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Como perfume de violetas.

Como perfume de violetas.

por Carlos M. González R.
fotos Cortesía de las Siervas de María

El 15 de agosto de 1851 se fundó en Madrid el Instituto de las Siervas de María por la santa madre Soledad Torres Acosta. El 9 de marzo de 1875 llegaron a Cuba, primer país de América donde se establecieron, específicamente en Santiago de Cuba. Allí se radicaron en la edificación que hoy ocupa el Seminario San Basilio.

El 21 de febrero de 1883 llegaron a La Habana, exactamente a la calle Paula número 43. En 1885 se trasladaron para la calle Cuarteles número uno y no muchos años más tarde, fue construida para su casa definitiva la edificación que actualmente ocupan en la céntrica esquina de 23 y F en el Vedado.
Miles son las personas que diariamente pasan por la citada esquina y se cuestionan quiénes ocupan esa edificación y los que logran saberlo se interesan por conocer sobre el quehacer de esta congregación religiosa.

A través de los tiempos, y más de estos tiempos, la vida de las personas consagradas a Dios ha despertado mucho interés y no pocas veces versiones totalmente desvirtuadas de la realidad.

Es por ello que he querido dar a conocer quiénes son, su labor, profesión y servicio, de sus propias bocas y de sus experiencias.
“La violeta es emblema
de nuestra congregación.
No levanta sus flores
con arrogancia. No necesita
cristales que la preserven
del frío, soporta las más
crudas heladas y los calores
más rigurosos. En todos
los climas florece.”

Me acerqué a una hermana y a bocajarro le pregunté: ¿Cómo son ustedes, qué las diferencia de las personas normales? No había terminado cuando me di cuenta de la infelicidad de la pregunta. Me miró extrañada y lógicamente me respondió. “No somos anormales se lo aseguro”. Le sumó una sonrisa, me imagino que para mitigar en algo la contrariedad que me produjo mi propia, desacertada y poco elegante pregunta. “Solamente que consagramos nuestras vidas al amor y al servicio a Dios. Pero le aseguro que tenemos alegrías, tristezas, cariños de familia aunque no vivamos con ella, tenemos el cariño y la compañía de las otras hermanas con las que convivimos en esta casa, también tenemos amistades aunque con poco tiempo para atenderlas, amamos la música y la lectura como todo el mundo. Nada nos diferencia, solamente el hábito y la distribución de las labores cotidianas: contemplativas en la acción, abandonadas a la Divina Providencia y cooperadoras con Nuestro Señor Jesucristo y la Virgen María en la salvación de los seres humanos. Y le digo más, como familia religiosa unidas en Cristo, continuamos la misión sanadora de Cristo, teniendo como modelo a la Santísima Virgen en el momento de la Visitación y llevando con Ella, renovada esperanza y gozo a aquellos que servimos. En resumen –y adoptó la postura de una maestra, como maestra de novicias que ha sido–, nuestra espiritualidad como Siervas de María comprende: Gratitud y fidelidad a Dios por su llamada; ser contemplativas en la acción a través de una profunda vida de oración y adoración eucarística; abandono a la Divina Providencia; ferviente amor y devoción a la Santísima Virgen María, salud de los enfermos; fidelidad al Santo Padre y a la Iglesia; sólida y auténtica comunidad fraterna; asistencia esmerada y gratuita a los enfermos más necesitados”. Gracias hermana. Al separarnos me hizo un gesto indescriptible con la mano, parece que como estudiado psicológicamente para librarme de culpas. Me fui tranquilo y agradecido.
Con el propósito de beber en el manantial de su experiencia por haber consagrado su larga vida, me acerqué a una hermana bastante mayor. Por favor Madre… “Yo no soy Madre. Yo soy sor, simplemente sor”. Ya esperaba la respuesta…, reprobadora, sonriente, con el dulzor de su acento español intacto aun después de sesenta años en la Isla, que todavía le da a su voz la apariencia de una recién llegada. “¿Qué usted necesita de mí?” Que me trasmita algunas experiencias que como Superiora ha tenido durante años en distintas etapas de su vida. “No sé que
Comunidad de La Habana.
Comunidad de La Habana.
experiencia puede trasmitir una vieja que se ha pasado la vida con una escoba en la mano”. Su más amplia sonrisa, la modestia y la picardía reflejada en la mirada hacían galas de su nombre, que en todos los casos mi intención es de reserva. Pero ese no es el criterio de otras hermanas, incluso mayores que usted. “Es que mis hermanas me quieren mucho y tienen el defecto de sobredimensionar mis condiciones y mi trabajo”. Yo creo que el defecto es suyo de minimizar sus condiciones porque tengo referencias de muchas personas que la consideran santa en la tierra por haberlas acompañado en la enfermedad hasta el alivio con el amor más grande que se puede prodigar. “No, pero es que…” Déjeme terminar por favor; también muchas personas no tienen como agradecerle la abnegación, comprensión y cariño conque usted acompañó a familiares y seres queridos hasta los últimos instantes de sus vidas, ¿tienen razón o no?, insistí inquisitivamente. Bajó la cabeza sonrojada. No sé a ciencia cierta si disimulaba una sonrisa o una muequita por lo molesta que le resultaba mi impertinente forma de herirle
la modestia. “Bueno, es que nosotras queremos ser así, nos empeñamos en ser así, lea esto y después nos vemos. Otro día. ¿Le parece?” Y despareció con su postura encorvada ya por los años y el trabajo que no abandona, como no abandona su sonrisa amable, maternal, y con su paso frágil, corto, silencioso, de convento, como pisando el aire para no ofender el piso o el oído de alguien, sabrá Dios.

