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por Osmany Pérez AVILÉS
fotos: José J. Hernández |
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Escultura en bronce a Dulce María Loynaz, en el parque Taoro,
Puerto de la Cruz. |
“Hoy, que estoy lejos,
cuando pienso en las Islas,veo,
primero que nada, sus rosas.”
dml |
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Dulce María Loynaz visitó por todo el mundo muchos lugares sorprendentes y apasionados, sin embargo, dedicó su libro de viajes a la tierra de los dragos milenarios.(1)
Un verano en Tenerife, como tituló esta suerte de diario, o crónica, refleja el amor por el paisaje tinerfeño, sus habitantes y costumbres como no lo hizo antes ningún historiador, biógrafo o viajero. Hay quienes afirman que amaba esta Isla antes de conocerla, seguramente a través de las evocaciones de su esposo Pablo Álvarez de Cañas.
La poesía emana de este texto con la misma intensidad que sus experiencias. La belleza del paisaje, siempre a la sombra del Teide, permanece con una distinción lírica, enriquecedora de afectos. Un capítulo inolvidable reproduce el gesto dadivoso y cristiano, que incidiría notablemente en los habitantes del Puerto para declararla |
Hija Adoptiva del hermano pueblo: el manto de seda azul, confeccionado por artesanas cubanas para la Virgen de la Peña de Francia. Otro de los momentos más atractivos de la citada obra, donde los afectos fluyen con un tono intimista, es el diálogo entre Francisco Bonnín Guerín (1874 –1963) y Dulce María Loynaz, cuyo Capítulo XIX incide en esta reflexión.
Sobre la cercanía entre ambos artistas ha declarado Ana Luisa González Reimers durante una exposición de cuadros del pintor en el Puerto de la Cruz:
“En la siguiente visita de Loynaz, durante el verano de 1957, la amistad había cristalizado de forma rotunda. La intimidad del estudio se abrió para la amiga poeta y ésta acudió con frecuencia a la ‘casita soleada’, hogar del maestro en el Puerto de la Cruz, compartido con su esposa y la dulce presencia de su hija Marciana”.(2)
Entonces Bonnín tenía 83 años. Maestro consagrado de la acuarela, prestigioso artista, presidía la Agrupación de Acuarelistas Canarios, de la que era fundador desde 1944, razones por las cuales Dulce María lo presenta como “…un anciano pulcro y delicado, muy erguido en su sonrisa de niño, muy niño en sus ojos azules”.(3)
Pero la autora quiere mostrar a su viejo amigo como se revela en ese instante, al lado de su pecado, de su único gran pecado. De ahí que el júbilo de la paleta se torne mustio, igual al árbol ceniciento que hace y deshace y “…tiene mucho de fantasmal y de esotérico”.(4)
Dulce María teme por lo que va a escuchar. Observa entre los motivos aparentemente gráciles una nueva dimensión: “Don Francisco hace una pausa y suspira; las acuarelas se desprenden de su mano como flores marchitas al soplo helado de un recuerdo que viene de tan lejos…”(5). Ella redescubre el paisaje, al pintor.
Una lejana noche de mayo, Bonnín, no contento con la imposición de sus padres de acompañar a su única hermana al concierto de la banda municipal, desató sobre la joven, que no había cumplido aún los 15 años ni asistido a una fiesta, una avalancha de quejas y protestas durante el paseo. Él consiguió que su hermana prorrumpiera en llanto y, después de dar la primera vuelta a la glorieta de la música, le pidiera regresar a casa. Al siguiente día, una repentina enfermedad robaría la vida a aquella niña sin lucir su vestido color de rosa. Un vivo remordimiento que perdura a lo largo de 63 años. |

Conjunto escultórico dedicado al pintor Francisco Bonnín, en la Plaza José de Arroyo, Puerto de la Cruz, Tenerife. |
Conmovida por la historia, Loynaz refleja una arista filosófica vitalicia en las palabras que dedica al anciano amigo con el ánimo de consolarle: “(…) Pero ya usted sabe que los seres completamente felices no crean belleza para los demás (…) Es esa vieja pena, o, mejor dicho, el fantasma de una pena lo que da vida y razón a su pintura…”.(6) De manera que en ese balbuceo –acertado o no– se encuentra una explicación de un fenómeno humano. La pregunta formulada obtiene una respuesta, es precisa una pena, secreta pena, para el acto de la creación y de la belleza.
