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SEGMENTO

Apuntes para la lectura de Ismaelillo

por Lourdes Ocampo ANDINA

Apuntes para la lectura de Ismaelillo.

En 1880 José Martí reside en Nueva York, junto a su esposa Carmen Zayas-Bazán, y su hijo, José Francisco, acabados de llegar de Cuba. Él se encuentra enfrascado en la dirección de la Guerra Chiquita. Después de la jornada de trabajo, la noche se le va en reuniones y acción revolucionaria, Carmen reclama continuamente su deber como esposo, pero no se entienden. Ella regresa a Cuba con el niño, próximo a cumplir los dos años. Una vez fracasada la guerra, Martí va a Caracas, y desde allí reclama a su familia, en vano. En estas circunstancias escribe Ismaelillo, el primer libro de versos que publica.

Está dedicado a su hijo, a quien quiso nombrar Ismael, quien fuera fundador de un pueblo nuevo, el ismaelita, e hijo, como él, de una madre esclava, Cuba. Ismael fue criado para afrontar días de pobreza, y es así justamente como quiere Martí que se eduque a su hijo, “fuerte contra el destino”, que es lo que ese nombre significa.

Desde una lectura preliminar del poemario Ismaelillo, podemos captar inmediatamente la intención del autor de hacer del mismo una pieza singular. Es Ismaelillo un libro escrito desde un presente concreto, los años finales del siglo XIX, para un receptor futuro: de una generación precedente a otra posterior. No es solo la expresión de la ternura paternal, sino que bulle una impaciente sed por instaurar una nueva estética y, por supuesto, una ética que fundamenta la bondad de la conducta humana. Porque en Martí, la obra poética ha de cumplir dos objetivos autónomos, pero concomitantes: el fin estético que le es propio y, además, el fin ético, por el cual la creación literaria se convierte en instrumento poderoso de redención social.

La nostalgia por su hijo, al tomar cuerpo en la poesía, accede a un nivel ético que la depura de sus banales menudencias, pues su integridad moral le exige una renuncia a la delectación en la mera experiencia individual, para introducirla en el marco de los intereses humanos esenciales.

El hijo del sujeto lírico es el destinatario explícito e implícito del texto; pero a la vez este hijo es un símbolo, cuyos semas se enriquecen en el transcurso del libro. Ya desde las primeras páginas, en el prólogo, lo podemos ver como símbolo de mejoramiento humano y de vida futura. Dice:

Hijo:
Espantado de todo, me refugio en ti.
Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud y en ti (1)


Como vemos, se sitúa al mismo nivel sintáctico, el hijo, el mejoramiento humano, la vida futura y la utilidad de la virtud; por tanto, van a tener el mismo valor, y, de cierta manera, el hijo –símbolo también de las futuras generaciones– va a ser el impulsor de estos presupuestos. En el niño se concentran la pureza y la inocencia. A lo largo del texto se le llama: “príncipe enano”, “diablo ángel” o “el travesuelo”; y se le atribuyen los siguientes adjetivos: “rubios”, “blandos”, “blancos”, “brazos robustos, fragantes”, se representa según la tradición greco-romana, como a Cupido el Niño-Amor, con los pies desnudos y con “Alas níveas”.

Los adjetivos que le atribuyen al niño-musa tienen significados en común: blanco, brillante, puro, desnudo. Y esta pureza, entendida como inocencia, es la que contrasta con el vacío y la desilusión del sujeto lírico padre y es la encargada de impulsarle. El niño-destinatario representa la virtud inspirada en el amor esencial del Universo, que es la fuerza del espíritu humano que lucha por contrarrestar la ironía (destrucción de la armonía universal) y reinstaurar el abrazo armonioso de la humanidad y del Universo. La ironía, como continua acción destructora y manifestación del mal que desequilibra al mundo, es representada como el contexto donde se desenvuelve el emisor y con el cual este interactúa.

El padre, sobre el cual recae la culpa-ironía, ruptura del equilibrio de la naturaleza, se nos muestra descontento de su suerte, de su momento histórico, y rehecho por el hijo.

