San Buenaventura |
por Fray Frank DUMOIS, OFM |
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En la segunda mitad del siglo XIII brillaron dos lumbreras teológicas franciscanas: san Buenaventura y el beato Juan Duns Escoto. Nos ocuparemos del primero.
Nace en Bagnoregio, cerca de Viterbo, en la región de Toscana (centro de Italia) en 1218. Su infancia está marcada por una intervención milagrosa de san Francisco. Aunque fue bautizado como Juan se cuenta que al acercarse a él el santo, exclamó: “Oh buena ventura”. Entró en la orden franciscana, entre otros motivos para cumplir un voto de su madre, que lo recuperó curado después de una enfermedad.
Los superiores de la orden lo enviaron a París para estudiar Filosofía y Teología. Allí fue discípulo de otro franciscano célebre, Alejandro de Hales, el “doctor irrefragable”. Su notable inteligencia lo llevó a ser nombrado maestro de Teología. Es célebre la disputa sostenida, en unión con santo Tomás de Aquino, OP, en la defensa de los derechos de los frailes mendicantes al estudio y a la enseñanza: Apología de los pobres.
En 1257 fue elegido ministro general de la orden, que rigió 17 años en uno de los momentos más delicados de su desarrollo. Supo preservarla de los excesos de los hermanos relajados, que no tenían el espíritu del fundador y de los celosos, que no querían adaptarse a las nuevas circunstancias. Su exquisita caridad, unida a la firmeza y a la prudencia, logró encauzar la orden. El capítulo de esta le encargó una nueva biografía de san Francisco, que fue la llamada Leyenda mayor. |
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Leyenda en el sentido que se debía leer en las asambleas franciscanas, sustituyendo las anteriores. Con posterioridad escribió la Leyenda menor, más breve.
San Buenaventura promulgó las constituciones de la orden en el capítulo de Narbona (1266). Después de haber renunciado al importante arzobispado inglés de York, que le ofreció el Papa Clemente IV, aceptó el cardenalato y el obispado de Albano en Italia, del Papa Gregorio X, que él había contribuido a su elección en el tormentoso cónclave que duró nada menos que tres años, en Viterbo (1271).
Gregorio X le encargó la preparación del Segundo Concilio Ecuménico de Lyon. Los frailes querían que Buenaventura siguiera dirigiendo la orden, pero en 1274 presentó su dimisión. Fue el alma de dicho concilio, en el cual se logró la unión con los griegos, aunque desgraciadamente duró poco esta unión. A los 17 días de haberse logrado esta, murió el santo –agotado por la inmensa cantidad de trabajo–, el 15 de julio de 1274, a los 56 años de edad. El Papa lo asistió personalmente en su enfermedad y después él y todos los padres conciliares participaron en el grandioso funeral.
Buenaventura, franciscano totalmente entregado a la causa de Cristo, fue uno de los más profundos y fecundos escritores de su tiempo, digno de compararse con santo Tomás de Aquino, quien había muerto cuatro meses antes cuando se encaminaba al concilio de Lyon. A san Buenaventura se le definió como “Hombre de vida santa y de mucha oración”. Fue también uno de los mejores biógrafos de san Francisco. Santo Tomás de Aquino exclamó acerca de esto: “Dejemos al santo que escriba sobre otro santo”.
La humildad, la doctrina, la espiritualidad de san Buenaventura, y su sincero y profundo amor a Cristo, dejaron una huella indeleble en la piedad cristiana de la Edad Media y le merecieron el título de “Doctor Seráfico”, que le otorgó el Papa Sixto V. Ya, en 1482, había sido canonizado.
Su obra maestra fue Itinerarium mentis in Deum (Camino de la mente a Dios), en 1259, donde la pedagogía del amor se apoya en la Filosofía y en la Teología. Después de seis grados creaturales para llegar a Dios, declara que “para el paso de las criaturas a Dios la naturaleza nada puede y la ciencia muy poco, ya que hay que dar poco espacio al trabajo de la inteligencia y mucho a la unción, poco a la lengua y mucho a la alegría interior, poco a la palabra y a los libros y todo al don de Dios, es decir, al Espíritu Santo; poco o nada a las criaturas y todo al Creador; Padre, Hijo y Espíritu Santo”.
