Otra mirada al
Padre Varela |
por Perla Cartaya COTTA
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EL 10 de julio de 1904, en su página 350, el periódico
El Fígaro publicaba un importante trabajo periodístico bajo el título “Dos entrevistas con el pbro. D. Félix Varela”. |
Desde fines del año 1849 el padre Félix Varela Morales, cuya salud ya estaba muy quebrantada, residirá definitivamente en San Agustín porque esa región era más benévola con su asma y con otros padecimientos que, tal vez, los sinsabores y el tiempo le dejaron.
Vivía al fondo de la escuela parroquial adjunta a la iglesia, en un pequeño cuarto que le proporcionó el párroco Edmundo Aubril, sacerdote mercedario francés, que se esforzó por hacer por él cuanto le fue posible. Sin su bondad, diría Varela en 1852 a Lorenzo de Allo –uno de sus alumnos del Seminario de San Carlos y San Ambrosio que lo visitó–, ya habría perecido. Y, ciertamente, no exageraba el hombre a quien Martí llamó patriota entero, porque todos los testimonios que he leído sobre los últimos años de su vida revelan las condiciones de extrema pobreza en que vivía, sin que la inconformidad se manifestara ni en la mirada ni en su palabra. |
Mientras tuvo fuerzas, el santo sacerdote iba de cuando en cuando a Savannah, ciudad que también estaba gobernada pastoralmente desde Charleston. En uno de esos breves viajes, fue posible que don Alejandro Angulo Guridi hiciera realidad su deseo de conocerlo personalmente. Y logró más: visitarlo en dos ocasiones y entrevistarlo, conservando entre sus recuerdos de viajes cuanto recogió en aquellas pláticas.
No recuerdo haber leído esas entrevistas ni haber hallado referencias de las mismas en las bibliografías pasivas de los libros dedicados al padre Varela. Tampoco topé con ellas cuando hice la investigación documental en el Archivo Nacional para escribir mi modesto homenaje al Padre Fundador. Sin embargo, ambas llegaron a mis manos recientemente gracias a la gentileza del señor Raúl Ramos Cárdenas, Especialista del Archivo Nacional, quien las halló en el Archivo Vertical no. 4 (lo cual pude constatar), organizado, de acuerdo con su aseveración, por el prócer Fermín Valdés Domínguez. De regreso del Archivo Nacional, me complació hallar en un libro que aún no había leído, Señal en la Noche, de monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal, en el que el autor alude a esas entrevistas y las comenta (pp. 145-148).
A continuación transcribo textualmente lo publicado en El Fígaro, en julio de 1904, página 350. Su autor, don Alejandro Angulo Guridi, era un abogado matancero que admiraba a Varela, entre otras razones, por haber hecho en español “lo mismo que el abate Condillac hizo en francés: sacudir y desechar el escolasticismo de la Edad Media”.
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“En 1850 fui a Charleston, Carolina del Sur, y allí tuve el placer de estar en diario contacto con Cirilo Villaverde, Miguel Teurbe Tolón, Juan Manuel Macías (que acompañó a Narciso López en su expedición a Cárdenas) y Leopoldo Turla; este último y Villaverde eran amigos míos desde años atrás, y a Tolón no le había visto y hablándole más que una vez, aquí en el café de Escauriza, hoy parte del hotel Inglaterra. Era, pues, Macías, el único de ese inolvidable grupo de patriotas a quien entonces vi por primera vez, pero pronto nos quisimos fraternalmente, es decir con el mismo afecto que yo sentía por Villaverde, Tolón y Turla.
A principios de 1851 estábamos en Savannah, de regreso de Macon, Turla, Macías y yo, a quienes dije un día que era posible que fuera a San Agustín por conocer al padre Varela (según la corriente manera de llamarle); tanto así era mi anhelo de verle y oírle.
Pues sucedió que una mañana di con Macías en un parque a que yo acostumbraba ir de paseo, y de buenas a primeras me dijo al acercárseme:
— ¿Sabe usted quien está aquí?
— ¿Quién?
— El padre Varela.
— ¿Dónde?
Me dio las señas de la casa de una familia católica en que el respetable sacerdote se había alojado, despedime de Macías, y acto continuo me dirigí a satisfacer mi viejo deseo. La señora de la casa, de como 50 años de edad, y de expresión bondadosa, tomó mi tarjeta para llevarla a mi deseado y me brindó asiento en la sala. Su ilustre huésped no se hizo desear; abrió la puerta de cristales y cortinas de damasco rojo que me quedaba enfrente, y al ponerme de pie se presentó aquél, un hombre de mediana estatura, trigueño, muy delgado, vestido de levita, pantalón y chaleco de paño negro, y con el correspondiente cuello azul y blanco a modo de corbata.
