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por Ximena CABRAL(*) |
EL Modelo Chino |
Por estos días hemos sido testigos de una inmensa ola de solidaridad hacia las familias afectadas por el terremoto en la provincia china de Sicuani. Desde todo ese gran país, desde las instancias oficiales, desde los medios de comunicación, la población ha ayudado a las víctimas y a sus familias. Ese gran movimiento de compasión, de consideración hacia los afectados ha surgido en una ocasión trágica… Esa actitud es algo muy natural en el sustrato de las familias chinas, pero es algo que, en el día a día, en la calle –donde triunfa “la ley del más fuerte”–, las reformas económicas de los últimos años no potencian. |
Si el régimen chino no se ajusta, camina hacia un sistema “sin compasión”. En 1978 un “pequeño gran hombre”, Deng Xiaoping, anunció la “apertura”. Empezó con las reformas económicas y permitiendo la inversión extranjera en “áreas especiales” que después se ampliaron. Poco a poco, la economía se fue liberalizando: “Enriquecerse es glorioso”, llegó a decir Deng. Con este paso, el país ha ido aumentando su |
producto interno bruto alrededor de un diez por ciento cada año, y ha llegado a convertirse en la cuarta economía del mundo. Hay éxitos innegables. Más de 200 millones de chinos han podido salir del umbral de la pobreza. Todos pueden tener su compañía, los jóvenes quieren ser empresarios. Hay euforia. Me decía un cargo de la provincia de Zhejiang: “Por primera vez la gente trabaja para ella misma. Tiene capacidad de ahorro. Las reformas deben continuar”.
Evidentemente China está muchísimo mejor que hace diez, veinte, treinta años. Pero también han surgido nuevos problemas. El despegue económico ha provocado enormes diferencias sociales, entre ciudadanos del campo y de la ciudad, entre este y oeste, entre franjas de edad de la población. La euforia en la urbanización, en la industrialización, ha condicionado una degradación extensiva del medio natural, la desaparición de muchas áreas antes dedicadas al cultivo. |
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Las familias chinas tienen grandes esperanzas, pero a la vez, también viven en medio de una gran tensión. La enseñanza y en especial la sanidad pasaron a “ser de pago”. Los hospitales no te atienden si no les garantizas que puedes pagar el tratamiento. Latinos y chinos nos parecemos en algo básico, y es hasta qué punto es importante para nosotros la institución familiar. Cualquier pareja joven sabe que tendrá que hacerse cargo de las necesidades de los padres, de los abuelos. Y muchas veces, es imposible afrontar los gastos médicos cuando un abuelo enferma.
Siendo corresponsal en Beijing pude presenciar una conversación entre el entonces ministro chino de Sanidad y su homóloga española Elena Salgado, y él le decía: “Ya sé que el sistema médico europeo es justo, pero el sistema verdaderamente eficiente es el norteamericano”. Estaba claro que los economistas chinos se habían formado mirando hacia Estados Unidos, cuyo sistema de acceso a la atención médica se basa en seguros privados. Se le olvidó al ministro chino que en Estados Unidos hay casi 50 millones de personas sin atención médica garantizada. Los abuelos chinos todavía recuerdan, cuando en las épocas de Mao, unos voluntarios, los “médicos pies descalzos”, muchas veces sin titulación, pasaban por los pueblos, repartían curas y medicinas. Era una época de idealismo. Hoy si quieren un medicamento, tienen que pasar por la farmacia y pagar, o buscar tratamientos alternativos. |
Comentándolo con algunos economistas les decía que solo hay una fórmula para que el “estado del bienestar” alcance a una gran parte de la población, y esa es la redistribución a través de los impuestos. Que el rico pague más y el pobre menos. Que con los impuestos, puedan costearse hospitales y escuelas. Pero me contestaban que el país no está preparado para eso. Mientras, el “rico chino” paga muy pocos impuestos.
El segundo tema, y clave, es el de los derechos individuales. Cada día es más evidente que una sociedad desarrollada económicamente necesita basarse en un estado de derecho, en una balanza de derechos y deberes, para garantizar, precisamente, a la larga, su estabilidad. Entendiendo el derecho no como una sumisión, una coacción, sino como un acuerdo entre ciudadanos. Sin derechos, los emigrantes, los obreros, |
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los campesinos, tienen siempre las de perder. El ex presidente Jiang Zeming, animó a los empresarios a que se afiliaran al Partido Comunista. Durante unos años la fábrica del mundo ha vivido en un gran acuerdo tácito entre empresarios autóctonos, líderes locales de los partidos –que daban los terrenos y los permisos a los empresarios–, e inversores extranjeros. Mientras, unos y otros, han pagado sueldos bajísimos a los trabajadores, a los que sí se daba cobijo y comida. Pero muchas veces no tenían ni cobertura médica ni seguro de accidentes. Este pasado primero de enero ha entrado en vigor una nueva ley laboral con algunos avances hacia los trabajadores, pero que no tiene en cuenta la libre afiliación sindical, todo debe hacerse a través del sindicato oficial.
El desarrollo, las cifras macroeconómicas, han primado muy por delante de los derechos individuales. China, que ha modernizado rápidamente sus leyes comerciales, está muy atrás en la redacción de aquellas que defiendan los derechos personales. Hay un código penal obsoleto, que todavía define más de sesenta tipos de delitos que te pueden llevar a la pena de muerte. Todavía existen los “campos de reeducación por el trabajo”, un policía de barrio. Sin juicio previo, puede llevarse a un vecino a un campo en el que va a estar de uno a tres años… Es evidente que la apertura económica va muy por delante de la apertura en derechos y política. Y uno se pregunta: ¿cómo podrán prosperar muchas empresas si no hay un sistema judicial independiente?
Afortunadamente los actuales dirigentes Hu Jintao y Wen Jiabao están intentando implementar lo que llaman desarrollo científico, que se refiere al respeto “armónico” del medio ambiente, que busca disminuir las diferencias sociales y ayudar al campo; y un tercer concepto, el de “democracia con características chinas”, una fórmula que todavía no conocemos. Pero que hayan observado la necesidad de democracia en una economía que avanza a pasos agigantados es muy importante. Crecimiento sin libertad, es decir simplemente “la ley del más fuerte”, “la ley del embudo”. Solo el rico puede ser libre porque puede comprar al poder.
Entiendo que para los que salgan de las retóricas del socialismo, las palabras “capitalismo”, “liberalización” puedan sonarles bien. Pero el capitalismo no es bueno en sí mismo, tiene que tener poderes, leyes, medidas que atemperen las desigualdades que crea el mercado para que los más necesitados puedan tener las mismas oportunidades. Si no hay contrapoderes, estado de derecho, y muy muy importante, sociedad civil, entidades, asociaciones, iglesias, organizaciones no gubernamentales que procuren por los demás un desarrollo compasivo y con derechos, no es más que una fórmula muy antigua –“la ley de la selva”–, basada simplemente en el dinero. Eso es lo que debe evitar “el modelo chino”.
(*)Excorresponsal de TVE en La Habana, Washington DC y Beijing. |
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