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Sueño con claustros de mármol,
donde en silencio divino los héroes,
de pie, reposan (…)”

JOSÉ MARTÍ. VERSOS SENCILLOS, XLV
Los infortunios de un monumento.
por Arturo A. Pedroso ALES
fotos Orlando MÁRQUEZ
Seguro a muchos jóvenes y a algunos que ya peinan canas, que día a día recorren nuestra ciudad camino al trabajo, a sus casas, o simplemente se dirigen al Este de la ciudad a través del túnel de la bahía, les resulte familiar la belleza del imponente monumento al mayor general Máximo Gómez, que se alza majestuoso en la explanada de La Punta, frente al canal de entrada a la rada habanera. Sin embargo, muy pocos conocen la accidentada historia de este conjunto escultórico, obra del artista italiano Aldo Gamba, inaugurado el 18 de noviembre de 1935.


Corría el año 1916 y la ciudad de La Habana había visto erigir un bello monumento de granito y mármol, al mayor general Antonio Maceo, obra del escultor italiano Domenico Boni, en el parque de igual nombre, ubicado en los terrenos que fueron asiento durante la época colonial de la Batería de la Reina, y de la célebre entrada de mar –hoy desaparecida–, conocida como la Caleta de San Lázaro. Con él se perpetuaba la memoria de uno de los grandes adalides de la independencia cubana. Años antes, en 1905, se había inaugurado en el Parque Central el primer monumento al Apóstol de nuestra Independencia, José Martí, con la presencia de su entrañable amigo el general Máximo Gómez. Sin embargo, faltaba en la ciudad una estatua que recordara y rindiera tributo al héroe de Palo Seco, Mal Tiempo y Las Guásimas, aquel guerrero de origen dominicano que había entregado los mejores años de su vida a fundar la nación cubana. Era una deuda impostergable.

Por fin, el 9 de mayo de 1916, el Congreso de la República y su presidente Mario García Menocal aprueban una ley para levantar el monumento al mayor general Máximo Gómez, consistente en una estatua ecuestre, sobre pedestal de granito. Se convocó a un concurso internacional y se fijó un presupuesto de 200 mil pesos para su realización. También se concedió un crédito por valor de 17 mil pesos, para los tres primeros premios del certamen, los que serían distribuidos por una Comisión creada al efecto, que tuvo entre sus funciones, la dirección, elección del proyecto, la ejecución y la administración de la obra. Por su profunda carga simbólica muy pronto tuvo una calurosa acogida.

Como presidente del jurado se designó al ingeniero civil y Secretario de Obras Públicas José Ramón Villalón y Suárez, quien también había ejercido docencia en la Universidad y ostentaba el grado de teniente coronel del Ejército Libertador. Hombre además de una rica trayectoria revolucionaria, participó en 1895 en la invasión a Occidente bajo las órdenes de Antonio Maceo. Al término de la campaña, en carácter de secretario, formó parte de la Comisión, que presidida por el mayor general Calixto García y nombrada por la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador, se entrevistó con el presidente de los Estados Unidos William McKinley con el objetivo de acordar la disolución de las tropas y lograr un empréstito monetario.

Esta fecha marcó el inicio de un largo y azaroso camino, cargado de contratiempos y situaciones que pusieron en riesgo la supervivencia misma de tan acariciado proyecto, el cual concluyó casi dos décadas después.

La construcción de este monumento se inscribió dentro de una política de corte nacionalista de los gobiernos de turno, que intentó preservar el legado patriótico. La profesora e investigadora Marial Iglesias en su valioso ensayo: Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1892 – 1902, lo define como “la institucionalización de la memoria histórica” y agrega que “uno de los ejes centrales del proceso de legitimación de las nuevas élites políticas en el poder, fue la construcción de una épica nacional sin manchas ni contradicciones.”


El AÑO 1919


Aunque la Ley sancionada por el presidente Mario García Menocal, en mayo de 1916, contemplaba como fecha de terminación e inauguración del monumento el 20 de mayo de 1919, lo cierto es que ese año apenas tuvo lugar la presentación y premiación de los proyectos del concurso internacional convocado para erigir un monumento a la memoria del generalísimo Máximo Gómez.

