El proceso de profundas transformaciones iniciado el primero de enero de 1959 abarcó casi todas las esferas de la vida nacional, un evento que gradualmente iría operando una acentuada polarización en el seno de la sociedad cubana.
Hacia la segunda mitad de 1960 sobrevino un inocultable radicalismo económico cuando fueron expropiados los grandes inversionistas extranjeros y los más importantes empresarios nacionales, con la consiguiente preponderancia estatal en la economía. Poco después, en el preludio de los sucesos de Playa Girón, se declaraba el carácter socialista (marxista-leninista) de la Revolución, lo que coadyuvó a la definición política del proceso. Por último la puntualización en el terreno cultural llegó con las Palabras a los Intelectuales pronunciadas por el Máximo Líder en junio de 1961, y el ulterior cierre del semanario Lunes de Revolución, un reducto de la etapa democrático-popular y de libre emisión del pensamiento. La escena quedaba lista para una fractura en el altar de nuestra iconografía. Lógicamente, la figura de José Martí no podía permanecer al margen de ello.
Los cubanos que se oponían a la Revolución –en lo fundamental radicados fuera de la Isla– comenzaron a reclamar a un Martí apegado a los valores republicanos de gobierno, con respeto hacia las libertades individuales y la alternancia en el poder de distintas fuerzas políticas. Esa era para ellos la única manera de acceder a la máxima de “con todos y para el bien de todos”. Los cubanos identificados con el Gobierno, por el contrario, prefirieron apelar al sentimiento antiimperialista del Héroe Nacional contenido en la carta inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado. De acuerdo con semejante punto de vista, el “impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que los Estados Unidos caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”, constituía nuestra mejor contribución al logro del equilibrio del mundo. Además, más allá de la teoría leninista acerca del partido único, ellos creyeron ver en la creación por parte del Apóstol del Partido Revolucionario Cubano a un antecedente –y una justificación– de una sociedad monopartidista.
En el año 1975 vio la luz en México el ensayo de Cintio Vitier “Ese Sol del mundo moral”, un texto que refleja la tendencia seguida por la eticidad cubana desde los albores de nuestra nacionalidad, empezando por Varela, continuando con Luz y Caballero, hasta arribar a Martí. A pesar de no estar escrito con una visión marxista de la Historia –la prevaleciente en la Isla en ese momento–, estamos en presencia de un libro de encendido fervor martiano, antiimperialista e incluso fidelista, pues el autor estima que esa eticidad fue la savia de la que se nutrió la Revolución de 1959.
Diecinueve años más tarde, en 1994, la revista Casa de las Américas publicó el polémico artículo del joven historiador cubano residente en México, Rafael Rojas, titulado “La otra moral de la teleología cubana”. Paralela a una moral emancipatoria representada por Varela, Luz y Martí, y que coincide con el rumbo de la eticidad esbozado por Vitier, Rojas aduce –tal vez para salirle al paso a la tesis del autor de Lo cubano en la poesía– la existencia de otra corriente de pensamiento que “no solo se encuentra también en la raíz misma de nuestra nacionalidad, sino que además es la única capaz de llevar a la nación cubana por el camino de la modernidad: la moral instrumental”.(1) Ella vendría dada por Arango y Parreño, Saco, Varona y los autonomistas de la segunda mitad del siglo XIX.
En sintonía con las ideas expuestas por Rojas, en el sentido de enaltecer el intento evolucionista de los autonomistas y en consecuencia demeritar el afán revolucionario de Martí, apareció en Madrid en el año 2000 un libro de los historiadores españoles Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza titulado Cuba-España. El dilema autonomista, 1878-1898. Tanto para el autor cubano como para sus colegas peninsulares, la oratoria elegante y mesurada de Rafael Montoro debió de haber ocupado el pedestal en el que se encaramó el verbo filoso y beligerante de José Martí. De esa forma Cuba hubiese transitado hacia una soberanía gradual sin violencias ni derramamientos de sangre, en lugar de conducirse por el incierto camino de la guerra independentista.
