Amando la sabiduría
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por p. Narciso de la I. RODRÍGUEZ, SDB |
Hoy comienzo por decirle algo muy importante: no crea que la relación de los primeros pensadores cristianos con la Filosofía les resultó un camino fácil. Unos la consideraban enemiga de la fe, pero otros la veían como un arma estupenda para defender con la razón sus creencias religiosas. Estos últimos encontraban, sobre todo en el platonismo, algunas coincidencias que les animaban a inspirarse en dicha corriente filosófica para justificar, defender, o simplemente comprender su fe.
Pues para seguir el hilo de lo anterior, nadie mejor que San Agustín de Hipona (354-430), hijo de padre pagano y madre cristiana –santa Mónica–, el más grande de los Padres de la Iglesia y uno de los más eminentes Doctores
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de la Iglesia Occidental que nació un 13 de noviembre en Tagaste, Numidia (hoy Souk-Ahras, Argelia). También gran filósofo y por eso lo traemos a colación en esta página. En su juventud estuvo descarriado, como cualquier joven pagano de la época, hasta que las lágrimas de su santa madre le llevaron a renacer “del agua y del Espíritu” durante la Vigilia Pascual, la noche del 24 de abril del año 387, en el baptisterio octagonal que san Ambrosio, el gran obispo de Milán, recientemente había terminado de erigir. Después fue ordenado sacerdote y llegó a ser obispo. Sus obras más importantes son las Confesiones, de carácter autobiográfico, que le recomiendo leer, Sobre la Trinidad y La ciudad de Dios. Sin duda que san Agustín es el primer gran talento filosófico desde la filosofía griega clásica.
Comienza la elaboración de su síntesis filosófica partiendo ya de una previa adaptación de la Filosofía al cristianismo realizada por los pensadores cristianos de siglo III, fundamentalmente, y será ésta su punto de partida. Pero le pondrá un cuño muy personal al tema. Mire, esté atento a lo que nos dice este gran hombre y verá que se alegrará de ser creyente. Vayamos al grano y todo lo que podamos.
Nuestro santo empieza afirmando que no hay una distinción clara entre razón y fe. Existe una sola verdad, la revelada, y la razón puede ayudarnos a conocerla mejor. “Cree para comprender”, nos dice, en una clara expresión de predominio de la fe, porque sin la creencia en los dogmas de la fe no podremos llegar a comprender la verdad, ni a Dios ni todo lo creado por Dios. Y sigue, “comprende para creer”, en clara alusión al papel subsidiario, pero necesario, de la razón como instrumento de aclaración de la fe: la fe puede y debe apoyarse en el discurso racional ya que, correctamente utilizado, no puede estar en desacuerdo con la fe, afianzando el valor de ésta. Esta vinculación profunda entre la razón y la fe será una característica de la filosofía cristiana posterior hasta la nueva interpretación de la relación entre ambas aportada por santo Tomás de Aquino, y supone una clara dependencia de la filosofía respecto a la teología. ¿Qué le parece, amigo mío? Le aconsejo que vuelva a leer el parrafito en cuestión, pero muy despacio. Sin duda que se le encenderá alguna luz.
Explorador incansable de la verdad, ¡cuánto le preocupó a san Agustín poseerla y vivirla! La cual no ha de buscarse en el mundo exterior por medio de los sentidos, sino reflexionando, volviendo la mirada hacia el interior de uno mismo: “No vayas fuera. Vuélvete hacia dentro de ti mismo. La verdad habita en el hombre interior”.
Del alma habla muchas veces, esa sustancia activa, creada por Dios de la nada e infundida a un cuerpo en el que vive como en prisión anhelando siempre su bien, bien que no puede hallar sino en la posesión de su Dios y Señor. ¡Qué cierto aquello que escribe: “Fuimos creados para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”! El alma humana que es capaz de conocer las cosas concretas, materiales, y también las ideas universales o esencia de las cosas pero no porque las contemplara en una vida anterior, en contra de Platón, ni a través de los sentidos, sino por iluminación: es Dios quien alumbra en nuestro espíritu las ideas universales, dándonos así una especie de visión superior, divina, de cuanto nos rodea y se ofrece a nuestros sentidos. El entendimiento nos aparece así como un “algo divino” y la contemplación intelectual, la reflexión filosófica, como la obra del Verbo encarnado: “La Palabra era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo hombre” (Jn 1,9). Oiga, esto sí que anima a amar la Filosofía.
Finalmente, porque estaríamos un mundo hablando de todo esto, san Agustín también filósofo de la Historia, en su Ciudad de Dios afirma que la Historia se forma de la trama de acciones libres de los hombres; pero Dios, sin menoscabo de esa libertad, ordena los grandes acontecimientos históricos, el hilo general de la Historia, de forma que en él resulte el premio o castigo de los hombres y el triunfo final de la Iglesia de Cristo. ¿No le da tranquilidad esta afirmación ante muchas cosas que ocurren y no llegamos a comprender? Porque, “la luz resplandece en la oscuridad y la oscuridad no pudo sofocarla” (Jn 1,5). Bien sabe usted que esa luz es Jesucristo presente siempre en su Iglesia. ¡Qué consoladora verdad! |
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