El lugar escogido para la presentación de las maquetas resultó el moderno hospital municipal General Freyre de Andrade, el cual se encontraba en la etapa final de su construcción. Allí, luego de una reñida competencia, donde intervinieron renombrados artistas como el famoso escultor estadounidense Gutzon Borglum, el checo Mario Korbel, el español Moisés Huerta, el italiano Giovanni Nicolini, los franceses Carlés, Maillard y Marqueste, se adjudicó el premio al proyecto presentado por el joven escultor italiano Aldo Gamba.

La elección del proyecto definitivo levantó más de una roncha. Varias voces se hicieron eco del fallo de la Comisión, que otorgó el primer premio al artista italiano Aldo Gamba. La Asociación de Pintores y Escultores expresó su oposición y redactó una enérgica protesta, después un informe técnico rendido por reconocidos artistas plásticos e intelectuales, entre los que se encontraban: Federico Edelmann, Aurelio Melero, Conrado Massaguer, Francisco de Paula Coronado y Regino Truffin.

Importantes publicaciones de la época también censuraron el fallo del jurado, y mostraron su desacuerdo. Apreciemos:

“SOCIAL, revista cubana, consagrada en su mayor parte a fomentar el espíritu artístico nacional, se une a esa protesta, porque estima equivocado el laudo de ese jurado que ha desechado un proyecto que, artística y esencialmente considerado, ha sido el mejor de cuantos han figurado en este concurso que ha de ser para Cuba tristemente memorable.”(1)

El polémico veredicto suscitó un amplio debate entre críticos de arte e intelectuales, y se lanzó toda una “cruzada artística” contra la obra de Gamba, la cual se definió como un “bonito juguete” pero se tildó como “errónea desde el punto de vista artístico”, al construir éste un templete y subir sobre él la estatua ecuestre del Generalísimo, así como juntar diversidad de asuntos decorativos no bien ejecutados, y lo peor no conceder el lugar de honor al proyecto presentado por el escultor español Moisés Huerta y el arquitecto y escultor cubano Félix Cabarrocas, superiores por su “Grandeza, originalidad de concepción, majestuosidad, armonía y magistral ejecución”.(2)


EL VÍA CRUCIS


La crisis económica y política que afrontó Cuba durante los años veinte y treinta impidió que se materializara el proyecto, a ello se unió la falta de voluntad política de muchos de los presidentes de turno. Para tener una idea exacta, baste decir que, entre 1916, fecha en que se aprobó la Ley para erigir el monumento hasta su ejecución en el otoño de 1935, se sucedieron en el poder diez gobiernos, algunos de los cuales permanecieron apenas unas horas.
¿Pero fueron estos los únicos impedimentos? Evidentemente no. Vayamos por partes. El primero de los grandes obstáculos surgió en 1921 y resultó ser un crimen pasional, seguido de un intento de suicidio donde se vio implicado el escultor Aldo Gamba, al dispararle con un arma de fuego a la joven Esther Vera Wadsworth, hija de un comerciante británico, tras rehusar su proposición de matrimonio.(3)

Afortunadamente el joven escultor logró sobrevivir, pero debió cumplir una condena en la cárcel de La Habana. Desde su celda el artista escribió al presidente Alfredo Zayas, solicitándole una pronta solución –monetaria– al asunto relacionado con la adjudicación del monumento al Generalísimo Máximo Gómez. Al referirse a esta misiva el Secretario de la Presidencia expresó:

“Como se ve por la carta del Sr. Gamba, este hombre se halla en un estado de excitación mental extraordinario y probablemente, cualquier manifestación del Honorable Señor Presidente en el sentido que él desee hacerla, le servirá de mucho.”(4)

Tres años después el escultor abandonó la Isla rumbo a su patria. Antes de partir, el 22 de febrero de 1924, en el despacho del ingeniero Aurelio Sandoval García, Secretario de Obras Públicas, firmó un contrato en virtud del cual se comprometió a ejecutar por la suma de 175 mil pesos moneda oficial el monumento al general Máximo Gómez, y se le obligó a entregarlo en el puerto de La Habana, antes del primero de agosto de 1928. Parecía inminente la solución.