Los aires frescos
Limpian mis carnes
De los gusanos
De las ciudades.(2)
Y en “Príncipe enano”, reafirma que es el niño quien le infunde vida:
Su sangre, pues, anima
Mis flacas venas.(3)


En la obra, el sujeto lírico-padre aparece corrupto; son los gusanos símbolos de esta corrupción, suciedad, y también, por qué no, de la muerte. El niño destinatario viene a ser la vida del padre, la fuerza que le impulsa a continuar. Tiene la función de situarle en su mundo histórico, de hacer que él se enfrente a esa realidad con la cual está descontento: el niño es su fuente de vida, está en función del mejoramiento humano del padre, y por extensión de la generación de éste:
El para mí es corona,
Almohada, espuela.(4)


Si analizamos estas tres últimas palabras, veremos el significado que va a tener el niño que es a su vez el receptor y símbolo de la futura generación. En primer lugar, es corona, lo que dignifica, le da poder de vivir; es lo que lo hace honorable a los propios ojos del poeta y a los ojos de los demás. También es almohada, el lugar para el regocijo y el descanso, la alegría. Por último, es espuela, incitación para la acción; el jinete espolea el caballo para la carrera, así el niño espolea al padre para que enfrente su vida.

El punto de vista del sujeto lírico presenta al mundo turbulento y árido. Tomemos este ejemplo del poema “Tórtola blanca”:

Maripositas rojas
Inundan la sala,
Y en la alfombra muere
La tórtola blanca.
El para mí es corona, Almohada, espuela...

Hay en los versos un contraste entre dos colores: rojo y blanco: el rojo simboliza la pasión desmesurada, trastocadora de los valores éticos, mientras que el blanco, la pureza interior de un alma honrada. El rojo atribuido a las “maripositas”, la pasión brutal por el placer sensible y las riquezas materiales, que se enfrenta cruelmente a la bondad, aludida simbólicamente mediante la “tórtola blanca”. El espacio, inundado de “maripositas rojas”, el contexto en que se desenvuelve el poeta, permeado de pasiones impuras, y la “tórtola blanca” el poeta mismo que se mueve asfixiado por el mal y las pasiones. Por otro lado hay un irónico trastrueque de los valores tradicionales: “las maripositas” es una abreviatura, que conduce al mundo infantil, a la inocencia, el hecho de ser voladora a lo etéreo; pero al ser calificadas como “rojas”, los significados se invierten, y se enfatiza aún más esta inversión cuando se contrasta con la “tórtola”, símbolo de los enamorados y del amor.

El tópico espacial del poemario está en función de mostrar al niño como la salvación, capaz de aplacar la perturbación del mundo. Simboliza la concepción poética martiana, que se nos presenta como un triángulo cuya base está formada por la ironía que es representada en el poeta mismo y en el contexto en que este se mueve, un segundo momento de contemplación de la naturaleza, del bien y la poesía como hecho en sí, y el amor como fuerza creadora y redentora, representada en el niño, en el futuro, capaz de instaurar la armonía del universo, que sería el tercer y último momento supremo, fin de la poesía y del hombre en sí mismo.

El niño está sobre la tierra, en un plano superior al poeta, se ha convertido en su guía y alimento. Dice en “Mi reyecillo”:

Toca en mi frente
Tu cetro omnímodo;
Úngeme siervo,
Siervo sumiso.(5)


El poeta, ungido por el pequeño, lo reconoce como su salvador, pero no lo elige desde su mismo plano, sino desde otro superior. El niño se le aparece o “puesto a horcajadas/ sobre [él] mi pecho” o flotando:

Sobre las espumas
Del ancho mar revuelto,
Y por las crespas
Arenas del desierto.(6)


El sujeto lírico se encuentra muy cercano a la tierra, incluso en sus entrañas, recordemos Musa traviesa, donde viaja a los senos de la tierra; mientras que el niño se nos presenta siempre con alas en un plano superior, flotando tanto en el aire, como en el cielo.

En “Musa traviesa” también podemos leer los siguientes versos:

Hijo soy de mi hijo
Él me rehace.(7)


El padre se retroalimenta del hijo; una vez que lo ha creado, el niño se independiza y luego lo rehace, le da fuerzas para vivir y le marca el camino de la virtud.

