2. En cambio, según la visión bíblica, el ser humano es a la vez totalmente cuerpo y totalmente alma. El cuerpo con la carne que lo constituye, ha sido amasado cuidadosamente por el Creador, y es la persona humana vuelta hacia los otros y en relación con ellos. Saliendo al paso de la visión dualista y maniquea que tanto daño a hecho a la tradición cristiana, el Vaticano II recomienda: “no se debe despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debemos tener por bueno y honrar nuestro propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar el último día”.
3. En el lenguaje de san Pablo el binomio “carne-espíritu” no es equivalente al binomio “cuerpo-alma”. En su visión “carne y carnal” se refiere al “instinto egoísta de cerrazón a la comunidad”; los que actúan “según la carne” son los que, en cuerpo y en alma, se dejan esclavizar por la lujuria, la ira, la envida, el rencor que destruye la vida comunitaria; el evangelio de hoy habla de los arrogantes, los que se consideran los “sabios y entendidos”. Vivir “según el Espíritu”, es respirar y actuar con amor hacia los demás: dominio de sí mismo, generosidad, tolerancia, comprensión y actitudes que crean una convivencia en paz; es “la gente sencilla” de la que habla el evangelio. Vivir “según la carne” y “vivir según el Espíritu” designan dos caminos en existencia humana: concentración egocéntrica o apertura solidaria.
13 DE JULIO: DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
“HABLEMOS DE ECOLOGÍA”
Palabra de Dios: “la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios” (segun da lectura).
1. En la época moderna los seres humanos hemos pasado de contemplar a la tierra y descubrir en ella la huella del Creador, a mirarla como objeto de dominio y de aprovechamiento para vivir y gozar más nosotros, sin respeto para los demás vivientes ni para “la madre tierra”que es nuestro hogar. Esta obsesión depredadora se manifiesta en la deforestación de zonas verdes sin las cuales no es posible la respiración humana, contaminación de mares y ríos, etcétera. Con el afán de conseguir más beneficios económicos, la combustión de petróleo, carbón y gas, arrojan a la atmósfera toneladas de dióxido de carbono, formando alrededor de la tierra una capa gigante que produce el recalentamiento de la tierra, con cambios climáticos incontrolables y deshielos que pueden traer inundaciones devastadoras.
2. Por este camino, sin poner remedio, la catástrofe universal será inevitable. Los actuales gobernantes de los pueblos son conscientes de la terrible amenaza. Pero, a la hora de poner remedio, algunos se oponen porque para ellos el crecimiento económico individualista e ilimitado es el valor supremo. Tener, el poder y dominar son ídolos o falsos absolutos que esclavizan a la humanidad, y en consecuencia esclavizan también a la creación que, para ser liberada, ansiosamente espera la liberación de los seres humanos.
3. El evangelio de este domingo denuncia la tierra pedregosa que no acoge la semilla. Dios mismo, desde dentro de cada uno y también desde los signos del tiempo, está hoy hablando a todos los seres humanos. Pero la semilla no cala, no encuentra eco ni respuesta. Si queremos ser tierra fértil donde agarre y crezca esta semilla, los cristianos debemos orientar en esta dirección nuestra conducta diaria, desde los mínimos detalles como son por ejemplo, cuidar las plantas, respetar los árboles, ahorrar agua, mantener limpias nuestras calles, hasta el compromiso en grupos o movimientos preocupados por la buena salud de nuestra madre tierra.
20 DE JULIO: DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO
“QUE EL JUSTO SEA HUMANO”
Palabra de Dios: “Tú, Señor, que cuidas de todo, que no juzgas injustamente, que a todos perdonas, obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano” (primera lectura).
1. No es fácil ponerse de acuerdo sobre qué es lo verdaderamente humano. En un primer momento parece que lo humano sería lo que nos hace felices, pero cada uno entiende la felicidad a su modo. Empleando el lenguaje del evangelio que hoy leemos, uno puede creer que se realiza siendo como la semilla buena de trigo que crece para que salga el pan caliente; pero no faltan quienes como la cizaña o hierba mala, ponen su felicidad en acaparar el jugo de la tierra y no dar fruto para nadie.
2. Con su conducta y con su palabra Jesús de Nazaret manifiesta en qué consiste lo verdaderamente humano, la realización o verdadera felicidad del hombre. No vivió ni murió para sí mismo, para asegurar sus posiciones, sino que fue hombre para los demás. Se preocupó por la vida de todos, especialmente de los existencialmente humillados en exclusión social o religiosa. No juzgó injustamente a nadie. Movido a compasión pasó por el mundo haciendo el bien y curando las heridas de hombres y mujeres enfermos. Así manifestó el rostro del verdadero Dios, más humano que nosotros, pues somos imagen suya.
3. Con frecuencia identificamos perfección o santidad como una cualidad muy elevada que solo alcanzan algunos. Estos parecen como extraños y por encima de lo humano, cuando no cerrados y contrarios a todo lo que signifique alegría y felicidad que parcialmente gustamos ya los mortales. Pero si leemos a fondo el evangelio de Jesucristo, la perfección o santidad no se mide por la elevación sobre lo humano, sino por una mayor humanidad. Dios es perfecto siendo misericordioso. Hombres y mujeres participan de esa perfección en la medida en que son compasivos en una práctica existencial a favor de los otros. Esa entrega por amor es fruto de la experiencia de Dios que, lejos de aminorar o reprimir nuestra humanidad, nos hace más humanos.
27 DE JUNIO: DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO
“DISCERNIMIENTO”
Palabra de Dios: “Da a tu siervo un corazón dócil para discernir el mal del bien” (primera lectura).
1. La palabra “corazón” en la Biblia no solo se refiere a esa víscera cuyos latidos nos mantienen vivos, sino que incluye también las ideas y el pensamiento. Salomón pide a Dios un corazón dócil y se le concede “sabiduría e inteligencia”. El corazón es el horno donde se agolpan todos los sentimientos, se tejen todos nuestros afectos, se articulan todos nuestros proyectos y elaboramos nuestros programas. Y es ahí donde necesitamos “docilidad” ¿a qué?
2. Ser dócil significa dejarse alcanzar por una causa y transparentarla en la existencia. La segunda lectura nos habla de un “designio de Dios” que Jesús concretó en el símbolo “reino de los cielos” o comunidad fraterna de los seres humanos sin exclusión ni discriminación. Un corazón dócil a este designio se transparenta en una conducta de misericordia, de justicia y de compromiso por construir una sociedad cada vez más humana y de felicidad para todos.
3. Esa tarea, sin embargo, exige discernimiento personal y comunitario. Dios nos habla continuamente a cada uno en la intimidad de nuestra conciencia sugiriendo “haz esto y rechaza lo otro”. Pero caminamos por el tiempo en un mundo plagado de ambigüedades y tenemos que discernir dónde está lo bueno que debemos apoyar y dónde está lo malo que debemos combatir. En tiempos pasados ese discernimiento de algún modo ya nos era dado en las obligaciones que desde arriba nos dictaban las autoridades civiles o eclesiásticas. Pero hoy somos cada vez más conscientes de que, puestos en manos de nuestra propia decisión, nadie nos dispensa de discernir personalmente y actuar en consecuencia.
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