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Apuesto por los jóvenes
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por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL |
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En una reciente entrevista para la televisión, el periodista me comentó que él tenía la impresión de que yo me relacionaba bien con los jóvenes. Se refirió de manera especial a mis clases en San Carlos y San Ambrosio y a la cercanía con los seminaristas a lo largo de los 45 años que ya cuento como profesor en el Seminario. ¿Tendría que sumar los dos años en que enseñé asignaturas de Humanidades, siendo aún seminarista, antes de ir a Roma a estudiar la Licenciatura en Teología? Entonces yo era todavía muy joven. Le di la razón al entrevistador y le añadí (estas fueron, más o menos exactamente, mis palabras): “Yo apuesto por los jóvenes... ¿Cuál es la alternativa? ¿Apostar por la muerte?”
En esos mismos días, cayó en mis manos un texto con una serie de citas de “personas mayores”, “antiguas”, acerca de los jóvenes de su tiempo. Escojo tres.
1. “Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada; no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Hoy nuestros hijos son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos.” Frase de Sócrates, filósofo y pedagogo ateniense, maestro – entre muchos– de Platón, de Jenofonte y de Alcibíades. Acusado de impiedad (ateísmo) y de corruptor de la juventud, fue condenado a beber la cicuta. Vivió entre el 470 y el 399 antes de Jesucristo. No escribió ningún libro, pero conocemos sus enseñanzas y su metodología, así como algunos detalles de su vida, gracias al testimonio de los discípulos, sobre todo de Platón. |
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2. “Ya no tendría ninguna esperanza en el futuro de nuestro País, si la juventud de hoy tomara mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada; simplemente, horrible.” Frase de Hesíodo, poeta griego, nacido en Ascra (Beocia). Vivió en el siglo viii antes de Jesucristo. Es el autor de los poemas didácticos Los trabajos y los días y Teogonía .
3. “Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura”. Texto escrito en una copa de arcilla, descubierta en las excavaciones de las ruinas de Babilonia, en las márgenes del río Éufrates, a 160 kilómetros al sudeste de Bagdad. Los especialistas calculan que la copa data de, al menos, el año 2 mil antes de Jesucristo, o sea, que si esto es así, el texto es anterior al reinado de Hammurabi.
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(Paréntesis, que viene a ser una“apostilla”, englobada en el titular, sobre la valoración de la cultura mesopotámica antigua . Entre nosotros, cuando reflexionamos acerca de la génesis de la cultura occidental, solemos llegar hasta Roma y Grecia. Sin duda, estas dos culturas, la latina y la griega, son sus fuentes mayores e inmediatas. Pero, ¿de dónde son ambas? El árbol genealógico de la religión, la cultura y la lengua es sumamente rico y complejo.
Seamos muy cuidadosos a la hora de valorar la escritura, la “sabiduría” y, en términos generales, todo lo relacionado con la cultura, la sabiduría humana y la religión de esa parte del mundo, o sea, de Mesopotamia. Y, precisamente, de esos siglos. Están en la raíz de la cultura y de la religión en el Medio Oriente y en el Occidente, ya que esos pueblos mesopotámicos influyeron en las formas literarias adoptadas posteriormente por los redactores del Antiguo Testamento. Además, al parecer, fueron ellos los que, antes que todos los pueblos de la zona, “concibieron” la escritura a partir de signos correspondientes con los sonidos de la lengua hablada. Es lo que hoy llamamos “letras”, que entre ellos fueron signos cuneiformes, o sea, con forma de cuña. Esto facilitó la escritura y, con ello, la fijación y la transmisión de la cultura y de los contenidos de la Fe.
Esta iniciativa mesopotámica, expresada en esa escritura cuneiforme, con el correr del tiempo, dio origen a la escritura de lenguas disímiles, como el hebreo, el árabe, el fenicio (¿la lengua de los “cananeos” citados frecuentemente en el Antiguo Testamento?), que se hablaba y escribía en el territorio más o menos equivalente al del actual Líbano y en el norte de Israel, y, de ahí, pasamos al griego arcaico (derivado más precisamente –es la opinión más común hoy entre los lingüistas que se ocupan de estas cuestiones– del fenicio que se hablaba y escribía en Samaria). Por ese camino llegamos hasta el alfabeto nuestro, latino.