¿Cumplió Gamba su palabra empeñada? Una vez más la fecha se infringió, al extremo que el gobierno de Gerardo Machado se vio obligado a rescindir el contrato por el Decreto presidencial no.1359, del 30 de septiembre de 1931, aún cuando había erogado una importante suma del precio convenido. A pesar de ello el estado se reservó sus acciones y la reclamación de los daños por la falta de ejecución.

¿Qué sucedió en Italia durante estos años? Para conocerlo no existe un documento más revelador que un extenso y bien documentado informe enviado en abril de 1934 a la cancillería cubana por Carlos Armenteros, ministro de la Legación de Cuba en Roma, en el que expresa su preocupación por el desinterés y la gran falta de comprensión por parte de los anteriores gobiernos en el asunto, además de enumerar las causas que ocasionaron el incumplimiento del contrato y las vicisitudes que sufrió esta obra de arte.

Por mediación del señor José Pennino, dueño en La Habana de una importante casa comercial para la venta de mármoles –con quien se había asociado– el escultor Gamba firmó un contrato con el profesor Emilio Qualigno, con el objeto de adquirir mármoles de Carrara para el monumento al Generalísimo. Pero muy pronto comenzó a litigar con éste acusándolo de querer venderle las piezas con un espesor mayor a fin de obtener mayores ganancias. A este contrato le sucedieron dos más, pero continuaron las desavenencias y acusaciones entre ambas partes al extremo que en 1929 la situación desembocó en un proceso judicial antes los tribunales de Roma y se paralizaron los trabajos.(5)

Llegado a este punto, “el monumento” se convirtió en un asunto de estado, y ante las no gratas noticias que llegaban del viejo continente, el gobierno cubano comenzó a gestionar a través de la cancillería y su embajador en Roma su terminación. A partir de 1931, la respuesta del gobierno italiano no se hizo esperar. Significativa resultó la mediación y la intervención directa, en más de una ocasión, del jefe de estado italiano Benito Mussolini.(6)

La decidida participación del entonces embajador cubano y la intervención del gobierno italiano en el pleito entre el escultor Gamba y sus acreedores, tuvo un peso determinante en la terminación del monumento. El gobierno italiano tomó cartas en el asunto, al intervenir y amenazar a las partes involucradas con graves sanciones, si no cumplían sus compromisos con el gobierno cubano. Finalmente en 1932, bajo la amenaza de ser “confinados por cinco años”, los dos contendientes (Gamba y Qualigno) convinieron finalmente ante el prefecto de Roma entregar el monumento completo mediante el pago de 69 mil pesos, cifra pendiente a enviar por el estado cubano en el momento de la rescisión del contrato.

A comienzos de 1934, el monumento se encontraba terminado en Italia. Sin embargo, surgieron nuevos inconvenientes. La obra escultórica en bronce se había concluido en Roma en la fundición Boungirolami, y sus dueños pedían insistentemente a Gamba y a la legación cubana el retiro de las figuras de su local, ya que el edificio donde radicaban se había mandado a demoler por cuestiones de ornato público. Algo similar ocurrió con toda la parte de mármol concluida en el establecimiento Triscornia, en Carrara, cuando sus dueños solicitaron también la retirada de las piezas.

Felizmente las gestiones diplomáticas rindieron sus frutos y el 31 de mayo de 1935 se embarcó en el vapor Recca rumbo a La Habana el primer cargamento de mármol destinado al monumento.

Mientras tanto en La Habana el lugar escogido para el emplazamiento del monumento constituyó un tema muy debatido, al extremo de provocar una enérgica protesta del Consejo Nacional de Veteranos ante la Secretaría de Obras Públicas, por oponerse ésta al sitio seleccionado por la Comisión, en el antiguo parque José de la Luz y Caballero en la Avenida de las Misiones. Se consideraron varios lugares, entre ellos una plaza existente en la intersección de la calle G con el Malecón, en el Vedado, para de esa manera clasificar esa avenida como la de los Grandes Libertadores, Maceo, Máximo Gómez.

