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APOSTILLAS

En los momentos de imposición de la Orden Isabel la Católica a monseñor Crlos Manuel de Céspedes.
por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL
Orden
Isabel la Católica
El Excmo. Sr. Carlos Alonso Zaldívar, embajador de España, en la ceremonia de premiación.


PALABRAS DEL EMBAJADOR DE ESPAÑA EN CUBA, EXCMO. SR. CARLOS ALONSO ZALDÍVAR

Monseñor Céspedes,
Autoridades cubanas,
Colegas del cuerpo diplomático,
Dignatarios de la Iglesia Católica,
Señoras y Señores,

En este sencillo pero importante acto, coinciden nombres y fechas cargados de simbolismo. Isabel la Católica, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, y 2008, el año que vivimos.

El nombre de Isabel la Católica, junto con el de Fernando de Aragón, evocan la unificación de sus reinos con la que el término España adquirió en el siglo XV contenido político. Desde entonces y a lo largo de los tres siglos siguientes, se fue forjando una identidad “española”. Es decir, un sentimiento compartido de pertenencia que entonces se vinculaba a la monarquía, a la religión y al florecimiento de la lengua castellana. España se hizo así un ente político, pero no una entidad nacional.

Para eso hay que llegar a una fecha de la que 2008 es el bicentenario. Hay que llegar a 1808 y a la Guerra de la Independencia. Guerra que se conoce con este nombre porque surgió como respuesta a la entrada en España de las tropas napoleónicas so pretexto de pasar a Portugal. Pero fue también una guerra internacional entre Inglaterra y Francia librada en suelos español y portugués. Y una guerra ideológica entre españoles, en la que los liberales, en contraste con la identidad dinástica y religiosa sostenida por los absolutistas, afirmaron la identidad política de España en términos de soberanía nacional. “Ausente el Rey la soberanía revierte al pueblo”.

Esa frase o, mejor aún, esa doctrina, española y no foránea, pues remite a Francisco Suárez, se adujo no solo en la península sino también en Ultramar, así que las evocaciones también se dejan sentir de este lado del Atlántico. A fin de cuentas, decir Isabel la Católica es también decir América. Y la Guerra de la Independencia de España evoca el inicio de la independencia de las colonias americanas y más tarde, hace ahora 140 años, el arranque del combate por la independencia de Cuba bajo la dirección de don Carlos Manuel Céspedes y López Castillo, antecesor directo del monseñor en torno a quien nos reunimos.

Los nombres y fechas que hoy nos reúnen, se enlazan, pues, en nudos políticos y en filigranas humanas que, quien les habla, no pretende desenredar. Si las he evocado ha sido tan solo para reconocer ante ustedes, y en especial ante las autoridades de la República de Cuba, ante los embajadores de Francia (del Reino Unido), de Portugal y de Italia, ante el Cardenal Arzobispo de La Habana, el nuncio de Su Santidad y los dignatarios de la Iglesia Católica cubana, y ante todos los presentes, que los nombres y fechas que conjura esta ceremonia me producen una fuerte emoción.

Algo que viene a cuento, porque en emociones positivas, es decir, en esos sentimientos fuertes que actúan como heraldos anunciadores de lo que es bueno, se asienta la decisión de conferir a Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal la Orden de Isabel la Católica con el rango de Comendador de Número.

Es la función de esta Orden, según reza el Real Decreto 2395/1998 por el que se aprueba su reglamento, “premiar aquellos comportamientos extraordinarios de carácter civil, realizados por personas españolas y extranjeras, que redunden en beneficio de la Nación o que contribuyan, de modo relevante, a favorecer las relaciones de amistad y cooperación de la Nación Española con el resto de la Comunidad Internacional”.

Como ya han escuchado, la Encomienda de número la otorga el Gran Maestre de la Orden, que es el Rey de España, con el refrendo de su Gran Canciller, que es el Ministro de Asuntos Exteriores, y todo ello, en este caso, a propuesta del Embajador de España en Cuba.

Cuando propuse que monseñor Céspedes recibiera este honor no me sentí falto de argumentos. Ahora solo daré cuenta de uno de ellos. Destaqué que la labor intelectual de monseñor Céspedes, iluminadora del pasado, del presente y del futuro de Cuba, promueve un espíritu conciliador e integrador que nunca deja fuera la historia y el porvenir de las relaciones hispano-cubanas.

Es algo que empecé a descubrir cuando escuché su disertación “Cuba, la que llevo dentro”, algo que es manifiesto en su discurso de ingreso en la Academia Cubana de la Lengua sobre “Félix Varela y sus relaciones con España”, y algo que he tenido la fortuna de apreciar en vivo en muy diversas circunstancias y momentos, cuando hacerlo era fácil y cuando no lo era.