Pero el hijo también puede ser interpretado como creación poética y como literatura, que tiene la función de rehacer al hombre, de alimentar su espíritu y señalarle el camino de la vida hacia la armonía universal. Recordemos las palabras de Enrico Mario Santi (8), quien apunta:

“Ismaelillo es el nombre tanto del libro como del niño. Y de ahí que la primera frase del prólogo también sea polivalente ‘Hijo, espantado de todo, me refugio en ti’, el padre se refugia tanto en el niño como en la poesía, tanto en su vástago como en el texto que lo representa.”

El primer poema del libro, “Príncipe enano” contiene los postulados que se repetirán, de una manera u otra, a lo largo del texto. Comienza enunciando que la escritura del poemario es una fiesta, dice: “Para un príncipe enano / Se hace esta fiesta”. Una fiesta, en la que el escritor descontento de su época, y aun de su vida, se regocija en el hijo, en la polivalencia del hijo-literatura-vida futura. Es una fiesta que hace el padre al sentirse elegido, una fiesta que se torna casi religiosa. Cristo elige a los hombres desde un plano superior, para llamarlos a una vida nueva, vida en la que el mejoramiento humano tiene un papel fundamental. Así el hijo ha elegido al padre también desde un plano superior, lo ha elegido desde el amor, y por ese amor apela al mejoramiento del padre, a que este ponga en práctica su virtud y enfrente el presente con las fuerzas que le ofrece el pequeño niño. Como dice Fina García Marruz:(9)

“El tema de una ‘fiesta’ que en nada se parece a la vulgar, no solo a la profana pero ni aún a la que se celebra en el templo, nos prepara ya para la “fiesta” a su pequeño príncipe que abre este libro. Este amor que no está ni en la fiesta mundana que empieza y luego se extingue, ni en la conmemoración religiosa, que no está en la imagen de la cruz, sino se experimenta desde la cruz misma, da título al poema.”

En un primer momento, el destinatario-niño está cercano a la imagen del ángel cristiano:
Tiene guedejas rubias,
Blancas guedejas;
Por sobre el hombro blanco
Luengas le cuelgan.


Pero inmediatamente después, lo transforma al atribuirle vida intensa, y al convertirlo en un tirano, o sea en una carga pesada para quien sea ungido por él, carga pesada que es la de vivir con el único objetivo de cumplir los mandamientos de la virtud, y buscar la armonía universal, representada en el amor; para soportar la pesada carga el ungido necesita la guía y el apoyo del ungidor. También recuerda al poeta latino Virgilio, como personaje de la Divina comedia de Dante, pues como él, el Niño-Amor tiene la misión de conducir al poeta desde la tierra-infierno hacia el cielo-amor, y esa senda será la de la virtud, la belleza y la poesía. El niño-amor se convertirá en motor impulsor del emisor-poeta, y este declarará, luego de su contacto:
La imaginación es la fuente principal de su poética; sus imágenes no son prefabricadas,...
¡Heme ya, puesto en armas,
En la pelea!


Se convertirá en guía y en razón de vivir del poeta, y determinará su vida, que se presenta con una vocación irrenunciable que conlleva un comportamiento y una misión peculiares dentro de su contexto social.

El poeta permanece en un plano inferior, apegado a la tierra, liando con fuerzas y astucias de hombres que han roto el equilibrio, que –con la ayuda del amor– aspira a reinstaurar:

Mi mano, que así embrida
Potros y hienas,
Va, mansa y obediente,
Donde él la lleva.
El niño-amor subvertirá los valores de los espacios en que se mueva: al entrar en el “lóbrego antro” lo llenará de luz y color.

Si el primer poema atiende fundamentalmente a los principios éticos, el segundo, “Sueño despierto”, va dirigido a los principios estéticos. Es el niño su musa, su inspiración que se convierte en guía de la expresión poética, y que se tornará en el principio ordenador de la forma poética, en tanto proporcionará el tema, el contenido y la forma de la poesía. La imaginación es la fuente principal de su poética; sus imágenes no son prefabricadas, sino que son tomadas de su íntima percepción de la experiencia vital. Dice:

Yo sueño con los ojos
Abiertos, y de día
Y noche siempre sueño.


