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GLOSAS CUBANAS

El eslabón rector
por Perla Cartaya COTTA
“No hay Patria sin virtud,
ni virtud con impiedad”
padre Félix Varela
La educación de las nuevas generaciones, en cualquiera de las etapas de la civilización en desarrollo, siempre ha tenido espacio en las preocupaciones de los hombres de gobierno y pensadores. Asimismo, se habla mucho en estos tiempos del desarrollo armónico y multifacético de la personalidad, pero en realidad esa concepción es tan antigua como andar a pie. En Europa Occidental, en el período de las revoluciones burguesas que dieron paso a la sociedad capitalista, hombres como John Locke (Inglaterra, 1632-1764), Juan Jacobo Rousseau (Suiza/Francia, 1712-1778) y Juan Enrique Pestalozzi (Suiza, 1746-1827), filósofos los dos primeros y pedagogo el último, a través de algunas de sus obras aportaron a la teoría de la educación ideas muy valiosas al respecto. Pestalozzi, discípulo de Rousseau, fue el fundador de la escuela primaria y dedicó sus esfuerzos a mejorar la educación de los niños pobres y prepararlos para la vida. El eslabón rector.


I


El ideario pedagógico de los clásicos de la educación cubana –Caballero, Varela, Luz, Martí…–, siempre en correspondencia con las necesidades de la nacionalidad en gestación y las perspectivas de su desarrollo, contiene desvelos y apreciaciones que, increíblemente, no se han marchitado. En todos ellos, tanto en las obras que nos legaron como en la conducta de sus vidas, se distingue un hilo conductor en el que sobresale con luz de esperanza –en interacción con la educación intelectual, estética, laboral y física–, cuanto concierne a la educación moral no solo de las generaciones de sus tiempos, también pensaron en las que vendrían después.

Cuando reflexiono sobre la educación moral, la razón y el sentimiento me conducen a don José de la Luz y Caballero: de los próceres que he evocado fue el único que ejerció el magisterio directo en la enseñanza primaria; y como tal, porque supo ser en las circunstancias difíciles y peligrosas del coloniaje, y hasta en los avatares de su vida privada, un hombre ejemplar, sembró hombres, según la valoración martiana. Por ser como fue, sus alumnos lo quisieron y evocaron durante muchos años, entre ellos Manuel Sanguily, hombre de confianza de José Martí. A veces se olvida que un maestro logra tener discípulos cuando no hay dicotomía entre lo que enseña y predica, y la conducta cotidiana.

La amplitud del concepto lucista sobre la moral involucra no solo a las relaciones entre los hombres sino también la actitud ante los problemas de la época, y uno de ellos –entonces y ahora– era la necesidad incuestionable de fomentar el amor a la Patria, la conciencia nacional. Profundizó en los problemas morales de aquella sociedad, analizó si convendría a la humanidad y a su progreso predicar dos doctrinas, una para la masa y otra para la nata, llegando a una conclusión: “Una y solo una para todos (…) que comprenda las necesidades morales de toda la comunidad”.(1) En relación con el principio de la utilidad “bien entendida”, señaló que útil era un ferrocarril, pero la palabra útil contraída a la moral, no podía expresar relación sino con la bondad o maldad de las acciones. Defendió la tesis –en la famosa Polémica Filosófica,(2) 4to momento– de que los hombres jamás deben graduar el mérito o demérito de las acciones por su utilidad, porque entonces habría una moral para cada caso y los medios, cualesquiera que fuesen, quedarían justificados por el fin. Y advirtió, pensando en los jóvenes: “La moral del interés nos abre un camino de males: he aquí sus enseñanzas forzosas: primero: El olvido de nuestros derechos; segundo: La pretensión de contentar al hombre sólo con goces físicos, y tercero: La degradación del carácter nacional”.(3)

José de la Luz  y Caballero.
José de la Luz y Caballero.
Desde esas posiciones conceptuales, y otras no menos valiosas, decía a los maestros que la trilogía concepciones-sentimientos-acciones, resultado de la educación, había que trabajarlas desde los primeros grados porque, decía, no se pueden levantar las paredes de una casa sin construir con solidez sus cimientos.

