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Género: Cuanto
AUTOR: Julio César Álvarez Piñeiro
La “pasión” de Rufino |
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Rufino nació cualquier día de cualquier año y en cualquier barrio de La Habana. Su infancia transcurrió en un hogar común y todo parecía indicar que Rufo (como cariñosamente lo llamaba la vecina de los bajos) tendría un promisorio futuro.
Era un niño de entendederas abiertas, suspicaz y autosuficiente, y progresaba con asombrosa rapidez en los estudios para beneplácito de su familia. |
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Sin embargo, todo cambió cuando conoció a su primera y fatídica “pasión”.
Contaba solo 12 años cuando intimaron, y en honor a la verdad, los primeros besos tuvieron mal sabor y hasta hubo algún rechazo, pero la joven ignorancia del Rufo y su incipiente tozudez, lograron superar este primer escollo, y a partir de ese instante se convirtió en primer orden de su ociosa y holgada agenda.
Andar de su mano era muy importante y sentía que no pocos amigos le envidiaban, y a escondidas, de seguro le imitaban –pensaba Rufo–. Eso sí, se cuidaba de ser descubierto, pero el riesgo era cada vez mayor, por cuanto cada vez mayor era la necesidad de su presencia. Si en casa se enteraban, el escándalo sería mayúsculo y su padre se opondría tajantemente a la relación.
A pesar de su corta edad, Rufino se había convertido en un muchacho atrevido y algo alocado, y esto se debía en parte, a que por aquellos tiempos las riendas del hogar andaban divididas. La madre con lástima consentida y la abuela con sabia pero tiránica enseñanza. |
Y el pobre Regino, que así se llamaba el padre de Rufino, jamás había tenido tiempo para su hijo. Después que le intervinieron el negocio andaba como en un letargo, de tal forma que era comidilla del barrio que se había vuelto loco y a pesar de esto, cuando en alguna ocasión intentó participar en la educación de su hijo, se encontraba un bastión inexpugnable en la entrometida abuela.
Así las cosas, el joven Rufián (que era como Claudina “la gallega” nombraba a Rufino, por la escasez de mangos en su patio) se convirtió en un virtuoso de las artimañas para encontrarse a solas con su amante. El cine, la azotea de Pedro, el banco del parque cercano (cuya farola había roto el osado Rufo para no ser visto), los oscuros pasillos de los edificios aledaños a su casa, en fin, cualquier lugar oculto y solitario era bueno para intimar.
Pero el Malecón, ¡oh, el Malecón! era la cumbre del atrevimiento. Allí, de espaldas al viento, fundidos en un beso provocativo y seductor, desafiaban a los transeúntes, que entre críticos e indolentes los observaban.
Era un amor inconsciente de su esencia, lujurioso, enfermizo, dependiente hasta lo irracional. Pero para él, el autosuficiente e ignorante Rufino, su amante era parte de sí.
Y entre lluvias y escondites, parques y azoteas, pasillos, traspatios y el excitante Malecón, tres años de Rufino se robaba la vida.
Al cumplir los quince años y sabiendo que su familia sospechaba hacía algún tiempo, pero hastiado de sigilos y temores y no sin antes amenazar con marcharse del hogar si no le permitían estar juntos, exigió permiso para su compañero.
El padre en un fugaz destello de cordura, y con deseos de freírlo en aceite hirviendo, se opuso con un alarido, alegando que era indecente y pernicioso, que él no iba a mantener a ese tipo nuevo, que entre otras cosas no era de su agrado, pues aunque blanco de piel, tenía el alma negra, y para colmo llevaba tatuaje.
Por suerte para Rufino, allí estaba la madre para salvarlo, y como siempre sucedía, intervino en ayuda del hijo ante la cólera patriarca y llegaron a un consenso. Le permitirían entrar, pero no podría exhibirse con él por la casa, y mucho menos delante de la abuela.
Triunfo rotundo para el Rufo. Había logrado con su pertinaz insistencia el colmo de sus anhelos, sin sospechar siquiera –el pobre tonto–el tamaño de su desgracia.
A partir de ese instante, comenzó para Rufino una luna de miel permanente.
Pasaba horas y horas encerrado en el cuarto con su amante, y por las noches, entre baladas de los Beatles y protestas de Silvio, los besos ardientes de la pareja colmaban la alcoba.
No se vio nunca antes tanto amor y devoción, y aunque todos le aconsejaban que lo dejara, pocos podían comprender tal obstinación.
Tal vez ni el propio Rufino lo entendiera, o tal vez lo supiera, pero no podía hacer nada contra aquel amor, que cada vez más lo doblegaba a su voluntad con solo unas pocas horas de ausencia.
Han pasado ya 25 años del primer encuentro y Rufino, a pesar de los avatares de tan largo tiempo, ha sido inmaculadamente fiel. Contarse pueden las horas que han estado separados y gran parte del dinero que percibe en su trabajo se lo dedica a su amante, y aunque su media naranja no le ha dedicado nunca ni la más miserable de las sonrisas, él, al despertar, con la mecánica inconsciente de tantos años, lo toma entre sus manos, lo acaricia y, dedicándole una mirada cargada de amor-odio sumiso, lo coloca entre sus labios y encendiendo el mechero repite, por millonésima vez, aquel primer y amargo beso y cerrando los ojos exhala suavemente, consciente de que solo su “pasión” quedará destronada por la muerte.
Moraleja: Cuando extraviamos el camino y nos hacemos esclavos de supuestos placeres, viajamos por la vida presos de nuestros propios errores.
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