Cierto que Bizcarrondo y Elorza no ignoran que en la materialización del proyecto martiano y la tardanza extrema del establecimiento del régimen autonómico influyó también el inmovilismo de la metrópoli. A principios de 1896 el primer ministro Cánovas del Castillo, deseoso de pacificar cuanto antes la Isla aun si se consumiese “el último hombre y la última peseta”, nombró en la Capitanía General a Valeriano Weyler –artífice de la despiadada política de la Reconcentración– en reemplazo de Arsenio Martínez Campos. Solo cuando era inminente la intervención de Estados Unidos en el conflicto, y la situación militar de España se tornaba poco menos que insostenible, Madrid convino a regañadientes en dar luz verde a la autonomía. Se cuenta que ya a punto de comenzar la contienda libertaria de 1895 coincidieron en New York el diputado autonomista Eliseo Giberga y el delegado del Partido Revolucionario Cubano. Cuando el primero preguntó que con qué recursos se contaban para hacer la revolución, Martí contestó: “Con las torpezas de España”. (2)
Paralela a la labor de Rojas, Bizcarrondo y Elorza continuó la aminoración de la figura de Martí en la obra de algunos escritores cubanos no identificados con el oficialismo insular. Emilio Ichikawa en Cuba es la noche insiste en la cubanidad negativa del mártir de Dos Ríos. Un elemento más a favor de los autonomistas y en detrimento de Martí, pues el ensayista considera que el ambiente en la Isla, a diferencia del exilio, era más propicio para las reformas que para una revolución. “El cubanismo de Martí –su amor a Cuba– es obvio; pero no su cubanidad –la identificación entre lo que piensa el país y los planteamientos de su redentor–”.(3) Cierto que la tesis no es original de Ichikawa, pues ya había sido enarbolada por el ensayista Arturo Carricarte en su texto La cubanidad negativa del Apóstol Martí.(4)
Más alejado del marco político, en el plano literario, Antonio José Ponte aboga por que la obra martiana descienda de los pináculos en que la han colocado los especialistas y se sitúe en una zona criticable como el común de los escritores. En su artículo “El abrigo de aire”, Ponte relata la ocasión en que Martí visitó a unos amigos poco antes de su partida definitiva para los campos de Cuba. Al despedirse dejó olvidado su abrigo, el cual fue usado por la familia aún después de la desaparición física del Delegado. Y concluye: “Si el abrigo olvidado de Martí no fue al museo y siguió viviendo después de su muerte, ¿por qué su obra no se desmitifica y se somete a la crítica?”.(5)
Mientras tanto, hacia el interior de la Isla la cultura oficialista se aferraba con más fuerza a Martí –a su Martí– tras el derrumbe del paradigma soviético y en el vórtice de la crisis del denominado “período especial en tiempo de paz”. Era una exégesis que intentaba sustituir la utopía perdida por el orgullo de permanecer casi en solitario como un bastión del enfrentamiento a la superpotencia del mundo unipolar. Así escribió Abel Prieto en La Gaceta de Cuba en aquel año crítico de 1994: “La mirada crítica sobre el presente y el pasado y la formulación de pasos prácticos para hoy y mañana no pueden diseñarse a la intemperie, sin una plataforma que otorgue sentido a esos empeños. Esa plataforma conceptual está en el pensamiento martiano: no hay otra para Cuba y los cubanos sí pretendemos salvarnos de la absorción y consolidar nuestro destino propio”.(6)
En tales circunstancias la vieja disputa entre los que querían a un Martí antiimperialista y los otros que exaltaban su prédica en pos de la democracia parecía no ocupar ya la centralidad del debate. A los ojos de cualquier observador el convite suele simplificarse: de una parte los que quieren a Martí, y de la otra, sencillamente, los que no lo quieren. Muy desesperanzadoras las alternativas para quienes pensamos que el Apóstol continúa siendo útil a los cubanos. O convenimos en despojarnos de Martí y desdecimos a Eliseo Diego, quien siempre lo consideró “el aire que respiramos”, o nos asimos a la obra del Maestro para justificar el actual estado de cosas en la Isla.
No es lo mismo liberar a Martí de esa especie de “monoteísmo secularizado” que floreció entre nosotros a partir de los años veinte de la pasada centuria, y al que se refirió hace poco el monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal,(7) que no hallar para él un sitio en la Cuba futura a la que aspiramos. Porque el Apóstol puede ser tildado de utópico, pero nunca de perseguir fines malsanos. Basta una lectura desprejuiciada del Manifiesto de Montecristi o de la carta al dominicano Federico Henríquez y Carvajal –para muchos su testamento político- para advertir lo lejos que estuvo de comulgar con el más leve asomo de despotismo o tiranía.