A punto de concluir los trabajos de cimentación en el sitio escogido para su definitiva colocación surgió un nuevo contratiempo. Como parte de las obras de ampliación y renovación de la antigua Cárcel de Tacón, para convertirla en el nuevo Palacio de Justicia, se pretendió extender el edificio alrededor de 40 metros en dirección al memorial de los Estudiantes de Medicina. Ello provocó airadas protestas, entre ellas, la del capitán y miembro del Estado Mayor del Generalísimo, Thomas E. Curtis, quien en una apasionada misiva, dirigida al Comité Pro-Monumento, advirtió que las pretendidas obras embotellarían al monumento y con ello perdería toda su belleza, grandeza y efecto artístico, al dejarlo carente de perspectiva.(7)

También el coronel Cosme de la Torriente escribió, aunque en un tono más mesurado, una misiva al presidente Carlos Mendieta con el objetivo de frenar la ejecución del mencionado proyecto, y solicitó se dictara una resolución a fin de impedir se ocupara el espacio comprendido entre la cárcel y el monumento de los Estudiantes por alguna construcción que entorpeciera las obras de embellecimiento en ejecución, en clara referencia al monumento de Máximo Gómez.(8)

A pesar de los incontables infortunios el presidente Carlos Mendieta y su Secretario de Obras Públicas, Enrique Ruiz Williams, no querían dilatar más la ejecución del monumento y en los días finales de noviembre de 1934, sancionan el Decreto Ley -724, en virtud del cual se autorizó un crédito de 56 mil pesos de los fondos del Tesoro Nacional para destinarlo al pago de las obras de emplazamiento y erección del monumento al Generalísimo.


LA INAUGURACIÓN



Por fin en la soleada mañana del 18 de noviembre de 1935, coincidiendo con el natalicio 99 del Generalísimo, tuvo lugar la inauguración del monumento con un solemne y multitudinario acto que contó con la presencia del entonces presidente de la República, coronel Carlos Mendieta.

En medio de un respetuoso silencio y ante la mirada atenta de la multitud, su amada hija, Margarita Gómez Toro (1889-1974), acompañada del presidente interino, Carlos Mendieta, del coronel Fulgencio Batista, jefe del Ejército, y del coronel Cosme de la Torriente develaron la gigantesca estatua ecuestre del Generalísimo.

En la celebración varios oradores hicieron uso de la palabra, entre ellos, Gustavo Pérez Abreu, presidente del Comité Pro Monumento y miembro del Estado Mayor del Generalísimo, le sucedieron el historiador Miguel Ángel Carbonell, quien habló a nombre del gobierno, el coronel Cosme de la Torriente como presidente del Consejo Nacional de Veteranos y Roberto Despradel, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de la República Dominicana.

En la ceremonia, devenida en un verdadero acto de reafirmación nacional, desfilaron antiguos veteranos de la guerra, miles de niños depositaron flores junto al pedestal del monumento, se dispararon 21 salvas de artillería desde la fortaleza de San Carlos de la Cabaña en honor al General en Jefe del Ejército Libertador y hasta un avión del ejército lanzó flores sobre el mismo.

También asistió el escultor Aldo Gamba, invitado por las autoridades cubanas para presenciar la inauguración de su obra, quien abordado por la prensa expresó:

“Ansiaba este momento, supremo instante de mi vida de artista, de ver inaugurado oficialmente mi obra. Estoy por varias razones satisfecho: El lugar escogido para emplazarla no ha podido ser mejor. Yo mismo si hubiera sido consultado hubiera indicado este lugar como el más adecuado. Es sin dudas uno de los más bellos de La Habana.”(9)

La magnífica obra escultórica se desarrolló en tres cuerpos: el primero en bajo relieve simboliza en dos grupos de hombres y mujeres los sacrificios del pueblo, que crean la “Aurora Nacional”, representada por un grupo de caballos que salen por un arco triunfal. El segundo cuerpo, en un plano superior y formado por una masa en alto relieve, en el que se destacan los libertadores y el pueblo todo en homenaje al héroe, y lleva al frente la Victoria Alada, símbolo de la libertad y la paz. El tercer cuerpo compuesto por un templete de columnas dóricas, que simboliza el Templo de la Patria, hacia donde ascienden las figuras del segundo grupo, sobre el cual se empina la estatua ecuestre del Generalísimo.

