Entre el 17 y el 21 de marzo pasado sesionó en La Habana el séptimo Congreso Internacional de Patrimonio Cultural, en los salones del Palacio de Convenciones, donde especialistas nacionales y extranjeros debatieron las diversas problemáticas que enfrenta la conservación, protección y rescate del patrimonio cultural, en sus diversas manifestaciones.
Ignoro si el programa del evento incluyó visitas de los delegados al trabajo desplegado en La Habana Vieja por la Oficina del Historiador de la Ciudad, para apreciar lo que se ha hecho y hace cotidianamente a favor de la salvaguarda del patrimonio tanto material como espiritual de la nación; pero si no fue así, con seguridad algunos asistentes por su cuenta habrán buscado tiempo para visitar esa zona de nuestra ciudad capital.
Pero La Habana no es solo La Habana Vieja, o la parte de ella que ya ha recibido la bendición restauradora en sus añejas edificaciones. Distante del Palacio de Convenciones, en el Cerro, primer barrio extramuros de la capital, se atesora el conjunto de la arquitectura del neoclásico colonial más importante del país, que día a día sufre mutilaciones, añadidos, daños y demoliciones, ante la indiferencia y el desinterés generalizado de instituciones, autoridades y empresas radicadas en el territorio. |

por Orlando Segundo ARIAS
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Año 2001. El portal con su cubierta dañada, pero completa.
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En los días del citado Congreso, asistimos con dolor e indignación al último capítulo en la destrucción, con ensañamiento incalificable, de la otrora emblemática Quinta Echarte, señorial mansión colonial edificada cubriendo la manzana comprendida entre las calles Santa Catalina, Falgueras, San Pablo y Domínguez, cien metros al Norte de la antigua Calzada Real del Cerro. Lo que constituía uno de los elementos más significativos de la noble edificación, su portal frontal de diez grandes columnas neoclásicas y 30 metros de longitud, construido sobre un promontorio que visto desde la calle le brindaba una perspectiva impresionante, estaba siendo demolido. Apenas quedaban en pie cuatro columnas y alguna otra fracturada mostraba solo la mitad de su altura original. Sobre un pesado montacargas, una yacía derribada, en muda denuncia al primitivo método empleado en su destrucción.
DE LA HISTORIA DE LA QUINTA ECHARTE
Los terrenos ocupados por la Quinta pertenecieron, hasta mediados del siglo XIX, al Monasterio de Santa Catalina, que los destinaba a estancia-huerta. Es en 1854 que el presbítero José Mariano Domínguez, Síndico del Monasterio, los vendió a censo a José Mariano Chaple, vecino de la localidad. Con posterioridad, en 1866, Chaple, a su vez, la vende a por mitad, a los señores Gabriel de Bustamante Rueda y Fernando Arozarena, quienes iniciaron las obras constructivas de la casa quinta que en sus primeros tiempos fue conocida como de Bustamante.
Por entonces Fernando Arozarena estaba casado con Francisca Peyrat Rodríguez, natural de Pinar del Río, acaudalada propietaria de un ingenio azucarero en aquella provincia y vecina en la capital de la calle Consulado 94. Al fallecimiento de Arozarena en 1874, la Peyrat se adjudicó a su favor esa mitad de la casa quinta y no tardó en contraer nuevo matrimonio, esta vez con el peninsular Gabriel de Bustamante. La pareja conservó la propiedad hasta 1890 en que la vendió a Enriqueta Echarte Alfonso de Farrés en 15 mil pesos oro.
Los Echarte procedían del puerto de La Guaira, en Venezuela, de donde llegan a La Habana a principios del siglo XIX Juan Ignacio Echarte Domínguez, quien contrae matrimonio en 1823 con María de los Ángeles Gómez Ruiz, hija del Segundo Alcalde Mayor de la villa de Guanabacoa, José Gómez y Díaz Guanche, con la que tiene seis hijos que dieron origen a las distintas ramas cubanas de los Echarte. De ellas, nos interesa la formada por Enrique Echarte Gómez y su esposa Matilde Alfonso Poey, que procreó también seis vástagos: María Mercedes, Enriqueta, Matilde, Juan Ignacio, Roberto y Jorge Luis Echarte Alfonso. Enrique Echarte Gómez falleció a los 50 años, en 1877.
