Mientras caminaba con prisa hacia el puente Yayabo, Javi miraba con tristeza lo que iba quedando de la vara de pescar que le había regalado su padre cuando cumplió los ocho años de edad. La de caña brava, la misma con la que pescara tantas biajacas durante las mañanas de domingo, y que encontró tirada en el patio de su casa, entre el plumerío de las gallinas y el corretear de los puercos, después que pasó rugiendo por la cañada de Ambrosio el rabo de nube que levantó mucho polvo y hojas secas. A pesar de todo, él la amaba; seguía siendo, por llamarla así, su juguete preferido, mucho más que el trompo o el yoyo que también le hiciera su papá, y que había dejado tirados en una caja de cartón debajo de su cama, necesitado de la pita para su vara.
Gregorio, su padre, era un guajiro muy hábil con las manos. Tradición familiar, que en su caso, se remontaba a los más antiguos emigrantes que desde la península, llegaron por oleadas a Cuba en busca de fortuna. Habilidades que surgían a cada paso en la humilde vivienda de los Morales, ya fuera en las sillas del comedor salidas de un viejo cedro, que le contaba su abuelo había sido cercenado por un rayo durante una fiera tormenta, el mismo año de su nacimiento, o de las pequeñas repisas que adornaban la sala con flores del jardín y muñequitos de yeso, o el marco labrado a punta de cuchillo con el retrato borroso de un pariente que ni su propio padre conoció, pero que nadie de la familia se había atrevido a eliminar de la blanca pared.
Fueron también esas mismas habilidades las que hicieron muy fácil a Gregorio convertir una simple caña brava en una bella vara de pescar, luego de decorados sus canutos con lindos colores. La vara era la envidia de sus amigos de la escuela y el barrio con quienes siempre se disputaba el mejor lugar en lo más alto del puente, luego de arrear desde sus casas cajones o cajas de cerveza vacías para poder sacar sus brazos por encima del grueso muro del puente.
La pesca desde el puente Yayabo siempre le fascinó a Javi, al punto que sacar una biajaca –aunque después siempre la devolvía al agua– y verle platear en el aire su piel cubierta de escamas, era para él la mayor hazaña realizable, más que perseguir un cangrejo al salir de su cueva y sortear con elegancia los lirios y las chinas pelonas que bordean la margen derecha del río. Después, se aseguró bien de que el carretón de Orlando se alejaba en dirección al centro de la ciudad al compás del cencerro bullanguero de los mulos, atento a la llamada de alguno de sus muchos clientes.
— ¡Este Orlando, siempre aparece en el lugar preciso donde no lo llaman, con tanto pan que aún le debe quedar por vender! —farfulló por lo bajo.
Pasado el sofocón, se subió al muro y comenzó nuevamente a intentar, casi con desesperación su empeño, mientras vara, pita y anzuelo –perdón–, y alfiler, pujaban, sin lograrlo, alcanzar la superficie del río.
Javi no era falta de respeto, todo lo contrario, mucho menos distraído y verdaderamente disciplinado y estudioso. Desde pequeño calificó entre los primeros de la escuela en cualquier asignatura. Siempre tenía a mano la respuesta adecuada. Georgina la maestra, nunca podía evitar que a una pregunta suya se le saltara de la boca un torrente de respuestas, sin dar tiempo a pensar a otro compañerito y mucho menos que hiciera el intento por levantar su brazo. Y qué dejar para las actividades extraescolares: Javi las organizaba todas. ¡Y qué bien lo hacía!
La maestra Georgina, que era de Trinidad, ya peinaba canas cuando empezó a dar clases en la cuarta villa fundada por los conquistadores españoles, precisamente en aquella pequeña y bien cuidada escuelita, situada no muy lejos del puente. Recién llegada, quedó asombrada al escuchar a Javi en el primer “Beso de la Patria”, apenas cumplidos los cinco años de edad y solo con algo más de cuatro cuartas de altura, cantar frente a todo el alumnado, estrofa por estrofa sin equivocación alguna y con tremenda entonación, el Chamamé a Cuba.
Hay que decir, sin menoscabo de una niña de segundo que recitaba de maravillas “Los Zapaticos de Rosa” y “La Niña de Guatemala”, que lo de Javi era además, todo un acontecimiento para disfrutar, ya fuera cuando venían visitantes a la escuela, por su desenvoltura y la calidad de sus respuestas o por la forma tan brillante de conducir los actos patrióticos o culturales.
A la altura de sus ya 11 años, aún pequeño y delgaducho, le gustaba durante las calurosas tardes de verano, bañarse en el río al regreso de la escuela. Situación que le había hecho merecedor de no pocas reprimendas de Aurorita, porque entonces no pescaba biajacas, pero sí muy buenos y frecuentes catarros.
— ¡Deja que se entere tu padre!, –le decía, mientras ocultaba los pantalones mojados–. Pero realmente era lo único, nada más. De ahí no pasaba el regaño de su buena madre. Gregorio, por su parte, no hacía más que reírle las travesuras.
Pero Javi en realidad prefería la pesquería, aun en las mañanas de invierno, cuando se le helaban los pies buscando calandracas en la vaquería, y la blanca cal del muro del puente le enfriaba la barriga; solo que ahora la vara y la pita ya no eran las mismas y las biajacas se mostraban cada vez más escasas y escurridizas.
