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Luis Sánchez Requeiro: “A la orilla del tiempo”
por Lidia Victoria SÁNCHEZ

Luis Sánchez Requeiro.
  Volver a ver, en mayo de 2004, a mi primo Tomás Sánchez, sin vanagloria uno de nuestros grandes pintores, no me produjo la misma alegría que en ocasiones pasadas. El motivo de la visita de Tomás a Cuba era triste: su único hermano, Luis Sánchez (1950-2004), el tercero de los Sánchez artistas de Perseverancia (Primero de Mayo, Cienfuegos), si agregamos al trío a George Sánchez, había sufrido un accidente cerebro vascular.

Fueron diecinueve días de aflicción, entre esperanzas e ilusiones; aguardando la hora de los partes médicos; abandonados, en oración, a la misericordia de Dios. Oramos mucho, pero Luis “se nos fue”, no sin dejarnos en la memoria de la computadora familiar, parte de su legado artístico. Luis Sánchez Requeiro falleció en junio de 2004. Artista plástico y poeta, su obra ha permanecido casi anónima. Muchas de sus piezas quedaron inconclusas.



SENDERO AL HOMBRE


La timidez de su corazón le impidió justipreciar las riquezas que de él emanaban. Habría necesitado vivir todavía más, para descubrir cuánto le amamos y cuán importante era él para nosotros. Habitaba en un mundo de ensueño; atrapado en el velo de su propio misterio; imposibilitado de sentir la gracia de comunicarse, de superar los obstáculos que le impedían ser, al fin y al cabo, todo lo bueno que era.

Los padres de Luis ya tenían inclinaciones artísticas. La madre, Tana, como le decían a Catalina Requeiro, sencilla y amorosa mujer, pintó muchos paisajes, y toda vez que la familia se mudó para La Habana, llegó a exponer en la galería de San Miguel del Padrón. Tomás, el padre, no era cualquier albañil, sino un artífice de la profesión: su casa del batey de Perseverancia fue una de las más bellamente diseñadas de las tantas que él levantó allí. Luis nació en las inmediaciones del central Perseverancia (Primero de Mayo), en el hoy municipio cienfueguero de Aguada de Pasajeros. Allí, a los pies del central, transcurrió la mayor parte de su infancia. A diferencia de su hermano Tomás, a quien le gustaba pasear en tren y “comerse con los ojos” el paisaje, Luis prefería “acariciar” el campo, caminarlo con los pies descalzos, tocarlo con las manos, subir por los árboles. Ni él mismo podría sospechar cuán imbricadas quedarían dichas experiencias de niño en su poesía.

RENACER

Me echo el sendero al hombro
y salgo a buscar la luz
para de nuevo tornar
con esa hermosa semilla
de paz
de vida
de gloria
y de eterno germinar.(1)

EL COMIENZO DEL FIN


Durante su infancia no estuvo propiamente vinculado con el mundo de la plástica. Cuando más, se dedicaría a grabar su nombre en el esbelto tronco de una palma, o en el grueso leño de una ceiba, diablura infantil de la sensibilidad artística, ya plástica, ya literaria, que pronto habría de aparecer.

Entre sus trabajos de juventud, fungió como profesor de Historia en una secundaria. Luego viajó a África, y fue a su regreso del continente negro cuando, cargado de vivencias, lleno de inspiración, se elevó hacia la cumbre –¡trunca!– de su obra, por los caminos de la escultura y la poesía. En una y otra, su temática principal estuvo ligada a sus preocupaciones por la vida de las especies y la preservación del medio ambiente.