En esta obra, se siente el ardor seráfico que inspira la sabiduría mística sacada de la meditación de la humanidad de Cristo y de su pasión, como aparece en la respuesta dada al hermano Gil, OFM: “Es indudable que una pobre viejecilla puede amar mejor a Dios que un doctor en Teología y mejor aún que nuestro padre Buenaventura”, como exclamaba alegremente el simple fraile.
También las demás obras bonavienturanas: El árbol de la vida, Las cinco fiestas del niño Jesús, que constituyeron las delicias de la Edad Media, están inspiradas en esta excelente doctrina, donde el deseo se pone por encima de la inteligencia. Sus Conferencias sobre el Hexamerón (los seis días de la creación) fueron pronunciadas en París en 1273. El Breviloquio es un compendio teológico.
Veamos un fragmento del Itinerarium mentis in Deum, como corroboración de lo expresado anteriormente:
“Cristo es camino y puerta. Cristo es escala y vehículo. Como el propiciatorio sobre el arca de Dios y el misterio escondido desde el principio de los siglos. El que contemple este propiciatorio dirigiendo interiormente su mirada a Cristo colgado en la cruz, por la fe, la esperanza y la caridad, la devoción, la admiración, el gozo, la estima, la alabanza y el transporte de júbilo, se celebra la ‘pascua’, o sea, el paso. Logra pasar el mar Rojo con la vara de la cruz, marchando de Egipto al desierto, donde puede saborear el maná escondido y puede descansar con Cristo en el sepulcro, como si externamente estuviera muerto, pero sintiendo, cuanto se puede sentir en el estado de viador, lo que le dijo al ladrón que tuvo la dicha de unirse con Cristo: ‘Hoy estarás conmigo en el paraíso’.
”Ahora bien, en este paso, si ha de ser perfecto, deben cesar todas las actividades intelectuales. Todo lo más noble de nuestros sentimientos debe lanzarse hacia Dios y transformarse en él. Pero esto es más secreto y misterioso.
”Nadie lo llega a conocer, sino el que lo experimenta, nadie lo experimenta, sino el que lo desea; y nadie lo desea, sino el que siente en la médula de su alma el fuego del Espíritu Santo que Cristo envió a la tierra. Por eso dice el Apóstol que se trata de una misteriosa sabiduría revelada por el Espíritu Santo.
”Si tratas de saber cómo se realiza esto, pregunta a la gracia, no a la naturaleza; al deseo, no al entendimiento; al gemido de la oración, no al afán de la lectura; al esposo, no al maestro; a Dios, no al hombre; a la nube, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que quema del todo y conduce a Dios con gracias extraordinarias y afectos ardentísimos. Y este fuego es el mismo Dios y su horno está en Jerusalén y Cristo lo enciende en la hoguera de su ardentísima pasión. Y solo lo experimentó con toda verdad, el que dice: ‘Preferiría morir asfixiado y la muerte, a estos miembros que odio’. Y el que estime esta muerte, puede contemplar a Dios, porque indudablemente es verdad: ‘No puede verme el hombre y seguir viviendo’. Muramos, pues, y entremos en la nube. Hagamos callar a las preocupaciones, pasiones y fantasías. Pasemos con Cristo crucificado “de este mundo al Padre”, para que , una vez que se nos manifieste el Padre, podamos decir con Felipe: ‘Nos basta’; escuchemos con Pablo: ‘Te basta mi gracia’, saltemos de gozo con David, diciendo: ‘Mi carne y mi corazón se consumen: ¡roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! Bendito el Señor. Dios de Israel, ahora y por siempre. Amén. Amén’.” |
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