Consideró a la educación moral el principio vital de la escuela primaria, el eslabón rector en la formación de los niños, aunque insistía en que la creación de sus bases era responsabilidad de la familia. Por eso, confesó, percibía peligro donde otros no lo veían; esto, para él, era un sentimiento, casi un desasosiego, escribió que “(…) la experiencia más dilatada y la ciencia más profunda justificarán y corroborarán ese hondísimo instinto”.(4) Creo que ambas le han dado la razón.

Una dirección importante del trabajo realizado por Luz, como maestro y director de escuela, fue –coincidiendo con el padre Varela–, la formación del carácter; cultivando en los niños hábitos de reflexión, de correcto hablar y de amor a los libros y al trabajo; acostumbrándolos a la práctica de las virtudes cristianas y
sociales, exhortándolos a que, ante todo, pensaran en sus deberes hacia la familia y la Patria; y en sus responsabilidades futuras para con ellas. Creo que tenía mucha razón cuando de diversas maneras (narraciones, juegos, diálogos…), les hacía entender la estrecha relación que existe entre el amor a la verdad y el sentido del deber, a pesar de que corrieran el riesgo de no ser siempre comprendidos por los adultos; e insistía en que confesar la propia falta es la mayor grandeza. Halagaba en los niños tanto la honestidad, la sinceridad y la cooperación con sus compañeros, como las buenas notas en las lecciones de cada día.

Nunca se cansó de repetir a los maestros que trabajaban a su lado, una divisa que deseaba grabaran en sus corazones: amar y respetar a los alumnos; enseñarlos, mediante el personal ejemplo de cada día, a ser dignos, veraces y justos, porque solo ciudadanos así podrían asegurar el futuro de la patria.

II


La vida republicana que se inicia el 20 de mayo de 1902 después de 30 años de luchas, sueños y esperanzas permanentes, estuvo amenazada durante años por la Enmienda Platt. Su existencia revela la presencia de luces y sombras: el fatídico síndrome de la reelección, las ambiciones desmedidas, el personalismo histórico y la corrupción administrativa que se hizo más fuerte con el paso de los años, parecen haber sido los golpes más fuertes para Cuba porque desataron, a su vez, otros muchos males que lesionaron seriamente a nuestra nacionalidad. Pero las luces, y no pocas, son también innegables, y entre ellas resalta de manera refulgente, desde mi punto de vista, la educación, fundamentada en el ideario pedagógico cubano y llevada a cabo por el prestigioso magisterio nacional, temáticas a las que ya he dedicado glosas.

Las Constituciones que rigieron la República, es decir, la de 1901 y la de 1940, que ha sido valorada como una de las más avanzadas del continente hispanoamericano, no declaran explícitamente la finalidad de la educación, pero se percibe en algunos de sus artículos, por ejemplo: en la de 1901, Título IV, que versa sobre los derechos individuales, el artículo 26 declara la libre profesión de todas las religiones “…sin otra limitación que el respeto a la moral cristiana y al orden público”, lo que obviamente tiene que ver con el saneamiento de las costumbres morales, elemento vital en la formación de los niños y jóvenes por la repercusión que tiene en ellos lo que ocurre y observan en las calles por donde transitan y los barrios donde viven. Y en la del 40, Título V, de la familia y la cultura, el artículo 51 en el segundo párrafo dice: “Toda enseñanza, pública o privada, estará inspirada en un espíritu de cubanidad y de solidaridad humana, tendiendo a formar en la conciencia de los educandos el amor a la patria, a sus instituciones democráticas y a todos los que por una y otras lucharon”, rasgos que forman parte del contenido de la educación moral. Y para garantizar su cumplimiento, el artículo 56 expresa: “En todos los centros docentes, públicos o privados, la enseñanza de la Literatura, la Historia y la Geografía cubana, y de la Cívica y la Constitución será impartida por maestros cubanos por nacimiento y mediante textos de autores que tengan la misma condición”.


