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ECONOMÍA

por Orlando Freire SANTANA
Martí
y la economía
Martí y la economía.

Los aniversarios cerrados constituyen casi siempre un motivo para recordar a alguna personalidad o tratar un tema determinado. Por eso este año en que conmemoramos el 155 aniversario del nacimiento de José Martí, la ocasión se presenta propicia para acercarnos a una de las facetas que conforman la grandiosa obra de nuestro héroe nacional. Específicamente nos referiremos a una vertiente tal vez no muy divulgada pero no por ello menos importante en el pensamiento del Apóstol: sus ideas económicas.

Es verdad que Martí no precisó el tipo de política económica que debía implantarse en su república soñada; sin embargo, durante su estancia en México, Guatemala y Estados Unidos intervino en los debates económicos que tenían lugar en esas naciones, lo cual, además del hecho de haber representado a Uruguay en la Conferencia Monetaria Internacional de 1891, demuestra que no era un profano en la materia. Es de destacar, por otra parte, que a partir del establecimiento de la República fueron varios los autores que escribieron acerca del tema. Entre ellos descolló el economista Felipe Pazos con su obra Las ideas económicas de Martí, escrita en 1942.(1)

Durante sus estudios universitarios en España el futuro mártir de Dos Ríos recibió por primera vez un curso de Economía Política como parte de la carrera de Derecho. La asignatura se estudiaba por un texto del profesor francés José Garnier que seguía al pie de la letra los postulados liberales de Adam Smith, David Ricardo y Jean Baptiste Say. Algunos autores marxistas han afirmado recientemente que esa temprana formación influyó en la decidida preferencia de Martí por el liberalismo económico hasta bien entrada la década de 1880, y en consecuencia lo alejó de las ideas socialistas en ese campo. Es un criterio que comparto solo a medias, pues aun tras haber podido consultar buena parte de la obra de Carlos Marx y otros teóricos del socialismo y el anarquismo, Martí siguió adscrito al librecambio y a la defensa del derecho de propiedad, si bien siempre exaltó la función social de la misma. Tampoco debemos olvidar que para el Apóstol lo injusto era la mala distribución de la riqueza y no el mecanismo capitalista de su obtención.

En 1875, ya en la etapa final del gobierno de Benito Juárez, llega a México el joven Martí. No pudo ser mejor el momento del arribo, ya que un espíritu tan indagador como el del cubano no iba a permanecer indiferente ante la porfía intelectual que enfrentaba, de una parte a los partidarios del librecambio, y de la otra a los que apostaban por el proteccionismo. Enseguida Martí toma partido a favor de la primera opción –que era la establecida por el gobierno del Benemérito– y manifiesta sus criterios en varios periódicos y revistas de la capital azteca. Para el joven abogado y Licenciado en Filosofía y Letras el núcleo del problema consistía en el número de personas que se irían a beneficiar con cada uno de los proyectos. El proteccionismo era conveniente para los fabricantes mexicanos, ya que el Gobierno mediante una política arancelaria limitaba la entrada de productos importados. Pero esta variante afectaba a los consumidores que debían adquirir mercancías más caras y de menor calidad. El librecambio, por su parte, operaba en sentido contrario: podía arruinar a algunos fabricantes que produjeran ineficientemente, pero era la delicia de unos consumidores que accedían a mejores productos. Y comoquiera que los consumidores eran más que los fabricantes, ello explica la posición de Martí.

El investigador francés Paul Estrade reprodujo en la revista Casa de las Américas el artículo “Proteccionismo y librecambio”, escrito por Martí en aquellos días mexicanos y aparecido en la Revista Universal. De él extraemos el siguiente fragmento: “El librecambio es la prenda de amistad entre los pueblos, como la reciprocidad es entre ellos la garantía de la justicia. La amistad de las naciones se basa en su interés mutuo: por cuidar cada una del suyo, alimenta al ajeno. De estas compensaciones resulta el progreso común”.(2) Es evidente el optimismo ricardiano de las ventajas comparativas que traslucen estas palabras del Apóstol.

Tras el acceso al poder de Porfirio Díaz, Martí se ve en la necesidad de abandonar México y decide trasladarse a la vecina Guatemala, una nación en la que a partir de 1871 había acontecido un movimiento político de tendencia liberal que pretendía acabar con el latifundio y la concentración de la propiedad. El cubano reclama una reforma agraria que entregue la tierra al que la trabaja realmente y no a nuevos caudillos que fueran a fomentar un monopolio de tipo estatal. Así lo expone el historiador Jorge Ibarra en base a unas reflexiones del Apóstol contenidas en el folleto Guatemala: “La riqueza exclusiva es injusta. Sea de muchos; no de los advenedizos, nuevas manos muertas, sino de los que honrada y laboriosamente la merezcan”.(3)