En medio del gran júbilo que generó la inauguración del monumento, varias plumas revivieron una antigua polémica, una vieja herida que el tiempo no había sanado, al arremeter contra la obra de Gamba en estos términos:
“(…) declaramos sinceramente nuestra inconformidad con ese absurdo inaceptable de que el corcel del Generalísimo –cuyo monumento se inaugura hoy– aparezca trepado en la azotea de un edificio.”(10)

Una opinión similar, aunque anónima, apareció publicada en la sección “Picotazos” del diario Alerta, con apenas un día de diferencia.

“(…) He visitado algunas capitales de Europa y en ninguna de ellas he visto estatuas ecuestres con la altura que están erigidas la de Maceo y la de Máximo Gómez, pues verdaderamente resulta absurdo, por no decir ridículo, ver un caballo remontado a esas alturas, lo que hay señor Director, es que en todas las estatuas erigidas hasta el presente, que se convirtió en un verdadero negocio comercial, intervino un negociante de mármoles y parece como que el prurito era vender la mayor cantidad de dicho material, de ahí que vea el exceso de mármol empleado en todos nuestros monumentos y seguramente resultará lo mismo con el que se está erigiendo al general José Miguel Gómez.”(11)

Asimismo surgieron algunas objeciones a la obra y en ese sentido apuntó el diario El Mundo lo siguiente:

“(…) es preciso reconocer al gran urbanista francés Monsieur Forestier, en lo que al emplazamiento del grandioso monumento de Gamba, se refiere. El monumento no desluce, (…) Pero lo que señaló el diseñador de las Avenidas y Paseos que convergen allí, es que el monumento restaría lucimiento al Palacio Presidencial, que a su juicio, debía ser la nota sobresaliente el punto de referencia en el conjunto (…)”(12)

De esta manera se ponía fin a casi veinte años de larga espera, donde los tropiezos y dificultades fueron el común denominador. Atrás quedaban largas vicisitudes, sinsabores, procesos judiciales, hechos de sangre, controvertidos veredictos, animosidades, decretos presidenciales, negligencias, y hasta el desinterés y falta de voluntad política de varias administraciones. Por fin la ciudad rendía tributo al General en Jefe del Ejército Libertador.


Notas:
(1) En Social. Vol. IV, No. 7, julio, 1919. p. 58.
(2) El Monumento a Máximo Gómez en Social. Vol. IV, No. 7, Julio, 1919. p. 37
(3) Disponible en Internet en: http://query.nytimes.com/gst/abstract.html?res-as (Fecha de descarga en la web: 6 de febrero de 2008).
(4) Archivo Nacional de Cuba (ANC) Fondo: Secretaría de la Presidencia, Legajo: 6, Expediente: 8.
(5) Archivo Nacional de Cuba (ANC). Fondo: Donativos y Remisiones, Legajo: 279, Expediente: 71.
(6) Ibidem.
(7) Archivo Nacional de Cuba (ANC). Fondo: Donativos y Remisiones, Legajo: 103, Expediente: 3-A.
(8) Idem.
(9) El Noticiero. 19 de noviembre de 1935 en: Colección Facticia, Tomo: 90, Folio: 173, Biblioteca de la Oficina del Historiador.
(10) Alerta. La Habana, noviembre 18, 1935, en Colección Facticia, Tomo: 90, Folio: 175.
(11) Idem.
(12) El Mundo. La Habana, martes 19 de noviembre de 1935. Año: XXXV, p.13, 2da. Edición.

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