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Por Yarelis Rico
HERNÁNDEZ
fotos: Archivo Palabra Nueva
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Desde el pasado siglo Cuba experimenta un descenso acelerado de sus niveles de fecundidad. El control de la maternidad conduce hoy al país hacia un envejecimiento extremo y un decrecimiento poblacional. Cada vez son más los niños que no nacen por la decisión de sus madres de prevenirlos, abortarlos o posponer su llegada al mundo. Ante esta realidad, la Iglesia recuerda que un hijo es un don, no un derecho ni un producto. La vida siempre es un bien. |
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A los 38 años, Angélica decidió tener su primer y único hijo. Ella es profesional, Máster en Ciencias y ¡por fin!, madre. Durante años pospuso la maternidad porque no tenía vivienda. Ella y el esposo dividían sus noches entre la pequeña casa de sus padres y de vez en cuando en el apartamento de un amigo, que con regularidad viajaba al extranjero. “Hogar, lo que se dice un hogar, no tenemos –asegura Angélica–; para hacernos de un cuarto, cerramos el balcón de la casa de mis padres y lo unimos con un pedazo de la sala-comedor. Con el niño ya somos siete en un apartamento concebido originalmente para un matrimonio.”
Cualquier semejanza con la realidad no es casual. Historias parecidas se repiten tras las puertas de miles de hogares cubanos, donde se vuelve habitual que diferentes generaciones, incluso dos y hasta tres parejas con hijos, vivan bajo un mismo techo.
Sin embargo, es el deterioro en las condiciones de vida solo uno de los factores que influyen en la baja fecundidad de la mujer cubana; un fenómeno que, según los demógrafos, se hace cada vez más acelerado y sostenido. Así, hacia el año 2005, la tasa global de la fecundidad en el país alcanzó 1,49 hijos por mujer. Esta baja señala un envejecimiento extremo y una notable reducción del tamaño de nuestra población. |
¿PARIDORAS O NO PARIDORAS?
Eulogia Padilla tiene 83 años. Tuvo un solo hijo, no quiso más. Fue madre soltera. Desde muy joven trabajó como criada y, por lo general, siempre dormía en las casas donde estaba colocada: “Eso de: ‘donde come uno comen dos' suena bien al oído, pero no al estómago. Si apenas tenía para alimentar a uno, ¿cómo iba a ser para dar de comer a dos? Además, nunca me gustó eso de tener hijos de padres diferentes”.
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Nacida en 1925, Eulogia pudiera parecer la excepción de la regla, pues en esos años, inicios del siglo XX , la mujer cubana era más paridora, o al menos eso es lo que demuestran cifras tan curiosas como ‘madre de 17; 12; 10 u 8 hijos'… Las estadísticas de fecundidad para este período hablan de una tasa de 6,0 hijos por mujer, sin duda, muy superior a la de años posteriores.
Para el doctor Juan Carlos Albizu Campos, del Centro de Estudios Demográficos (CEDEM): “Esas cifras tan altas, que realmente existieron en Cuba, contribuyeron a crear un mito. El descenso de la fecundidad en la Isla es un proceso secular que viene dándose desde principios del pasado siglo, acompañado de cambios significativos en los niveles de natalidad y mortalidad, pero con marcadas disparidades territoriales y sociales”. |
Familia rural de finales del siglo XIX cubano. |
“Cuba –asegura– atravesó una fase temprana de transición demográfica durante la primera mitad del siglo XX . Las tendencias seculares de las variables demográficas mortalidad y fecundidad así lo demuestran. Durante este período, por ejemplo, la mortalidad infantil descendió de alrededor de 200 a principios de siglo hasta niveles cercanos a 60 a finales de los años cincuenta. En igual etapa, la fecundidad disminuyó de 6,0 a 3,5 hijos por mujer, y la esperanza de vida aumentó de 38 a 59 años. Ya para 1950, la fecundidad cubana tenía un nivel comparable al promedio que exhibirían América Latina y el Caribe 50 años después , hallándose la mortalidad infantil entre los niveles más bajos de la región y ligeramente inferior a la de algunos países europeos como Italia y España.”
