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París, y toda Francia, se preparó con mucha anticipación para la visita del Papa Benedicto XVI, realizada del 12 al 15
de septiembre de 2008.

El incentivo fundamental de su viaje fue participar en la celebración del 150 aniversario de las apariciones de la Inmaculada Concepción en el Santuario de Lourdes.

El Papa en París

por Laura Domingo AGÜERO

El Papa en París
 
A Moseñor Nicolas Thevenin
y los hermanos Marco y Julio Rodríguez
Ceremonia oficial de recibimiento del Premier francés al Papa.

Sus discursos y homilías transmitieron un verdadero mensaje de esperanza, ese don divino que a veces no abunda entre los humanos. Del mismo modo, reflejaron su interés en el rescate de las raíces artísticas europeas y en una nueva valorización de la figura de la Virgen María , inspirada en el amor. Desde el primer encuentro con el presidente Nicolas Sarkozy, Benedicto XVI agradeció emocionado la oportunidad de visitar ese país y declaró: “En este momento histórico en que las culturas se entrecruzan, estoy profundamente convencido de que una nueva reflexión sobre el verdadero sentido y la importancia del laicado, se ha vuelto necesaria.”


En el Collège des Bernardins, de París, donde se reunió con la ministra de Cultura, el alcalde de la ciudad y otras personalidades del mundo de la cultura, el Papa invitó “a encontrar lo valioso y perdurable, a buscar la vida misma, así como a pasar de cosas secundarias a las realidades esenciales en los tiempos presentes...”. Dando muestras de un vasto conocimiento de la Filosofía , el sucesor de Pedro meditó acerca de los orígenes de la teología occidental y las raíces de la cultura europea. Abordó el tema medular del entendimiento de la Palabra de Dios a través de las Sagradas Escrituras y recalcó la importancia del acercamiento a las mismas como medio de introducción a un diálogo entre Él y nosotros: “El deseo de Dios comprende el amor a las letras, el amor a la palabra, su exploración en todas las dimensiones”.

Después de este encuentro, inició el recorrido en Papamóvil hasta la catedral Notre-Dame. Desde horas antes, miles de personas esperaban con ansias verlo pasar. Las multitudes habían causado interrupciones de tráfico y el cierre de varias avenidas principales de la ciudad. Su paso por las calles, el saludo y la alegría que mostró Benedicto XVI al pasar ante las masas cautivaron todavía más a los presentes. Entre los congregados, en especial los situados frente a la Catedral , predominaban los jóvenes, quienes recibirían más adelante un saludo especial de su parte, así como dos valiosos regalos de fe.

El Papa fue recibido, en el interior de Notre-Dame, por el cardenal André Vingt-Trois, presidente de la Conferencia de Obispos de Francia. Allí celebró las vísperas rodeado por cientos de sacerdotes, diáconos, religiosas y seminaristas. Al finalizar, cuando casi oscurecía, el Santo Padre se dirigió a los jóvenes, que esperaban ese instante con un entusiasmo conmovedor: “Este carácter festivo y la simpatía con la cual me reciben –comenzó diciendo Benedicto XVI–, me recuerda los días inolvidables de julio pasado en Sydney, en los cuales algunos de ustedes pudieron participar en la ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud ”. Luego de esta introducción, se refirió a los temas centrales que habían sido tratados en aquel momento. “Sydney ayudó a descubrir en muchos jóvenes la importancia del Espíritu Santo en la vida de los cristianos”.  
En el interior de Notre-Dame, Su Santidad fue recibe por el cardenal André Vingt-Trois, presidente de la C.O.F.


En otro momento de su discurso, incitó a vivir el misterio del Bautismo y de la Confirmación con madurez y profundidad; con la confianza puesta en la Virgen Maria : “Ahora se encuentran en la edad de la generosidad. Es urgente que hablen de Cristo entre ustedes, entre sus familias y amigos, en los lugares de estudio, de trabajo o de recreo”. Y de inmediato hizo un llamamiento que conmovió a todos los reunidos: “¡No tengan miedo! Tengan el coraje de vivir y proclamar el Evangelio”.

Los jóvenes olvidamos a veces la alegría a la cual invita la fe en el Señor. El sistema de consumo nos inculca un egoísmo cada vez mayor. Y Benedicto XVI, sabedor de esta realidad, hizo un llamado a dejar a un lado esa actitud y entregarnos a los demás sin abandonar la sonrisa, porque esta expresión tiene el poder de comunicar la ternura que tanto escasea.