Matilde Echarte se casó con el General del Ejército Libertador Julio Sanguily Garrite; Juan Ignacio murió soltero en la manigua como Comandante del Ejército Libertador; Roberto da lugar a la sucesión de los Echarte Merello, en tanto Jorge Luis origina la saga de los Echarte Mazorra. Enriqueta se casó en la parroquia de Jesús del Monte en 1886 con Edelberto Farrés Fuertes, siendo la Echarte que ocupa la Quinta Bustamante, cuya inicial denominación comenzó a desdibujarse ante el peso económico y social de los nuevos propietarios, que imponen definitivamente el suyo a la mansión de Santa Catalina 4.
Durante los siguientes 26 años la casa de los Echarte-Farrés constituyó uno de los más importantes centros sociales de La Habana, sitio de encuentro de amigos e intelectuales en sus periódicas recepciones y recibos, que dieron pie a innumerables gacetillas de cronistas de la época; sirviendo a la vez de garantía en sucesivas operaciones de crédito hipotecario llevadas a cabo por Farrés como apoderado de Enriqueta, hasta su venta a favor del gobierno de los Estados Unidos en 1916, por 81 mil pesos. Con esa operación, se cerró la etapa más brillante en la historia del soberbio inmueble.
A partir de 1917 lo encontramos como sede de la Legación de los Estados Unidos, destino que se extendió por los siguientes 20 años. En ese tiempo, fueron incorporadas edificaciones para oficinas en la acera Sur de la calle Falgueras, satisfactoriamente integradas al conjunto del edificio. De este periodo, aún pueden observarse a ambos lados de la puerta de acceso por la calle Domínguez, hoy tapiada, bajorrelieves con el escudo nacional de aquel país.
A principios de los años 40, el edificio fue restaurado por el arquitecto Joaquín Weiss y recuperó su esplendor original. Fue declarado zona militar en 1943 al acoger en sus dependencias la Oficina del Coordinador General de Comunicaciones de Guerra, con tareas de control de las frecuencias y emisiones de radio e interferencias, examen de la correspondencia postal e inspección y censura de despachos cablegráficos. Al término de la Segunda Guerra Mundial las actividades retoman carácter civil, alojando las dependencias del Centro Radio Telegráfico de La Habana, adscrito al Negociado de Radio del Ministerio de Comunicaciones hasta 1957, en que es trasladado para el séptimo piso del nuevo Palacio de Comunicaciones en la Plaza Cívica en construcción. Dio así comienzo la declinación de la Quinta.
Desalojado el edificio por Comunicaciones, en 1958, se abrió un Comedor Popular a iniciativa de Marta Fernández Miranda, la esposa del dictador Batista, con entrada por la calle Falgueras. Con posterioridad a 1959 esta área pasó a ocuparla un centro de elaboración de alimentos en lo que constituyó un tránsito natural, aprovechándose las instalaciones existentes de cocina y refrigeración. Pero la Quinta era desproporcionadamente grande a un uso que no fue más allá del área contigua a Falgueras y se comenzó a disponer coyunturalmente del espacio restante, según el mejor criterio y buenas intenciones de aquellos que tomaron decisiones sobre un bien patrimonial cuyos valores ignoraban.
En 1972 en ocasión del incendio de la cercana fábrica de fósforos, se utilizaron sus capacidades para albergue provisional de personas damnificadas. Los locales empleados con esa finalidad se distribuyeron más tarde a familias necesitadas, sin que las adaptaciones realizadas afectaran la apariencia exterior del inmueble. En la parte principal con frente a Santa Catalina, fue instalada primero una carpintería destinada a la reparación de muebles escolares y después, en 1984, se trasladó desde Buenos Aires y Agua Dulce la herrería de la Empresa de Industrias Locales.
Resulta difícil imaginar un uso más inadecuado para una construcción de los valores arquitectónicos de la Quinta Echarte que dar cabida en ella a un taller de herrería. Como era de esperar, las modificaciones y añadidos, unido al maltrato del inmueble y al total desinterés en su conservación, dieron por resultado daños cuantiosos: las rejas lanceadas originales que rodeaban el edificio fueron sustituidas por muros de bloques, contra los cuales, por el lateral de la calle Domínguez, se adosaron cobertizos con techos de tejas de asbesto para fines utilitarios de la entidad. Otras construcciones fueron levantadas por San Pablo en lo que fueran las áreas verdes, como la nave de herrería y un parqueo del Centro de Elaboración de Alimentos. |
Las galerías de arcadas que circundaban el patio central fueron tapiadas con muros de bloques; los pisos de mármol blanco de Carrara literalmente pulverizados, fracturadas las losas en segmentos infinitos; la fuente central no existe y desde luego, no cabía esperar se respetasen las reatas de plantas ornamentales. Quien quiera apreciar el patio de la edificación como originalmente fue, deberá buscarlo en el libro de Joaquín Weiss Arquitectura Colonial Cubana, donde el eminente arquitecto entendió que merecía dedicarle una foto a página completa.