Los padres tenían la posibilidad de escoger, de acuerdo con sus bolsillos, las escuelas donde preferían que estudiaran sus hijos, y creo que eso era muy bueno por más de una razón, lo cual es comprensible para los lectores. Claro que existían las escuelas privadas laicas y religiosas, muchas de ellas con sus propios ómnibus, más caras o más baratas de acuerdo con sus características, pero también estaban las modestas escuelas y academias de los barrios en las cuales, siempre con excepciones, se proporcionaba, sin oropeles ni propagandas, una buena formación en todos los órdenes. Yo cursé la enseñanza primaria, por voluntad de mis padres, en una de ellas: la Academia Escandell, de cuya enseñanza respondían directamente Jesús Escandell (un buen amigo de papá), doctor en Pedagogía, y su esposa Consuelo Romero, graduada en la Escuela Normal, ambos educadores ejemplares, ya fallecidos. A ellos y a mi familia debo ser quien soy, pero entiéndase: las virtudes solamente, porque los errores y defectos son mi responsabilidad.

Sin regatearle méritos a la escuela privada porque sería injusto, tengo la convicción de que la contribución mayor a la nación procede de la escuela primaria pública, tan humilde como hermosa, instrumento de defensa nacional, según el decir de Ramiro Guerra, quien inició su magisterio en una de Batabanó. A ellas acudían, mayoritariamente, los niños de los hogares más humildes, aunque se conocen no pocos casos de familias cuyos hijos asistían a ellas por las mismas razones que yo fui a la de Escandell, es decir, por la calidad de sus maestros. De esas pobres escuelas, enaltecidas por la ejemplaridad de quienes cada día, como un deber sagrado, instruían y formaban en los niños las virtudes morales, cívicas, heredadas de los padres fundadores, brotaron hombres y mujeres que, a su vez, fueron ciudadanos honestos, de hablar correcto, laboriosos y corteses, morales en sus conductas, preocupados por los problemas del país. Muchos de ellos fueron líderes obreros; hombres y mujeres, en fin, que fundaron familias dignas, lo cual no les impidió aceptar sus responsabilidades cívicas, patrióticas.

Quienes critican a la educación de la República, olvidan que los excelentes profesionales y artistas que le dieron fama a nuestro país, y los hombres y mujeres que enfrentaron a las dictaduras de aquellos tiempos, se formaron en la escuela cubana de entonces, ya fuese pública o privada, religiosa o laica: en todas enseñaban a pensar en tanto les proporcionaban ciencia y cultura, y educaban los sentimientos, sembrándoles los principios cristianos, morales y cívicos, la dignidad y el coraje que forman parte de lo cubano.


III


Desde 1959, la revolución en el poder dictaminó cambios radicales en la educación que, aunque estuvieran dictados por buenos propósitos, me parece que el tiempo transcurrido indica que no todos fueron acertados. Es humano equivocarse, y también rectificar. Hoy creo que un desacierto fue

negar a la familia la posibilidad de educar a los hijos en el plantel que deseasen: primero por no permitir las escuelas privadas, y después por la obligatoriedad de matricularlos en las “que le toquen” aunque los padres, en ocasiones, tengan reparos hacia las mismas. Claro que esto a veces puede solucionarse. Y también me lo parece forzar a los alumnos a cursar el preuniversitario en el campo para lograr su propósito de llegar a la universidad (excepto si demuestran tener problemas de salud que se lo impidan). Creo que alumnos y padres tienen el derecho de escoger. Y pienso, además, que donde mejor pueden estar los muchachos –salvo excepciones– por muchas razones, es en el propio hogar, junto a la familia, sobre todo en la peligrosa edad de la adolescencia.
Desde 1959, la revolución en el poder dictaminó cambios radicales en la educación...


