Retornar al "Home Page" ...
 
 

“El amor todo lo espera.”
A quince años de la Carta Pastoral
  Una tarde de septiembre de 1993, el arzobispo de La Habana Jaime Ortega Alamino (entonces no era Cardenal), me entregó en su oficina un texto y me dijo: “Hay que hacer unas trescientas copias de esto para los sacerdotes, los religiosos y religiosas y los laicos más comprometidos”. De regreso a mi oficina leí de un tirón aquel texto concebido y redactado por los obispos cubanos: la carta pastoral “El amor todo lo espera”.

Estábamos viviendo el clímax de la crisis social, económica y política más aguda del país y nuestros pastores, como profetas, testigos de Dios, hacían una detallada disección quirúrgica de la crisis, nuestra y suya, con el celo pastoral que presentaba al mismo tiempo el bálsamo sanador: el diálogo nacional.

Debido a un irracional y despiadado ataque lanzado desde los medios de comunicación –salvo alguna que otra crítica más seriamente expuesta–, de las 300 copias iniciales se pasó a cerca de 100 mil –hasta la última hoja y el último pedazo de cartón– para satisfacer la curiosidad, y el deseo de posesión, de los miles de habaneros que se sentían identificados con aquel compromiso pastoral con la nación.

Quince años después la crisis ha disminuido, pero sigue aún latente. Y aunque hemos empezado a descubrir algunas de nuestras propias manchas –nos creíamos inmaculados–, estamos aún lejos de la voluntad necesaria para seguir hurgando en las enfermedades de nuestro cuerpo social y, por el mismo hecho, lejos aún de aplicar el bálsamo sanador: el diálogo nacional sereno, maduro y responsable. El diálogo es la salud del cuerpo social. Su ausencia no es necesariamente la muerte, pero sí puede ser la enfermedad permanente.

Las siguientes reflexiones, ofrecidas por sus autores a Palabra Nueva, atesoran la carga del tiempo y estimulan el compromiso.

El Director.
 
 
 


Para comprender este documento eclesial –quizás el más importante del Magisterio Episcopal cubano– es necesario situarse política, económica y religiosamente en la Cuba de 1993: caída del campo socialista, momentos más críticos del período especial, reciente dolarización de la economía, escasez de medicamentos, se hizo más notable el bloqueo, inseguridad en gran parte del pueblo cubano –producida por la crisis económica antes señalada–, reflejada en un fuerte deseo migratorio, aumento de personas en los templos y el crecimiento notable del sentimiento religioso.

La lectura del documento en aquel entonces, y ahora, quince años después, no induce a pensar de que fue un documento antigubernamental, aunque, ciertamente, fue mal interpretado por muchos; así de manera especial, por la prensa nacional. Esta respondió con torpeza en varios artículos periodísticos, sin haber publicado ni una sola vez la carta pastoral; de modo que un número alto de personas se volcó en las iglesias solicitando el mensaje de los obispos. Tal vez sin querer, hicieron la propaganda del documento episcopal. Por otra parte, “El amor todo lo espera” fue la oportunidad que la Iglesia, después de más de dos décadas, tuvo para presentarse de manera tan notoria en la vida pública de Cuba.

Ha habido cambios políticos, económicos y religiosos en Cuba durante estos últimos quince años. Evidentemente, no es el mismo momento. ¿Actuaron mal aquellos obispos al escribir la carta pastoral? No, pues me consta que los animaba la invitación al diálogo, para que todos los cubanos se sentasen a la misma mesa, con el fin de resolver los acuciantes problemas que afligían al pueblo. No fue un documento partidista. Los obispos no se pusieron políticamente del lado de ningún proyecto político determinado. Solo señalaron hechos, por eso repito, no fue un documento antigubernamental. Aquellos obispos recogieron el clamor del pueblo e invitaron a un diálogo para solucionarlo. En este sentido, constituye un modelo de lo que debe ser un documento de la Iglesia cuando trata problemas sociales. El espíritu de este mensaje eclesial revela la opción permanente de la Iglesia Católica en Cuba: la reconciliación de todos los cubanos.

Padre Antonio Rodríguez
Rector del Seminario San Carlos y San Ambrosio


“El Amor todo los espera” analiza la situación de aquel momento, pasando revista a las causas y alertando sobre las consecuencias. Con mucha sinceridad los obispos tocaron temas neurálgicos como el partido único, la doble moral, el reiterado deseo de salir del país por parte de los jóvenes y otros más.

