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APOSTILLAS

Una pregunta
con diversas respuestas
por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL
¿Qué es divertirse? ¿En que consiste una diversión?

¿Qué es divertirse? ¿En que consiste una diversión? En realidad, desde que somos niños, cuando nuestro uso de la razón circula todavía por niveles muy elementales, solemos decir que nos divertimos en algunos momentos o que queremos divertirnos pues estamos aburridos. Por lo general, a esa edad y en la adolescencia y primera juventud, relacionamos la diversión con actividades más bien “ruidosas”, como son la práctica de algunos deportes, las fiestas y ciertos paseos, en familia o en grupos de amigos. Atención: a partir de la niñez ya deberíamos comenzar a ser educados en la mayor seriedad posible a la hora de ejercitar nuestra responsabilidad, de manera tal, que la frivolidad y la inconsciencia lleguen a convertirse en una cosa extraña, en una realidad ajena a nuestras opciones cuando llegue el turno al uso de la razón personal.

Desde la juventud comenzamos a pensar en la diversión con términos de entretenimiento y descanso, a decidir por nosotros mismos y con diapasón más amplio. Buscamos como solaz, esparcimiento, pasatiempo, lo que nos distrae y desconecta de presiones menos agradables, sean éstas propias del trabajo que desempeñamos habitualmente, o provengan de situaciones personales y familiares. Así, comenzamos a considerar “diversión”, “entretenimiento”, por ejemplo: leer una obra bien escrita sobre un tema que suele deleitarnos; asistir al teatro a ver una pieza que nos interesa y produce una cierta holganza, o ir al cine, con el mismo propósito; ser testigos de una buena competencia deportiva, participar en un concierto, escuchar música en la casa, junto a un reproductor en buen estado, sentarnos frente a aceptables programas de televisión; conversar quedamente con un grupo no muy grande de amigos entrañables sobre temas enriquecedores; participar en una conferencia o visitar una exposición de pintura o repasar un buen museo; caminar en solitario por lugares amenos, realizar actividades que no pertenecen a nuestro quehacer cotidiano, como podría ser el hecho de cocinar algún tipo de platos que nos guste sin ser cocineros de profesión o por deber familiar, pintar un cuadro o tocar un instrumento musical sin ser pintores ni intérpretes, cuidar el jardín sin ser jardineros o botánicos, o dedicar parte del tiempo a criar periquitos o canarios, jugar con el gato o contemplar una linda pecera y luego sacar a pasear al perro doméstico, sin ser veterinarios, etcétera.

El abanico de posibilidades de diversión o entretenimiento o desconexión, razonables, no frívolos, es muy amplio y varía de una persona a otra, o de una situación a otra, cuando se trate de la misma persona. En algunas situaciones deseamos entretenernos con algo y en otras, nuestro entretenimiento contempla otras realidades. Hay personas –y yo me coloco en este grupo– que tienen tantos gustos e intereses, que pueden deleitarse con realidades sumamente diversas. Lo que me apetece ahora, puede no apetecerme mañana. Las cuestiones suscitadas por la conveniencia o no, y por el cuándo y cómo del “entretenimiento”, esparcimiento, uso correcto del “tiempo libre”, etcétera, me interesan, tanto en el orden personal más íntimo, como en mis relaciones con los demás, ya que, siendo hombre anciano y sacerdote, con frecuencia algunas personas, sobre todo –aunque no exclusivamente– los más jóvenes, me preguntan al respecto. En definitiva, todo discernimiento con relación a las diversiones y holganzas es, como debe ser con toda cuestión humana, el ético. Ahora bien, la presencia y la carencia de eticidad dependen no solo de la naturaleza de la diversión, sino también de sus circunstancias.

No es buena diversión o entretenimiento lo que, en sí, no es buena realidad. Abusar de las bebidas alcohólicas; cultivar el adulterio; provocar “graciosamente” las iras y malos humores del prójimo porque me divierte verlo irritado; mentir o calumniar para entretenernos al ver como corren los errores y los chismes acerca de “cosas malas” (y... si se tratase de afectar a personas conocidas o situaciones de peso, “mejor aún, más ¡divertido!”); maltratar a un animal; provocar una cierta excitación genital contemplando películas, espectáculos o, simplemente, fotos o pinturas de carácter pornográfico, etcétera.

En otras ocasiones –ya lo afirmé y ahora abundo– la eticidad del entretenimiento o diversión no depende tanto de su naturaleza en sí, sino más bien, de la medida y de las circunstancias. Por ejemplo: ir al cine o al teatro, a los que gustan de esos espectáculos, puede constituir un descanso y un entretenimiento no solo lícito, sino también “virtuoso”, ya que les proporcionan un reposo y desconexión necesarios y, si se trata de obras de buena factura, les enriquecen el espíritu. ¡Esta buena calificación ética nos viene, al menos, desde los griegos! Ya Aristóteles recomendaba a sus discípulos asistir no a cualquier cosa, sino a ver las espléndidas obras teatrales de la antigüedad helénica y las buenas competencias deportivas de la época. Ahora bien, ir al teatro, al cine o al stadium, apartarme para leer sin detenimiento las cosas que me gustan, ver televisión sin medida, con muy poca atención a la calidad de lo que veo o hago, etcétera, abandonando deberes laborales o domésticos, ausente en realidad la necesidad de ese esparcimiento, éste deja de ser una fuente de salud y un enriquecimiento del espíritu, para convertirse en una adicción reprobable.