Entre los años 1886 y 1887 hubo una serie de huelgas que estremecieron la sociedad norteamericana. Martí trata el asunto y apoya el derecho de los obreros a percibir una cuota mayor del resultado de su trabajo, mas ese punto de vista no le impide reconocer la legitimidad del ingreso de los propietarios ni increpar a la propiedad como institución. El ensayista camagüeyano Rafael Almanza, uno de los más acuciosos investigadores del ideario martiano acerca de la Economía, apunta el criterio de Martí al respecto: “Como se está hoy, el obrero, después de halar mal toda la vida y cavar cincuenta años, tiene que vivir de una limosna que no siempre halla. Pero también protesta el país contra la repugnante y desastrosa condición en que les pondría la entrega del manejo de las industrias a los obreros, que ni son sus dueños, ni son más que uno de los factores de ella. Una cosa es que el triste suba, y cada cual goce de todo su derecho, y otra que se le dé el gobierno del mundo a los tristes rabiosos”.(4)

Sin embargo, ya a partir de 1890 la economía de Estados Unidos comienza a manifestar claramente un cambio que mucho alarmó a Martí: la libre competencia cede poco a poco su lugar a la era de los monopolios. Era un fenómeno que se presentaba no solo en el plano interno, sino además en las relaciones internacionales de esa nación. En ese contexto el elemento de reciprocidad que el cubano alababa como parte del librecambio iba a quedar relegado a un segundo plano ante la voracidad de los grandes empresarios del Norte por colocar sus productos en los restantes países americanos.

Surgía de ese modo el sentimiento antiimperialista de José Martí; una convicción que lo llevó a diseñar un modelo de desarrollo autónomo para nuestros pueblos –cierto que sin trascender el marco del sistema capitalista–, cuyo objetivo final no era ya la libertad indiscriminada del capital, sino la liberación del hombre. Ante la posibilidad de un mundo desequilibrado, con algún país sumamente rico explotando a una mayoría de naciones pobres y débiles, el Apóstol opone la idea del equilibrio del mundo, en un ambiente en el que cada pueblo debía desarrollarse en libertad y ser tratado en un plano de igualdad y provecho mutuo.

Tomando en cuenta lo anterior no han faltado intentos de establecer cierto vínculo entre la clarinada antiimperialista de Martí y la teoría leninista del imperialismo. En 1980 el escritor Angel Augier trazó un paralelo entre la crítica martiana del capitalismo monopolista en Estados Unidos y los rasgos clásicos del imperialismo destacados por Lenin: el surgimiento de los monopolios y el fin de la libre concurrencia; el surgimiento del capital financiero y la oligarquía financiera; la exportación del capital; y finalmente el reparto económico y territorial del mundo.(5)

A mi modo de ver, empero, el hecho de que ambos pensadores se hayan referido al mismo fenómeno no significa en modo alguno una aproximación en lo concerniente al enjuiciamiento de él. Para el líder de la Revolución de Octubre el imperialismo era la fase superior y última del modo de producción capitalista, o sea, históricamente indetenible e irreversible, que tendría lugar en las principales potencias capitalistas del mundo, y que al final iría a determinar la sustitución de ese sistema social y el advenimiento de la sociedad socialista. Para Martí, en cambio, el imperialismo era tan solo un caso de involución histórica que había ocurrido en Estados Unidos, y por tanto poseía visos de detención y reversibilidad si se modificaban las políticas de dicho país. No hallamos en su alerta premonición alguna que indicara el fin del capitalismo y la aparición de un nuevo sistema social.

Si se nos permitiera accionar la máquina del tiempo y traer a Martí a nuestros días, me atrevería a la siempre riesgosa encomienda de ubicar su figura en el actual contexto económico y político. Lo imagino identificado con un capitalismo de rostro humano, tal vez de corte socialdemócrata o democratacristiano, donde a la propiedad privada y el mercado les acompañe un sector público capaz de garantizar las necesidades sociales del ciudadano. En cuanto a los mecanismos de integración económica, es casi seguro que no comulgaría con el ALCA ni con los tratados bilaterales de libre comercio con Estados Unidos. Quizá sus preferencias apuntaran a una integración hacia adentro al estilo del Mercosur.

Notas:
(1) Pazos, Felipe. “Las ideas económicas de Martí”, en Vida y pensamiento de Martí. Municipio Habana, 1942.
(2) Estrade, Paul. Revista Casa de las Américas no.85, julio-agosto de 1974.
(3) Ibarra, Jorge. José Martí: dirigente político e ideológo revolucionario. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1980.
(4) Almanza, Rafael. En torno al pensamiento económico de José Martí. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1990.
(5) Augier, Angel. “Anticipaciones de José Martí a la teoría leninista del imperialismo”, en Anuario del Centro de Estudios Martianos no. 3, 1980.