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GLOSAS CUBANAS

por Perla Cartaya COTTA

Belisario de Zayas / Serie Desolación / Premio Palalabra Nueva 2000.
Belisario de Zayas / Serie Desolación /
Premio Palalabra Nueva 2000.

Con los pobres de la tierra...


Cronistas del siglo XIX refieren que los viajeros al pasear por la vieja ciudad se impresionaban por la solidez de los edificios y la estrechez de las calles. Llamaban su atención las casas aristocráticas de un piso, rodeadas de galerías que se anunciaban a lo lejos por sus largas hileras de persianas verdes. En enero de 1853 llegó a La Habana el colombiano Nicolás Tanco Armero, curioso personaje que miró a la ciudad desde un prisma diferente.

De acuerdo con J. P. R. en La Isla de Cuba en el siglo XIX vista por los extranjeros, Don Nicolás Tanco pertenecía a una de las familias más prominentes de Bogotá, Colombia. Tenía una sólida cultura humanista –había cursado estudios en los Estados Unidos y en París– y, a la vez, afición por los estudios económicos. De regreso a su patria, sus ideas, coincidentes con las de la burguesía conservadora francesa, lo lanzan al torbellino de la política, por lo cual sufre cárcel durante tres meses, tiempo suficiente para hacerlo reflexionar. De modo que cuando por gestiones familiares emprende el camino del exilio, rumbo a Cuba, es un hombre prudente y capaz el que llega a estos lares, decidido a abrirse paso y a obtener fortuna.


Tanco se desempeña como profesor de Matemática en un colegio privado, luego obtiene empleo en una compañía de ferrocarriles, relacionándose también con hacendados influyentes. Al constituirse una sociedad para explotar el tráfico de chinos –cuyos promotores, según se asevera, eran Marcial Dupierris, Rafael Torices y Antonio Ferrán–, un golpe de buena suerte hace que piensen en el joven Tanco, quien hablaba perfectamente el Inglés y el Francés, para que organice el tráfico de culíes, lo cual logra no solo hacia La Habana, también hacia El Callao: más de 200 mil asiáticos emprendieron la ruta de la esclavitud gracias a sus oficios. Permanece en China, dedicado a ese inhumano negocio hasta que, en 1858, es sustituido. Pero regresará, más adelante, hasta que concluye esa tarea en 1874, desempeñándose posteriormente como ministro de Colombia en Perú, (p.46-50).

El audaz traficante de chinos, según se afirma, también cosechó éxitos como escritor. Publicó sus relatos de viajes y aventuras. En La isla de Cuba (reproducida en ob.cit, p.49-50) al referirse al aspecto de La Habana, reflexiona: “Para todo el que viene de Costa Firme no hay duda que la vista de una ciudad como la Habana, de ciento y cincuenta mil habitantes, con un comercio tan grande, de tanto movimiento, donde hay un lujo tan desmedido, donde el dinero corre como el agua, el aspecto, en fin, de un puerto que hoy figura entre los de alta civilización y cultura; para una persona de esta clase, repetimos, todo le debe sorprender y admirar.” Pero quien –como él afirma– conocía las principales ciudades del mundo “(…) podrá encontrar mucho que le sorprenda, pero poco que le admire…” (p.49-50). Lo sorprenden, en la parte intramuros “(…)sus estrechísimas y elevadas aceras, que se puede decir que necesita saber maroma para andar en ellas…” y el hecho de que en “(…)las calles de O´Reilly, Obispo, Muralla, San Ignacio, Cuba, San Salvador de Orta, Oficios, Inquisidor, Plaza Vieja, etcétera, todas se hallan habitadas por peninsulares, siendo una planta exótica el criollo que se halle en ellas…”, observa, con cierta admiración, que lo contrario acontece en extramuros “(…) las calles son hermosas, anchas; los edificios por el estilo de los Estados Unidos; las casaS bajas con sus ventanas rasgadas, suelo de mármol, amuebladas con elegancia y habitadas la mayor parte por hijos del país y extranjeros…” (Ibídem, p. 50).

