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Reivindicación de la Avellaneda, de Roberto Méndez.

por María del C. MUZIO

Reivindicación de la Avellaneda

Parecería que sobre la Avellaneda no habría nada más que agregar debido a la infinidad de estudios que se han hecho sobre la gran poetisa camagüeyana. Sin embargo, después que uno lee el ensayo Otra mirada a La Peregrina de Roberto Méndez (Camagüey, 1958), Premio Alejo Carpentier 2007 y Premio de la Crítica del mismo año, publicado por la editorial Letras Cubanas, comprende que aún faltaba mucho por aclarar.
 

Estructurado en ocho temáticas: “La sombra de la augusta Avellaneda”, “Doquier que el hado en su furor me impela”, “Alma del orbe, ardiente poesía”, “La patria del genio”, “El marchito laurel de los certámenes”, “Imitando una oda de Safo”, “Aire, sombra, fuente, llama” y “El último acento”, el autor, con su indiscutible magia poética, nos ofrece al inicio de cada uno, como introducción, una semblanza novelada de la polémica escritora, para demostrarnos, una vez más, que los límites entre ensayo y poesía son a veces difusos, y para darnos muestra también, de que, si se lo propone, bien pudiera escribir una novela sobre esta poetisa disputada por las literaturas española y cubana.

“Cuando Antonio María Esquivel retrató a Gertrudis Gómez de Avellaneda no le fue difícil conseguir la luz adecuada: por las ventanas cerradas del estudio se filtraba el resplandor del otoño de 1848. Gracias a ella pudo dibujar ese óvalo del rostro, más voluntarioso que correcto, la cabellera negra y pesada, partida al medio como mandaba la moda parisina, con rosas a un lado, aunque un poco marchitas por el calor de la estufa próxima. Sus estudios en la Academia le permitieron regodearse en los pliegues del vestido color oro, tanto como en la larga cadena que pende del cuello todavía fino, cruza el escote desnudo y cae graciosamente sobre el regazo. Cualquiera diría que esa joven silenciosa ante la cortina gualda es inocente, todavía su sonrisa tiene algo de provinciano. Viene de Sevilla, dicen que de más lejos... pero junto al codo izquierdo, ese que apoya en una mesa de utilería, hay un tintero oscuro y hondo, en él reposan tres plumas, demasiadas. La joven criolla ahora reposa, con su mente en otro sitio, ni siquiera mira hacia la tela, pero se prepara para escribir. Cuidado con la tinta, señorita, puede derramarse.”(1)

Con mano firme y objetiva entra el ensayista en los criterios que se han vertido hasta el momento, contradictoriamente, sobre la Avellaneda, partiendo del juicio de Martí, tan citado, o de la supuesta masculinidad de la poetisa, así como de las acusaciones de españolizante que le fueron hechas por algunos de sus contemporáneos.

Algo muy encomiable resulta el hecho de que Méndez deja a un lado los cotilleos aldeanos que tanto daño han hecho a la figura de la poetisa, a partir de la publicación de su epistolario amoroso a Ignacio de Cepeda o sus cartas al poeta menor Gabriel García Tassara con quien tuviera una hija. Por encima de todo esto, y es lo que el también camagüeyano y poeta nos hace ver, están los méritos de su obra poética.

“Si no aceptamos el que la Avellaneda está triplemente condicionada en su escritura: por su condición de mujer, de hija de una colonia y por las relaciones que los intelectuales de su tiempo tienen con el Poder y con la sociedad, no solo nos resultarán absurdas ciertas costumbres retóricas que acata, sino que también se nos harán oscuras las razones de las verdaderas rupturas por las que se decide. Su obra es el testimonio de una lucha agónica, que unas veces la conduce a la asimilación de los patrones masculinos y metropolitanos y otras la empuja hacia la periferia de los artistas desclasados. Su grandeza estriba en que, aun en esas condiciones, pudo elaborar una obra vasta y, en su mayor parte, resistente al tiempo.”(2)

Otro aspecto controversial de la obra poética de la Avellaneda, la religiosa, ha sido muy bien retomado por el autor del ensayo. Prácticamente desconocida entre nosotros porque apenas aparece en sus antologías, los críticos se han dividido en duales criterios sobre ella, incluso para algunos ha sido considerada la de menor estro de la autora; no obstante, Roberto Méndez, quien la pudo consultar en su totalidad, la aborda partiendo de un criterio valorativo estético y justo.

“De hecho, en un sentido muy romántico, se trata de un encuentro personal de la poetisa con Dios, de un diálogo privado que al final de su vida tomará un tinte casi místico, que no obstaculiza su desarrollo literario, pero tampoco parece impregnar su visión social.”(3)

Mi vida te consagro,
de mi alma te hago entrega;
de cuanto tú me diste
te rindo humilde ofrenda,
y ardiente te suplico
que recibirla quieras,
y de tu amor me impongas
dulcísimas cadenas.(4)

Si importantes son todas las valoraciones que aparecen a lo largo del ensayo, la dedicada a la poesía religiosa de la Avellaneda adquiere tintes únicos, ya que hasta el momento no se había hecho un juicio tan certero. Es curiosa la nota que inserta el autor, quien encontró, en la Biblioteca Provincial de Camagüey, en Fondos Raros y Valiosos, una edición de la “Oración a Jesús Sacramentado” (tomado del Devocionario de la Avellaneda), impreso en Barcelona, sin año, con la advertencia del Arzobispo de Santiago de Cuba, bajo el pontificado de Pío XI, concediendo 100 días de indulgencia a los que lo rezaran, lo que, según demuestra el ensayista, ejemplifica el uso, aún en pleno siglo XX, de la obra poética religiosa de la autora.

Si alguna crítica tuviera que hacerle a Otra mirada a La Peregrina, sería mi deseo de que no solo se hubiera circunscrito a la obra poética, sino que hubiera ahondado también algo más en su narrativa y su teatro (también tan mal llevados y traídos por la crítica muchas veces), aunque no dejo de reconocer que sería una tarea ciclópea.

Roberto Méndez nos regala una Avellaneda distinta, “encasillarla, resulta vano”,(5) ajena a la de los manuales escolares de “Al partir”, lo que nos hace deplorar que sus restos nunca hayan querido ser devueltos por la antigua Metrópoli, quien la incluye en sus Historias de la Literatura Española, pero que aparece también en las nuestras, porque fue cubana “y no solo es la poetisa más importante de nuestro siglo xix –lo cual sería un débil honor para ella– sino una de las figuras claves del romanticismo americano y, quizá de ellas, la que mejor apunta como larvada precursora de la rebelión modernista”.(6)

Nota:
(1) Méndez, Roberto, Otra mirada a La Peregrina. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007, pp. 83-84.
(2) Ibíd, p. 189
(3) Ibíd, p. 258.
(4) Ibíd, p. 307.
(5) Ibid, p. 327.
(6) Ibíd, p. 326.


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