Súmese a eso que su obra no cesa y que a la par crece su influencia y lo que resulta es, precisamente, una contribución civil extraordinaria a favorecer las relaciones de amistad y cooperación entre España y Cuba.
Por ello, monseñor, este es un bello momento. Un momento en el que, encaramada en una palma real, la Historia nos contempla y sonríe; y acechando detrás de una ceiba, el Porvenir, nos reta.

PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DE MONSEÑOR CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES GARCÍA-MENOCAL

Cuando S.M. el Rey Don Fernando VII creó la Real y Americana Orden de Isabel la Católica, el 14 de marzo de 1815, le señaló, como finalidad, “premiar la lealtad acrisolada a España y los méritos de ciudadanos españoles y extranjeros en bien de la Nación y muy especialmente en aquellos servicios excepcionales prestados a favor de la prosperidad de los territorios americanos ultramarinos”. ¿En qué sentido los responsables del discernimiento pueden haber encontrado en mi persona tales condiciones? Me hice esta pregunta cuando el Embajador de España y amigo probado Carlos Alonso Zaldívar me comunicó tal otorgamiento. Comparto con ustedes cómo intuyo una posible respuesta, que integre los requerimientos de la condecoración y las notas de mi persona en ese orden.

La primera impresión fue de sorpresa; la segunda, de un cierto gustillo. Aunque la consideraba desmesurada para mi tamaño, no me disgustaba esta condecoración, que aprecio desde que conocí su existencia. Luego vinieron las reflexiones. Cuando la Orden fue instituida, Cuba no existía como Estado independiente. ¿Existía ya como Nación, con una cierta autonomía cultural? La respuesta no es evidente, pero lo cierto es que, siendo uno de esos territorios americanos ultramarinos que contemplaba el Rey, ya algunos criollos iluminados, patrocinados por aquel Obispo vasco que nos quiso bien, se preparaban para el parto de la criatura nueva, la Casa Cuba.
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes

Los criollos iluminados comenzaban a pensarla o descubrirla o hasta inventarla. En ella ya estaban instalados los míos. Lo cual equivale a decir que ya estaba yo en potencia, pues de mis antepasados soy solidario. Mi familia, por ambos troncos, los De Céspedes y los García-Menocal, llegaron a esta Isla, para quedarse, desde los inicios del siglo XVII. Algunos habían pasado por ella, en ruta hacia el continente o en alguna misión temporal, en fecha tan temprana como el siglo XVI. Los que aquí sentaron sus reales en el siglo XVII provenían de la Castilla más profunda, de Burgos y de su entorno, Espinosa de los Monteros, y Medina del Pomar, lugar en el que se conserva un barrio o caserío ruinoso, al parecer habitado por fantasmas, llamado “Céspedes”, que conozco bien. Me llama la atención el tamaño de la antigua Colegiata, semiderruida, que no responde a las minúsculas dimensiones actuales del lugar. Insinúa que, siglos ha, el lugar tuvo otras dimensiones e importancia En esa zona se registra el apellido De Céspedes, por vez primera, desde el siglo XIII. Otro tanto ocurre con los García-Menocal, en la Montaña de Santander, o sea, a unos pocos kilómetros hacia el norte. Es evidente que yo no he realizado investigaciones personales, pero todo esto me lo aseguró un militar español, historiador fiable, hace ya algunos años.

