| |
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero,
todavía no te has ido de mi pecho,
a pesar de los exegetas modernos
y de sus controversias sobre el cuarto Evangelio.
Y aunque eres
la dulcísima antítesis de Nietzsche,
aún en mi alma, Señor mío, ¡cuánto puedes!
Por Señor de la Edad Media
que venero con atávica inconsciencia,
en mis evocadores fantaseos
de inconforme y paradójico poeta,
todavía reinas;
a pesar de los altares adornados
con brillantes zarandajas y con flores de trapo,
y a pesar de los santos de palo
y de los hodiernos milagros.
Señor mío Jesucristo,
yo te amo porque amaste tú a los niños,
sin embargo de los curas con sobrinos,
y no obstante las repletas alcancías,
los mendigos en el atrio de los templos
y el anillo de amatista del obispo.
Y a despecho de mi obtuso bisabuelo
y del trozo visible de su viejo esqueleto;
|
y a pesar de la encíclica
condenando la herejía modernista,
todavía permaneces en mi pecho,
Señor mío Jesucristo, porque fueron
tus palabras “buscad primero el reino
de Dios y su justicia…” Y porque fuiste
el que dijo lo del rico y el camello,
¡yo te adoro, Cristo rojo de los viles,
de San Bakunin tácito maestro!
Por ser hijo de Miriam la Inmaculada ,
por tus siervos,
San Francisco, San Renan y San Vicente,
por el fuego que pusiste en la palabra
del apóstol de las gentes;
porque viste cómo todos tus discípulos una noche se durmieron
mientras, solo, agonizabas en el huerto…
y porque perdonaste
el pecado delicioso de la carne,
no te has ido de mi pecho.
Dios y hombre verdadero,
porque adoro la justicia y la belleza,
y porque yo en el fondo soy muy bueno,
y porque mi camino se desliza entre nieblas,
¡no te vayas de mi pecho! |