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  Evocando las colas.
 

por Miguel Sabater REYES
foto: Orlando MÁRQUEZ

Evocando
las colas


Recientemente, en la Feria del Libro, tuve que hacer una cola inevitable para comprar un libro imprescindible. La presentación ocurrió a las tres de la tarde en una de esas antiguas galeras que se transforman en pabellones ocasionales.

Aunque era invierno el calor dentro de aquella bóveda de piedra sacaba gotas de sudor a los presentes impacientes.

Mientras el autor y el editor presentaban el libro sentados a una mesa, y se esforzaban alzando la voz a petición de los oyentes porque estaba roto el audio, al fondo del local se fue formando una cola que rebasó la puerta de entrada. Finalmente ocurrió lo que casi siempre cuando se presentan títulos notables: al empezar la venta la cola se convirtió en una masa indefinible que se empujaba hasta el delirio, no tardaron en aparecer signos de histeria y agresividad.
Afortunadamente pude conseguir un ejemplar sin atropello.

La experiencia me ha hecho recordar una de las angustias de mi infancia: las colas que estuve obligado a hacer con mi madre cuando ella salía de compras por las calles Monte y Galiano.

Por aquellos días mi vida se limitaba a un adorable barrio periférico de Regla, de humilde relieve y ambiente popular. Y cuando mi madre me llevaba a La Habana, donde yo tenía la ocasión de ver El Prado, el imponente Capitolio o el Parque de la Fraternidad experimentaba una sensación de dicha incomparable.

Uno de los sitios preferidos por mi madre era el Ten Cents de Monte, en cuyos laberínticos pasillos formados por numerosas vidrieras había colas.

Me daba rabia hacerlas, y a veces protestaba dando patadas en el piso; pero mi madre me aplicaba un discreto pellizco que producía el efecto de una picada de avispa.

Aquellas colas del Ten Cents de Monte y las que hice con mi madre para comprar en La Época, Flogar, Ultra o la Isla de Cuba fueron mis primeros acercamientos al tema.

Quizás las colas me afectaran sicológicamente, pues cuando me hice joven se me ocurrió empezar a redactar un diario en el cual escribí el 18 de julio de 1976:

“Yo crecí oyendo cantar y hablar de Los Beatles, viendo caer bombas en Vietnam en los noticieros de televisión, cargando jabas con viandas y leche por los campos con mi madre y haciendo colas en las tiendas de La Habana…”

Aunque las colas me mortificaban llegué a comprender que ellas eran hechos tan definitivos como los días y las noches, las cuatro fases de la luna o el ciclo de las mareas. Y así como dice el refrán “niño que no llora no mama”, aprendí que quien no hiciera cola corría muchos riesgos, ya que casi todo –excepto el amor y la muerte– debía conseguirse haciendo colas.

Calderón de la Barca estaba totalmente equivocado. La vida no era sueño. Eran colas, y si alguien de la cola le hacía caso a Calderón y cogía un sueño, se aventuraba a perder su lugar en la cola, pues nadie le avisaba ya que era uno menos.

Me puse a razonar y hasta mi vida estaba envuelta en colas. Cola en la formación de la escuela y no precisamente por orden de llegada sino de tamaño. Cola cuando íbamos a salir del aula hacia el receso y cola otra vez para formar y regresar a clases. Cola en la barbería para pelarme con un barbero que al pasarme la maquinita me halaba los pelos. Cola para ver las películas de estreno por los gloriosos días en que en Regla funcionaban sus dos cines, y cola también para comprar helado en la cremería, y no menos cola en la pizzería de Martí y Céspedes, cuyas mesas con superficie de mármol hedían a huevo clueco porque a todas las limpiaban con el mismo trapito mugriento. Cola para coger la lancha en el emboque de Regla, que me llevaría hasta el otro lado de la bahía donde empezaba viaje la ruta 298, cuya cola era célebre, pues cuando llegaba la guagua la cola experimentaba las propiedades regenerativas de la Hidra mitológica originando varias colas con las finalidades siguientes: una para entrar por la puerta delantera; otra por las ventanillas y una tercera cuyas primeras personas intentaban abrir la puerta trasera con violencia.

Poco después fui enrolado en el servicio militar en La Cabaña, donde en lo alto de la cortina pasaba el tiempo leyendo un libro o mirando La Habana. Y en esa nostálgica contemplación evocaba las memorias de mi madre y yo en las colas. Pues mirando desde allí el hotel Habana Libre recordaba a Coppelia a principios de los años 70, donde para tomar helado debía hacerse una primera cola para elegir el pedido y te daban una papeleta. Luego había que hacer otra cola para entregar la papeleta y que te sirvieran el helado, y con la bandeja al retortero debías buscar la mesa donde sentarte. El resultado de este dinámico procedimiento le restaba a Coppelia su majestuosa apariencia de heladería honorable transfigurándola en un complejo de colas diversas que empezaban en las afueras de la instalación, atravesaban sus avenidas interiores ramificándose en las canchas y áreas de servicio de mesa y subía por la escalera como una culebra torcida. De todo lo cual uno podía concluir que la gente no iba a Coppelia porque le gustara tanto tomar helado como pasar trabajo.

