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ECONOMÍA

Ninguna economía puede soportar el despilfarro que significa la distribución normada.
por Orlando Freire SANTANA

El dilema del precio justo

Ninguna economía
puede soportar
el despilfarro que significa
la distribución normada.

Una mañana del pasado mes de marzo visité el mercado agropecuario de oferta-demanda conocido como la Plaza de Monte, muy cerca de la popular esquina de los Cuatro Caminos. Me motivaba la posibilidad de adquirir limones criollos (los amarillitos que tienen mucho zumo), pues ese demandado cítrico estaba ausente por completo de las placitas, los mercados de precios topados y hasta de las famosas ferias de fin de mes.
La escasez quedó confirmada cuando después de recorrer el espacioso local advertí que sólo en una tarima había limones. En verdad eran grandes y hermosos, pero su precio no resultaba nada atractivo: a $2.00 el limón; o sea, ocho veces más alto que como lo había adquirido un tiempo atrás en ese propio mercado. Evidentemente el vendedor era consciente de que, ante tan exigua oferta, en ese momento se enseñoreaba como rey del mercado y podía imponerles sus condiciones a los abrumados consumidores en una transacción con claro sabor a monopolio. Una señora que coincidió conmigo en la tarima, al parecer también necesitada de limones, no pudo sin embargo comprarlos. Dio la espalda profiriendo epítetos nada amistosos hacia el vendedor, desde abusador hasta otros menos publicables.
La crisis provocada por el período especial mermó sobremanera la cuota normada que se ofrecía a la población.

Sin dudas asistíamos a lo que el académico John Kenneth Galbraith considera la más importante cuestión dialéctica de la vida económica: la relación entre la moralidad y el mercado. Este último es el mecanismo más eficaz que se conoce para fijar los precios, orientar las inversiones y preservar el equilibrio económico de una manera espontánea. Pero resulta ciego si pretendemos algún tipo de solidaridad entre los distintos actores económicos, y en especial acceder al denominado “precio justo”, un concepto que ya desde la época medieval viene preocupando a los pensadores obstinados en mantener cierto vínculo entre la ética y la economía.
Otra buena intención que casi ha degenerado al tratar de encontrarse un precio cercano a lo justo son los departamentos de “Todo X 1” en las Tiendas Recaudadoras de Divisas... Tomás de Aquino abogó en todo momento por el logro de la equidad o justicia del precio. Para él era “totalmente pecaminoso incurrir en fraude con el expreso propósito de vender un objeto por un importe superior a su justo precio”.(1) Al parecer, el doctor de la Iglesia se refería a un precio que cubriera los gastos del productor-vendedor y no fuera tan oneroso para el consumidor. También el fraile italiano san Bernardino de Siena se pronunció por un precio en el que el proveedor del bien o servicio no se aprovechase desmedidamente de las necesidades del comprador.

Hacia el inicio del decenio de los sesenta los cubanos conocimos de un agudo declive en la oferta de todo tipo de mercancías. A los trastornos inevitables generados por una profunda revolución social se unieron no pocos errores internos de conducción económica –unas veces a causa del desconocimiento y otras debido a un exceso de voluntarismo, así como las presiones que sufrió la Isla desde el exterior. Si en ese momento los precios se hubieran dejado al vaivén de la oferta y la demanda en el mercado, el país habría padecido de una hiperinflación sin precedentes que hubiese condenado a la mayoría de las personas a la hambruna y la miseria. En medio de tamañas carencias las autoridades optaron por la fórmula más socorrida para mantener los precios dentro de un rango razonable: la disminución artificial de la demanda mediante el racionamiento. Surgía así la Libreta de Abastecimientos de productos alimentarios e industriales.

Al principio la Libreta contempló casi todos los artículos de primera necesidad para las familias, a veces limitando el consumo a niveles prácticamente irrisorios. Recuerdo, por ejemplo, hacia finales de la década del sesenta e inicios de la del setenta, cuando el país se preparaba o recuperaba, respectivamente, del fallido intento de los diez millones de toneladas de azúcar, que nos tocaba una muda de ropa al año. O si no había que elegir entre una camiseta, o un calzoncillo, o un par de medias. ¡Tremebunda encrucijada!
La permanencia de la Libreta
de Abastecimientos constituye a estas alturas una irracionalidad económica, y por tanto se evalúa su posible eliminación como parte de los cambios anunciados.

Años más tarde sobrevino la recuperación económica cuando la Isla comenzó a recibir una cuantiosa ayuda proveniente de la Unión Soviética, e ingresó en los mecanismos de integración que proponía el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME). El país halló precios preferenciales para su azúcar de exportación y facilidades de pago para el petróleo y el resto de los insumos que precisaba. En tales circunstancias salieron de la Libreta algunos renglones que empezaron a venderse de forma paralela a precios más altos, lo que estaba en correspondencia con el principio de distribución socialista que se quería aplicar: “De cada cual según su capacidad, y a cada cual según su trabajo”. No obstante, la Libreta de Abastecimientos continuó garantizando la denominada canasta básica a precios por debajo del mercado.

