¿Qué le parecería si un individuo le preguntara la hora en la calle, y usted, al levantar la vista para responder, advirtiera que su interlocutor tiene cabeza de chivo y cola de perro? No tiene que decirme su posible reacción, pues puedo imaginar unas cuantas variantes, desde caer redondo como un pollo, hasta morderse los codos….
Algo así pudiera ocurrirle a un transeúnte británico, pues su Parlamento le ha dado luz verde a la obtención de embriones híbridos. Estos serían fruto de la implantación de núcleos de células humanas en óvulos de animales, con el objetivo de “investigar” para hallar presuntas curas a raras enfermedades. El resultado será un embrión 99 por ciento humano y 0,1 por ciento animal, y quedará prohibido implantarlo en el útero de una mujer.
“¡Wonderful!”, ¿no? “Todo por la ciencia”, pudiera decirse. Solo que esta puede emplearse con fines macabros. “La ciencia sin la conciencia no conduce sino a la ruina del hombre”, nos recuerda la Congregación para la Doctrina de la Fe en la Instrucción Donum Vitae, sobre el respeto a la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, de 1987. Quien no concuerde con esta conclusión, podría recordar qué “maravilloso” invento científico fue aquel que el Enola Gay dejó caer en Hiroshima en 1945, y borró de un tirón la existencia de 140 mil seres humanos.
De seres humanos concretos también hablamos aquí, pues el embrión no es un simple manojo de células, ni “una cosita que todavía no es una persona”, como escuché en la respuesta de una señora a su niña curiosa. Aunque no hay que ser biólogo para entenderlo, no es de dominio común que el embrión, formado desde el momento de la fecundación (se le denomina cigoto en esa etapa), es un nuevo organismo, un individuo con características propias y capacidad para desarrollarse, que no se convertirá en persona al pasar el tiempo, sino que desde el principio ¡ya lo es! ¿O no es el mismo ser el anciano que hojea un álbum con fotos amarillentas, y el niño que, ochenta años atrás, cazaba lagartijas? ¿Acaso el encanecido señor es más persona ahora que entonces, cuando no levantaba una cuarta del suelo?
Si él, como el embrión que se desarrolló hasta su forma definitiva, no fue el mismo y único sujeto, digno de respeto por el simple hecho de ser persona, entonces “¡apaga y vamos!, que de esta cosita puede salir una rana”.
Por desgracia, en muchas ocasiones prima la inmoral concepción de permitir que se trate como objetos a vidas humanas en tan alto grado de indefensión. Pero incluso si se validara el propósito de buscar la salud para otros, ¿cómo justificar que, para un fin bueno, se recurra a medios malos? Ello sería similar, salvando las distancias, a aprobar el ya mencionado bombardeo sobre Hiroshima, si se cree que apuró la derrota del imperialismo japonés.
Por otra parte, como ya dije, el Parlamento británico legisló que no se colocaran los embriones híbridos en úteros maternos. Menuda “condescendencia”, máxime cuando se conoce que la mala fe o la irresponsabilidad no le faltan a ciertos investigadores. Fue una imprudencia la que propició en Brasil la aparición de abejas extremadamente agresivas, cuando un distraído mezcló abejas europeas con africanas. El accidente fue irremediable, pero no trazó la línea roja del “nunca más”, pues nuestra especie ha continuado introduciendo el delicado pie cuantas veces ha podido. ¿Y dicen que se evitará la implantación de esos embriones manipulados? ¿Hay certezas al ciento por ciento? ¡Por favor!
Una ofensa a la dignidad del hombre
La ley sobre embriones híbridos suscitó de inmediato la reacción de la Iglesia. El obispo Elio Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, la definió como “una ofensa para la dignidad del hombre (…), un intento de fecundación entre especies que hasta ahora estaba prohibido por todas las leyes sobre fecundación artificial”.
“La unión hombre-animal, aunque no sea sexual, representa uno de los horrores que siempre han provocado el rechazo de la ética”, aclaró el prelado, citado por la agencia Zenit. “Cada vez que se ha roto la barrera hombre-animal, se han visto consecuencias muy graves, incluso involuntariamente”, añadió, y advirtió que si se decidiera dejar con vida a tales embriones “podría dar lugar a monstruosidades, o promover infecciones, pues el paso del ADN humano al ADN animal puede crear incógnitas”.