Sin embargo, este hombre que alabó “(…) las espaciosas calzadas de Galiano, Belascoaín y el Cerro”…(Ibídem), y se condolió de la oprobiosa vida de los eslavos en los ingenios, que criticó a los peninsulares “(…)envidiosos de los criollos”... (Ibídem 57), a quienes llamaban con burla aristócratas de azúcar; que fue perspicaz con respecto a las costumbres de entonces, no tuvo una mirada para la vida y los hogares de los más pobres del pueblo libre, esos que al amanecer de cada día solo tenían para comenzar la jornada el buchito de café, sin duda una tradición de nuestro pueblo que, a pesar de las dificultades impuestas por el tiempo y por las circunstancias históricas, permanece en nuestros hogares.
Foto: Michel Lazo Estrada / Serie Imágenes de mi ciudad / Premio Palabra Nueva 2002.
Foto: Michel Lazo Estrada / Serie Imágenes de mi ciudad /
Premio Palabra Nueva 2002.
Los pobres de esta tierra, aquellos a quienes Martí dedicó preciosos versos, vivían en barrios muy humildes, alejados de las viviendas que Tanco observara. La primera división de La Habana en barrios la decretó el conde de Ricla (bando del 23 de septiembre de 1763). De aquellos tiempos proceden los barrios muy pobres, marginales, como los de Campeche y Jesús María, entre otros. Sus casas, construidas por lo regular con madera y techos de guano, eran frecuente pasto de los incendios.

De esos desastres resultó terrible el de los barrios de Jesús María y Guadalupe, entre la calle Águila y el puente de Chávez, en La Habana de extramuros. En esa ocasión, según refiere Rolando Aniceto en Primeros en la Habana p.65, quedaron sin hogar más de 8 mil personas, 7 murieron carbonizadas, 200 casas quedaron destruidas y otras muchas en ruinas. Pero ese
no era el único peligro que acechaba a la población: toda esa zona era considerada “como campo y asiento predilecto de los famosos negros curros del Manglar” (Ibídem). Esos hombres –de piel oscura y largas trenzas sobre sus frentes y hombros– eran de los peores que habían llegado al puerto habanero en flotas procedentes de Andalucía, y de ellos nos dice don Fernando Ortiz en Los negros curros, que todos eran hombres libres y muy pendencieros, no tenían oficios, y vivían, casi siempre, del robo, la matonería y el proxenetismo.

Aquellas viviendas no eran las únicas posibilidades que tenían los más pobres. Parece que, desde fines del siglo xviii, hubo familias que, ocasionalmente o por cierto tiempo, alquilaban parte de sus casas a personas casi siempre “bien recomendadas” (muchas de las cuales venían del interior del país), y en este caso se encuentran las llamadas accesorias, pertenecientes a la vivienda principal, pero con una entrada independiente, las cuales todavía pueden observarse en algunos lugares de La Habana. Por esa misma época, surgieron en La Habana –cuya ciudad era entonces una de las mayores de la América– los solares, también llamados ciudadelas, construidos por peninsulares (y, probablemente, también por criollos) que, con recursos económicos suficientes, vieron en las mismas una buena manera de ganar dinero. Tendencia que, según se afirma, tuvo carácter universal en Europa a partir de la Revolución Industrial.
Foto: Michel Lazo Estrada / Serie Imágenes de mi ciudad / Premio Palabra Nueva 2002
Foto: Michel Lazo Estrada / Serie Imágenes de mi ciudad /
Premio Palabra Nueva 2002
En el interesante estudio de Carlos Venegas Fornias, Desde el solar a los barrios marginales (publicado en Catauro. Revista cubana de Antropología, año 7, no. 13/2006), el autor expresa que el comerciante sevillano don José de la Guardia afirmó, en 1801 que su propiedad de la calle Muralla, edificada entre 1762 y 1780, con cuartos altos y bajos construidos uniformemente y en serie a lo largo de un corredor (tal y como era en muchos de los corrales españoles cuyo origen está en la Andalucía árabe o hispanomusulmana), era llamada ciudadela ; y refiere que “(…)es la primera vez que hemos detectado esa denominación para una edificación de este tipo en la documentación de la época” (Ibídem p.35). Por cierto, esa ciudadela tuvo la atención especial de los comisarios de barrio por considerarla un foco de maleantes.