O sea que siempre le llegarán las imágenes, como confiesa en carta a Diego Jugo Ramírez:

“He visto esas alas, esos chacales, esas copas vacías esos ejércitos. Mi mente ha sido escenario, y en él han sido actores todas esas visiones. Mi trabajo ha sido copiar, Jugo. No hay aquí una sola línea mental. Pues ¿cómo he de ser responsable de las imágenes que vienen a mí sin que yo las solicite? Yo no he hecho más que poner en verso mis visiones. Tan vivamente me hirieron esas escenas que aun voy a todas partes rodeado de ellas, y como si tuviera delante de mí un gran espacio oscuro en que volaran grandes aves blancas.”(10)

Si el primer poema era un resumen de los principios éticos y estéticos del poeta, y el segundo del papel de la inspiración en la concepción literaria, el tercero de ellos, “Brazos fragantes”, es el despertar del poeta por la inspiración y la renunciación a lo terrenal. Es el comienzo de una ascensión a través de la poesía y con la guía del niño-amor para alcanzar la armonía universal.

El poeta cuenta cómo al contacto de unos “brazos fragantes” representando a lo terrenal, sus pasiones terrenas se despiertan. Él mismo se presenta con varios símbolos: “rosa besada”, “rojas plumas” de “internas aves” y “mariposas inquietas”. El primero de ellos “Mi cuerpo, como rosa / Besada se abre” remonta a la tradición clásica, pues en Martí esa flor es símbolo del clasicismo, y aquí es el poeta, que ha asumido las tradiciones y culturas propias de su contexto histórico, pero que son tradiciones que se encuentran anquilosadas, y que no obstante al contacto de lo terrenal, representado en unos “brazos fragantes” resurgen con fuerzas nuevas.

El segundo de ellos: “Mueven rojas plumas / Internas aves” se refiere a las pasiones (rojas plumas) que se debaten en el alma del poeta, pasiones que trastruecan el camino de la virtud que ha de seguir este y que luchan por salir al aire; el cuerpo del poeta se convierte en jaula; esto lo enfatiza el tercero de los símbolos “Mariposas inquietas / Sus alas baten” son también las pasiones, pero estas sucumben ante los “brazos menudos” o sea ante el niño-amor-musa inspiradora, que lo unge y le da vida nueva, simbolizada en los lirios.

Varias aristas de la relación destinatario-emisor, en función de la concepción poética martiana y del binomio ética-estética, se materializan en “Musa traviesa”. El poeta define la existencia de espacios complementarios: el que corresponde a sus sueños, o sea el reinado de la imaginación, situado en un nivel superior, y otro inferior que se alimenta de este: el contexto histórico-cultural del poeta. En el espacio signado por la imaginación el sujeto lírico atraviesa “nubes rosadas”, nubes que validan la ilusión y que son símbolo de fantasía e imaginación, y que al ser calificadas de “rosadas” dotan a la frase de profundo sentido espiritual. De la altura que suponen las nubes desciende a los reinos de la tierra, para encontrar a la luz madre:

Y en los senos eternos
Hago viajes
Allí asisto a la inmensa
Boda inefable,
Y en los talleres huelgo
De la luz madre.


Luz que simboliza la redención moral y espiritual, y que recuerda el mito de Prometeo, pues el poeta desciende a las profundidades de la tierra y encuentra la luz que revaloriza los contextos sombríos y oscuros.

La luz entendida como la pureza y la armonía universal, es el premio al dolor y a la misión del hombre en la tierra; dice Martí:

Pues ¿no saben los hombres
Que encargo traen?
¡Rasgarse el bravo pecho,
Vaciar su sangre,
Y andar heridos
Muy largo el valle,
Roto el cuerpo en harapos,
Los pies en carne,
Hasta dar sonriendo
-¡No en tierra! –exánimes!
Y entonces sus talleres
La luz les abre


El poeta asume la concepción cristiana de la vida entendida esta como un valle de lágrimas, por el cual hay que atravesar para llegar a lo inefable. Para Martí, el ejercicio del amor y de la virtud va a entrañar el dolor; pero el dolor como fuerza para contrarrestar las fuerzas del mal, las fuerzas destructoras de la armonía universal. Tiene también el valor del sacrificio que permite al mártir alcanzar una perfección cada vez mayor, que lleva a la felicidad.
La luz motiva el sentido de alegría y contento. El poeta moderno encuentra su júbilo, su ansia de divinidad, en la dedicación a la humanidad, asumida, en parte, en la poesía.