La modestia tiene un reflejo especial que no puede ocultarse, y la de aquel excelente varón me impresionó al pasear yo la mirada rápidamente por su semblante. Y ese reflejo me recordó mi pequeñez; quedé vencido ante una superioridad que había buscado anhelosamente, pero ignorando que habría de dominarme por lo mismo de no ser altiva; pocos minutos después vi que ella, bajando, se elevaba hasta ser rayana de la humildad.
La grandeza intelectual no necesita más que exhibirse para conquistar voluntades; es lo mismo que la virtud.
He aquí nuestro diálogo:
— Siéntese usted –me dijo con suave acento.
Hícelo cuando él ocupaba ya un sillón frente a mí, y le dije:
— Perdone usted que venga yo a distraerle de sus ocupaciones, porque al saber hace pocos momentos que usted está aquí, no he podido diferir el vivo deseo que tenía desde años atrás de conocerle personalmente, y ponerme a sus órdenes.
— Gracias, señor; ese deseo me honra mucho.
— ¡Oh no, padre! El honrado soy yo.
— ¿Es usted de los Angulo de Matanzas?
— Sí señor, soy sobrino de ellos.
— ¿Y es también usted abogado?
— Sí, señor.
— Dígame usted, ¿qué es de mi amigo y compañero el presbítero Francisco Ruíz? ¿Estudió usted filosofía con él?
— Sí señor, pero hace más de ocho años que dejó de ser catedrático de esa asignatura, es decir, desde que se puso en ejecución el nuevo plan de estudios superiores.
— Vamos, por eso he dejado de recibir sus elencos, pues él fue siempre consecuente en enviármelos, y en su amistad.
Hizo una breve pausa, mirando hacia el piso alfombrado, y después me preguntó:
— ¿Y qué cambios trajo ese nuevo plan de estudios?
— Varios, y algunos muy sensibles. Mientras que en Madrid los cursos no pasan de ocho meses, desde 1843 son de diez en La Habana, la matrícula que sabe usted solo costaba un peso, la elevaron a seis onzas de oro; para recibir el grado de licenciado en leyes, se requieren siete cursos y si en medicina, ocho; y como se ha aumentado mucho el número de los catedráticos, y a los exámenes de grado asiste, además, un delegado de la comisión regia de instrucción pública, esos grados cuestan mucho; el de leyes, por ejemplo, inclusive los derechos de la audiencia para obtener el título de abogado, llega a quinientos pesos, por lo que no pudieron continuar sus estudios algunos jóvenes, condiscípulos míos, por falta de recursos al efecto.
— ¡Qué lástima! –exclamó con expresión de profundo pesar.
— Uno de esos era un joven mayor que yo, muy aplicado, y de buena conducta. Pues ya siendo yo abogado, nos encontramos en la calle de la Muralla, en rumbos opuestos y en una misma acera; él conducía un rollo de cuero del que usan los zapateros para suelas, y andaba sin corbata. Al verme, bajó la vista, y se introdujo en un almacén de víveres. Sin duda era zapatero quien pudo ser un buen abogado.
Al oír esta corta relación, el piadoso y sensible sacerdote bajó la vista, guardó silencio de como medio minuto, y después mirándome con semblante triste y voz reveladora — Es, señor, que en Cuba hay dinero para todo, menos para lo que debiera haberlo. Va allí una bailarina, da algunas funciones de piruetas, y al retirarse registra en la caja de ahorros veinte mil pesos;1 y para socorrer una desgracia como la de ese joven, ¡nadie abre la bolsa!
Antes de ponerme de pie para retirarme, le dije:
— En una nota del texto de filosofía, dice usted que preguntado uno de sus alumnos, en un examen preparatorio: ¿qué es sensación? contestó: sensación es sensación. ¿Recuerda usted quién fue ese alumno?
Fijó la vista en el suelo, evidentemente apelando a su memoria. Y pronto me contestó:
— ¡Ah! Sí, ese fue Santiaguito Bombalier.
Caminando hacia el Hotel Pulaski donde tenía yo mi habitación, fui recitando mentalmente aquel diálogo, y cuando entré en aquella lo primero que hice fue escribirlo, gracias a mi admirable memoria.
Dos días después volví a visitar al ilustre maestro, le entregué el álbum indicado, y entramos en conversación.
Yo quería saber dos cosas: primera, si él ideaba dar luz pública una segunda edición de sus Lecciones de Filosofía, y la otra, por qué no acabó de publicar sus Cartas a Elpidio.
— ¿No ha preparado usted –le pregunté– otra edición de su filosofía?
