Tal como la noche es el reverso del día, así lo es el sufrimiento de la dicha. Jamás la inteligencia del hombre podrá entender por qué, en la prodigiosa maquinaria que es el cuerpo de un inocente, irrumpe de pronto el dolor como un ladrón en la sombra. Es éste uno de los más terribles enigmas de la vida, ya que aparece ante nosotros vuelto un hecho inexorable. Ninguna razón pudiera convencernos de su necesidad en el orden del universo, ni alcanzará nunca a consolarnos. Será preciso un hecho de signo contrario, así como el hecho de la luz refuta la presencia de la tiniebla.
Cada tarde ocurre entre nosotros justamente uno de estos hechos que anhelamos desde el fondo del alma. No puede ser más sencillo: es aquel instante del crepúsculo en que desde su convento echa a volar el bando de blancas palomas que llamamos las Siervas de María. Las palomas, dirá alguien, suelen recogerse al anochecer. Cierto. Pero estas blanquísimas, purísimas palomas, hacen, de las tinieblas, alba. Cada una de ellas será una mañana que amanece junto a la noche cerrada de un enfermo. ¿Es el sufrimiento un hecho sin respuesta, dijimos? Pues bien: he aquí la respuesta. Muchachas, mujeres, criaturas como nosotros, que hacen a diario lo que quizás haríamos una sola vez: asumir como propio el sufrimiento ajeno, y con una alegría que justifica el orden en apariencia roto del universo. Cada una de ellas es una caricia de Dios en la mejilla del enfermo: “Niño mío –parece decirle al oído–, no puedo explicártelo, porque no lo entenderías; pero verás que al final todo, todo está muy bien”.
Hemos hablado, como si fuesen uno, del sufrimiento y de la noche, y no resulta su proximidad muy descaminada. Pues la Madre Soledad supo muy bien, cuando fundó su Orden, que si la noche será hasta las postrimerías el tiempo de mayor amargura para el enfermo que en casa sufre a solas, también es el tiempo del mal, el de mayor peligro para una mujer que por las calles se aventura a solas. Lo fue en sus días, cuando la novedosa Orden causó no poca preocupación y reticencia, porque la luz en las calles era escasa y vaga; y lo es aún hoy, cuando la luz es mejor, aunque no en el corazón de los hombres. Sin embargo, de entonces acá la obra de sus Hermanas ha sido tal, que hasta el más malvado ve pasar con azoro y reverencia, entre las sombras, el hábito blanco de las Siervas de María. De este modo, hasta las mismas tinieblas rinden homenaje a la luz.
El 21 de febrero van a celebrar cien años del día en que por primera vez llegaron ellas a La Habana. Eran muy pocas –solo cinco–, y se alojaron en una pequeña casa de la calle de Paula, la misma en que treinta años antes naciera José Martí, el mayor de los cubanos. También él vio por primera vez la luz de La Habana en casa pequeña, humilde. El Señor a veces se vale del azar para decirnos a oscuras lo que no entenderíamos de otro modo. No fue coincidencia, no, que las Siervitas encontrasen su primer abrigo en la modestísima calle que Él escogió para traernos al padre de nuestra nación. Porque la vida toda de José Martí fue un acto de amor –“esta es una guerra sin odios”, dijo, cuando no tuvo otro remedio que declararla–, y bien supo él cuánto valen el sacrificio y la renuncia a los bienes de este mundo, pues escogió entregarse a la muerte por nosotros. ¿Y fue también, acaso, por azar, que el Dr. Carlos J. Finlay, el más grande médico de Cuba, fuese a su vez el primero en proteger y admirar a nuestras primeras Siervas en La Habana?
En nombre de José Martí, entonces, que es decir en nombre de todos los cubanos, queremos expresar hoy nuestra gratitud, nuestro amor, nuestra reverencia, a la Santa Madre María Soledad, viva en cada una de estas Hijas suyas que en medio de la noche llevan la luz de su consuelo, y la sabiduría de sus manos, a tanto hermano nuestro que sufre. Es cierto que son pocas, muy pocas. Pero, no respondió la Madre María Soledad a la petición que le hacía la Madre Rosario, primera Superiora de La Habana, con estas palabras: “Hija, hija de mi alma, no puedes imaginarte la risa que me ha causado tu petición. ¿Qué te parece? ¡Catorce Hermanas para las poquitas que somos!”. Y creo que debiéramos preguntarnos si la risa de la Madre María Soledad –tan fresca, tan viva, que es como si la oyésemos ahora, ahí mismo, al lado–, esa risa que tan espontánea brota en cada una de sus Hijas, como un manantial de salud, no es la mejor respuesta, no ya a nuestra inquietud porque siempre son pocas, sino también al terrible enigma del sufrimiento humano.
Eliseo Diego
La Habana, 1983 |