En lo que muchos especialistas reconocen como la fase inicial de esta temprana transición, la entrada al país de más de un millón de inmigrantes (cifra ligeramente inferior al millón y medio de habitantes que tenía la Isla hacia 1900) impulsó el crecimiento de la población, al punto de alcanzar máximos históricos en las primeras décadas del siglo. Los recién llegados –en su mayoría europeos– eran solteros y con un nivel de alfabetización superior al que entonces tenía la población nativa. En consonancia, el 40 por ciento que representaba la población blanca a mediados del XIX, se elevaría a un 70 por ciento en 1953. Para la mayoría de estos inmigrantes, la austeridad aseguraba una rápida acumulación de recursos y una estabilidad económica, de ahí su decisión de retrasar el matrimonio, disminuir el número de hijos y formar una familia pequeña. Sin dudas, esta conducta reproductiva se convirtió en un importante referente normativo que se proyectó de manera especial en familias de la capital del país y de las zonas urbanas de la región central, donde se asentaron definitivamente muchos de estos inmigrantes. (1)
La inversión extranjera, en especial la estadounidense, tuvo también su impacto en la transición demográfica cubana, sobre todo en La Habana y otras ciudades del país, donde generó el crecimiento de ingresos y de empleo.
Esta influencia externa estuvo reforzada por una incipiente política estatal de salud pública, con la creación de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia en 1909, que llevó a cabo diversas acciones de higienización y saneamiento urbano y medidas de control e inmunización de algunas enfermedades infecciosas. Pronto se comenzó a experimentar una reducción significativa de la mortalidad por diarreas y tuberculosis. El nivel general de instrucción registró también avances significativos y la tasa de alfabetización alcanzó el 76 por ciento de la población, según datos del censo de 1953. Tanto la inmigración como la inversión nacional y extranjera , impulsaron el proceso de urbanización. A finales de la década de 1950, la población urbana de Cuba superaba el 55 por ciento del total, uno de los más altos de América Latina y el Caribe. (2)
Con los nuevos cambios políticos iniciados en el país a partir de enero de 1959, la fecundidad tomó valores reconocidamente altos (4,5 hijos por mujer), pero esto fue solo temporal. “A partir de esa fecha –advierte el doctor Juan Carlos Albizu Campos– se produjo un descenso acelerado de la fecundidad hasta alcanzar, en 1978, niveles por debajo del reemplazo de la población. Este descenso de la fecundidad viene acompañado de una creciente homogenización de la conducta reproductiva en todos los grupos sociales y una marcada reducción de las disparidades territoriales.”
NIÑOS QUE NO NACEN
Entre los factores que han determinado el descenso de la fecundidad en Cuba se encuentran el acceso generalizado a los métodos modernos de anticoncepción (reconocidos por la Iglesia como no naturales) y el incremento del aborto. Asimismo, el Ministerio de Salud Pública desarrolla un programa de Planificación Familiar que –de acuerdo a sus objetivos– busca “lograr una conducta reproductiva consciente, basada en el principio de la responsabilidad de las parejas, para tener hijos en los momentos que le sean más favorables”. (3)
Amén de las propuestas que contenga este programa, la frecuencia con la que las mujeres recurren al aborto demuestra que se ha convertido en un medio de planificación familiar, sin siquiera pensar en las consecuencias que puede originar esta práctica en el organismo humano y sus funciones. |
A finales de la década de los 80, una Encuesta Nacional de Fecundidad ratificó la utilización generalizada de los llamados “métodos de planificación familiar”. De acuerdo con la información recopilada, el 93 por ciento de las mujeres entrevistadas había usado algún método; el 88 por ciento de ellas declaraba que en ese momento lo utilizaba, de ellos, dispositivos intrauterinos (DIU), 36 por ciento, la esterilización femenina, ¡30 por ciento!, y las píldoras, 17 por ciento. La encuesta mostró que no había diferencia entre las zonas rurales y las urbanas en relación con el uso de métodos anticonceptivos. (4)
Aunque la mayoría de las mujeres cubanas consideran que el aborto no es la mejor vía para regular la fecundidad, las tasas de esta práctica en Cuba son significativamente elevadas. De 1968 a 1992, en el país se habían realizado 2,9 millones de abortos inducidos. Por cada 100 niños nacidos se practicaron 62 abortos. |
Familia cubana de hoy |
Se estima entonces, que en el período mencionado se evitaron 2,3 millones de nacimientos por medio de este método (5) (en demografía un aborto no evita un nacimiento, sino 0,8 niños que dejan de nacer). (6)
Otros factores confluyeron para que desde los dos últimos decenios del pasado siglo se produjera una fase acelerada de la transición demográfica. En la actualidad, la fecundidad sigue su camino descendente, y esto, en opinión del doctor Albizu-Campos, propicia otro proceso de transición en el que se producen cambios asociados a reajustes en el sistema económico.
