: “Espere en el bar que su amigo lo recibirá en pocos minutos”, y dirigiéndose a uno de los empleados ordenó: “Al Señor, denle lo que pida, va por la casa”.

Poco tiempo después volvió a aparecer el gentil acompañante del cubano y lo invitó a pasar a una oficina que en la puerta tenía el título de “GERENTE”. Dentro, ya incorporado en señal de respeto, estaba un mulato alto que no tardó en estrechar la mano del Kid, gesto que él correspondió orgulloso.

El anfitrión le preguntó a Chocolate que si lo reconocía y éste le contestó:

— ¿Cómo no reconocerlo?, ¡es usted Ray Robinson!
— ¿Sólo eso?
— Sí, Robinson, uno de los más grandes boxeadores de todos los tiempos.
— No es lo que le pregunto. Busque usted más atrás, allá por los primeros años de la década del treinta, cuando usted vivía en la Avenida Lennox y era la envidia de todos por su forma de vestir. Usted, Campeón, acostumbraba a pagar cinco dólares por la limpieza de sus zapatos y los muchachos se fajaban por hacerlo. ¿Lo recuerda?
— ¡Cómo no habría de recordarlo!

Entonces volvió Robinson a la carga:

— En cierta oportunidad uno de aquellos muchachos se le acercó y le preguntó si el Boxeo daba tanto dinero, si permitía vestir con la elegancia que usted lo hacía. Entonces usted le respondió a aquel muchacho pobre, sediento de gloria y dinero, que si tomaba el Boxeo como profesión, si llegaba a comprender que este deporte era Arte y no fuerza bruta, si tenía buenas piernas y posibilidades de pegar sin que le pegaran, podía ganar mucho dinero.
Mientras los ojos de Chocolate permanecen bien abiertos, el mulato continúa:

— Aquel muchacho nunca olvidó sus consejos. Una noche se fue a verlo al Madison Square Garden y comprobó que, efectivamente, el Boxeo es ciencia y no fuerza. Desde entonces prendió en él la afición por este deporte.

Chocolate, que ya identificó al joven, se incorporó de la silla donde estaba sentado y lo abrazó.

— Así que tú eres el muchacho arrogante que le gustaba bailar el tap, simpático y dispuesto como ningún otro.
Robinson, no se detiene ante las palabras del veterano púgil y agrega:
— Por usted, viéndolo a usted, me hice boxeador y hoy tengo lo que tengo. Dígame qué necesita, ¿en qué puedo ayudarlo?
Chocolate, erguido pero sencillo como siempre, mueve la cabeza de un lado hacia otro en señal de negación y responde:
— Nada. Ya me pagó usted con el trago que me obsequió al entrar en este lugar. Yo en Cuba soy millonario, aunque no tengas billetes en el banco ni tesoros soterrados.
— Ahora soy yo quien no lo entiende Campeón, me habían dicho que usted estaba en la pobreza.
— Yo sí me entiendo. Invíteme a otro trago, le estaré en deuda.

Ray Robinson.
Ray Robinson.
Salieron de la Oficina y Chocolate quedó en deuda.

Chocolate fue un artista del cuadrilátero, un hombre que vivió intensamente y que siempre se sintió satisfecho con las cosas que hizo. Muchos lo criticaron, lo tildaron de derrochador y único responsable de terminar en la miseria. A esos, siempre les respondió:

“Muchos de los que se llaman ricos porque atesoran fortunas, hicieron éstas a costa del dolor y el llanto ajenos. Yo, que no amasé fortunas con el dolor de nadie, sino que gané mucho dinero con mi esfuerzo y mi sudor, me sentí feliz haciendo la felicidad de los demás.

”Esa es la diferencia entre un rico pobre y un pobre rico. Los que juegan en la primera novena toman pastillas para coger sueño. Yo, que con mi dinero repartí alegrías, me siento millonario y duermo a piernas sueltas, porque tengo el más importante de todos los tesoros: el calor de mi gente.”

Así fue Eligio Sardiñas, quien nació el 28 de octubre de 1910 y falleció el 8 de agosto de 1988. Sencillo, desprendido, amigo de todos, hasta de sus rivales, y siempre capaz de enseñarnos algo nuevo.
Al conocer de su muerte, el genial escultor Florencio Gelabert, amigo personal del Kid, corrió hasta la Funeraria de Calzada y K en el Vedado y pese a sus 84 años decidió hacer la mascarilla del boxeador, tal como lo había hecho años antes con el pintor Leopoldo Romañach, el maestro Gonzalo Roig, el ajedrecista José Raúl Capablanca y el ciclista Sergio “Pipián” Martínez.

La admiración de Gelabert por Chocolate tenía una razón: él había estado entre la gran multitud que en 1928 asistió a recibirlo al Muelle de Caballería, luego de vencer a Al Singer, y la mascarilla era una deuda consigo mismo, pese a su edad, no podía dejar pasar la oportunidad de perpetuar en yeso los rasgos faciales de quien, según dijo: “es el atleta que más ha querido el pueblo de Cuba”.

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