Fue restaurador de la obra escultórica de Alfredo Lozano ubicada en el Teatro Nacional de Cuba. Realizó unas diez exposiciones entre personales y colectivas, inauguradas, las primeras, en 1992. A propósito de una de sus muestras personales, De tal palo…, fechada en 1993 y expuesta en la galería de San Miguel del Padrón, dijo Enrique Pineda Barnet: “Luis también medita, pero con la yema de los dedos, con el tacto (…) Luis, victorioso, asciende con sus manos por sus árboles, a perforar el cielo.”(2)

En 1994, junto al pintor Nelson Branly, inauguró la exposición El tiempo en la galería René Portocarrero. El periodista y crítico Toni Piñera, al afirmar que Luis perpetuaba la madera en el arte, le preguntó al artista si acaso esto no significaba una agresión a la naturaleza. Sin pensarlo dos veces Luis le respondió: “Cuando el árbol cumple su ciclo de vida y muere, es que entonces yo lo utilizo: ¡No talo ninguno! Es una alerta para que esa madera no se convierta en carbón, sino en arte y sigan vivos los árboles.”(3)

Le dedicó largas horas a su jardín de Santa Fe, en Guanabacoa, cuidando flamboyanes y platycerios, haciendo esculturas de madera o concreto. En ese mismo patio, junto al flanco izquierdo de la casa, aspergeado por la nostalgia del jardinero ausente, extrañando sus confidencias y meditaciones, crece el árbol del pan, uno de los últimos que sembrara.

En medio del apocalipsis que sufre la naturaleza a causa de la agresión del hombre, Luis o bien sembraba árboles o bien le cantaba a la creación.

Un árbol (I)

Un árbol
es la vida
Sangre recorriendo siglos,
Un beso,/ el rocío
navegando por los campos.
Un árbol
eres tú, nosotros
Raíz / savia / simiente…
Espacios nunca visto.
El comienzo
El fin.(4)

SUEÑO DE HERMANOS


Habíamos hablado de las primeras inclinaciones –divergentes– de los niños Tomás y Luis Sánchez. Ya de grandes, cultivando diferentes formas artísticas, los hermanos convergieron en una misma inspiración bucólica, y terminaron plasmando en su trabajo sus inquietudes íntimas, personales, por la conservación de la obra del Creador.

De un lado están los paisajes de Tomás Sánchez, como son Perder el paraíso, Basurero en verde para falsos ecologistas, y Hombre crucificado en el basurero. Y del otro las idílicas esculturas y poemas campestres de Luis, de acento tierno y delicado:

S.O.S. VERDE

Tiendo mi cuerpo sobre
el verde quieto
de una rivera poblada de cantos,
henchida de vida
que palpita
y crece…(5)

El afán civilizador, ha deshonrado campos, ríos y riveras, ha desterrado el canto de las aves. La obra de los hermanos Sánchez viene a reparar las muchas veces equivocada, por devas-tadora, intervención del hombre en los espacios naturales.

Cuando un día
Cuando un día, al despertar,
quieras ver los verdes campos,
respirar ese aire puro
que nos llena de alegría,
oír el canto de las aves
al arroyuelo añorando
ser río y unirse al mar,
comprenderás que es muy tarde.
Ya lo hecho
hecho está.(6)

El aliento que vuela.

La prematura partida de Luis Sánchez le impidió publicar más de un poemario. A la orilla del tiempo y otros poemas, no llegó a agrupar todos sus versos. También sus cuentos permanecen inéditos.
Los que conocimos a Luis Sánchez, creímos, seguimos creyendo, en su veneración por el árbol, refugio donde se ocultaba de la tempestad de cada día; y llegamos a comprender que en esa misteriosa morada, y solo en ella, pudo sentirse verdaderamente libre, hecho planta gigante, poderosa, llena de vida.

Un árbol (II)

Un árbol
es el aliento volando
en las mañanas.(7)

Referencias:    
(1)
Sánchez, Luis. A la orilla del tiempo y otros poemas. Fundación de la Naturaleza y el Hombre, México, 1998, p. 28.
(4)
(5)
(6)
(7)
Sánchez, Luis. Ob. Cit., p.7.
Idem., p. 12.
Idem., p. 13.
7 Idem., p.8.
(2)
Pineda Barnet, Enrique. Palabras de presentación al catálogo de la exposición De tal palo…,1993.
(3)
Piñera, Toni. Periódico Granma, 28 de enero de 1994.

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