En los reglamentos de tipo urbano, conocidos también como bandos de policías o de orden público, posteriores a la toma de
La Habana por los ingleses, de acuerdo con C. Venegas en ob. cit., p.38, ya se reconoce el alquiler de los cuartos interiores de las casas como una práctica habitual y se establecen prohibiciones disciplinarias sobre los inquilinos. Por ejemplo, un bando de 1783 prohibe a los dueños alquilar cuartos accesorios interiores, ni exteriores, a gente de mala vida, mucho menos a negros y mulatos esclavos, tampoco a soldados, marineros, etcétera.

Los solares habaneros eran construcciones baratas compuestas por cuartos independientes, una entrada única y un patio central común, donde las mujeres lavaban y tendían la ropa, y en algunos casos cocinaban. Allí también estaban la pila del agua y los servicios sanitarios. En los reglamentos de policías que aparecen a partir de 1820 se expresa que en las casas de vecindad o ciudadelas debe haber un encargado nombrado por el propietario, quien debía mantener la disciplina en los mismos, aspecto por supuesto vital en las viviendas colectivas. Ese casero, que así lo llamaban, tenía entre sus obligaciones, mantener una luz en el zaguán por cuenta del dueño, cerrar las puertas del solar a las diez de la noche, sin que pudieran volver a abrirse, si no era con motivo y autorización. En 1856 se dictó otro reglamento, vigente durante el resto del siglo, que disponía que el encargado viviese en la ciudadela; cerrar y abrir a la hora señalada la puerta principal, prohibir los desórdenes, impedir arrojar basuras y agua sucia al patio; tratar de impedir las discusiones y las reuniones de más de cinco personas; y comunicar a la autoridad las altas y bajas de los vecinos (Ibídem p.39).

La ciudad de La Habana ha sido dividida en tres sectores para clasificar los solares: en La Habana Vieja, estaban las ciudadelas más sólidas, con los mejores servicios colectivos, pero con las habitaciones pequeñas, húmedas y oscuras. En el territorio que hoy corresponde a Centro Habana, desde el límite de lo que había sido la muralla hasta la calzada de Belascoaín, estaban las peores, las más chicas, miserables, hacinadas, oscuras, húmedas y la mayor cantidad también. Fuera de estos territorios, hasta llegar a los límites de la calzada de Infanta y el Cerro, se encontraban las más ventiladas entre las ciudadelas, las que tenían los patios más grandes, pero eran las de más endeble construcción, con pobres materiales (Ibídem. p.40).

Recuerdo que durante muchos años trabajó en casa de mis padres una señora muy decente y buena, de hablar correcto, a quien queríamos mucho. Vivía en un solar que estaba en la calle Cuba, cerca de la parroquia del Espíritu Santo. Fui con mi madre a verla las pocas veces que se enfermó, y siempre encontramos su pequeño cuarto limpio y recogido. El encargado era un gallego muy estricto que no permitía a nadie pararse en la puerta de la calle en camiseta. Si los inquilinos se llevaban bien durante el año, les permitía hacer una fiesta en el patio el 31 de diciembre, y se hacía cargo de llevar a la escuela a los niños cuando sus madres no podían. Allí, entonces, los pobres se ayudaban entre sí y, aunque en algún momento tuvieran diferencias, según nos contaba Teté, nunca la sangre llegaba al río.

Una visión muy distinta, siempre con excepciones, ofrecen los solares que uno ve de pasada, en los cuales muchas veces residen individuos marginales junto a personas y familias honradas. Nunca les niegue la mirada, ni una sonrisa, ofrézcale sin titubeos su mano generosa. Nuestra Madre, que siempre nos auxilia, está pidiendo que lo hagamos no solo en el mes de mayo. Recordemos que las más bellas rosas que podemos ofrecerle cada día son las que Ella prefiere: las de nuestros sentimientos genuinamente cristianos.

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