La escritura jeroglífica, propia del Egipto antiguo, no tuvo “descendientes culturales” y llegó a desaparecer de Egipto, que “olvidó” su lengua y su escritura originales. Muchos llegaron a interpretar que los jeroglifos eran incisiones ornamentales, de carácter fundamentalmente religioso. ¡Por supuesto que muchos tenían carácter eminentemente religioso, pero otros tenían un carácter más bien histórico-político o eran reflexiones de “sabiduría”! Sin embargo, la “sabiduría” egipcia, de algún modo, permaneció en la médula más profunda de su pueblo, que supo integrarla y, de cierta manera, sincretizarla, con los componentes posteriores. La Sabiduría necesita del lenguaje y de la escritura, pero es más que ellos. En los tiempos de Alejandro Magno (siglo iv antes de Jesucristo), Egipto adoptó el griego. Luego, cuando Egipto fue “conquistado” por el Islam, a partir del siglo vii después de Jesucristo, el árabe se convirtió en la lengua franca de toda la región.
No pudimos descifrar los textos egipcios escritos con la escritura jeroglífica hasta después de las campañas napoleónicas, o sea, hasta el siglo xix de nuestra era, a partir de 1822, cuando el orientalista francés Jean-François Champollion, pudo descifrar las inscripciones de la llamada “piedra de Roseta” (por el nombre de la ciudad egipcia en que fue encontrada, en 1799), gracias a que los textos estaban inscritos en griego y en escritura jeroglífica.
(Fin del paréntesis y de la apostilla englobada.)
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Retomo el hilo anterior a este extenso paréntesis. No puedo verificar si las citas anteriores, tomadas de textos antiguos, son exactas pero, en todo caso, deben provenir de las fuentes citadas. Si esto es así, la antigüedad de las mismas queda atestada y, para mi disquisición de hoy, esto basta. Si recorriéramos la historia de los referentes culturales a las diferencias entre las generaciones y a la opinión, generalmente negativa, que los ancianos suelen formarse acerca de los jóvenes, nos sorprendería, quizás, la constatación de que casi siempre ha sido así, a pesar de que tanto antes como ahora, esos jóvenes de los que los adultos suelen pensar tan mal, han crecido viendo a sus mayores y han sido formados –o deformados– por ellos. Y que, cuando se vuelven ancianos esos jóvenes, entonces piensan y hablan negativamente de los jóvenes de ese momento, los que les siguieron en la cadena de la historia.
Al mismo tiempo, los jóvenes, mientras son jóvenes, suelen abandonar la opinión positiva acerca de sus padres, que tuvieron mientras fueron niños, y adoptan un juicio más bien negativo de la generación inmediatamente anterior. Es decir, de la generación de sus padres. Probablemente, tengan una mejor opinión de la generación de los abuelos y, mejor aún, de los antepasados más remotos. Lo curioso es que esos mismos jóvenes, cuando dejan de serlo y van convirtiéndose en adultos, en términos generales, vuelven a valorar más positivamente a sus padres y los echan de menos, los extrañan cuando les faltan, a esos mismos padres de los que, quizás, tanto se distanciaron, en el orden de los criterios y hasta de la conducta, después de la adolescencia. Fenómeno análogo al ciclo “padres-hijos-padres” lo encontramos con relación a los maestros o profesores y alumnos. Es el círculo generacional del “eterno retorno” en el que, en mayor o menor grado, todos estamos inscritos.
¿Qué pensar acerca de ello? No puedo agotar el tema, al que siempre le encontraremos nuevas rinconeras, pero me atrevo a compartir algunas de mis disquisiciones personales al respecto, sabiendo, por otra parte, que no soy original. ¡Se ha escrito tanto y desde hace tanto tiempo sobre esto! Me sirvan como testimonio las citas con las que inicié este texto, provenientes de culturas no judeocristianas. Todos podríamos añadir muchas más, tanto en uno como en otro sentido o dirección.