La Iglesia Católica en el Reino Unido salió al paso de la medida por voz del cardenal Cormac Murphy O’Connor, quien se declaró “muy decepcionado” acerca de la ley y convencido de que muchísimas personas hubieran deseado disponer de más tiempo y más argumentos para reflexionar sobre este asunto.
Pero más allá de lamentar, la Iglesia mostró su verdadero compromiso con el propósito de salvar vidas y su distanciamiento del “oscurantismo científico” que algunos gustan de endilgarle, cuando el 18 de mayo los presidentes de las conferencias episcopales de Inglaterra y Gales, Escocia e Irlanda anunciaron un premio de 25 mil libras esterlinas, acopiadas a partir de una colecta especial, para apoyar la investigación con células madre ¡pero de adultos!
El destinatario fue en esta ocasión el proyecto Novussanguis, un consorcio de investigación internacional sobre células madre provenientes del cordón umbilical y de adultos con fines terapéuticos.
La declaración, firmada por los cardenales Murphy-O’Connor, arzobispo de Westminster; Keith O’Brien, arzobispo de Saint Andrews y Edimburgo, y Sean Brady, arzobispo de Armagh, señalaba que “ya se ha hecho un progreso mucho mayor hacia terapias clínicas que emplean las células madre de adultos. Otras técnicas que están surgiendo tienen el potencial para el bien, sin crear o destruir embriones humanos”.
Una señal del avance de estas investigaciones, fue ofrecida también a Zenit por la presidenta de la Asociación Española de Bioética y Ética Médica, Natalia López Moratalla, quien afirmó la existencia de unos 600 protocolos que utilizan células madre adultas, “y no se ha presentado ninguno con células de origen embrionario”. Las células adultas, explicó, “poseen el mismo potencial de crecimiento y diferenciación de las células troncales embrionarias y sustituyen con creces a las posibilidades biotecnológicas soñadas para aquellas”.
¿Para qué entonces seguir con experimentos como el de crear embriones híbridos?, se preguntará el lector. Y la respuesta –estimo– pasa por la a veces inexplicable persistencia del hombre en el mal. ¿Acaso es más práctico botar los alimentos que entregarlos a los que tienen hambre? ¿Acaso es más llevadero emprender una costosa guerra que acordar una paz positiva para todos antes de que estalle el conflicto?
Sin embargo, el hambre y la guerra campean con toda su inmoralidad. ¿Por qué no habrían de hacerlo las “investigaciones” que ponen en picota la vida y la naturaleza humanas?
¿Respeto? ¡Desde siempre!
En estos tiempos de mayor relativismo moral, se debe remachar: no existe pretexto válido para dañar, eliminar a una persona, o experimentar con ella “por curiosidad”, bajo presuntamente más altos propósitos. Si parte de la comunidad científica internacional ha reconocido que células extraídas del cordón umbilical de los recién nacidos o de la médula de los adultos, sirven muy bien a los estudios más avanzados en el campo de la medicina, no hay razón para adoptar decisiones tan ligeras y ni para violar aun las barreras éticas que impiden mezclar a personas con animales. Como tampoco la hay para continuar observando desde el silencio, como desde el palco de un teatro, la práctica común de desechar los embriones humanos que jamás llegaron a implantarse.
En ambos casos, la Instrucción Donum Vitae tiene algo que decirle a quienes tienen como objeto de estudio la vida humana. En primer lugar, que “es inmoral producir embriones humanos destinados a ser explotados como material biológico disponible”. El documento eclesial repara en que “algunos intentos de intervenir en el patrimonio
cromosómico y genético no son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres humanos seleccionados en cuanto al sexo u otras cualidades prefijadas. Estas manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad”.
En segundo término, el texto traza una exigencia: “la vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción”. Y es curioso que este punto aparezca además en el Preámbulo de la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño, donde se señala que este, “por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidado especiales, incluso la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento”. Aunque la experiencia demuestra que la letra no siempre alcanza a los hechos…
¿“Tanto antes como después”, dice el documento? ¿Cuánto “antes”? ¿Solo unas horas previas a que el niño vea la luz o, en razón de que es persona, se le debe respeto desde siempre, desde su mismo origen?
Quienes respondan, háganlo sin hipocresía… |