En todo momento recalcó que la guerra que convocaba debía ser breve y sin odios, y en la medida de lo posible, permeada desde su raíz con métodos republicanos; que en Cuba no debía de suceder lo acaecido en otras tierras de América, donde la opresión foránea había sido sustituida por inescrupulosos caudillos nacionales; o bien esa máxima que lo retrata de cuerpo completo: “Para mí, la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber”.(8)
En cuanto a la defensa del unipartidismo evocando la creación por Martí del Partido Revolucionario Cubano, se trata de una burda falacia. Consultemos las bases del Partido, especialmente su artículo número cinco: “El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre”.(9) Concluyente. Un partido solo para aglutinar a las fuerzas con la cohesión que una guerra exige. Una vez obtenida la independencia no hacía falta el partido, pues la patria no sería para una agrupación victoriosa, sino para todos los cubanos. No sería descabellado aventurar que para él la revolución era tan solo un medio y nunca un fin.
En su ensayo “José Martí: la invención de Cuba”, Rafael Rojas insiste en lo inconveniente del espejismo de intentar la legitimación de los poderes cubanos mediante las palabras de Martí, debido a que “el Apóstol sería el fundador de una nación y no el constructor de un Estado”.(10) El ensayista se refiere a que Martí delineó claramente los términos civiles y sociales de la república que soñaba, pero fue parco en lo concerniente a la naturaleza del Estado que sobrevendría una vez alcanzada la independencia. Y he ahí precisamente donde me desmarco de cierto pesimismo que acompaña a las consideraciones de Rojas. Él duda de las intenciones democráticas de Martí porque el Héroe Nacional no expresa el tipo de economía a implantar, cómo sería el manejo de los partidos políticos o la manera en que se ejercería el sufragio. Pienso que la omisión se debió a que el Apóstol nunca se imaginó al frente de un Estado; su labor concluía al entregar a todo el país la patria libre. Iba a ser consecuente con su prédica en contra del caudillismo.
Entonces no es que desestimemos la tesis de los que pretenden revalorizar entre nosotros los postulados del Partido Liberal Autonomista, sin dudas muy interesantes desde el punto de vista académico. Simplemente no deseamos que su corolario sirva para dividir aún más a la familia cubana, o para entregar el legado martiano de manera mansa en manos de apócrifos herederos. Proponemos, pues, la postergación de la pugna para un momento más propicio, para el instante en que, al decir de Jorge Mañach, “estemos en posesión de una conciencia colectiva, a la que sólo accederemos cuando nos sintamos solidarizados en nuestros recuerdos y aspiraciones”.(11)
En otras palabras, cuando se establezca la nación cubana, ese espacio intangible que define la forma de los pueblos más allá de los límites geográficos. Ese sitio que Martí anheló –o inventó, según otros– y al que nunca hemos arribado plenamente.
Lo anterior trae a un primer plano la discutida discordancia de la Isla –aceptada por unos; rechazada por otros– con respecto a los tiempos que corren. Cuando se habla de un mundo postnacional como resultado del avance objetivo del proceso globalizador, Cuba transitaría por una condición prenacional. Por encima de criterios ideológicos o afiliaciones políticas, en la mayoría de las naciones existe consenso en cuanto a la veneración de los principales hechos patrios o figuras relevantes del país. Así sucede con el 4 de julio en los Estados Unidos, el 2 de mayo en España, o el cura Hidalgo para los mexicanos. En Cuba, además de la discrepancia en torno a Martí, se presenta la disputa acerca del 20 de mayo de 1902, cuando el país arribó al concierto de naciones independientes –cierto que de un modo imperfecto– luego de dos contiendas en la manigua. Los cubanos de adentro –excepto los opositores al Gobierno– maldicen la fecha; mientras que los cubanos de afuera la encumbran.
Este año que conmemoramos el 155 aniversario del nacimiento del Apóstol es momento para reafirmar lo perentorio de su presencia entre nosotros. Martí es el hombre de las grandes conjunciones en nuestra historia. Mucho se ha repetido que en su figura se da la síntesis entre lo más preclaro de la política y la cima de la creación intelectual. Mas si penetramos en la enjundia de sus enseñanzas advertimos también que no existe contradicción alguna entre la defensa de la soberanía nacional ante el hipotético desbordamiento de una potencia extranjera, y el establecimiento de un genuino Estado de derecho. No debemos culparlo por el hecho de que los generales y doctores de la primera generación republicana, los políticos corruptos emergidos tras la Constitución del 40, o los apologistas del partido único hayan sido incapaces de construir un Estado acorde con la nación que él diseñó. Su estancia, por tanto, es útil para Cuba y los cubanos.
FUENTES
|