Para muchos de nosotros, formados en Iglesias Protestantes o Evangélicas resultó interesante recibir, leer y sentirnos representados en dicho documento que fue capaz de retratar la situación del país y que bajo el prisma del AMOR hace una llamamiento a todos, gobernantes y gobernados, cubanos de adentro y de fuera, creyentes y no creyentes, al diálogo y la convivencia armoniosa a fin de propiciar una recuperación, no solamente económica, sino también en los principios éticos y morales de todo el pueblo.

La carta fue un aldabonazo dirigido a la conciencia de nuestro pueblo. De igual modo fue una clarinada a nuestro gobierno, a pesar de que oficialmente fue ignorada. Sin embargo es difícil ignorar un documento de esta naturaleza que no parte de una intención malsana sino todo lo contrario, el deseo de tener un país “con todos y para el bien de todos“.

“El Amor todo lo espera” se convirtió en un documento representativo de amplios sectores de nuestra población, entre los que se incluyen cristianos de diversas denominaciones que se sintieron identificados con el contenido del mismo. Por eso, para nosotros, pasará a la historia como un importante intento de ser “voz profética” en medio de situaciones difíciles como muchas de las que aparecen en la Biblia.

Rev. Héctor Méndez
Obispo de la Iglesia Presbiteriana Reformada


Aunque oficialmente escuché un fuerte ataque a la carta pastoral en los medios de comunicación, me alegró mucho que un profesor a quien profeso gran estima se me acercara para resaltar la mirada acertada y valiente que habían tenido los obispos en ese mensaje. Como militante comunista no fue el único con esa opinión, pero de él, persona no dialogante, recibí aquello como que ya era necesario que en mi medio levantase la mirada y tratara de ver más allá de la lluvia y el viento, y esperar con una nueva actitud, la actitud de quien pone sus panes y pescados para que el milagro acontezca. No podía seguir viendo el medio donde trabajaba con temor a un mundo hostil por mis ideas religiosas, sino como quien lanza las redes donde el Señor indica.

Reflexioné e interioricé en algunos párrafos del mensaje y comprendí que a amar solo se aprende amando y que solo el amor puede vencer al odio. Pero como todo aprendizaje, hay momentos en que deseamos dejar lo que se hace difícil. Después de 25 años de enseñanza e investigación decidí abandonar la Universidad de La Habana el 8 de septiembre de 1995 y pasé a impartir docencia en el Seminario San Carlos y San Ambrosio, pero ya en marzo de 1997 el Señor, no sin trabajo por mi parte, me había permitido regresar a mi antiguo puesto de investigación en la Universidad de La Habana. Él seguía esperando a que aceptara el lugar indicado donde con luces y sombras se forjó mi identidad laboral.

Mi regreso iba unido al deseo de continuar con la docencia en San Carlos. Así comienzo a caminar por el camino del diálogo: “un diálogo no para averiguar tanto los por qué como los para qué, porque todo por qué descubre una culpa y todo para qué trae consigo una esperanza”.

La pregunta clave para mí: ¿qué había hecho yo como educador e investigador cristiano? ¿Me inclinaba más a educar o a transmitir conocimientos? Y así fue como me fue dado el regalo de compartir mi labor educativa entre la Universidad de La Habana y el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, centros que han hecho crecer día a día mi unión al padre Varela.

La visita de Juan Pablo II a Cuba nos dejó propuestas que motivaron nuevas esperanzas, abriéndose nuevos espacios, que han permitido un acercamiento entre la Ciencia y la Fe. Esto ha posibilitado una apertura de corazones y alguna aceptación de las personas de fe en nuestro mundo científico actual. Pero lo más importante es que hemos optado por el diálogo, donde se anuncia con amor y cuando el caso lo requiere se denuncia con amor.

Después de quince años, constaté que muy poco ha cambiado el análisis que se hace de la situación del país y de los valores de nuestra cultura. Es acertado y actual. Leer lo que nos dice en el acápite de un diálogo entre cubanos, enriquecerá mucho nuestro espíritu en el amor al hermano, así asumiríamos un diálogo de amor, no para ajustar cuentas, no para depurar responsabilidades, no para reducir al silencio al adversario, ni para reivindicar el pasado. Desde la nostalgia no se engendra la esperanza. Tenemos que amar y enseñar a amar, a confiar y enseñar a confiar, porque tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, soportarlo todo, esperarlo todo, porque el amor todo lo espera (1ra Cor, 13).

MSc. Esperancita Purón
Laico habanera



Todavía tengo memoria de la conmoción que provocó, y más aun de la que me provocó, esta carta pastoral. La fecha de su publicación mucho tuvo que ver: septiembre de 1993. Aquel fue un momento especialmente álgido de la vida cubana, en el que no solo habíamos tocado fondo en casi todos los rubros de la vida diaria, sino que nos hundíamos en él y la verdad es que no sabíamos hasta cuándo íbamos a poder resistir la falta de todo, incluso de fe –al menos los que no profesamos ninguna y no nos habíamos decidido, entre tantas crisis, a optar por una creencia trascendental, como tantos hicieron.

