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por padre Frank DUMOIS RUÍZ, OFM

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En la persona del obispo Policarpo tenemos el postrer testigo de la edad apostólica, que el 23 de febrero del año 155 subía a la hoguera en medio del teatro de Esmirna, en presencia de todo el pueblo. Policarpo había sido discípulo de san Juan. Había oído, y había visto con sus propios ojos, a aquel cuyas manos tocaron el Verbo de vida, y había escuchado del discípulo por el que Jesús sentía predilección el Mandamiento Nuevo del amor fraterno (Misal del Vaticano II). Por haber sido discípulo del apóstol san Juan es llamado “Padre Apostólico” y los fieles le profesaban una gran veneración. Entre sus muchos adictos, discípulos y seguidores se encontraban el mártir san Ireneo de Lyón y el escritor san Papías, obispo de Hicrópolio. |
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Cuando Florindo, que había visitado con frecuencia a san Policarpo, empezó a profesar ideas heréticas, san Ireneo le escribió: “Esto no era lo que enseñaban los obispos, nuestros predicadores. Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Pues bien, puedo jurar ante Dios que si el santo obispo hubiera oído tus errores se habría tapado las orejas y habría exclamado según su costumbre, ¡Dios mío!, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes cosas? Y al punto habría huido del sitio en que se predicaba tal doctrina”.
San Policarpo besó las cadenas de san Ignacio de Antioquía cuando éste pasó por Esmirna hacia Roma camino del martirio, e Ignacio a su vez, le recomendó que velara por su lejana iglesia de Antioquía y le pidió que escribiera en su nombre a la Iglesia de Asia,(1) a los que él no había podido escribir. San Policarpo escribió poco después a los filipenses una carta que se conserva todavía y que alaba mucho san Ireneo, san Jerónimo y Eusebio de Cesarea. Dicha carta, que en tiempos de san Jerónimo se leía públicamente en las iglesias es admirable tanto por los consejos que da como por la claridad de su estilo. El santo emprendió un viaje a Roma para tratar con el papa san Aniceto acerca de la fecha de la Pascua, porque las iglesias de Asia la celebraban en una fecha distinta de las otras. No se pusieron de acuerdo y convinieron en que ambos conservarían sus propias tradiciones, manteniendo la comunión. Para mostrar su respeto por san Policarpo, el Papa le pidió que celebrara la Eucaristía en su iglesia. |
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| El historiador Eusebio de Cesarea nos narra que en el año sexto del emperador Marco Aurelio (152) estalló una gran persecución en Asia en la que los cristianos dieron pruebas de un valor heroico. Germánico, que había sido llevado a Esmirna con otros 11 ó 12 cristianos se destacó entre todos exhortando a los pusilánimes a confesar su fe al precio de su vida. En el anfiteatro, el procónsul, movido por la compasión, trató de disuadirlos de su propósito de derramar su sangre en plena juventud cuando la vida tenía tantas cosas que ofrecerles, pero Germánico, recordando el ejemplo de san Ignacio de Antioquía, provocó a las fieras para que le arrebataran cuanto antes la vida. Sin embargo también hubo cobardes: un frigio llamado Quinto, consintió en hacer sacrificios a los dioses paganos. El extraordinario valor de Germánico y sus compañeros no hizo más que aumentar la sed de sangre de los espectadores. El populacho empezó a gritar: ¡Mueran los enemigos de los dioses! ¡Muera Policarpo! Los amigos del santo quisieron que se escondiera en un pueblo vecino durante la persecución. Tres días antes de su martirio tuvo una visión en la que aparecía su almohada envuelta en llamas; esta fue para él una señal de que moriría quemado vivo como lo predijo a sus compañeros. Cuando los perseguidores fueron a buscarlo cambió de refugio, pero un esclavo, a quien habían amenazado con el potro si no lo denunciaba, acabó por entregarlo. |
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El jefe de la policía mandó por la noche a un piquete de caballería a que rodeara la casa en la que estaba escondido Policarpo; él se hallaba en la cama y rehusó escapar diciendo: “Hágase la voluntad de Dios”. Descendió, pues, hasta la puerta, ofreció licencia a los soldados y les pidió únicamente que le dejasen orar unos momentos. Se le concedió esta gracia y oró de pie por sus propios cristianos y por toda la Iglesia. Hizo esto con tal devoción que algunos de los que habían venido a apresarlo se arrepintieron de haberlo hecho. Montado en un asno fue conducido a la ciudad. En el camino se cruzó con el jefe de la policía y el padre de éste le hizo venir a su carruaje tratando de disuadirlo de que no exagerase su cristianismo: “¿Qué mal hay –le decían– en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?”. Notemos que en aquella época la palabra “Señor” implicaba reconocer la divinidad del César, y por tanto admitir otro dios además del único verdadero. Policarpo al principio calló, pero como sus interlocutores le instaron a hablar, respondió firmemente con valentía: “Estoy decidido a no hacer lo que me aconsejan”. Al oír estas palabras el jefe de la policía y su padre lo arrojaron con tal violencia del carruaje, que se fracturó una pierna.
