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SOCIEDAD

  - Los hipocondrÍacos
por Miguel Sabater.
- Cambio o no cambio, esa es la cuestión.
por p. Narciso de la I. Rodríguez, sdb.

Los hipocondrÍacos.
por Miguel SABATER
Los hipocondrÍacos
El hipocondrÍaco es el tipo de persona que para estar bien consigo tiene que sentirse mal.

Resulta que todos los pacientes desean curarse, y el hipocondríaco se complace en enfermarse. ¿Quién lo entiende?

La literatura especializada recoge centenares de casos de hipocondrías, algunos de ellos verdaderamente pavorosos.

Hay un grupo que se conoce como hipocondríacos mañaneros o del alba. Se conectan con su obsesión poco después que se levantan de la cama, justamente cuando se enfrentan a ese discreto enemigo que es el espejo, donde además de constatarse los años en arrugas y pecas y pensar que con el tiempo no hay arreglo, abre la boca y saca la lengua para escudriñársela. Después procede a revisarse la garganta, y lamenta no poder seguir descendiendo por el tubo digestivo en su afán de evaluarse por dentro.

Están los hipocondríacos por contagio, quienes amanecen libres de dolencia pero la adquieren en la medida que corre el día.

Este es el caso del que ve en el noticiero un reportaje sobre las vacas locas y al rato le parece que se le mueve involuntariamente la cabeza. O el que se entera que a fulano le dio un infarto y empieza a dolerle el pecho. O va en una guagua y oye decir a una de esas señoras pasada de los 60, que casi no hablan de otro asunto que de enfermedades, que hay un andancio de vómito y diarrea, lo cual es suficiente para que el otro sienta náuseas y cuando llega al trabajo no le da tiempo a firmar el registro de asistencia porque va corriendo al baño.

Si el campesino no puede vivir a gusto sin machete ni sombrero, el hipocondríaco no concibe su existencia sin pastillas, bálsamos y jarabes. Por eso sus carteras, mochilas y portafolios son auténticos botiquines donde atesoran colecciones de recetas para garantizar la permanencia de sus medicamentos, que son tantos y diversos que nadie entiende qué es concretamente lo que padecen, ya que usan fármacos para el sistema digestivo, nervioso, circulatorio, endocrino, excretor y respiratorio.

Una de las actitudes sorprendentes del hipocondríaco es que sufre 90 enfermedades, pero cuando conecta con una manda el resto a vacaciones. Su problema es esa dolencia que ahora le afecta hasta cambiarla por otra. Usa los síntomas con la misma dinámica que emplea la ropa que está en su escaparate.

Nadie sabe de dónde estas personas sacan tantas afecciones. La clave de este misterio se encuentra en su inconsciente, esa zona con penumbra y telaraña que, después de Dios, nos conoce y maneja mejor que nadie.

Allí, en un rincón del cerebro, colgada como un almanaque, está la agenda de enfermedades de esta víctima incesante de sí mismo. Veamos la página de una semana de vida del hipocondríaco:

Lunes: MIGRAÑA
Martes: NAUSEAS
Miércoles: TAQUICARDIAS
Jueves: GASTRITIS
Viernes: DEPRESIÓN
Sábado: CORIZA
Domingo: HIPERTENSIÓN

El hipocondríaco es el único paciente que jamás dejaría pasar un turno médico. Mientras espera que el especialista le llame a la consulta permanece atento a las conversaciones del resto de los pacientes para aprender los síntomas que ellos se refieren y luego incorporarlos a su acervo de afecciones.
Allí, en un rincón del cerebro, colgada como un almanaque, está la agenda de enfermedades de esta víctima incesante de sí mismo.
     
Como aficionado a la Medicina no hay quien le ponga un pie delante. Se documenta sobre sus enfermedades con tanta aplicación que en la consulta se empeña en darle una clase al especialista que lo atiende, quien respira profundo y no lo saca de allí a empujones porque en eso pone en juego sus frijoles.

Sin embargo suelen ser los pacientes más agradecidos. Nunca olvidan obsequiar a médicos y enfermeras cada 3 de diciembre, y siempre están atentos a los días en que sus especialistas les corresponde hacer la guardia para sorprenderlos con café y merienda.

En la casa llega el día en que el hipocondríaco desquicia a su familia; y también al médico que lo trata, quien decide pasarle esta papa caliente a la más grande víctima de los profesionales de la medicina moderna, el siquiatra, esa especie de mulo al que le cargan casi todos los enfermos y debe escuchar callado los tormentos de tanta gente.

En fin, alguien se rompe un hueso y a la larga o a la corta prospera. Otro padece un cálculo renal, es operado y se acabó el problema. Pero con el hipocondríaco no hay arreglo. Son como las páginas de las secciones internacionales de los periódicos: un permanente rosario de calamidades, como si en el mundo ya nada bueno, digno o agradable aconteciera.

Son, sencillamente, insoportables los hipocondríacos, ya que en su afán de no querer estar enfermos se creen víctimas de todas las enfermedades; y lo cierto es que llegan a enfermar a los que los rodean, quienes también van a parar al siquiatra.

En realidad no son pocos los que creen que el siquiatra es una especie de mago: pretenden que estos médicos los libren del tormento de los amores infructuosos, el encarne cotidiano del jefe, el espionaje del vecino o las frustraciones que conllevan la insuficiencia de los salarios.

Pero ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿Qué siquiatra se atrevería a decirles a estas personas –que han confundido su consulta con un confesionario– que la solución de sus problemas no está en sus manos? Pues lo peor del caso es que estos son los únicos médicos que no pueden dirigirse a sus pacientes llamándoles al pan, pan y al vino, vino, ya que tratan con personas cuyas mentes reaccionan como campos minados: con ellas nunca se sabe por dónde se gana o se pierde.

El clínico le dice al enfermo que debe limitarse a una dieta porque sus triglicéridos están altos, y el paciente lo entiende aunque se vaya pensando cómo resolverá tanto dinero para comprar frutas y vegetales, ya que en los agromercados no hay misericordia en materia de precios.

Sin embargo el siquiatra no puede aconsejarle a su paciente que para resolver sus conflictos con el jefe lo mejor es llamarlo para poner las cuentas claras, ¿pues quién garantiza que la escena no termine a puñetazos… en el mejor de los casos?

En honor a la verdad hay que pensarlo muy bien para ser siquiatra hoy día, ya que el primer trastornado es el mundo, y con esos truenos no hay quien duerma.

Si uno se sienta a pensar comprendería que el siquiatra es el médico más desprovisto de recursos para tratar a sus pacientes. No pueden resolver la vivienda que necesitan tantas familias agregadas a otras para vivir como Dios manda, algunos miembros de las cuales casi se piden la cabeza. No pueden evitar los divorcios, ni que haya jóvenes que contravengan a sus padres, que haya padres que no les importe la educación de sus hijos ni hijos que decidan separarse de sus padres buscando otras partes del mundo donde mejor pudieran realizarse. Todo lo cual genera una contienda de conflictos ante los cuales el siquiatra es como un soldado sin armas. Lo único que puede hacer por sus enfermos es recetarles pastillas para que duerman como osos, vivan como zombis y les de lo mismo 8 que 88. O, en el mejor de los casos, remitirlos a sicoterapias de grupo, donde el paciente le cuenta al resto de los enfermos sus tormentos evidenciando que siempre hay unos que están peor que otros.

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