Además de las colas de Coppelia hubo otras no tan pacíficas como aquellas. Ese es el caso del mercado de los Cuatro Caminos donde se vendían algunos productos cárnicos y la cola empezaba a formarse a partir de la tarde del día anterior al de la venta.

La cola para comprar vísceras en los Cuatro Caminos tenía la peculiaridad de que a medida que las personas se aproximaban a la tarima para comprar retrocedían mentalmente hacia la prehistoria, por lo cual, en los primeros tres metros de la cola la gente no hablaba sino emitía sonidos guturales originando un desconcierto de gritos, se empujaban, halaban los pelos y hubo quienes casi llegaron a la antropofagia y se dieron mordidas.

La policía se estresaba en grados inauditos tratando de imponer orden en la horda, pero la única forma de que aquellos tres primeros metros de cola regresara mentalmente al siglo XX era escuchando un disparo al aire.
Otra cola que se las trajo fue la del centro comercial que radicó donde hoy funciona el Palacio de la Computación en Reina y Amistad, una tienda donde se ofrecían numerosas ofertas por el sistema de mercado paralelo.

Para evitar que todos los días saliera de allí un herido, las autoridades decidieron instalar un par de barandas de hierro paralelas de un metro de ancho a la altura de los hombros de un adulto. Con esta medida los primeros cinco metros de cola quedaban comprimidos entre las barandas, lo cual consiguió mejor disciplina, pero propició numerosas crisis vagales y que algún oportunista le diera rienda a la mano hasta llegar a zonas del prójimo innombrables.
Otra cola que creó historia fue aquella que se hacía en la agencia de Viajes Cuba, en La Rampa, donde la gente llegaba preguntando el último en enero, compraba el pasaje en mayo y viajaba en agosto. Sus integrantes desafiaban el frío y la lluvia, males estomacales y fiebres para asistir al pase de lista a las nueve de la noche. Fue una cola tan perdurable que a algunos les dio tiempo para conocerse, enamorarse, preparar el ajuar y contraer matrimonio convirtiendo el viaje en parte de su luna de miel.

Las colas originaron diversos tipos sociales. Uno de ellos fue el mercader de colas, especie de búho que dormía de día porque trabajaba de noche haciendo colas para asegurar los primeros turnos que al día siguiente vendía.
Otro tipo social fue el rompecolas. Llegaba una hora antes de empezar la venta y deshacía la cola creando confusiones.

También surgió el escribano de las colas, una persona que presumía de líder y se encargaba de hacer una lista con los nombres y apellidos de los integrantes de la cola. Pero este procedimiento fue cuestionado, pues a la hora de empezar la venta aparecían varias listas y la administración no sabía cuál era la verdadera.

Esta fue la causa por la que algunas administraciones inventaron los turnos, un cartoncito con un número y un cuño. Pero esto a la larga tampoco dio buenos resultados porque se descubrió que había empleados que al repartir los turnos lo hacían con el siguiente orden en desorden: 1, 2, 5, 8, 12, 13, 18… sin que nadie en la cola supiera a dónde habían ido a parar los turnos que faltaban.

Lo más conveniente fue que las colas se hicieran por orden de llegada, y las que empezaran un día antes de la venta mantuvieran una guardia durante la madrugada para evitar las fechorías de los rompecolas.

La necesidad de hacer colas para casi todo animó en ciertas personas la curiosa tendencia de que dondequiera que vieran una cola preguntaran el último sin saber lo que se vendía y solo después averiguaran cuál era la oferta.

Por otro lado, del asunto se advierte que las colas tienen su dialéctica, ya que unas dejan de ser mientras otras aparecen de acuerdo con las circunstancias objetivas y subjetivas del ser y la conciencia. Este es el caso de un tipo de cola reciente que se origina en los estanquillos, donde el mismo grupo de personas amanece esperando a que lleguen los periódicos.

Lo curioso de esta cola consiste en que una vez que sus integrantes han comprado un Granma y un Juventud Rebelde vuelven a pedir el último. De modo que esta cola se muerde la cola funcionando como un dinámico círculo, que no es precisamente un círculo infantil sino de jubilados, quienes después que agotan los periódicos circulan por ahí para revenderlos a peso, con lo que por cada ejemplar ganan ochenta centavos.

Una cola que llama la atención es la que se hace en la Embajada de España, a la que asisten personas de todas partes de la Isla como si estuvieran de romería en un santuario milagroso.

En realidad no es una cola sino un racimo con varias manos de colas cuyos integrantes no llevan jabas sino carpetas o portafolios donde atesoran todo tipo de certificaciones, viejas cartas, fotografías y árboles genealógicos para probar sus vínculos de sangre con los naturales de la antigua Madre Patria.

En fin las colas no son poca cosa. Las hay en todas partes del mundo y ofrecen un potencial de aspectos para conocer la idiosincrasia de los pueblos. En rigor ellas deben ser un modo socialmente organizado para alcanzar un fin, pero lamentablemente esto no todos lo entienden o no quieren entenderlo.

Por lo que a mí toca detesto las colas, pero tampoco me cuelo ni rompo colas.

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