El santo obispo se arrastró calladamente hasta el lugar donde se había congregado el pueblo. Al llegar Policarpo, muchos oyeron una voz alentadora: “Se fuerte Policarpo y muestra que eres hombre”. El procónsul lo exhortó a tener compasión de su avanzada edad, a jurar por el emperador y a gritar: “¡Mueran los enemigos de los dioses!”. Pero el santo expresó su valor y volviéndose hacia la multitud de paganos reunidos en el estadio gritó: “¡Mueran los enemigos de Dios!”. El procónsul no se dio por vencido e insistió: “Jura por el César y te dejaré libre, reniega de Cristo”. A lo cual replicó el santo: “Durante 86 años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quiere que reniegue de mi Dios y Salvador?, si lo que deseas es que jure por el César, he aquí mi respuesta: ‘Soy cristiano’. Y si quieren saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame”. El procónsul dijo: “Convence al pueblo”. El mártir contestó: “Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión me enseña a respetar a las autoridades si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa”. Efectivamente, la multitud de paganos, llenos de rabia no querían prestar oídos a las palabras de Policarpo.
El procónsul prosiguió sus amenazas: “Tengo fieras salvajes”. El santo respondió: “Hazlas venir, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues solo es justo convertirse del mal al bien”. En un último esfuerzo el procónsul replicó: “Puesto que desprecias a las fieras te mandaré a quemar vivo”. Policarpo le dijo: “Me amenazas con fuego que dura un momento y después se extingue, esto demuestra que ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras”.
Ante tales palabras el rostro del mártir reflejaba tal gozo y confianza y su actitud era tan asombrosa, que el mismo procónsul se sintió impresionado. Con todo, ordenó que un heraldo gritara tres veces desde el centro del estadio: “Policarpo se ha confesado cristiano”. La multitud enardecida ante tales palabras exclamó: “¡Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses que enseña al pueblo a no sacrificarlos ni adorarlos!”. Pidieron al procónsul que condenara a Policarpo a los leones. Pero aquel respondió que no era posible porque los juegos habían sido clausurados. Entonces, tanto los gentiles como los judíos, pidieron que el santo fuera quemado vivo.
Como el procónsul aceptó la proposición, todos se precipitaron a traer leña de los hornos, de los baños y de los talleres. Al ver la hoguera preparada, Policarpo se quitó los vestidos y las sandalias, cosa que no había hecho antes porque los fieles se disputaban el privilegio de tocarlo. Los verdugos querían atarlo, pero él les dijo: “Permítanme morir así. Aquel que me da su gracia para soportar el fuego, me lo dará también para soportarlo inmóvil”. Solamente, pues, le ataron las manos a la espalda. Elevando los ojos al cielo, Policarpo pronunció esta bellísima oración:
“Señor, Dios todopoderoso. Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de Ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación, de toda la familia de los justos que viven en tu presencia. ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre los mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo! ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre los mártires y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea agradable! ¡Yo te alabo y te glorifico por ello, por medio del Sacerdote Eterno Jesucristo tu amado Hijo, con quien a Ti y el Espíritu Santo sea la gloria ahora y en el futuro, por los siglos de los siglos. Amén!”
Nota:
(1) Asia: Una zona del Asia Menor que hoy pertenece a Turquía. |
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