Esas pequeñas grandes cosas Existe una palabra que desde pequeños escuchamos en boca de padres, abuelos, maestros y amigos. Por muy disímiles que sean los métodos educativos de una familia, en la mayoría se ha empleado el vocablo, al menos una vez, para aprobar o negar determinada conducta de niños y adolescentes. “Sigue así y triunfarás en la vida”, “esfuérzate más que el triunfo no está a la vuelta de la esquina”, “por ese camino nunca vas a triunfar”, “el triunfo es de aquellos que se sacrifican”. Son estas algunas de las más frecuentes frases empleadas, en el discurso diario, para referirnos a tan controvertido concepto. |
por Anette Jiménez
MARATA
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¿Qué es el triunfo? ¿Cuándo y cómo se alcanza? ¿Dónde podemos hallarlo? A estas interrogantes cada uno de nosotros pudiera responder de modo diferente, a partir de nuestras experiencias, concepciones y subjetividades. No es mi propósito hacer aquí un tratado sobre el tema, ni dictar los pasos a seguir para convertirnos, de la noche a la mañana, en seres triunfantes. Lo que sí propongo es analizar qué hay detrás de esta palabra y a dónde puede conducirnos el excesivo fanatismo a ella.
Lo primero es saber qué entendemos por triunfo para luego precisar qué estamos dispuestos a hacer para alcanzarlo.
La televisión y el cine nos muestran, con una frecuencia demasiado alta, recetas de triunfo falsas y ajenas a la realidad. Personas que en un santiamén, luego de sufrir grandes penurias, alcanzan sus mayores sueños, entran diariamente en nuestras casas a través de la pantalla. Artistas que, por un golpe de suerte, logran el reconocimiento internacional, familias reconciliadas como por arte de magia y una serie casi infinita de éxitos inesperados conforman una imagen que muy poco tiene que ver con el duro bregar de la vida cotidiana.
No me opongo a la superación personal ni al afán de ser mejores cada día. Todo lo contrario: es admirable el esfuerzo y tenacidad de una persona por alcanzar lo que se propone, y mientras más lejos sitúe la meta (conociendo bien sus fortalezas y debilidades), mejor sabor tendrá su victoria.
Lo que en realidad me asusta es pisotear los pequeños triunfos diarios en busca de una gloria mayor. Amar y ser amado, jugar con un niño, dialogar con nuestros hijos, ayudar a un anciano, disfrutar el vuelo de un ave o los colores que adquiere una gota de agua cuando es atravesada por la luz solar constituyen premios que todos, sin distinción, podemos ganar.
El verdadero triunfo está en nosotros mismos, en qué esperamos de la vida y qué le ofrecemos a ella, en el modo en que reaccionamos ante un tropiezo, en la lección que aprendemos de los fracasos.
Ojalá se extendiera el ejemplo de Denise, mi amiga, que se siente sumamente afortunada por la madre y la hija que tiene, y por poder pasar a menudo por un bosquecito lleno de mariposas que le reafirman una idea: el mundo posee colores para todos. Solo hay que saber encontrarlos. |
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