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Ninguna cultura y, dentro de cada cultura, ninguna generación agota las posibilidades de verdad, belleza y bondad de las que la persona humana es capaz; pero cada cultura y cada generación, en términos generales, alcanza mayores o menores cotas de lo verdadero, lo bello y lo bueno. De igual manera, ninguna cultura y ninguna generación está exenta de las limitaciones, los errores y los pecados que acompañan siempre y por doquier a la persona humana. En esto, como en casi todo, las cosas no son ni totalmente luminosas, ni totalmente oscuras; casi todas o son de media luz o tienen “pinticas” o farolitos de cocuyos.
En el ámbito de la fe, en principio, los adultos y, a fortiori , los ancianos creyentes, hemos sido los primeros responsables de su transmisión a las generaciones inmediatamente posteriores. En el ámbito de la cultura, los adultos, creyentes y no creyentes, hemos sido también los responsables de la transmisión de todo lo que reconocemos como verdadero, bello y bueno. Esto es lo que llamamos “instrucción” y “educación”. Por otra parte, sabemos todos, por experiencia propia, que las clases, las conferencias, los libros y los medios contemporáneos de comunicación (periódicos, cine, radio, televisión, internet y lo que venga después) son medios ambiguos, en el sentido de que pueden colaborar a la buena instrucción y a la buena educación, pero también pueden conducir a deformaciones en el conocimiento (artístico, científico, etcétera), en la formación de valores y, consecuentemente, en la ética y en las conductas concretas ante la vida, en todas sus dimensiones, también en la religiosa.
Además, sabemos, también por experiencia propia, que si bien es cierto que esos medios son útiles y que en algunos ámbitos pueden llegar a ser necesarios, no son suficientes. Todos necesitamos de la persona que nos los transmite. O sea, una educación que aspire a ser integral no puede eludir el testimonio; eso que solemos llamar “el buen ejemplo”. Asimismo, por experiencia propia, sabemos el daño que “los malos ejemplos” pueden causar en todos los ámbitos de la existencia humana. Eso es lo que, casi siempre en el lenguaje religioso pero no exclusivamente, solemos calificar como “causar escándalo”. La palabra escándalo nos viene del griego, skándalon, y del latín, scandalum , que significó originalmente tropiezo, obstáculo, trampa, y luego adquirió el significado moral y espiritual negativo que hoy le damos. “Causar escándalo” equivale a crear tropiezos, a poner obstáculos, a la vivencia de la Fe y al crecimiento ético y espiritual de los demás, sea por la manifestación de malos criterios, sea por los malos ejemplos. Ambas realidades inducen al mal, no al bien; provocan deterioro, no crecimiento armónico de la persona.
Jesús nos llegó a decir que, al que escandalice, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino, de esas que solían mover los asnos, y que lo arrojaran a lo más profundo del mar (Mt.18, 6; Mc. 9, 42; Lc. 17, 1-3). Con respecto al bien, a la Buena Nueva (el Evangelio: del griego eùaggélion , noticia buena), nos pide no solo proclamar y enseñar, sino también testimoniar (Lc. 24,48; Hechos 1, 8). Valen estos textos evangélicos –y muchos más, tomados de los evangelios y de las cartas apostólicas– para iluminar el proceso de la transmisión de los contenidos de la Fe , pero también para todo el proceso de la educación en lo verdadero, lo bello y lo bueno.
Por otra parte, sabemos que Dios no nos ha creado bestias o monstruos o robots. Nos ha creado personas, a Su imagen y semejanza. Ha insuflado en nosotros, y solo en nosotros, su aliento vital. Y hasta tal punto es real esta semejanza e imagen, que nos hizo libres –capaces hasta de decir “no” al mismo Dios– y, por lo tanto, responsables.