Me quedé sentado en un banco del patio central, con la única compañía del Cristo que está en el centro y el libro que me dejó en las manos; pensando cómo arrancar los secretos a estos modelos de abnegación, lo abrí en la página que estaba marcada con una estampa de la Virgen María. Transcribía uno de los Apuntes de la Madre Soledad. Leí:

“La Santísima Reina de los Cielos quiso que en el jardín de la iglesia brotara una humilde violeta, flor casi insignificante por su tamaño, poco vistosa en sus matices, nada delicada en su cultivo. La violeta es emblema de nuestra Congregación amada. No levanta sus flores con arrogancia, sus hojas se extienden por el suelo, parece se prestan por sí mismas a ser holladas y no tienen espinas para punzar los pies del que las pisa. No necesita cristales que la preserven del frío, soporta las más crudas heladas y los calores más rigurosos. En todos los climas florece y los huracanes no la tronchan, porque la hallan tan bajita, tan unidas entre sí sus hojas, que difícilmente el aire se introduce, como no hace ostentación a sus primores, las aves y los insectos se fijan poco en ella y la dañan menos que a otras flores.

”Estas cualidades de la violeta quiere la Virgen Santísima que tenga su Congregación amada y que sus Siervas sean, como la violeta, apreciadas por el suave aroma de su caridad sin límites y su humildad profunda.”

¡Qué comparación más perfecta!, pensaba mientras miraba los canteros del centro del patio repleto de violetas que se esconden debajo de las hojas. Es cierto, la violeta es el emblema de la modestia… De mi abstracción me sacó una voz aterciopelada, con acento oriental: “¿Qué hace ahí tan
Jóvenes que buscan su vocación dentro de las Siervas de María.
Jóvenes que buscan su vocación dentro de las Siervas de María.
calladito?” Si supiera sor, creo que estoy saboreando un fracaso… “¿Fracaso?... ¿fracaso en usted?... No lo creo”. Me miraba con sus ojos claros que contrastan con una bronceada y aterciopelada piel dominicana y una sonrisa amplia y dulce que dejaba escapar la casi perfección de una dentadura que es su sano y creo que único orgullo a los sesenta y tantos… Quiero que me diga sor, ¿qué la impulsó a usted a consagrar su vida a Dios y en una Congregación dedicada a cuidar enfermos? Pasar la vida velando enfermos por la noche… ¡Qué sacrificio! “Fue muy bonito, muy bonito, otro día se lo cuento, porque ahora estoy apurada”… Róbele tres minutos al apuro, por favor sor, porque ese es un misterio que tengo que desentrañar. Sabe, las veces que he tenido que pasar la noche con un enfermo, al otro día no valgo nada: sueño… fatiga… tristeza… “Pero es que hay una diferencia; cuando Dios nos llama nos provee de las fuerzas espirituales y cuando tomamos los hábitos, nos preparamos y nos entrenamos: velamos de noche y dormimos parte del día. Otra parte del día la dedicamos a trabajar aquí en la casa, como se trabaja en todas las casas”. ¿Por qué le llaman casa al convento? “Porque es nuestra casa, aquí vivimos. ¿Usted no tiene casa?” Me busca la respuesta con el buen humor que no la abandona. No, vivo debajo del puente. Nos reímos… No me ha dicho cómo sintió el llamado de Dios a la vida consagrada… “Es largo. Mi familia toda sentía tendencia a amparar a los enfermos. Siempre respiré ese sentimiento, desde que nací. Un día una amiga me dio a leer un plegable de las Siervas de María y ya… me cautivó. Es como un “enamoramiento”… El enamoramiento exige una entrega total. ¿Usted nunca se ha enamorado?” No esperó la respuesta… “¿Complacido? Si no, me voy de todas formas que ya le dije que estoy apurada y que Dios le ayude… Buena falta que me hace…Gracias sor, ya me siento menos frustrado. Nunca tienen tiempo, o mejor, tienen todo el tiempo milimétricamente ocupado. Es como pedirle tiempo a una abeja; quizás lo conceda si se es capaz de volar a su lado de la flor a la colmena.