Por lo general, estas adicciones, no solo constituyen un daño ético para las personas que las padecen, sino que suelen llegar a ser fuente de problemas, de conflictos en las relaciones humanas, sobre todo en el seno de la familia. Estos pueden llegar a ser sumamente graves. Miremos en torno, con detenimiento, y juzguemos. ¿Quién no conoce discusiones y peleas en el seno de una familia por situaciones de este tipo? Porque fulano o fulana, padre o madre, esposo o esposa, hijo o hija, hermano o hermana, sin dejar de incluir a los suegros y las suegras, no piensan en otra cosa que en hacer lo que se les ocurre en el momento y no piensan en los demás, o en lo que podrían o deberían hacer en la casa en ese momento, etcétera.

Conocí dos situaciones extremas de este corte. ¡Se trataba de adicciones a la computadora! En un caso, la adicción la padecía él; en el otro, ella. Cuando llegaban a la casa, después de su jornada laboral, intensa, se encerraban indefinidamente en la pequeña sala en la que tenían la computadora y, entonces... a escribir, revisar correos, jugar, etcétera. Ya tarde, hartos, de computación y fatigados, comían cualquier cosa (los demás de la casa se las habían arreglado como habían podido) y se iban a la cama, compartida con el otro cónyuge, sin ganas de hablar, ni de mantener las relaciones afectivas normales en un matrimonio. Conocí primero la situación en la que el adicto era el esposo, pero cuando llegué a ellas, en ambos casos, la situación estaba ya en la frontera de la separación y el divorcio. Afortunadamente, ambas situaciones se arreglaron y hoy son dos matrimonios razonablemente felices. Ninguno de los adictos ha dejado totalmente la computadora, pero la utilizan durante un tiempo razonable y a los dos adictos les queda tiempo y energía para... todo lo demás. ¿Habríamos podido imaginar, hace algunos años, que una computadora llegase a convertirse en un vicio tan desestabilizador, como pudieron haber sido, en otros tiempos (y también ahora), el juego, el alcohol, una o varias relaciones extramatrimoniales... ¡Vivir para ver! Afortunadamente, en estos dos casos, las aguas no crecieron demasiado y ambos matrimonios pudieron resolver su situación.

A la hora de escoger diversión, no deberíamos prescindir, como elemento para discernir, ni del afán por aprender, por cultivarnos; ni del deber de servicio por amor que debería regir siempre las relaciones humanas; ni del ejercicio fisico –deportes de grupo preferentemente– que fortalece el cuerpo, serena los nervios e impele a incrementar una cierta contención y no menor disciplina, necesarias en las relaciones sociales, cuando está bien enfocada desde el inicio, no como competencia entre rivales, con mal espíritu de “campionismo” a cualquier precio, sino como emulación entre amigos, de la que las discusiones irrespetuosas y la violencia, en principio, deberían estar totalmente ausentes. Algún viajecillo a la playa o al campo (con un buen paseo a caballo, por supuesto) no debería faltar. Divertirnos cultivándonos, divertirnos sirviendo, divertirnos ejercitando el cuerpo y educándonos en la disciplina y la amistad fraterna, divertirnos sin provocar grandes daños económicos. La diversión no excluye la responsabilidad ante el crecimiento de nuestra estatura humana integral, ni la calidad, ni la utilidad, propia o ajena.

La fidelidad a nuestra responsabilidad por el crecimiento espiritual integral y el servicio a los demás nos pueden obligar en conciencia a la renuncia a entretenimientos, en circunstancias en la que los componentes de la situación entren en conflicto. ¿Cuál debe ser la actitud de un médico ante el descanso, si esto no le resultare absolutamente imprescindible, cuando sabe que sus ausencias por entretenimiento están impidiendo una mejor atención a los enfermos del hospital en el que labora? ¿O la de los padres de familia que saben que su hijo está en un mal momento y requiere su apoyo y su compañía? ¿Y qué decir de los sacerdotes y obispos con relación a la atención pastoral y los deberes múltiples que le genera su ministerio? Todos conocemos muchos ejemplos en los que los deberes profesionales o ministeriales, los familiares o, sencillamente, las exigencias de la amistad, nos piden la presencia física en un lugar y la renuncia a un entretenimiento u holganza en otro. No siempre resulta fácil el discernimiento cuando los que entran en conflicto no son un deber y una diversión, sino cuando se trata de dos deberes, incompatibles en algún momento determinado. Oración, reflexión serena, lucidez de espíritu y generosidad limpia en el corazón nos serán siempre necesarios para continuar el camino sin yerros. ¡O con la menor cantidad posible de ellos! Lamentablemente –y así lo he experimentado personalmente en más de una ocasión–, a veces se trata de elegir no entre una realidad buena y una que no lo es, sino entre realidades, ninguna de las cuales es totalmente buena o totalmente perversa. La opción debe ser hecha por el menor mal posible, en nosotros y en los otros que van a ser afectados, de algún modo, por la decisión que debemos tomar.

¿Divertirnos? Pues claro que sí, y sin límites de edad. Aunque siempre con la medida correcta y más bien austera, y sabiendo que cada situación y etapa de la vida tienen sus diversiones más adecuadas. No somos robots productores, sino personas humanas de múltiples dimensiones que caminamos por la vida rodeados de solicitaciones variopintas. Y a todo deberíamos prestar atención cuando de divertirse se trata: ética, calidad de la “diversión”, análisis de la complejidad situacional, dimensiones de la existencia humana, etcétera. Siempre con los ojos puestos en la mayor gloria de Dios y en el mejor servicio a las personas. AD MAIOREM DEI GLORIAM ET HOMINUM SERVITIUM, como solían decir aquellos viejos sacerdotes que nos educaron en la Fe.

La Habana 30 de Mayo de 2008


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