— Sí, señor, en eso estoy hace ya algún tiempo, pero lo hago con mucha lentitud, porque ya el pulso no me acompaña.
— Si usted hubiera de quedarse aquí, yo, con mucho gusto, sería su escribiente, para que concluyera usted esa obra.
— Agradezco a usted su bondadoso deseo, pero dentro de tres días me volveré a San Agustín.
— ¿Querría usted decirme por qué no terminó sus Cartas a Elpidio?
Mirome con algo así como de quien oye lo que hubiese deseado no oír, y en estilo exclamatorio dijo:
— ¡Ah, señor, usted pone el dedo en una herida abierta aún!
A esas palabras siguió un corto silencio y después, fijándome la mirada en los ojos, continuó de este modo:
— Yo supongo que usted es de los que viajan con cartera a la mano, ¿no es así?
— Sí, señor, y seré franco con usted: le oigo con tanta atención, y tengo tan buena memoria, que antes de ayer escribí, palabra por palabra, todas las de usted usadas en nuestro diálogo. Y ahora mismo podría recitárselas a usted al pie de la letra.
— Pues bien, voy a complacerle, pero suplicándole que no haga uso público de lo que diré ahora, sino después de mi muerte. Y será usted el único depositario de un secreto penoso y de bastantes años.
Tras una breve pausa, en que al parecer escogía el comienzo de su explicación, continuó así:
— En esas cartas, yo me propuse combatir una errónea creencia relativa a este país. Mis compatriotas creen que aquí existe una completa tolerancia religiosa, lo que no es verdad, y en prueba de ello, le citaré a usted dos casos.
Una señorita protestante de Nueva York quiso convertirse, y efectivamente se convirtió, al catolicismo. Cuando su padre lo supo, se llenó de ira, fue a verse con el cura que efectuó aquella conversión, y le dijo que como volviera a bautizar a otro miembro de su familia, lo mataría, y el sacerdote le contestó: – Yo no busqué a la señorita hija de usted para hacerla católica, ella vino voluntariamente. Si alguien más de la familia de usted viniere a mí con la misma idea de convertirse a mi religión, yo la aceptaré cumpliendo mi deber; y si por eso usted me matare, usted será ahorcado, y yo iré al cielo. ¿Y qué cree usted? El asunto concluyó por haberse convertido otra hija de aquel señor, su esposa, y al fin él mismo, habiendo actuado con todos ellos, el mismo cura que bautizó a la primera señorita.
Vea usted, pues, si es o no cierto que aquí no existe la tolerancia que se pondera y se elogia. Pues porque yo empecé a combatir ese error, mis paisanos se desagradaron, y lo supe por varios conductos. ¡Me censuraron por eso!
¿A qué, pues, continuar con mis Cartas a Elpidio? Me hirieron, señor, me hirieron mis compatriotas, cuando con muy sana intención hacia ellos comencé aquella obrita.
— Yo me limité a decirle que era sensible no terminara la obra en referencia, evitando así hasta la sombra de un razonamiento de ideas sobre aquel delicado punto. Enseguida hablamos de cosas sin interés digno de ser conservado en mi cartera, y me despedí de mi benévolo interlocutor. Caminando en rumbo del Hotel Pulaski, iba yo repitiendo para conmigo las últimas palabras del virtuoso Varela, y pensé esto: ¡Cómo le ofusca su celo religioso!
He aquí lo que escribió en mi álbum:
Pensamientos:
Así como una sola estrella guía al navegante a quien las otras extraviarían, una sola religión guía al creyente a quien extraviarían las diversas incorrectas sectas.
No hay más que una desgracia, y es separarse de Dios, por lo cual son felices todos los justos, y desgraciados todos los perversos.
La libertad sin virtudes es el mayor castigo de la soberbia, que pronto se avergüenza y se arrepiente de sus errores.
La superstición, el fanatismo y la impiedad son los tres grandes martirios del alma.”
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Aunque no se observa en la mirada de don Alejandro Angulo Guridi –quien según parece fue fiel a la palabra que le dio al padre Varela–, la pasión que se manifiesta en casi todos los que fueron sus discípulos en el Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, y es comprensible que así sea, la suya expresa la natural y respetuosa admiración que despertaba en los hombres buenos la personalidad del mentor de la juventud cubana. Y aunque en las entrevistas que le hizo al Siervo de Dios, de acuerdo con su memoria, el padre se refiere solamente a la intolerancia religiosa en los Estados Unidos, y es cierto que de eso habla en Cartas a Elpidio, también lo es que el propósito de esa obra va mucho más allá, es decir, es mucho más amplio y profundo. De eso tratamos en la glosa “Carta para todos”, la cual recuerdo a los asiduos lectores de esta sección. |
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