Todas las hermanas mayores expresan que la vocación a la vida consagrada es una suerte de enamoramiento, ¿estás de acuerdo?, ahora hablo con una aspirante jovencita. “Bueno, me parece que sí, yo tenía novio y descubrí que mi verdadero amor no era mi novio, sino entregar mi vida a Dios. Pronto tomaré los hábitos. ¿Cuándo? No sé, cuando la Maestra de Novicias lo decida”. A la sazón pasan dos novicias que hacen los votos próximamente, jovencitas, bonitas, parecen dos vírgenes escapadas de sus estampas. Estamos aquí conversando sobre la vocación, ¿también ustedes creen que la vocación a la vida religiosa es un enamoramiento? “Yo no había pensado en eso, pero creo que es verdad”, dice una. La otra solo asiente.

Decidí pasar la noche en un hospital porque supe que una monja, ya bastante mayor y por cierto muy locuaz, vela a una enferma. Camuflado con una bata sanitaria me senté a leer en el pasillo desde donde la observaba. Esperé a que la enferma se durmiera y cuando la monja encendió su lamparita portátil para lo que habitualmente hacen en el tiempo que el enfermo descansa: leer, rezar, bordar o tejer, me lancé al encuentro. Buenas noches sor, le susurré. “¿Y usted que hace aquí?, ya he sabido que anda husmeando en la vida nuestra.” No exactamente; en la labor de la Congregación. Pero sí quizás en el caso suyo haya una curiosidad especial. Supe que usted pertenece a una familia de Siervas de María, ¿es verdad? “Sí, somos cuatro hermanas y cuatro primas y las ocho profesamos en este Instituto”. ¿Usted es madrileña? “No, soy de Pamplona”. ¿Y que tiempo lleva en Cuba? “Vine con 19 años y ya tengo 81”. Ya es cubana. “No, soy española. He vivido casi toda mi vida en Cuba y esta casa de La Habana la siento como mía. Pasé más de veinte años sin ir a España porque no me garantizaban la residencia si salía. Cuando me la garantizaron volví y voy cada tres años que nos corresponden vacaciones. Le decía que esta casa la quiero como mía porque desde que llegué a Cuba vivo en ella y soy de las catorce hermanas que nos quedamos en Cuba en la década del 60, que por eso el Instituto la mantiene; en esa época se perdieron seis casas en el interior de la Isla. Pero eso lo hablaremos otro día porque con el murmullo que tenemos podemos despertar la paciente. Además, la paciente de al lado está inquieta y no tiene acompañante, deje ver qué necesita”. Pero esa no es su enferma, le dije para picarla. “¿Y qué? Todos son mis enfermos si les hiciera falta. En muchas oportunidades hemos sustituido a la enfermera por razones especiales. Nosotras somos enfermeras”. ¿Me va a conceder otro momento de conversación? “¡Cómo no!, con mil amores”… Pero es que usted se pasa la vida corriendo de un lado para otro. “Bueno… pues corremos uno al lado del otro de un lado para el otro y así conversamos”. Esbozó una amplia sonrisa, me dio dos palmaditas en el brazo… ¿Cómo es posible que con tanta ternura puedan imponerse con esa fuerza?, ¿eh?
¡Qué suerte sor! Hace días que la estoy persiguiendo, pero no acierto porque después de misa usted desaparece. “Es que tengo muchas cosas que hacer siempre”. Pero en este momento lo que tiene que hacer es atenderme, le dije haciendo uso y hasta cierto abuso de una amistad que nos une hace años. Necesito conocer, porque usted fue protagonista, las dificultades que confrontaron cuando las diferencias Iglesia-Estado allá por los años sesenta.

“Fueron años difíciles, muy difíciles. A través de la historia, muchos consagrados han sufrido todo tipo de humillaciones, sufrimientos, torturas y hasta asesinatos. En todas nuestras casas y en la calle sufrimos diferentes contrariedades por parte de personas que consideraban que éramos enemigas del proceso que estaba comenzando.Muchas hermanas se
horrorizaron por miedo a un futuro aún más agresivo, pidieron irse y se fueron. Se cerraron todas las casas del interior de la Isla, quedó solamente ésta. Aquí nos concentramos y hubo un momento en que dormíamos hasta en el piso, ordenando y tratando de dejar a buen resguardo los bienes, sobre todo los de la capilla. Cuando ya quedábamos catorce vino a La Habana un Internuncio del Santo Padre pidiendo que las Congregaciones no abandonaran la Isla y decidimos quedarnos a correr la suerte que nos deparara el Señor. Fueron tiempos muy difíciles, extremadamente difíciles. Me hace daño recordarlos. Todavía hoy existen personas que tienen actitudes irrespetuosas. Hace poco tiempo, cuando se hizo la reparación general de la casa y la capilla y se terminó de pintar, al día siguiente aparecieron blasfemias y vituperios pintados en el muro que da a la calle. Son ofensas que se hacen a título personal y por tanto las ofrecemos a Dios porque así lo dice el Padrenuestro: ‘Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’.”