La Constitución de la República de Cuba (1976), capítulo IV: Educación y cultura, artículo 38, declara: “El Estado (…) fundamenta su política educacional y cultural en la concepción científica del mundo, establecida y desarrollada por el marxismo-leninismo…”, y el artículo 39 precisa: “La educación de la niñez y la juventud en el espíritu comunista es deber de toda la sociedad…” Esto se corresponde con la Tesis sobre la Formación de la Niñez y la Juventud aprobada en el I Congreso del Partido Comunista de Cuba celebrado en 1975, la cual expresa que uno de los objetivos supremos es la formación del hombre comunista “(…) cuya acción social esté condicionada, desde las edades más tempranas, por un modo de vida que conduzca, indefectiblemente, a interiorizar en él los rasgos de carácter, convicciones y moral comunista”. Estos documentos, básicamente, constituyen los presupuestos constitucionales y partidistas en que se basa el trabajo que desarrolla el Ministerio de Educación en sus distintas instancias.

He vuelto a releer las Resoluciones Ministeriales que ha sido posible, de ellas destaco la número 304/76, firmada el 7 de mayo de 1976 por José R. Fernández, quien era entonces ministro de Educación. Es un documento muy bien fundamentado desde el prisma del trabajo educativo y de la orientación clara y precisa para los destinatarios. De los rasgos morales que el Ministro orienta desarrollar en los escolares –que aparecen, por supuesto, junto a los políticos-ideológicos–, recojo los que, a mi juicio, son vitales: el colectivismo, la modestia, la honradez, la austeridad, el patriotismo, la solidaridad, el respeto, el amor a las tradiciones heroicas del pueblo. El documento precisa la necesidad de fomentar en ellos elevados sentimientos humanos y “(…) convertir los principios ideológicos, políticos y de la moral comunista en convicciones personales y hábitos de conducta diaria; formar, en resumen, un hombre libre y educado, apto para vivir y participar activa y conscientemente en la edificación del socialismo y del comunismo” (primer por cuanto, p. 11 del documento). Para el logro de todo lo anterior, resalta el papel de la familia, pues con razón considera que “(…) los modelos de conducta y, en general, los ejemplos que observen los niños y jóvenes en el seno familiar tienen influencia primordial en sus hábitos, actitudes y comportamiento” (segundo por cuanto, p.11).

El documento, que se refiere también al desarrollo armónico y multilateral de la personalidad (educación integral), reconoce la necesidad de intensificar el trabajo educativo en las escuelas, controlar el cumplimiento de lo dispuesto “y, particularmente, insistir para que se desarrolle en cada profesor y maestro, cada vez más, la conciencia de la obligación que tiene no solo de impartir conocimientos y de brindar el indispensable ejemplo sino, también, de saber persuadir, convencer y guiar a su alumnado para que elimine hábitos y modales incorrectos” (Octavo por cuanto, p. 13). Es obvio que el Ministro que, por los propios maestros sabía lo que ocurría en las escuelas –me consta que los escuchaba y atendía–, señalaba una llaga que, lamentablemente, no en todos los casos ha curado.

Me parece que este es el primer documento en que se habla oficialmente de la educación formal (concepto planteado por el doctor Fidel Castro el día 3 de abril de 1976), incorporándolo al trabajo educativo en la escuela. Ese mismo año fue publicado y entregado a las escuelas el Manual de Educación Formal (del cual se han hecho tres ediciones), con ilustraciones y orientaciones didácticas dirigidas a su correcto empleo por parte de los maestros, guías de pioneros, etcétera. Sin embargo, en el Informe Central al I I Congreso del P.C.C. (Editora Política, La Habana, 1980, p. 27) se expresa :“El saldo en nuestra educación es alentador. Pero ha habido dificultades; se han presentado problemas con la disciplina y el cuidado a la propiedad social y personal en algunos centros educacionales, especialmente en los internados”. Pero esa dificultad, que tiene que ver con la formación moral, de acuerdo con los testimonios de algunos profesores que trabajan en las secundarias básicas y preuniversitarios ubicados en el campo, todavía subsiste a pesar de los esfuerzos realizados para erradicarlo, ¿quién no sabe que hasta en las Escuelas Vocacionales de Ciencias Exactas los muchachos tienen que ponerle candado a sus taquillas? ¿Quién no sabe que esa no es la única dificultad, de índole moral (¿acaso la indisciplina no lo es?) que existe en algunos de esos planteles?