Metido como estaba en su afán de pescador indeclinable en franca posibilidad de frustración y encaramado precisamente encima del arco principal del puente, sobrevino el desastre. Perdió el equilibrio como era de esperar y cabeza abajo fue a dar sin más ni más a las tranquilas aguas del Yayabo, yendo de golpe sin parar hasta el oscuro fondo cubierto de piedras centenarias. El mediodía había pasado hacía más de tres horas y en el bochorno de la tarde, al parecer, nadie se había percatado de su caída no obstante el enorme chapoteo que ocasionó la entrada el cuerpo al agua.
Cuando pudo abrir los ojos, se vio entre las piedras y los yerbajos abundantes del lecho del río, teniendo ante sí una inmensa biajaca cual guasa de agua dulce, que comenzó a empujarle con mucho cuidado en dirección contraria a la corriente. Sorprendido por el tamaño del pez se dejó llevar, pasando por inconsciente, temeroso de las consecuencias de una actitud rebelde.
— Quizás esta super biajaca es una de las hijas, o la nieta de alguna otra que haya pescado en alguna ocasión –pensó–. Nada más que me de la oportunidad le tengo que explicar que nunca me he comido tan siquiera una, que todas las devuelvo de inmediato al río; y si me pide alguna prueba, entonces le diré que pueden dar fe de ello los cangrejos que por cientos tienen sus cuevas en las riberas del río, o los gorriones que en bandadas escandalizan bastante entre los árboles cercanos. Si no, que le pregunte al sol que nos ilumina, pues nunca he pescado de noche.
Lo de no pescar de noche se debía a un temor desmesurado a los güijes y aparecidos, nacidos de historias antiquísimas de esclavos y rancheadores, que contadas por su abuelo Rafael en el rústico bohío, solo iluminado por la danzante luz de una vela, entre una taza de café y otra, mientras saboreaba un humeante tabaco de Manicaragua, le ponían los pelos de punta.
Pasaron unos minutos que le parecieron interminables, nunca había navegado por las aguas del Yayabo y mucho menos pensó que la primera vez fuera sin barca y de esta manera. Llegaron a un tranquilo remanso, sombreado por un jagüey a un lado y flamboyán al otro. Un lugar, por cierto, bien alejado de la ciudad. La biajaca detuvo su lento andar y con pequeños empujoncitos de cabeza, colocó a Javi sobre una brillante piedra con forma de losa, y se quedó esperando.
— ¿Qué hago ahora?, –se dijo.
Meditaba con los ojos entreabiertos mientras aquella enorme biajaca no le quitaba la vista de encima. El tiempo pasaba y decidió incorporarse lentamente pensando en molestarla lo menos posible o mejor nada, por si acaso. Pero no lo consiguió.
— ¡Qué bien!, ya estás despierto, pudiste haberte ahogado –exclamó la biajaca nada belicosa, pero Javi se quedó en una pieza, completamente estirado.
— ¡Una biajaca que habla! –fue lo único que dijo.
— ¡Muchachito!, te he visto muchas veces pescando y he nadado a tu lado en no pocas ocasiones. Cuando pescas, a diferencia de los demás, lo haces por diversión, lo sé, no tienes que decirme nada. No nos matas, pero comprenderás que sin querer nos haces daño.
A Javi, el locuaz alumno de Georgina, no le salía ahora una palabra de la boca, mientras la señora biajaca no paraba de hablarle de su sufrida vida y la de sus contadas compañeras, que se agruparon con cierta pereza a su lado. No eran muchas, ciertamente.
En la escuela le habían dicho que a causa de la pesca indiscriminada y la contaminación de las aguas, las biajacas serían cada vez menos y que tal vez solo estaba quedando un pálido recuerdo de lo pasado. Pero no lo creyó. Pensó que solo eran habladurías de la maestra para que no fueran al río a pescar, ni a bañarse, aunque lo de la contaminación sí le pareció más cierto, pues la basura se iba haciendo dueña del río y sus márgenes, día a día.
De tanto oír hablar a la gran biajaca de lo sucio que estaba el río, de todo su infortunio y de lo corta que se le iba haciendo su existencia, la de su familia y demás pobladores de las aguas del Yayabo, sintió que el cansancio se iba haciendo dueño de su cuerpo y que, inevitablemente, se iba quedando dormido encima de la cálida losa caliza.
Despertó con sorpresa, entre murmullos, al pie del puente encima de las chinas pelonas, muy cerca de su mano izquierda la vara de pescar completamente destrozada. Afortunadamente, Piti pasaba por allí en su bicicleta de dos colores y lo vio en el momento de caer al río. Tenía un gran chichón en la cabeza y toda la puesta del sol sobre los ojos, los que apenas podía abrir. A su lado, Bronco, y encima, las miradas de preocupación de todos, en especial las de Aurorita y Gregorio, que fueron alertados por Orlando Artiles cuando pasó por su casa. Ahora estaban felizmente a su lado.
Aún medio aturdido por el golpe recibido, sin importarle mucho en apariencia las lágrimas de su madre, ni las expresiones de felicidad de los presentes al verle abrir los ojos, solo atinó a mirar con desesperación hacia las aguas del manso río, pareciéndole ver, entre las sombras de las arcadas de piedra, una gran aleta dorsal remontando lentamente la corriente.
Con dificultad se fue incorporando, y ayudado con cariño por su padre pudo finalmente montarse en la grupa de Mariana. Marcharon los tres en la yegua, dejando atrás el anciano puente, el mal momento y entre los guijarros…, la inservible vara que con tanto cariño guardara.
— No importa la vara papá –le dijo a su padre mientras se alejaban al paso cansado de Mariana–, me quedan en la casa el trompo y el yoyo. Total…, en el Yayabo ya no corren las biajacas.
|