El poeta, que ya ha contemplado la esencia del mundo, desciende al plano de su contexto histórico-social, e inmediatamente, las imágenes que ha concebido en su imaginación toman cuerpo en el papel:

Y en papel amarillo
Cuento el viaje.


Pasa luego a describir su estado de ánimo. Todo lo que continúa en el poema es interioridad. Describe las oleadas sucesivas de emociones que experimenta en el trance de la inspiración creadora:
Me siento, cual si en magno
Templo oficiase;
Cual si mi alma por mirra
Vertiese al aire;
Cual si en mi hombro surgieran
Fuerzas de Atlante;
Cual si el Sol en mi seno
La luz fraguase;
Y estallo, hiervo, vibro;
Alas me nacen


El poeta se encuentra en estado de misticismo. Es la inspiración la que le da “fuerzas de Atlante”, fuerzas capaces de asumir el peso de la humanidad entera, y le da también alas para transformarla, pero no alas comunes, sino “alas de oro” que sugieren refinamiento, calidad artística, excelencia literaria. Y es el niño-amor, junto con la inteligencia, quien guía la inspiración. El poema continúa con su aparición junto con “…águilas diminutas” que pueblan el aire. Las águilas encarnan las formas subjetivas y efervescentes del arte sin trabas y el intelecto del poeta.
Tras el momento de misticismo, el poeta está purificado, y entonces el niño-destinatario-poesía asume la misión de guiar la conducta del poeta, y de renovar su conducta:

Venga, y por cauce nuevo
Mi vida lance,
Y a mis manos la vieja
Péñola arranque,
Y del vaso manchado
La tinta vacie!
¡Vaso puro de nácar:
Dame a que harte
Esta sed de pureza:
Los labios cánsame!
…………………..
Hijo soy de mi hijo!
Él me rehace!
Martí sienta las bases de la identidad contemporánea entre ética y estética,...

El poema finaliza con el legado del sujeto lírico a su destinatario: la vida asumida en toda su plenitud y construida en la pureza. De hecho, en Ismaelillo, el sujeto lírico representa a una generación, y más que a una generación, una época, de fin de siglo, que está “espantada de todo”, pero que también está llena de esperanzas por el futuro. Representa el espíritu de un proyecto modernista, que, como dice Iván Schulman: “cuestiona y retextualiza los valores culturales colectivos desde la perspectiva del sujeto que busca situarse en el presente, pero con miras hacia el futuro”.(11)

Martí sienta las bases de la identidad contemporánea entre ética y estética, que en la literatura hispánica se cumple con creces durante el modernismo y se extiende por todas las vanguardias. Más que identidad excluyente, se puede hablar de armonía entre ética y estética, por cuanto él las concibe en una ardua pero asequible convivencia, sin excluir ninguno de los términos del binomio. Tal armonía rebasa la supremacía moralizante de la ética, la cual se había convertido en un patrón de la poética clasicista: Martí supo reivindicar los derechos de la belleza y conquistarla, sin tener que renunciar por esto a la bondad.(12)

Notas:
  (1) Martí, José. Poesía Completa. Edición crítica. Ed. Letras Cubanas, 2001. P.17.
  (2) Idem. P. 35.
  (3) Idem. P. 19.
  (4) Idem. P. 19.
  (5) Idem. P. 29.
  (6) Idem. P. 21.
  (7) Idem. P. 28.
  (8) Santi, Enrico Mario. “Ismaelillo, Martí y el modernismo”, en Revista Iberoamericana. octubre-noviembre, 1986. P. 818.
  (9) García Marruz, Fina. Temas martianos. Tercera serie. Ed. CEM, La Habana, 1995. P. 99.
  (10) OC, T7, p. 271.
  (11) Schulman, Iván A. “Modernismo/Modernidad y el proyecto de alzar la nación” en Anuario del CEM, Número 21, año 1998. P. 168.
  (12) Ver al respecto Carlos Javier Morales, p.440.

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