Si la educación no ha logrado ser lo que soñamos, no creo que la culpa pueda recaer en nadie más que en nosotros mismos. Las Indicacionales Ministeriales que he leído son, a mi juicio, atinadas y concretas. Pero en su aplicación el factor humano es primordial. Los Manuales, por muy buenos y asequibles que sean, son, a mi juicio, letra muerta, mientras no logren involucrar los sentimientos de quienes los leen o estudian. Para que su contenido cale en los alumnos, es imprescindible la educación de los sentimientos, tarea compleja que no es de días; la presencia diaria del maestro, quien debe demostrar una conducta culta, lo que de cierta manera puede entenderse como ser ejemplo de educación formal; el buen ejemplo de la familia; y, lo que parece ser aún más difícil, que los programas de televisión cuando presenten diálogos y situaciones groseras, vulgares o marginales, le opongan lo correcto, de acuerdo con nuestra cultura y las normas éticas que siempre nos han identificado como pueblo –no las de los marginales–, para que así ayuden a crecer espiritualmente a los televidentes más jóvenes.

En Cuba, y también en la literatura de la UNESCO y de otros países, el término virtudes se ha sustituido frecuentemente por valores, pero en su esencia significan lo mismo. Recientemente, al indagar si había algún documento concreto que abordara la educación moral de los niños en la escuela primaria, me proporcionaron el folleto La formación de valores. Una tarea pedagógica, de la doctora Esther Baxter Pérez (editado en 1989) que, al margen de consideraciones ideológicas que no comparto, me parece bueno y orientador, pero no lo tienen todos los maestros.

Félix Varela y Morales.
Félix Varela y Morales.

Creo sinceramente que podemos sentirnos orgullosos de esa juventud cubana que, mayoritariamente, estudia, trabaja, respeta a su familia, ama y no renuncia a sus sueños. Pero es preocupante la existencia de jóvenes –los vemos en las calles– cuyos vocabularios y conductas no se corresponden con los esfuerzos que el país ha hecho para darles una correcta preparación para la vida. Nada tienen que ver con el hombre nuevo que se quiso forjar. Y más preocupante todavía es ver y oír en las calles –¡y no me digan que solo pasa en la Habana Vieja!– a niñas y adolescentes, muchas veces vistiendo los uniformes escolares, diciendo a toda voz obscenidades de las más fuertes que asombran y dan pena, y hablando de temas sexuales con una falta de pudor increíble. Me abstengo de narrar por bochornosos algunos incidentes referentes al trato y vocabulario de ciertas “maestras” para con los niños en la calle, a los cuales he salido al paso; hechos –ojalá sean hechos aislados– que nada tienen que ver con la tradición pedagógica que sigue viviendo en nuestro genuino magisterio.

EPÍLOGO


Nuestros tiempos son de incertidumbre, de cambios y de esperanzas. Muchos y variados son los peligros que conspiran contra la paz y el desarrollo de nuestro país, pero desde

la fe creo que saldremos adelante. Recuerdo en este instante, y así concluyo, al Mensajero de la Paz y la Esperanza, Santo Padre Juan Pablo II, cuando dijo, en 1998, en ocasión de su peregrinaje a esta tierra: “Cuba, cuida a tus familias”, y al Siervo de Dios, padre Félix Varela, que alertó a su pueblo, en Cartas a Elpidio, al escribir: “No hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad”.

Referencias
(1)- José de la Luz y Caballero: Aforismos, Editora de la Universidad de La Habana, La Habana, 1945, p. 342.
()2- Desde 1838 a 1840, Luz polemiza públicamente con los hermanos Manuel y José Zacarías González del Valle y otros filósofos, que intentaban enraizar en Cuba la filosofía ecléctica de Víctor Cousin, porque entendió que Cousin, era un mal guía para la juventud cubana, junto a otras razones también de peso.
(3)- José de la Luz y Caballero: “El principio de utilidad en el Elenco de Carraguao”, en La Polémica Filosófica, tomo II, Editorial de la Universidad de La Habana, La Habana, 1948, p.188.
(4)- Ibídem 1, p. 363.


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