¿Por qué, a pesar de todo lo bueno sembrado en nuestra naturaleza, personas que han tenido una buena educación y que han estado rodeadas de buenos ejemplos, resultan “malas personas”? Existen personas psíquicamente enfermas por diversas patologías, que tienen trastornadas la percepción de la realidad, la afectividad, la incorporación de valores, etc. Su responsabilidad ética es o nula o muy disminuida. Con relación a ellos, más que decir que son “malas personas”, habría que decir que “están mal”. Aunque, a decir verdad, he conocido casos de patologías mentales en los que una buena educación y el arropamiento del cariño logran “verdaderos milagros” de buena conducta. Pero no es a ellos, a los casos patológicos, a los que me voy a referir, sino a los que, al menos aparentemente, no podemos identificar como “enfermos” sino, simple y llanamente, como personas que “obran mal”, con un nivel de salud psíquica aparentemente aceptable
Para encontrar una respuesta satisfactoria a la interrogación anterior, debemos considerar el misterio de la libertad personal, que nos asemeja a Dios y que nos obliga a ser responsables de lo que cultivamos en el pensamiento, la voluntad, los afectos, y en las acciones. Sabemos que el mal existe, como limitación, como error y como pecado. Y sabemos que Satanás y el “mundo” nos tientan. Pero sabemos que Dios no va a permitir que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Su gracia, nuestra atención a las cosas de Él, y nuestro empeño por serle fieles, nos permiten andar por los senderos del Bien y recuperarlos cuando, por diversas causas, nos desviamos de ellos. Empero, si se trata de los caminos asentados en la Fe cristiana, ¿cómo exigirlos a quien no la tiene, o porque no tiene ninguna o porque profesa una religión no cristiana, con otros cánones éticos? Si ella es un don, misterioso, como toda riqueza que nos viene de Dios, ¿cómo juzgar mal, con relación precisamente a la Fe , al que no la tiene? ¿La ha recibido y la ha rechazado, o Dios no se la ha regalado, o entre sus posibilidades reales no estuvo la Fe cristiana, sino el agnosticismo, el Islam, el Hinduismo, u otra Religión?
Deberíamos tener en cuenta todas estas realidades –que tienen que ver con la Fe o la Razón o con ambas, entrelazadas con la volición, la afectividad, etcétera–, a la hora de relacionarnos con las personas, sean contemporáneas nuestras, o sean más jóvenes. Vale para con
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| todos el aserto de Jesús, que nos exige que no juzguemos a las personas (cf. Mt.7, 1; Mc. 4, 24; Lc.6, 37-42; Jn.8.7). Podemos formarnos un juicio acerca de la objetividad de una conducta, de un hecho, siempre con respeto, al menos el mismo que deseamos para con nosotros, y de acuerdo con los criterios evangélicos, con el estilo existencial de Jesús. Mas no deberíamos juzgar –¡nunca!– la responsabilidad personal de quien tiene la mala conducta o de quien hace “algo malo”. Lo nuestro es esforzarnos por ser luz y sal, como también nos recuerda el Evangelio (Mt. 5, 13; Mc. 1, 39; Lc.4, 14-15), a pesar de nuestras limitaciones. Esto supone la renuncia a toda forma de arrogancia y de menosprecio, y al empeño por ayudar y servir, con discreción, en todo lo que esté a nuestro alcance, siempre en el ámbito del respeto ya aludido. Y, si somos creyentes, también a orar por quienes pensamos que, por no andar muy bien, lo necesitan más que otros. |
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Vale para todas las situaciones, pero vale sobre todo, en la relación con los jóvenes, cuyo desarrollo integral deseamos, pero a los que no ayudaríamos con la multiplicación de juicios condenatorios, con el distanciamiento, con los sermoncitos estilo “teque”, con las comparaciones que no siempre tienen asiento en la realidad –¡tenemos tan adentro la tendencia a mitificar el pasado, a cultivarlo como nostalgia irreal, sobre todo cuando se trata del pasado personal!–, etc. Nuestro primer servicio a ellos, los más jóvenes, debería ser nuestra ejemplaridad y, unida a ella, la humildad en reconocer los errores y faltas propios. Y cuando se trate de aconsejar o de amonestar, que la forma sea tal, que la cercanía, la comprensión, el respeto y el cariño se “descubran”, por transparencia, en el consejo o la amonestación
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Sí, es cierto que apuesto por los jóvenes, en Cuba como en todas partes. Lo cual no equivale a cohonestar todo lo que la mayoría de ellos piensa, siente, dice o hace. Mi apuesta significa que, reconociendo sus limitaciones, como creo que soy capaz de reconocer las mías, las pasadas y las presentes, los creo capaces de todo lo bueno posible, de todo lo mejor que deseo para la Iglesia y para Cuba. Sé que son sensibles y acogedores cuando los buenos consejos vienen acompañados del buen ejemplo y están bien presentados, como un fruto bien sazonado, no como una piedra que se les arroja a la cabeza y al corazón. Me dirijo a ellos desde mi falibilidad, pero también desde mi esperanza, mi confianza, mi cariño y mi simpatía. Y también desde las sazones que todos los componentes de mi actitud interior han ido adquiriendo con los años. Mi nostalgia irrenunciable es de futuro, no del pasado. Confío en que nuestro futuro llegue a ser mejor que nuestro pasado, gracias a lo que hagamos en el presente, sin añoranzas o ensoñaciones estériles.