Consecuentemente con las exigencias del corazón en ambos creadores, lo bello se asoma a la sensibilidad, el alma quiere retenerlo, como la alfombra de rosas en La Orotava, destruida durante la procesión del Corpus Christi, escándalo para los ojos de la cubana, quien comienza a comprender el sentido de la tradición local en la belleza divina.
Si la natural belleza remite a Dios, la autora de “Juegos de agua” respira ese aire en la visita que hace al paisaje agreste más hermoso del mundo. El Teide, magnánimo, ha sido inspiración para los poetas que le han dedicado su canto. Asimismo, el volcán dormido inspira al no menos grande escritor José Javier Hernández.
En su libro El Teide en la mirada, este gran amigo “mira con los ojos del corazón la realidad que le circunda” siendo “verdaderamente recreado y convertido en un hombre nuevo”.
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La presencia de Dulce María no solo se sitúa en el poema que él le ofrece, “Todo es inmediato”, bajo la advocación del viejo Pico, sino además en el tono coloquial que sentimos en “Un lugar secreto”, poema que aborda su casa roída desde la altura del Volcán.
El tema, sensitivo para quienes han habitado las paredes que se mueren, es el mismo que recreara Dulce María en sus “Últimos días de una casa”. El tratamiento personalizado en los dos textos fluctúa con matiz elegíaco de manera tangible en la rememoración de un pasado que alberga felicidad.
Cuando subí al lugar que señala “un punto / diminuto / cerca del bajío / y los taraviscales” hallé el silencio amado de Dulce María, la metáfora de José Javier, la atención que los dos prestábamos al amigo Gustavo, el policía, a quien escucho siempre que pienso en la corona de las siete islas, sus atinadas palabras de que tanto fotografías como vídeos permitirán a nuestros descendientes conocer los familiares muertos, a diferencia de épocas pasadas. Supongo que, incluso, reconozcan lo esplendente, cercenado por la perspectiva del tiempo.
Y retornamos al momento en que Bonnín continúa pintando las flores que Dulce María habría de llevarse a Cuba. Ella asiste al nacimiento de esas rosas, inspiradas en el poema “La oración de la rosa” de su libro Versos, 1920-1938, cuyo poemario dedica al pintor en 1947.
En la edición de ese año se habían hecho 350 ejemplares, donde aparecían los ensayos escritos por María Rosa Alonso, José Manuel Guimerá y Domingo Cabrera Cruz sobre la poetisa. Los 50 primeros, concebidos en papel especial, fueron dedicados a estos y a otros amigos como Celestino González Padrón, Candelaria Reimers Suárez, Diego Guigou, Juan Felipe Machado, la familia Baudet, entre muchos más.
La autora, por tanto, ha hecho una traslación. En esta segunda edición ya aparecía en la página 30 el “Jarrón con rosas”, que le había obsequiado el amigo. Ella desea corresponderle e inmortaliza –como hizo él con su arte– el instante en que las rosas “…van surgiendo en la vertical blancura frescas, vivas, imperecederas…”.(7)
Diez años atrás, es decir, previo a la publicación de Un verano en Tenerife, lo había hecho destinándole el número 12 de los ejemplares impresos en papel especial, pero la fina sensibilidad había calado profundamente su interior y la inspiración la condujo por el sendero del color y el resplandor de la luz en “Las acuarelas de Bonnín”: |
“(…) Porque he aquí que el pequeño milagro del agua redimida se repite con sencillez y eficacia en los cuadros del maestro Bonnín. No es que él pinte el paisaje canario trasplantándolo simplemente al lienzo, no es que él lo retrate o lo copie con pincel certero, es que él ‘devuelve’ ese paisaje a un estado de gracia, a una transparencia luminosa sin mancha original.”(8)
No fue el Jarrón con rosas la única pintura que le obsequiara el afamado acuarelista. La prensa local recogió el momento en el que éste le entregó dos acuarelas suyas, Barranco del infierno y Torreón Ventoso, durante el homenaje que le rindieron en el hotel Taoro, el sábado 18 de agosto de 1951, año en el cual la proclamaban Hija Adoptiva del “pueblecito costanero”. Asimismo, el 14 de diciembre de 1958, de regreso a La Habana en el Santa María, con la publicación de Un verano en Tenerife, el periódico La tarde reprodujo fotográficamente cuando el pintor le hacía entrega de sus Flores de pascua en gratitud por el amor profesado a su Isla. |
Festividad del Corpus Christi,
devenida tradición local en La Orotava. |
Allí, “…con ganas de cantar y de reír por ese inusitado, descubierto jardín de mirtos y laureles”(9) quedaban entrelazados la palabra y el paseo: las flores que caen de altas tapias; la casa vacía de la familia Ventoso, ese sitio enigmático, que el pintor supo transmitir de la mansión deshabitada y a Dulce María le atrajo por la antigua historia de la atalaya; la destiladera, por donde el recipiente mantenía el nombre de bernegal; la retama, el zaguán de un volcán dormido, bendecida en flor; y las rosas… otra vez las rosas; motivos todos eternizados por la poesía y la pintura.