¿Qué fue de ellos, de los primeros reconocibles? Muchos de aquellos antepasados, de ambas estirpes, hicieron el camino de la Reconquista. Algunos regresaron al solar nativo, pero otros continuaron su marcha al sur, hasta Andalucía. Los De Céspedes, vinculados con las Casas de Osuna y de Medina Sidonia, recibieron allí, cerca de Sevilla, el Señorío de Carrión de los Céspedes –que he visitado en varias ocasiones–, y con él, el Marquesado de Carrión y, más tarde, el de Miranda del Pítamo, títulos que, por razones de antiguos mayorazgos, han permanecido siempre en Sevilla. En aquellos siglos hispanos de mi familia hubo, en todos sus troncos y ramas, frutos de diversa especie. He mencionado militares, pero entre ellos encontramos clérigos –incluyendo un Arzobispo de Toledo– y religiosas; hombres de pensamiento, de ciencias y de letras; políticos de diversos colores; mujeres y hombres buenos, pero no faltaron pillastres para completar la especie en esos prolegómenos de mi historia familiar y personal.
Uno de los hombres de esa estirpe, Juan de Céspedes, ya casado con una salmantina virtuosa, vino a Cuba con una responsabilidad militar y colonizadora en la zona de Bayamo en torno al 1630. Los García-Menocal corrieron fortuna análoga y, los que vinieron, en esos mismos años, se instalaron en la zona occidental, entre Matanzas y La Habana. El resto, o sea, su historia en Cuba, es mejor conocida. Durante los siglos XVII, XVIII y XIX encontramos a los De Céspedes y a los García-Menocal en muy diversas zonas de la Isla, conociéndose y reconociéndose entre sí, en diversas venturas y desventuras. Del siglo XX... mejor es no mencionarlo. Está muy cerca. Y como en sus raíces peninsulares, la especie insular que en mí desemboca, es variopinta en lo que se refiere a profesiones y virtudes.
Me honra que uno de aquellos hombres del siglo XIX, de formación humanista hispana espléndida, sea identificado hoy como el Padre de la Patria. Obtuvo su vastísima cultura tanto en las aulas académicas, en Cuba y en España, cuanto en su discurrir por casi todas las ciudades de Europa y del Medio Oriente. Él, y muchos cubanos con él, entendieron que la fidelidad a España era una realidad más honda que el aplauso a gobiernos no siempre presentables. Recordemos el verso clásico que aquellos criollos conocían tan bien como lo conocían y recitaban quienes recorrían entonces los caminos polvorientos de Castilla: “Al Rey, cuenta de vida y hacienda has de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios”.

Me honra también sobremanera que, precisamente por coherencia con su formación humanista hispana, él y otros muchos, del lado paterno y del materno, hayan sido capaces de combatir hasta la muerte, y de entregar sus bienes, que no eran escasos, por la soberanía de Cuba y por la implantación en ella de regímenes democráticos en los que la ética social, que incluye la justicia y otras tantas cosas, fuese ley suprema. Esa utopía latió en ellos.

De la mejor España lo habían aprendido así. Fueron hombres cuyos ideales y proyectos estaban cimentados en los aires de la Salamanca de los siglos XVI y XVII, y en el liberalismo hispano del siglo XVIII, el de Fray Benito Jerónimo Feijoo, que nutrió el pensamiento del Obispo Espada, de la “generación de oro” del Seminario San Carlos y San Ambrosio, y de los eminentes profesores de la Pontificia Universidad “San Jerónimo”. Pensamiento y brío que ascienden hasta José Martí, formador paradigmático de nuestros criterios republicanos. Y de Martí, por complejos meandros, llegan a nosotros.

Esta ha sido “la lealtad acrisolada”, la familiar y la mía, y la de la mayoría de los cubanos, a la España que nos enorgullece y une; a su lengua que paladeamos incansablemente; a la fe católica salvífica que nos transmitió y a sus valores culturales irrenunciables. Lealtad, pues, a la España nutricia, la que nos gozamos en llamar Madre Patria. La España en la que, tanto hoy como siempre antes, aún en medio de las conflagraciones independentistas, nos hemos sentido “en casa”. Con estas realidades in corde et in animo, acepto con gusto, con sumo gusto, la Orden de Isabel La Católica que hoy se me entrega.

Estimo que, personalmente, a pesar de mis limitaciones y pecados, he tratado de llevar con honra y humildad mi identidad religiosa, católica y sacerdotal, así como mi identidad peculiar, personal e hispanocubana, asumiendo razonablemente todos sus componentes, sin exclusiones. Desde estas identidades, he servido y he tratado de ser útil a los demás. Percibo, ya en este ocaso del que solo Dios tiene la medida exacta, que todo ha ocurrido, en articulación jerárquica, con relación a la raíz y al tronco cultural hispano. Es ahí en donde quizás pueda encontrar respuesta a la pregunta que inició esta reflexión sobre mi “lealtad acrisolada” a España y la utilidad de mis servicios a este territorio ultramarino que es la Casa Cuba.

Y no deseo poner un punto final a mis palabras de gratitud, sin dejar de mencionar a tres cubanos, con los que he compartido, durante muchos decenios, análogas articulaciones. Ellos recibieron con anterioridad esta apreciada Orden de Isabel La Católica. Me refiero a Dulce María Loynaz –cuya presencia espiritual sigue siendo indeleble–, a Alicia Alonso y a Eusebio Leal. Ninguno de los tres necesita tarjeta de presentación entre nosotros. ¿Cómo no viajar en adelante, por los avatares residuales de mi existencia hispanocubana, con mayor humildad y honra y gratitud, subido ahora en este así compartido y noble carruaje cubano-isabelino?

A Cuba y a la Iglesia, mis dos pasiones, dedico esta apreciada condecoración. Muchas gracias.

La Habana, 7 de abril de 2008.


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