La ancianidad no es solamente limitación física, ni resabio. Cuando un anciano es resabioso e insoportable, posiblemente ya lo era de joven y esa mala cualidad se le incrementó con los años. Cuando es afable y comprensivo, otro tanto, pero al revés: ya lo era también de joven y se le incrementaron la bondad y la capacidad de comprender. Antes solía decirse que la persona humana es como el vino: si es de mala calidad, con el tiempo se avinagra; si es de buena calidad, con el tiempo se torna más sabroso. También repetíamos el siguiente dicho, en sí muy recto, pero al que se le hacían aplicaciones un tanto “verdes”: “El hombre –refiriéndose a la persona humana, no al género– es como el oso: mientras más viejo, más hermoso y más sabroso” –refiriéndose a la hermosura interior y a la sabrosura del buen carácter–. No sé si esas cualidades se dan en el oso viejo, o si se trata solamente de la búsqueda artificial de una rima, pero el dicho o refrán nos era bien conocido y sabíamos lo que quería decir. Por eso, sí, apuesto también por los adultos y los ancianos, en Cuba y en todas partes.
Los “saberes” de todo tiempo y cultura enderezan nuestros pasos. Para nosotros, cristianos y sacerdotes, por sobre todos los “saberes” –sin excluirlos y contando con ellos–, están los “saberes” de la Fe , la Sabiduría del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Los ancianos, gracias a nuestra vida prolongada, hemos tenido, probablemente, la oportunidad de adentrarnos más en ellos, de conocerlos, rumiarlos y reposarlos. No siempre lo hemos hecho bien y de ello nos arrepentimos, pero tratamos de compensar la carencia y la falta, con la fidelidad en transmitir lo verdadero, bueno y bello, que hemos adquirido, a los demás. Sobre todo, a esos jóvenes por los cuales apostamos. Jóvenes laicos y, de manera muy especial, los jóvenes sacerdotes que conocí como maestro en las aulas de San Carlos... Ellos han sido siempre mi corona, la única de la que me enorgullezco, internamente, cuando los veo vivir hoy su sacerdocio con el gozo de la Fe y del amor leal a nuestro pueblo cubano.
Si los ancianos no transmitimos a laicos jóvenes y sacerdotes jóvenes los eslabones de la cadena que nos correspondieron, ¿quién los transmitirá? Si no lo hemos hecho o no lo hacemos con fidelidad, ¿cómo nos atrevemos a censurarlos y a desconfiar de sus capacidades? Por eso y por unas cuantas realidades más, he apostado y sigo apostando por los jóvenes y también por los ancianos. Por cada uno, en el momento de la carrera hacia la meta en la que se encuentren. Para que puedan alcanzarla y, a su vez, transmitir luego. Insisto: es el eterno retorno, el círculo virtuoso, de la transmisión de la Fe y de los saberes humanos.
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Ya en el ocaso, pido cotidianamente al Señor la gracia de la perseverancia final, en todas las dimensiones de mi existencia. Sin embargo, cuando el apagamiento de la luz terrenal se me acerca, pido y me esfuerzo por perseverar en la transmisión generosa de todo lo bueno que se me ha dado y que es mucho. Tengo la confianza en que todo lo que se deposite así, como eslabón de la cadena de oro, caerá en buenas manos. Las manos de nuestros jóvenes de hoy. En ellas el Señor ha puesto la realización del futuro inmediato. Si Dios confía en ellos de tal manera, ¿cómo no confiar nosotros, “los mayores”?
La Habana , 10 de agosto de 2008 |
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