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Poesía Religiosa.
por Jorge Domingo CUADRIELLO
  Gustavo Duplessis Saavedra (1914-1970), Hijo de un famoso cirujano, se entregó desde joven a los estudios literarios y al cultivo de la poesía. En 1944 publicó su ensayo sobre el escritor francés Anatole France: El gran señor de la ironía y de la piedad, y al año siguiente un meritorio estudio acerca de la vida y la obra del poeta Julián del Casal. Con el título Los poemas de Guido Saavedra (1957) reunió en un volumen sus prosas poéticas y sus versos, marcados por la evocación de la muerte, el recuerdo de la madre ausente, la exclamación espontánea y cierta ingenuidad. Ya después, se perdió en los laberintos de la locura y falleció en el olvido, en una sala del Sanatorio San Juan de Dios  
 
Gustavo Duplessis
 
     
 

EVOCACIÓN DE SAN IGNACIO DE LOYOLA
(Ante un cuadro de Ponce)

La mia natura é fuoco
santa catalina de siena

 

INVOCACIÓN A LA VIRGEN


Es que caigo a la nieve
testificando el fuego en frases inexactas.
C
intio Vitier

 
 


¿Qué sueño duerme en tu mirada triste?
¿Qué miel encierra tu silencio amargo,
que de un tono anaranjado viste
la inmóvil palidez de mi letargo?

¡Qué olor de azucenas tras la bruma
de tu rostro marchito y descarnado!
¡Qué amor a la hormiga y qué odio al puma
se esconden en tu mirar embelesado!

La tristeza de un árbol seco
quizás pudiera tu miel explicarme;
y del latir de mis venas el eco
calmarlo tu silencio grave.

El sueño dulce que hay en tu mirada
apacigüe el fuego que en mis venas arde.
Del Corazón que tú amas la llamarada
ilumine el silencio de esta tarde.

Si la Virgen extendiera su manto
azul sobre el gris de tu agonía
quizá la tierra no gimiera tanto
para que el cielo a un hombre le sonría.

 
Si las perlas que adornan la corona
que ciñe el marfil de tu frente serena
fuesen lágrimas de mi madre terrena…
¿con qué ánimo voy a esperar la aurora?

El fulgor nacarino de tus perlas
¿qué lágrima contenida lo ha pulido
que, ausente, me siento tan unido
a quien al darme a luz logró verterlas?

Si el polvo y el lodo de los caminos
jamás detuvieron mis pies fatigados…
¿cuál es el extraño y misterioso sino
que ante tu imagen me retiene extasiado?

Si es verdad que el dulce azul de tu manto
me salvó de la cerca y del pantano
y que la púrpura de tu rostro lozano
endulzó con miel la hiel de mi llanto,

haz que la mujer que me dio la vida,
la que adivina, a distancia, mi quebranto,
logre perdonarme si jamás olvida
¡lo callado, frío y duro de mi llanto!

 

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