“Cambian los patrones de nupcialidad, se incrementa, por ejemplo, la edad de la primera unión, es decir, la edad promedio a la que la mujer decide casarse se hace cada vez más tardía. En Cuba está alrededor de los 22 años (unión marital), porque en matrimonio es treinta y tanto. A su vez, comienzan a cambiar las variables que toma el sistema reproductivo: la contracepción se hace más efectiva, es decir, cada vez se usan métodos más modernos, los hijos se planifican mejor y para momentos más tardíos.
”Y, ¿quiénes son las mujeres que más posponen? Pues las unidas consensualmente. ¿Cuáles son las que menos posponen? Las casadas. Porque las casadas tienen un proyecto de vida. ¿Quién pospone tanto como la unida? La no ocupada y la de cero a seis grados de escolaridad… Pero como característica general, en estos momentos todas las mujeres cubanas posponen.
”Este proceso de posposición de la fecundidad se origina a principios de los 90, con el llamado Período Especial. En esta etapa, el número medio de hijos por mujer experimentó un descenso hacia lo que fue su cota mínima histórica (1,44). Los cambios observados durante estos años se correspondieron con el deterioro de las condiciones económicas y de vida que afectaron a la población. Muchas parejas comenzaron a percibir el nacimiento de un hijo como un riesgo inmediato para la supervivencia del núcleo familiar. Hablamos de familias en condiciones de vulnerabilidad económica aguda, en la cual la satisfacción no se centra en incrementar la calidad del bienestar alcanzado, sino en lograr satisfacer las necesidades básicas.”
Para el doctor Albizu-Campos, a las condiciones económicas y de vivienda, se suma ahora una variable que de manera decisiva restringe la fecundidad. “Los hijos no solo tienen un costo en dinero, sino también en tiempo. La mujer cubana, tras su incorporación a los procesos sociales, ha elevado su nivel de escolarización, y esto, necesariamente, prolonga su ciclo educativo. Por la general, la joven hoy no cesa sus estudios al concluir la secundaria o el preuniversitario, como ocurría en épocas anteriores, sino que su formación continúa. Luego reclaman de un período para insertarse en la vida laboral y de ser posible, seguir superándose”. Solo después piensa en formar un hogar.
La Iglesia , por su parte, comprende la realidad de la familia cubana al enfrentarse a las múltiples exigencias que van aumentando en el campo económico y educacional. Sabe lo difícil que resulta el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos. Considera de muy positivo el valor que alcanza hoy la mujer en la sociedad, sin renunciar, incluso, al amor conyugal. Insertada en este mismo contexto, invita a considerar el problema de la fecundidad, como cualquier otro referente a la vida humana, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no solo natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna. En la hermosa y trascendental misión de transmitir la vida, la Humanae vitae recomienda a los esposos “conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos”. Para un control de la natalidad, aboga por las leyes y ritmos naturales de fecundidad, pero sin dejar de resaltar ni de enseñar que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida.
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AFUERA, NADA DE MIEDOS…
“Soy una de las tantas cubanas que sufro en carne propia los miles de problemas que nos frenan a tener nuestros hijos siendo jóvenes. Tengo 30 años y un bebé de meses, de lo que le doy gracias a Dios y a la Virgen. Un hijo siempre es un regalo divino.
”Por falta de vivienda no lo había tenido antes. Creo que esto y los problemas económicos son los obstáculos monumentales por los que muchas demoramos la maternidad. Cuando se trae un hijo al mundo, es para entregarle lo mejor de uno en todos los aspectos, pero la economía golpea mucho. Para mantener un pequeño hay que ingeniárselas, los artículos para niños y en especial para los bebés, son súper caros, no hay salario que haga frente a los altos precios, y ni hablar de las viandas y carnes para las ‘papillas', solo en malanga, cebolla y ajo se nos va el salario… Todo es cuestión de resolver como puedas, y tal como están las cosas, es muy difícil. Quisiera tener otro hijo, pero con estos truenos, se impone pensarlo.”