El Papa, conocido por haber dedicado gran parte de su existencia al estudio de la Filosofía , después de demostrar fehacientemente su alto nivel intelectual, no dejó de recordarnos la responsabilidad que debemos asumir. Para ello, en este año dedicado a san Pablo, nos confió un segundo tesoro: el misterio de la Cruz como símbolo de entrega y de sacrificio. “Quisiera concluir –expresó– diciéndoles una vez más que confío en ustedes, queridos jóvenes, y quisiera que experimentaran hoy y mañana la estima y el afecto que les tiene la Iglesia ”.

Durante esa madrugada, inspirados por el Espíritu del Señor y las anhelantes frases del Santo Padre, los jóvenes partieron de Notre-Dame cantando a la Virgen , unidos en una sola voz. Con cirios en las manos realizaron una marcha de oración hasta la explanada de Les Invalides, donde a la mañana siguiente se realizaría la Eucaristía , con la presencia de más de 200 mil fieles. De vez en cuando el viento otoñal apagaba las luces de las velas, lo cual obligaba a auxiliarse unos a otros para volverlas a encender. Aquel gesto les propició la oportunidad de comunicarse y sentirse más unidos.

La homilía de la misa estuvo dedicada a la familia y al cuidado de los preceptos de la fe. Benedicto XVI hizo un llamado especial a “buscar al Dios vivo, que nos ha mostrado su verdadero rostro en Jesús presente en la Eucaristía ”. Al finalizar, se alzó un canto general acompañado por el batir de las pequeñas banderas de Francia y de la Ciudad del Vaticano. Era la despedida del Papa en París.


En Lourdes, ese pequeño pueblo entre montañas que tanto invita a la confianza en la Virgen como madre en el dolor, el Santo Padre se refirió al misterio de la Cruz , presentando este símbolo como “plenitud de misericordia de nuestro Dios”. Emocionado por la presencia de una verdadera fe en medio del dolor de los enfermos, Benedicto XVI se detuvo nuevamente en María de Nazaret: “Hay combates que el hombre no puede sostener solo, sin la ayuda de la gracia divina”, e instó a la masa de oyentes, la mayoría en sillas de ruedas, acompañados por voluntarios, a acercarse más a esa mujer que ama a cada uno de sus hijos, de manera especial a aquellos que como Jesús, en el momento de la Pasión , están en medio del sufrimiento. Del mismo modo, se refirió a la sonrisa de la Virgen , “porque en ella –acentuó– se encuentra misteriosamente escondida la fuerza para proseguir la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida”.
 

La homilía de la misa estuvo dedicada a la familia y al cuidado de los preceptos de la fe.


Durante el encuentro con la Conferencia Episcopal de Francia, el Papa abordó temas medulares de la Iglesia , como el verdadero objetivo de la catequesis y el enlace matrimonial, e hizo un llamado a los obispos a permanecer cerca de sus sacerdotes y a mantener la fraternidad. En declaraciones posteriores, estos expresaron haberse sentido alentados en su servicio al pueblo de Dios por las palabras del Santo Padre.

Minutos antes de regresar a la Sede Papal en Roma, el sucesor de Pedro confesó el gran regocijo que había sentido a lo largo de aquellos intensos días. Agradeció a las autoridades locales y del país por el excelente trabajo de ordenamiento social y acondicionamiento para su llegada y la acogida de miles de fieles. En otra parte de su intervención, hizo un recuento de los momentos más intensos de su visita, desde la celebración de las vísperas hasta el discurso a los jóvenes y la misa del sábado en la mañana:

“En la explanada de Les Invalides encontré un pueblo vivo de fieles, orgullosos y convencidos de su fe; por eso es que he venido a incentivarlos, a fin de que perseveren con valentía viviendo las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia”, afirmó.

Con posterioridad, se refirió al Santuario de Lourdes como un “lugar emblemático que llama y fascina a todo creyente, como una luz en la oscuridad de nuestras vacilaciones en la relación con Dios”. Declaró haber compartido allí con los obispos su convicción de que “los tiempos presentes son propicios para un retorno a Dios”. Por esta razón, incentivó en Notre-Dame a los jóvenes a no tener miedo, como ya lo había hecho su antecesor Juan Pablo II, y presentó a la Virgen María como una madre comprensiva en el dolor y un ejemplo de fortaleza y perseverancia.

Desde Lourdes, Benedicto XVI bendijo a toda Francia y, como siempre también, a la Iglesia Universal , porque su mensaje de amor podrá seguir repercutiendo en cada cristiano del mundo que preste oídos a la voz del Señor. Él nos aseguró: “Yo permaneceré cerca de ustedes”.


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