Amando la Sabiduría

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por p. Narciso de la I. Rodríguez, sdb. |
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Pensar
con seriedad
y luego ser
consecuentes |
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Hoy vamos con Bertrand RUSSELL, una de las mentes más brillantes del siglo pasado (1872-1970), científico y filósofo inglés, reformador social y premio Nobel de Literatura (1950). Conocido por su militancia pacifista, fue enviado a prisión por dos veces en su vida, en 1918 y en 1961 (a la edad de 89 años), a causa de una
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campaña a favor del desarme nuclear. Más todavía: en 1962, a los 90 años, medió en la crisis de los misiles de Cuba para evitar que se desatara un ataque militar, escribiendo cartas tanto a Jrushchov como al presidente Kennedy y siendo intermediario en sus respuestas mutuas. ¿Qué le parece el muchacho? Creo que merece la pena saber un poco sobre él.
Escribió trabajos sobre disciplinas tan diversas como la lógica, el lenguaje y la política: Nuestro conocimiento del mundo externo (1914), Introducción a la filosofía matemática (1919), La educación y el orden social (1932), por citar sólo algunos. Hay dos frases suyas que a mí siempre me han hecho pensar un rato: “Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar” y “Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”. Amigo, siéntese, respire hondo y profundice. Después tome alguna seria decisión.
Pero vayamos a sus principales aportaciones con alguna que otra conclusión práctica. El mundo no es para Russell más que un conjunto de datos sensibles que enlazamos lógica y matemáticamente –percepciones momentáneas de colores, sonidos, y similares– y que todo lo demás, incluyendo los objetos físicos que esas percepciones sensoriales representan, solo pueden ser deducidos o razonados, es decir conocidos, por descripción y no directamente. La Filosofía solo sirve para relacionar los conocimientos científicos y ayudar a su progreso al orientar así sus temas de investigación. Entonces, ¡ojo a la conclusión!, si nosotros mismos no somos más que una partícula de un Universo material –o, más bien, de un inmenso sistema relacionante de datos sensibles– el ideal de vida se cifrará en un grato y suave vivir atemperado por una cierta filantropía favorable al desarrollo de la democracia.
Añade: puesto que el Universo consta de múltiples elementos, el camino más adecuado para su conocimiento será descomponer los hechos complejos hasta llegar a los elementos y hechos más simples. Por otro lado, el lenguaje representa o retrata la realidad, cualquier expresión verbal es como una pintura de la realidad. Ahora bien, si la realidad está configurada de acuerdo con las estructuras del lenguaje, el descubrimiento de éste nos permitirá descubrir las estructuras de lo real. Vamos, como si este señor nos dijera: analice qué dice y cómo lo dice y le diré qué terreno está pisando y hasta quién es usted, porque su hablar lo dibuja a las mil maravillas. Siga, siga tirando del hilo y verá qué lejos llega.
Bertrand Russell habló de todo y con autoridad, es verdad, y le invito a profundizar en él ya que una página es poco campo para ello. Posiblemente fue un adelantado en muchos temas de tipo moral y social y, admitiendo fracasar en ayudar al mundo a vencer la guerra y en ganar su perpetua batalla intelectual por verdades eternas, Russell escribió lo siguiente en “Reflexiones en mi octogésimo cumpleaños”, que además fue la última entrada en el último volumen de su autobiografía, publicada cuando tenía 98 años: “He vivido en busca de una visión, tanto personal como social. Personal: cuidar lo que es noble, lo que es bello, lo que es amable; permitir momentos de intuición para entregar sabiduría en los tiempos más mundanos. Social: ver en la imaginación la sociedad que debe ser creada, donde los individuos crecen libremente, y donde el odio y la codicia y la envidia mueren porque no hay nada que los sustente. Estas cosas, y el mundo, con todos sus horrores, me han dado fortaleza”.
Es cierto que Russell no sabía si era ateo o agnóstico, pacifista radical o según conveniencias políticas, socialista libertario o defensor de una forma de socialismo individualista-cooperativo y antiestatal, de mando distribuido y no centralizado. Pero siempre fue un hombre consecuente, que abogaba por el establecimiento de un gobierno internacional democrático. Por eso, después de la II Guerra Mundial, al igual que Popper, del que ya hablamos otro día, Bertrand Russell se convierte en uno de los acérrimos defensores de la democracia liberal y de la sociedad abierta. Creo que fue un luchador sincero en busca de la verdad sobre el hombre y en defensa de sus derechos. Por eso yo hoy, a propósito de unos de sus libros popularmente más conocidos, Por qué no soy cristiano, le dedico estas palabras de nuestro Maestro, Jesús de Nazaret: “Aquel que actúa conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que toda su conducta está inspirada por Dios” (Jn 3, 21). Posiblemente Bertrand Russell fue más cristiano que muchos que así se llaman. ¿O no? |
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