Ahora bien, la Casa de los Árabes, sita en el número 16 de la Calle de los Oficios, en La Habana antigua, exhibe un grupo de pertenencias de la autora de “Carta de amor al rey Tut-Ank-Amen”. Frente a una de las acuarelas del “hombre de mañanas y primaveras” se advierte el Torreón de Ventoso, con sus balconaduras de madera, en cuyo pie de ese original puede leerse: “A Dulce María Loynaz de Álvarez de Cañas / El Puerto de la Cruz agradecido / 18-agosto-1951”. Otra se titula El patio de la herrería, obra que refleja, con la luminosidad propia de un experto, el emparrado descubierto bajo el cual probablemente el sugerido herrero asiste a sus ilusiones… La última acuarela es aún más interesante, porque el autor olvidó nombrar la pieza. En ella se observa el patio interior de una mansión típica canaria, que se asemeja al imaginado por Dulce María en su visita a la casa de Ventoso. Suelo de baldosas, plantas en sus tiestos, escaleras que conducen a las galerías altas, como si la casa hubiera despertado del profundo sueño conminado por Victoria, su moradora. Ambas razones (similitud y descuido) estimulan a nombrarla El patio olvidado, un hallazgo de verdadera importancia para los estudiosos del arte bonniniano. |
Alfombra de rosas en La Orotava. |
Esas pinturas, donadas por Dulce María Loynaz al Historiador de la Ciudad Eusebio Leal Spengler, son un ejemplo irrefutable del afecto de Francisco Bonnín por la poetisa y su deseo de exponer en La Habana, pues, sin duda, este número de piezas integrarían la exposición que nunca se concretó en la ciudad caribeña.
Actualmente, un espíritu sortílego conserva la casa de Ventoso, cuyo aspecto apenas ha variado; sí el entorno, modernizado al punto de desconocer el sitio exacto donde Bonnín ubicara el atril para pintar el cuadro que yo habría de encontrar en mi Habana.
Una de esas extrañas relaciones que percibimos del mundo recuerda a la poetisa cubana Serafina Núñez y su mejor soneto “A un ruiseñor amaneciendo”. Qué misterio el de Victoria Ventoso, muerta en su residencia y en el puño de la mano un papel que decía: A un ruiseñor. Qué misteriosa la belleza que abre la puerta, se muestra y su seducción nos deja un sabor amargo de amor y de muerte.
Retomar la lectura de Las acuarelas… será siempre el testimonio trocado en mito, que aún se manifiesta en las palabras de Bonnín, la heredad poética de los clásicos españoles por donde el pensamiento expía la fugacidad de las rosas. |
Notas:
(1) Dedico este trabajo a mi amigo José Javier Hernández y su adorable esposa Ana Purriños.
(2) Ana Luisa González Reimers: “Francisco Bonnín y Dulce María Loynaz. El Puerto de la Cruz en dos miradas” en Francisco Bonnín y Dulce María Loynaz. Convergencia artística en el Puerto de la Cruz. Edición de la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, Tenerife, 2002, p.19.
(3) Loynaz, Dulce María: Un verano en Tenerife. Edición de la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, Tenerife, 2002, p.264.
(4) Ob. Cit., p.262.
(5) Ob. Cit., p.264.
(6) Ob. Cit., pp.265-266.
(7) Ob. Cit., p.267.
(8) Ob. Cit., p.261.
(9) Ob. Cit., p.18. |
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