Ante la actitud bastante generalizada de muchas parejas de sobreponer a la concepción de la vida, la realización profesional, la solvencia económica, las condiciones de vivienda, el padre Vladimir Aguilar Barrueco, párroco de San Antonio de los Baños, médico y profesor de Bioética en el Seminario San Carlos y San Ambrosio, recuerda que un hijo es un don, no un derecho ni un producto. Los hijos son el don más excelente del matrimonio, y los esposos, al transmitir la vida humana, tienen una participación especial en la propia obra creadora de Dios.
“También la Sagrada Familia sufrió en carne propia la carencia y la miseria cuando el nacimiento del Salvador ocurre en un pesebre (Lc 2, 6-7). Sin embargo, este reconocimiento se anuncia como una gran alegría (Lc 2, 10). Y esta alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace.
”Cada ser humano, cada persona nacida o por nacer, tiene un valor sagrado. El hombre –añade– está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Esto pone de manifiesto la grandeza y el valor de la vida humana.”
Yurelkis Suárez Concepción y Adrián Ponce Farrey llevan nueve años de matrimonio. Forman una pareja católica. Ella tiene 28 años de edad y él, 30. Ambos son profesionales. Tienen tres hijos: uno de ocho, otro de seis, y Adriana María de solo cuatro meses. Viven en un apartamento pequeño: sala-comedor, un cuarto, cocina y baño. Con el salario de Adrián se mantiene la casa. Cuenta Yurelkis que la niña no estaba planificada:
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Yurelkis, junto a su esposo e hijos. |
“Para prevenir los embarazos, utilizamos desde hace dos años métodos naturales, que no invaden el cuerpo y tienen un por ciento elevado de efectividad, pero nos falló la cuenta. Fue, hasta cierto punto, descuido de ambos, porque el método, si se lleva estrictamente, tiene buenos resultados. Tanto el hombre como la mujer tienen que estar en plena armonía para asumir esta forma de control de la natalidad.
”Siempre quisimos dos hijos. Queríamos tenerlos mientras fuéramos y nos sintiéramos jóvenes. Incluso, coincidíamos en que nos gustarían dos varoncitos para que fueran de verdad la pareja. Y Dios nos regaló esa dicha.
”Cuando sospeché que estaba embarazada por tercera vez me llené de miedos, temores quizás. Se lo dije a Adrián y me aseguró que se trataba de un atraso. Cuando me hice el ultrasonido, le llevé el resultado y le dije ‘mira, aquí está el atraso'. Imagínate, él tenía la carga de la casa encima, era para volverse loco. Pero con mucha tranquilidad me dijo: ‘si Dios lo quiso así, entonces, gracias Señor'. Y créeme que la preocupación cambió, dejó de ser preocupación para convertirse en un sentido de vida. |
”Nunca pensamos en un aborto, aunque esa fue la solución que me aconsejaban muchas personas, entre ellas hermanos de la Iglesia. Médicos y enfermeras llegaron a recomendármelo. Es increíble, pero en este país hay una conciencia abortista hasta dentro del personal de la salud, como si se tratara de un simple tratamiento y no de una vida que estás matando. Cuando me llenaban los papeles para el control y seguimiento del embarazo, se asombraban de que nunca me hubiera hecho un aborto y ya fuera madre de dos hijos. Yo me sentía como un bicho raro, fuera de órbita... Increíblemente, un hijo es para muchos un estorbo, algo que viene de afuera y puede entorpecer tu felicidad y tu bienestar. Nada más contrario a su significado real. Ser madre y padre es una gran responsabilidad que Dios ha dado al ser humano; es compartir y prolongar la vida… Es como una extensión de Él y de nosotros mismos aquí en la Tierra.
| Notas: |
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(2)
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(5)
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Colectivo de autores, “Una transición demográfica temprana y completa”, en Cuba, transición de la fecundidad, 1995, p. 15.
Ibídem.
Plan Estratégico de Planificación Familia.
Colectivo de autores, “Los determinantes del cambio en la fecundidad”, en Cuba, transición de la fecundidad, 1995, p. 49.
Ibídem.
Henry, Lovis, “Some date on natural fertility”, Eugenics Quarterly 8, no. 1, marzo de 1961, pp 81-91. |
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| Referencias: |
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. Anuario 2007 de la Oficina Nacional de Estadísticas.
. Rodríguez Gómez, Grisell y Albizu-Campos, Juan C., “¿Es baja la fecundidad en Cuba”, ensayo. |
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