Una mujer sin nombre
por Rita Beatriz FUMERO |
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| Se trata de un notorio pasaje bíblico del Evangelio de San Juan (4:1-42): “Jesús y la mujer de Samaria”, personaje femenino que será conocido a través de los siglos con el simple apelativo de la samaritana. Pero, ¿es acaso este un nombre? Quizás lo más significativo de este llamado sea que este capítulo juanino tiene nombre de mujer. |
No marcó Jesús sus huellas en el camino a Samaria para levantar tribunales y dictar sentencias, tampoco para elevar el índice acusador ante la presencia de una mujer pecadora. Quizás Juan quiso darnos a entender que había una razón divina. Una misión más alta impulsa los pasos de Jesús: dar testimonio en Samaria y la aceptación de su mensaje en este territorio.
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| Los judíos consideraban paganos a los samaritanos y evitaban cualquier contacto con ellos. La palabra “samaritano” había llegado a constituirse en insulto (ver Jn 8:48). ¿Por qué entonces, Jesús, al establecer conversación con aquella mujer, utiliza un gentilicio tan aborrecido en vez de un nombre seguido de la acostumbrada frase “hija de tal”, o “hermana de” tan frecuentes en los Evangelios? Lo cierto es que hay una elección: servirse de una mujer para completar esta misión. |
¿Acaso alguien
conoce a esa mujer?
Es solo una hija
de Samaria,
una samaritana. |
No menos sorprendente es el diálogo que se estableció entre el judío y la pecadora samaritana junto al brocal del pozo de Sicar. Era poco común que una mujer acudiera sola al pozo, de ahí se sugiere que pudiera tratarse de una marginada social. La condición de peregrino dota a Jesús de humanidad. Se trata de un hombre cansado y sediento, a la hora del mediodía, cuando se muestra más calurosa la tarde. Resulta natural, entonces, que pidiera de beber. No obstante, la samaritana se sorprende al dirigirle este su voz. La acción de Jesús hizo a un lado dos prejuicios judíos: la conversación con alguien de Samaria y, a la vez, con una mujer.
La conversación se tornó más profunda. La idea de beber por una necesidad física, llevó al comentario acerca del don de Dios, que se convirtió en un tema espiritual.
A partir de ese momento, se aprecian dos visiones distintas. La samaritana piensa en el agua corriente, en la posibilidad de tener un abasto, de tal manera que no fuese necesario acudir cada día al pozo. Jesús, en tanto, nos habla del “agua viva”, de la conectada al alimento espiritual.
La samaritana no podía concebir que alguien fuese mayor que el venerado Jacob; por tanto, para ella, Jesús era inferior. Aún no comprendía que la verdadera superioridad de Jesús radicaba en el hecho de que el agua era viva cuando él la proveía. El pozo de Jacob podría saciar la sed provisoriamente, sin embargo, el agua viva sería imperecedera, llevaría a la vida eterna. |
Ante la grandiosidad del hecho, la samaritana pide a Jesús que le diera de beber de esa agua que “calmaría su sed para siempre”. Esto ocurre porque ella pensaba en Jesús como un judío típico, si hubiera conocido su identidad, le habría pedido agua viva. No sabía la samaritana que se trataba de escoger entre no tener sed o alcanzar la vida eterna.
Un nuevo tema de conversación sorprende a la samaritana. Jesús conoce su pasado. Con un juego de palabras la pone al descubierto (ver Jn 4:17-18). La enseñanza judía desaprobaba que una mujer tuviera más de tres maridos, y de hecho, el concubinato carecía de apoyo religioso. La samaritana sufre un impacto moral. Comprende entonces que no está ante un judío ordinario, descubre en él a un profeta. |
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Al reconocer a Jesús como profeta, quiere demostrar su conocimiento acerca de las diferencias entre judíos y samaritanos, habla entonces del principal lugar de culto. Expone que sus antepasados edificaron un templo en Garizim para rivalizar con el de Jerusalén. No está claro hasta qué punto le interesan esas diferencias, pero ella asume que era un tema digno de ser discutido.
Jesús usó su respuesta para hacer una declaración profunda: no era el lugar de adoración lo que importaba; adorarían al Padre en cualquier sitio. La salvación vendría de los judíos, porque por medio de ellos llegó el conocimiento de esa salvación en las Escrituras. Lo que concuerda con la tesis de Juan de que Jesús había venido a salvar a todos los seres humanos. La salvación adquiere así un sentido de universalidad. Pero hay más: la adoración ahora sería en espíritu y verdad ; solo así estarían en una perfecta armonía con Dios y sería el culto genuino.
La samaritana, un poco turbada, acepta la idea de la venida de un Mesías que lo explicaría todo. Llama la atención este planteamiento, pues los samaritanos no empleaban este término; en realidad esperaban a un profeta. Estas palabras dieron pie a Jesús para revelarse como el Mesías esperado.
Es en este preciso momento cuando llegan los discípulos y encuentran a Jesús hablando libremente con la mujer samaritana, ofreciéndole la salvación en el mismo plano que a los judíos. Quedan desconcertados ante el hecho, pues los rabinos judíos no estaban autorizados a conversar con una mujer en la calle, mucho menos si esta era samaritana –y pecadora por añadidura–, ya que era considerado como obstáculo al estudio de la Torah. Rompe así con la tradición rabínica judía.
Entretanto, la samaritana regresa al pueblo con nuevos bríos, la experiencia vivida la ha trasformado. Han quedado atrás sus inhibiciones morales y, con extraordinaria confianza, dirigió su voz al pueblo de Samaria para anunciar lo que había descubierto. Ahora la desconocida y marginada mujer se transforma en misionera.
Falta por concluir la misión: Jesús vino a Samaria a hacer una cosecha espiritual y esto ocurrió en dos etapas: muchos creyeron por lo que la mujer había dicho; pero aún más por el testimonio de Él mismo. Luego de la acción misionera de la samaritana, el pueblo salió al encuentro de Jesús. Después de escuchar su palabra, creyeron en Él y lo aceptaron como el Salvador, no solo de los judíos sino de todas las naciones.
Analizando el capítulo con ojos de mujer, diríamos que fue un gesto respetuoso no nombrar a una mujer acusada de tantas faltas, o tal vez una posición de paternal protección; pero este sería el razonamiento más sencillo. En realidad, esta “mujer sin nombre” es símbolo de universalidad. Representa a muchas mujeres que en todos los tiempos han hecho suyo el mensaje del Maestro. |
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