La crisis provocada por el período especial mermó sobremanera la cuota normada que se ofrecía a la población. Cada vez una mayor cantidad de artículos de imprescindible consumo debieron ser adquiridos a precios de mercado –o próximos a él–, o en las Tiendas Recaudadoras de Divisas, con el consiguiente empeoramiento del nivel de vida del ciudadano promedio. Así, en los tiempos que corren, el manto protector de la Libreta de Abastecimientos se ha reducido ostensiblemente. Dos muestras dan fe de ello: el vestuario está liberado por completo, y en lo referido a los productos del agro casi lo único que comprende es la papa.

A pesar de lo anterior, la permanencia de la Libreta constituye a estas alturas una irracionalidad económica, y por tanto se evalúa su posible eliminación como parte de los cambios anunciados. No es lógico que personas con distintos niveles de ingreso accedan por igual a productos subsidiados por el Estado. Como tampoco puede la economía soportar el despilfarro que significa la distribución normada, ya que, por ejemplo, entregan cigarros a los que no fuman, pasta dental a los que no se cepillan los dientes –sí, los hay, yo los conozco–, y café a aquellos que no gustan de esa aromática bebida. Y qué decir del clásico pillo cubano que no acude a darle baja de la Libreta a personas fallecidas u otras que van a residir permanentemente en el exterior. El meollo del asunto consiste, pues, en cómo ofertar productos sumamente deficitarios –pienso en la leche de los niños menores– de forma tal que los núcleos de bajos ingresos no afronten los precios derivados de la oferta y la demanda. Tal vez la solución estribe en un mecanismo que subsidie a las personas y no a los productos, como sucede en la actualidad.

Mas al margen de los precios controlados por la Libreta de Abastecimientos, en ocasiones las autoridades han ofertado otras mercaderías a precios relativamente asequibles, y después hemos comprobado que los mismos no se avenían a lo indicado por el mercado. Me refiero a las confituras que un día se vendieron en la remozada calle Monte y en centros recreativos como el Parque Zoológico y el Lenin. Las leyes del mercado, siempre tozudas, permitieron que allí los revendedores acapararan los productos y después en la calle obtuvieran ganancias al ofertarlos a los precios verdaderos de la oferta y la demanda.

Otra buena intención que casi ha degenerado al tratar de encontrarse un precio cercano a lo justo son los departamentos de “Todo X 1” en las Tiendas Recaudadoras de Divisas. Esos bienes que allí se adquieren a ese precio, con frecuencia son vendidos en la calle al doble o el triple de ese valor. Claro que lo perjudicial del hecho no son esos precios de mercado –en resumidas cuentas comprarlos o no es una opción del consumidor–, sino la realidad de que las personas que acuden a dichas Tiendas a beneficiarse con esas rebajas, es muy posible que enfrenten la acción acaparadora de los revendedores.

La sociedad cubana reclama con justeza que se hallen fórmulas que permitan una disminución en los precios de los bienes y servicios ofertados de manera liberada. Pero también pide un aumento en las pensiones y salarios mínimos, así como el fin de la doble circulación monetaria. Sin embargo, es muy difícil acceder a tales conquistas solo por decreto. En la base de ellas se ubica un binomio que a todos compete: elevar la producción y la productividad del trabajo. Ninguna economía que se dirija con los cinco sentidos admite una rebaja de precios o una inyección de dinero en la circulación sin una contrapartida material.

Pero para la consecución de esos indicadores productivos parece necesaria, en buena medida, la iniciativa de las autoridades. Los cubanos aguardamos por una apertura que, entre otros resultados, propicie un rescate de las reservas creativas de la nación. El hombre tiene que percibir que lo que hace le pertenece realmente; únicamente así las personas se entregan en cuerpo y alma a una labor. A pesar de que en general se habla de pleno empleo en Cuba, hace poco el periódico Granma(2) informaba de 210 mil 797 personas en edad laboral que no trabajaban ni estudiaban. Mientras tanto, tres sectores clave como la educación, la agricultura y la construcción presentan déficit de fuerza de trabajo. Y cuando nos referimos a las aperturas económicas pensamos en determinadas privatizaciones, cooperativizar servicios, dar más tierras en usufructo, ampliar el marco del trabajo por cuenta propia, flexibilizar los mecanismos de comercialización de los productos del agro, descentralizar decisiones, aumentar el control obrero sobre el trabajo de las empresas, practicar alguna modalidad del microcrédito…

Mientras esperamos por semejantes bondades no puedo menos que lamentar que aquella mañana de marzo la señora no pudiera comprar sus limones. Reconozco que, a título personal, sentí deseos de darle las gracias al vendedor no obstante haberme exprimido el bolsillo. Por supuesto que soy partidario de un hipotético precio justo que nos conduzca al bien común. Pero ante la disyuntiva de ese día reafirmo lo expuesto antes en páginas como estas: prefiero los precios altos antes que las tarimas vacías.

Notas:
(1) Kenneth Galbraith, John: Historia de la Economía (novena edición). Editorial Ariel S.A.Barcelona.
(2) Periódico Granma, 8 de marzo de 2008, página 3.