¿Y usted cree?… “Ya sé lo que me va a preguntar. Sí, hicimos muy bien en quedarnos. Hoy tenemos una casa en Matanzas, otra en Holguín y la de Camagüey. Algunas jóvenes cubanas en todos estos años han profesado; en este momento tenemos aspirantes, novicias y junioras, confiamos en que muchas sientan el llamado, la vocación o el enamoramiento como quieran llamarlo y nuestra obra no muera; y trate de hablar con la hermana que atiende al Voluntariado de las Siervas de María, que constituyen un gran apoyo a nuestra Congregación”.

Una monja joven, alta, elegante, de una extraña seriedad sonriente, pudiera decirse que contradictoria, de pocas palabras, respuestas rápidas, concretas, concisas, inteligentes y precisas. “El Voluntariado de las Siervas de María –me dijo– es una agrupación de seglares que ayuda a atender a los enfermos de la comunidad y de la zona –aunque no asistan a las actividades religiosas–, y también no enfermos de la tercera edad que de alguna forma necesitan asistencia. Les hacen visitas, les llevan algunos alimentos a los más necesitados, en dependencia de lo que podamos conseguir. Se les lleva el sacerdote y la comunión a los que lo solicitan porque no pueden venir a Misa. En combinación con el grupo de jóvenes que también funciona en nuestra comunidad les hacen los mandados, les limpian la casa, en correspondencia con sus necesidades y con sus disposiciones a que les sirvan. Entre enfermos en cama, enfermos que deambulan y personas de la tercera edad, el Voluntariado atiende alrededor de doscientas personas. También se les hacen almuerzos y actividades festivas aquí en el patio y a veces logramos llevarlos de paseo a diferentes lugares. No crea, los voluntarios trabajan mucho, las hermanas no pudiéramos solas prestar esa atención”.

Con la Madre Superiora pude hablar en el patio en lo que se celebraba una feria para recaudar fondos para el Voluntariado de las Siervas de María. Madre, le dije, estoy haciendo un trabajo… “Sí, ya sé”. Caramba, no dejan que me introduzca. Me sonrió con una dulzura indescriptible y con una voz muy baja, tan baja como su estatura, que casi no oía por la algarabía de la feria me dijo: “¿En qué puedo servirle?” Quiero que me dé su criterio de por qué ha trascendido la obra de las Siervas de María y en sentido general por qué ustedes gozan de un prestigio tan alto en la sociedad, en los hospitales y en los organismos gubernamentales. Yo temía que la pregunta le fuera muy difícil de responder en un ambiente tan poco apropiado y sufriendo las continuas interrupciones de personas que querían saludarla, hacerle alguna pregunta, en fin… vislumbraba el fracaso y ahí supe cuán grande es esta mujer. Me respondió como si la pregunta no tuviera la más mínima importancia. “Nuestro carisma, que es la atención a los enfermos en sus propias casas y en los hospitales, lleva impresa la Caridad que tiene que tener toda acción religiosa y procuramos que cada enfermo no vea en nuestra labor un favor, sino un compartir fraterno de su dolor. No le imponemos al enfermo nuestra fe en Cristo, aunque en su rostro enfermo veamos el rostro del Señor. Si el enfermo nos pide que recemos con él, que le ayudemos espiritualmente, entonces sí le damos también asistencia religiosa. Sabe una cosa, que muchos enfermos que no eran religiosos han visto, han contemplado los misterios del Señor en las Avemarías del Santo Rosario y han tenido la divina oportunidad de percatarse de la predilección que el Señor siente por ellos y ha despertado su fe, al extremo de declarar cuando ya habían sanado, que la enfermedad les sirvió para entrar en una vida nueva, y muchos que al inicio de su enfermedad estaban desesperados y que no lograron recuperarse murieron reconciliados y tranquilos”.

Gracias Madre. De, por favor, las gracias a todas las hermanas que me han ayudado en este trabajo y reciban el agradecimiento de toda la sociedad y de los que como yo pueden decir: “ESTUVE ENFERMO Y ME VISITASTE”.

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