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por Jorge Andrés RUBIDO ROSAS(*)
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Desde el Seminario |
“ LA FERIA DE ENFRENTE”
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Echan a andar sus carruajes ruidosos despertando a la vieja Habana e irrumpen en la calleja frente al Seminario San Carlos y San Ambrosio calentando el ambiente con sus pasos. Ellos, hombres sencillos, golpeados por la vida; los carruajes, artefactos rodantes cargados de rompecabezas metálicos y pedazos de nylon. Comienza la faena. La paz matutina escapa al faro apagado, contrariada por el ruido del metal y el martillo. Junto con el sol se levanta una nueva ciudad amurallada con cartones y percheros vacíos, y el permiso de solo un día de existencia.
Artesanos bilingües alquilan habitaciones y la ciudad se cubre de colores muy vivos. Los sonidos comienzan a entretejer la canción que les da la bienvenida a los turistas. El tambor y las claves, las maracas y el güiro, junto a negras muñecas que
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parecen bailar, armonizan la fiesta de cada espacio. Por trillos semiformes transita el visitante revestido de asombros, empapado de pregones y sonrisas amistosas.
En la hora de luz cenital se sacan las cantinas y se almuerza en familia entre risas y cuentos y es entonces cuando a la algazara de la muchedumbre se le suman los torpes sonidos de las cucharas.
La tarde avanza y algunos cabecean en sus puestos mientras otros aprovechan para proponer su mercancía y vender. Han aprendido a recopilar sus sueños y a volcarlos sobre el mostrador gastando su tiempo entre la suerte y la esperanza.
Ya se escapa el sol y regresan los hombres con mirada cansada a desmontar la célebre villa. Los bilingües con sus lenguas cansadas y sus brazos caídos entregan las habitaciones, encajan sus mercancías y bullen con el vapor de la tarde. Una fresca brisa que atempera el ambiente llega para acompañar el desarme de la vieja ciudad.
Cuando el sol se ha marchado aún queda algún carro de metálicas piezas y algún hombre en su faena. En la noche serena irrumpe el sonido ensordecedor del cañonazo bajo la luz del faro del Morro, despertando a la paz soñolienta, que retorna encandilada a la estrecha calleja.
(*) Seminarista. |
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