En su momento el mensaje me pareció atrevido y retador, una evaluación valiente y frontal de la realidad cubana de ese período tan difícil. Pero ahora, vuelto a leer en un contexto fenoménicamente diferente pero esencialmente igual a aquel de 1993, su recorrido por la realidad, la sociedad, la política y la espiritualidad cubanas hacen de él un documento invaluable para acercarnos al ambiente material y mental de aquel momento y para entender las características de la actualidad y la dimensión de los problemas que todavía enfrentamos y que se han ido enquistando de manera cada vez más alarmante en nuestra cotidianidad: el exilio, la violencia, la pérdida de valores éticos, la desintegración de la familia y, con ella, de la sociedad misma.

Por tales razones pienso que la trascendencia del mensaje está en el hecho de que además de ofrecer una solución por la vía de la religión y la fe (el amor a Dios), también propone una salida por la vía ética y cotidiana (el amor al prójimo) y un proyecto de reconstrucción de valores morales y sociales capaces de ayudar –más allá del presente de septiembre de 1993– a la salvación de una entidad histórica y cultural como lo es la nación cubana.

Leonardo Padura
Escritor



Valorar en pocos párrafos un documento de esta envergadura es una misión que me rebasa. Me limitaré a estas notas fugaces sobre su circunstancia y significado político. ¿Qué ocurría en 1993? La lógica de que Cuba vivía en el umbral del derrumbe se cernía sobre aquel año terrible, sin transporte, ni electricidad, casi sin comida ni luz al final del túnel. La iglesia de San Lázaro en El Rincón se desbordaba con 30 por ciento más de peregrinos; la asistencia a los templos crecía. Objetivamente, el consenso político socialista se encogía; y la Iglesia experimentaba un auge. El Mensaje ocurría apenas dos años después de desmantelada la URSS; uno antes de que Juan Pablo II consagrara un cardenal cubano. Partidario de la acción cívica activa y del papel de la Iglesia como guía espiritual de la nación, la tesis del Papa sobre el efecto dominó del caso polaco se había comprobado en la reciente debacle de Europa del Este.

Al mismo tiempo, en vísperas del periodo especial, las relaciones Iglesia-Estado conocerían su mejor momento desde 1959. El propio Partido Comunista, en 1991, había levantado el estigma de los creyentes para ser reconocidos revolucionarios de vanguardia. La voluntad política de erradicar toda forma de discriminación por motivos religiosos había precedido a la reforma constitucional de 1992. Se abría espacio al trabajo de Cáritas; y se hablaba de la posible visita del Papa. A fin de cuentas, Cuba no era Polonia; ni los disidentes Lech Walesa.

El amor todo lo espera reflejaba aquella coyuntura contradictoria. Su significado histórico, sin embargo, no se debe medir solo por tal coyuntura, sino por marcar un hito en el posicionamiento eclesiástico ante la sociedad y la política, un peldaño en una escalera que la Iglesia y el Estado seguirían ascendiendo con esfuerzo. Aquel fue un momento crítico en la difícil construcción de un régimen estable de diálogo, no cautivo de los vaivenes de la coyuntura.
La Revolución le debe a la Iglesia muchas ideas y fuentes de inspiración, desde la del hombre nuevo de san Pablo, hasta la de una organización disciplinada de prosélitos, comprometidos con un ideal, consagrados a defender una doctrina y a alcanzar una tierra prometida. Ambas también comparten la responsabilidad en el dilema vivido por muchos cubanos entre mantener la fe de la Iglesia o adoptar la de la Revolución.

Los creyentes en el cristianismo y en el comunismo deberían precaverse contra los excesos de su fe, la confianza desmesurada en sus propias ideas, a veces confundidas con la realidad o presas del voluntarismo. Quince años después, en 2008, el propio cardenal Ortega advertiría que el llamado a la reconciliación no debe pretender “reconciliar ideas ni posturas irreconciliables, sino personas.” Es necesario propiciar la cultura del diálogo en toda la sociedad, también dentro de la Iglesia y ante otras religiones. No en balde antes que Marx, san Pablo les dijo a los Romanos: “Tú pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?” El mensaje pendiente, el de la autocrítica y la cooperación, nos debería convocar a todos.

Rafael Hernández
Director de la revista Temas



Regresar al Sumario
Sumario Breves Religión Sociedad Segmento Internacional Glosas Cubanas Deportes Economía