DE VUELTA AL SEMINARIO Y DE CARA A DIOS
Con 234 años, el Seminario reinicia su actividad formativa. Desde su comienzo, mucho ha cambiado en Cuba y en el mundo; sin embargo, la razón de ser de la institución permanece. Seminario, es decir “semillero”, lugar donde se preservan y trabajan las posturas para la buena cosecha, solo necesitan alimento, esfuerzo y tiempo. La gracia de Dios y la intensidad de la formación en sus ocho años de duración hacen que fructifique la vocación al Sacerdocio de Cristo.
El tiempo de vacaciones nos ayuda a valorar los lazos que nos unen a nuestras familias. Este período fuera de los claustros de nuestra casa contribuye a estrechar los vínculos con las diócesis y con los obispos que esperan tenernos como sus sacerdotes algún día.
El Seminario San Carlos y San Ambrosio recibió este año a 60 seminaristas, 59 diocesanos y uno de la Orden del Carmen. Ocho llegan a dar “los primeros pasos” (en el Propedéutico) y otros seis ya terminan esta importante etapa en el camino de la santidad. Tendremos este año también un nuevo rector, el padre Antonio Rodríguez Díaz; pedimos para él gracia abundante para su mejor servicio a la Iglesia.
El inicio de curso se retrasó este año por los huracanes Ike y Gustav, que también hicieron sombra a la novena y fiesta de la Patrona de los cubanos. Algunos estudiantes del Seminario dejaban situaciones muy complejas en sus casas, familias y vecinos; todos fuimos partícipes del asombro ante el desastre. Nos preocupa, pero no nos desanima, el estado crítico de muchos de nuestros semejantes; nos da la ocasión de configurarnos al misterio de la Cruz de Cristo y amar a Cuba con la mirada de Dios. El sacerdote diocesano debe permanecer siempre en vela ante Dios y ante su pueblo, de ahí brota su verdadera espiritualidad.
El lunes 15 de septiembre, día de Nuestra Señora de los Dolores, el cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana , presidió una solemne Eucaristía en la que inauguró el nuevo curso. En su homilía, nos relató en detalles los daños de los huracanes. El centro de su predicación consistió en invitarnos a ser en medio de la pena y el dolor humano, “hombres de esperanza”. A eso nos llama Dios, y es lo que espera la Iglesia de los sacerdotes, por eso el Seminario debe ser, ante todo, escuela de caridad pastoral de frente a la realidad.
Además de “hombres de esperanza”, sobre cada uno pesa ser de algún modo la esperanza de la Iglesia. Los seminaristas necesitamos la oración de los fieles, agradecemos a todos los que siempre la han hecho de manera anónima, como contribución esencial a nuestra formación.
Pedimos que a través de Santa María de la Caridad , nuestra Madre, oren a Dios para que el presente curso 2008-2009 sea para nosotros de mayor perseverancia en la búsqueda del Reino de los Cielos.
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