LA QUINTA EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI
La antes expuesta degradación acelerada del inmueble a partir de los años 80, constituyó solo la primera fase en la destrucción del patrimonio arquitectónico de la Quinta Echarte por las entidades que lo ocupan y debieron protegerlo. Por increíble que parezca, dada la magnitud de las afectaciones sufridas y lo irreparable del daño ocasionado, lo peor estaba por venir.
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Al paso del huracán Michelle a fines noviembre de 2001, dio inicio la segunda fase del aniquilamiento de esta Quinta, de las más valiosas que nos legó en el Cerro la arquitectura del siglo XIX, comparable solo con la casa de los Condes de Santovenia o el palacio de la familia Arango, sede actual del Gobierno Municipal del territorio.
En aquella oportunidad, en menos de 24 horas, en la esquina de Domínguez y Santa Catalina dos individuos desmenuzaron, bloque a bloque, dos tramos del muro perimetral derribados por el huracán y los sustrajeron en sucesivos viajes de carretilla, sin que la guardia del taller de herrería se diera por enterada. “Ahora empezarán a bajar las vigas del techo para venderlas”, nos alertó un vecino, sin que en aquel momento me pareciera posible que tal vaticinio pudiera convertirse en realidad. Por esos días, en Domínguez y Falgueras, se abrieron grandes boquetes en la fachada lateral hasta
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Inicios de 2002. Ya demolida una mitad del techo
y recortado el muro de la fachada. |
romperse la línea de cornisa del edificio, con la finalidad de colocar puertas y ventanas en un área que el Centro de Elaboración de Alimentos entregó para vivienda.
Entre el 9 y el 22 de diciembre de 2001 fue derribada la mitad de la cubierta del portal y observo que se ha empezado a demoler el muro de la fachada, por encima del lugar donde se encontraba el techo, lo que además de innecesario, significaba la pérdida de estabilidad para el conjunto de columnas y arquitrabes del portal, al perderse el tranque que implicaba el muro en cuestión. El texto en cursiva formó parte del informe que a petición del Presidente de la Administración Municipal rendí el 30 de enero de 2002, sin que se tomara medida alguna para detener el desafuero.
En consecuencia, fue demolida la mitad restante del techo y se concluyó de recortar el muro superior de la fachada. Como comején en la madera, los depredadores del patrimonio trabajaron en silencio y con vista larga, si se quiere, con plan perspectivo; por eso asistimos hoy a la demolición de las columnas y el levantamiento de toda la cubierta de vigas de la Quinta. Las ruinas del portal recuerdan las del Foro Romano, con las pocas columnas restantes por ahora en pie. La antes orgullosa Quinta Echarte es un sitio desolado, del que restan paredes sin techo, mudos testigos de la brutalidad ejercida sobre el inmueble.
Surgen preguntas ineludibles ante la realidad expuesta: ¿Puede una entidad productiva proceder a la destrucción sistemática y paulatina del inmueble que el Estado le asignó como medio básico, que aparece en sus libros como un activo, sin que nadie tome cartas en el asunto en sus niveles administrativos superiores o del territorio? ¿Adónde fueron a parar todas las vigas de madera dura –de las que generalmente solo se pudren sus extremos– resultantes de demoler el portal de 30 metros de largo, los varios corredores interiores de la Quinta, la gran sala y las 16 habitaciones-dormitorios con las que contaba el edificio? ¿Y la piedra de cantería de las rodelas de las columnas, las rejas y demás materiales? ¿Quién o quiénes autorizaron esa demolición, para la cual no se consultó ni contó para nada con Patrimonio Municipal o la Comisión Provincial de Monumentos? ¿Qué papel real y efectivo juegan las normativas jurídicas existentes encaminadas a la protección del patrimonio, si estas son desconocidas o ignoradas por aquellos encargados de hacerlas cumplir?
Preguntas que requieren respuestas. Y además, dado que casos como el presente no constituyen excepción, sino más bien hacen norma, se precisa que la atención y protección al patrimonio se haga eficaz y su defensa se lleve a cabo con firmeza, intransigentemente. Hay que cerrar el paso a quienes aspiran a convertir las edificaciones del neoclásico colonial del Cerro en inagotable cantera de buena piedra para reciclar. |
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